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¿Y si venden Margarita?; por Francisco Suniaga

La venta Margarita; por Francisco Suniaga 640A

Margarita es para los margariteños –los nacidos aquí y los que vinieron de otras geografías– un sentimiento de gran calado. Este es nuestro lugar en el mundo, nos pertenece y pertenecemos a ella. Pero esta isla nuestra no es sólo un sentimiento: también es una idea. Y la idea de Margarita que creo mayoritaria es la de una isla moderna, próspera, segura y feliz.

Sin duda que a lo largo del tiempo, desde mediados del siglo XX hasta acá, Margarita ha avanzado por el camino que conduce a ese ideal compartido. Como todo en la vida, ha habido momentos en los que se avanza a buen ritmo y otros en los que la marcha es lenta y complicada por factores exógenos, como las crisis económicas cíclicas del país, o por la desidia caribeña que a veces nos gana. Sin embargo, nunca como ahora ha sido tan poderosa la sensación de que Margarita se descuaderna (como un barco), de que el movimiento se ha detenido e incluso se desanda parte de la ruta.

Los factores de esa parálisis y reversión de lo andado son, como es norma en la complejidad, varios y de diversa índole. Pero hay uno que ha devenido en una especie de gran causa eficiente, en una suerte de agujero negro de tan infausta causalidad. Créanme que no se trata de un afán de politizar todas las argumentaciones, pero encuentro muy obvio que la génesis de nuestras dificultades actuales tiene nombre y apellido: el Gobierno Nacional. Atención, no me refiero a su sustancia o contenido –una ideología anacrónica y probadamente fallida–, ni a su ineptitud criminal –frase que le leí a Manuel Antonio Narváez, el mejor articulista de este país, en una de sus piezas en El Sol– ni a su infinita gama de corruptelas, sino específica y muy principalmente a su forma política.

Ocurre que desde el 5 de julio de 1811 no habíamos tenido en esta isla un Gobierno colonial y colonialista como el presente. Estamos regulados por una Administración cuyo formato reproduce al calco el de la Corona española de la época imperial (si por lo menos reprodujera el modelo colonial holandés podríamos aspirar a estar como Aruba, Curazao o San Martin). Basta observar cómo, en la práctica, no hay un aspecto de la cotidianidad de nuestra isla que no se decida en Caracas (antigua ciudad libertaria, devenida para nosotros en metrópoli colonial). Desde los planes de desarrollo urbano y turístico hasta la ubicación de las vendedoras de empanadas. Desde el otorgamiento de dólares hasta los permisos para vender perros calientes en la playa. El resultado es que, entre chapuza, corrupción y coloniaje, arruinan y desuelan a Margarita.

¿Cómo resolver este problema cuando la vocación imperial del Gobierno de Caracas parece infinita? Plantearse una nueva independencia es impensable –por lo demás, los margariteños ya peleamos y conquistamos la nuestra en Matasiete el 31 de julio de 1817–, pero alguna propuesta innovadora habría que hacerles, sin embargo, a los señores del Gobierno colonial, para resolver una situación que a diario nos consume y hunde un poco más.

¿Dónde encontrarla? Lo ideal sería que brotara del liderazgo político, social y económico de la isla. Pero ocupados como están en sobrevivir y mantenerse fuera de la cárcel –esa amenaza que pende sobre todos–, no es posible pedirles más.

En nuestro inefable pasado histórico hay un episodio del cual podrían derivarse algunas lecciones para ayudarnos a encontrar una solución. Ocurrió que, luego de la crisis que derivó en el bloqueo naval por parte de las potencias europeas en 1903, el gobierno de Castro, y luego el de Gómez, manejó la idea de venderle Margarita al imperio alemán (queda para los historiadores averiguar si los gobernantes andinos –como hace el bolivariano– también sostenían la tesis de que la mejor manera de combatir el imperialismo yanqui es entregarse a otro imperio). Oscuro como era el propósito, no hay muchas fuentes documentales a las cuales recurrir. Sin embargo, en dos notas publicadas por The New York Times, en junio y noviembre de 1917, anexas a este escrito, se denunció la negociación.

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Los alemanes querían una base naval en el Caribe, así que el Gobierno de entonces lo hacía no sólo por razones fiscales internas (Margarita era un gasto que nada sumaba) sino además para pagar por lo menos parte de la deuda externa (y para el “ñemeo”, pues sabido es que a El Benemérito y su claque le quedaban pingües ganancias de todas esas turbias negociaciones).

El intento no cristalizó por las complicaciones políticas que trajo para Juan Vicente Gómez la Primera Guerra Mundial. Y, ya en guerra con Alemania, Estados Unidos (el imperio homeclub) se puso serio y su Departamento de Estado se interpuso. Luego, con la prosperidad que trajo la explotación del petróleo al país que Bolívar liberó, el asunto cayó en el olvido.

Mas, como la historia se mueve en círculos, henos aquí de nuevo a los venezolanos ante una gran crisis económica: sin comida, bienes de consumo, sin divisas, endeudados hasta la nariz, bloqueados para viajar al exterior –los margariteños incluso para hacerlo a tierra firme, porque no hay ferrys ni aviones– y, encima, con un Gobierno tan opaco como el de Gómez.

Por tanto, la sugerencia cabe: ¿por qué no retomar la vieja idea de vender Margarita?

Un Gobierno que ya ha rematado por pedacitos y a precios viles buena parte de la soberanía de Venezuela –hace unos días le vendió a los chinos otra porción de ella por cinco millardos verdes–, no debería tener tantos remilgos a la hora de proponerse, como lo hicieron Castro y Gómez, vender Margarita al mejor postor.

La primera opción (y la más patriótica) sería que la negociaran con los mismos margariteños, que de comprar terrenos saben mucho. ¡Lástima que Fucho Tovar y Chavolo Rodríguez ya no andan por ahí! Pero tenemos en El Valle a una fiadora extraordinariamente solvente.

Si el Gobierno colonial no quiere ofrecérnosla –probablemente prefiera dólares–, pues que se la ofrezcan de nuevo a Alemania. Si eso resulta complicado (algo muy probable con los alemanes), bueno sería entonces que se la ofrecieran a los colombianos que reconstruyeron Cartagena o a los panameños de la moderna Panamá, o a los dominicanos de la nueva Santo Domingo, o a los holandeses de Aruba y Curazao.

Los margariteños, eso sí, tenemos una sola condición: a los chinos ni de vaina.