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Venezuela 0 Brasil 2: el apagón y las dos caras de Rafael Dudamel; por Nolan Rada

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Fotografía de Nolan Rada

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Cuando se fue la luz durante el partido entre Venezuela y Brasil, los aficionados presentes en el Estadio Metropolitano de Mérida lo celebraron como un triunfo. Poco importó que Venezuela perdiera 0 a 2 en su casa: en el campo sólo se veían encendidas algunas vallas eléctricas de publicidad mientras los jugadores abandonaban la cancha. Lo curioso era cierta algarabía, cierto goce, como si en vez de un hecho vergonzoso se tratara de un gol contra el gobierno venezolano, transmitido en señal internacional.

La magnitud de la polarización también se puede medir en cánticos antes y durante un partido de fútbol. En éste del 11 de octubre de 2016 se escucharon tantas consignas políticas como arengas futbolísticas, pero las primeras tuvieron más impacto y empuje que las segundas. Y con el apagón del minuto 74, instantáneamente se generó una estruendoso “¡Fuera Maduro! ¡Fuera Maduro! ¡Fuera Maduro!” que se fue apaciguando levemente, hasta que emergió el grito de “¡Revocatorio! ¡Revocatorio! ¡Revocatorio!”.

La crisis política y social cayó de golpe en la cancha.

Junto con los aficionados, el bochorno eléctrico también era observado por invitados internacionales y algunos presidentes de clubes nacionales, presentes en Mérida debido a un encuentro con Laureano González, presidente de la Junta Directiva de la FVF, para tratar el nuevo formato de las Copas y la revisión de estatus federativos. No bastaron la autonomía energética de los equipos del audio interno del Estadio ni la música para evitar las consignas incómodas.

Apenas algunas áreas ajenas a la cancha, como el fondo sur, el área de periodistas y la parte externa del Estadio, tenían luz. Desde las oscuras gradas ya el “¡Y va a caer!” había llegado antes del “Dale, dale Vinotinto”, antes del “Vamos, venezolanos, que esta noche tenemos que ganar” e incluso antes del apagón. Fue el grito que recibió al grupo de periodistas que llegó al estadio poco después de las cinco de la tarde. Esos mismos periodistas que no pudieron enviar su trabajo a tiempo el día anterior porque también se fue la luz en la noche.

No sólo no hicimos buen fútbol, tampoco estamos en condiciones para ser un buen anfitrión: a los internacionales ya les había generado sorpresa que en los baños del estadio no hubiera agua y fuera necesario sacarla de tanques azules y tobos para lavarse las manos.

En Venezuela, como en el fútbol, a veces lo básico reclama esfuerzos extraordinarios.

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Fotografía de Nolan Rada

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Si hasta acá no se ha escrito sobre el partido es porque el resultado no sorprendió tanto como la oscuridad. Venezuela sigue sin ganarle a Brasil en partidos oficiales.

El dominio fue tal que resumirlo en sólo un partido, en apenas un puñado de minutos, sería menospreciar las diferencias históricas entre ambas selecciones.

Dice Simon Kuper en Fútbol contra el enemigo que:

“Los brasileños afirman que hasta en el pueblo más pequeño [de Brasil] hay una iglesia y un campo de fútbol… aunque luego puntualizan que ‘iglesia no siempre, pero campo de fútbol sí’. Y es que, si bien hay más gente que va a misa que al fútbol, no hay acontecimiento público que pueda equipararse a este deporte”

Es un fútbol que ha vivido cientos de contextos y ha aprendido a reaccionar ante ellos. Ayer jugaron como si la lluvia torrencial no fuera un condicionante y sobre un campo maltratado desplegaron un fútbol convincente, sencillo y a la vez grato de ver. El performance del visitante destacó todavía más ante la incapacidad de Venezuela para juntarse como equipo, para abandonar la cultura del pelotazo y propiciar más pases entre ellos que carreras hacia el vacío o en retroceso ante un contraataque de Brasil.

Si, además de la superioridad técnica y táctica, se producen fallos como los de Dani Hernández o Wilker Ángel durante una salida, seguirá siendo más llamativo lo que pasa alrededor de la cancha que lo que se desarrolla sobre el campo.

Mientras Hernández intentaba darle salida al equipo desde el fondo, pasó el balón a los pies de Gabriel Jesús. El brasileño, cara a cara con el arquero, se la levantó de sombrerito. Toda una declaración de intenciones: la parábola, de alto nivel técnico, obligó a Hernández a mirar al cielo antes de ver entrar el balón en su arquería.

Sólo habían pasado ocho minutos y el partido de la Vinotinto ya se había roto.

No es de extrañar que más de un aficionado también mirara hacia el cielo durante el partido para reclamar explicaciones al más allá, ante lo ilógico que resulta que no haya habido partido de Venezuela en esta eliminatoria en la que su torpeza no resultara en un disparo en el pie. Los errores se han vuelto tan constantes que al público parece que cada vez le sorprenden menos. Ya saben: “Los gritos que se repiten acaban siendo ladridos en la noche; se puede seguir durmiendo”.

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Fotografía de Nolan Rada

Brasil continuó su peloteo de lado a lado. Lo ensayaron en el entrenamiento previo y dio la sensación, por momentos, de que el partido era eso: un entrenamiento sin mayor resistencia.

Todo parte desde el fondo, donde a través de pases cortos a una velocidad moderada, van avanzando hasta llegar a zonas próximas al área rival. Ya ahí, la velocidad aumenta, los jugadores se mueven hacia los espacios o se abren a banda. La pelota corre más rápido y el vértigo incrementa. Ante eso, Venezuela sólo pudo ofrecer como respuesta la zancada de Adalberto Peñaranda, quien hasta el momento sólo es un poco lento cuando le toca resolver las jugadas: “¿la paso o remato, encaro o me detengo?”. En el instante en que surge la pregunta, un brasileño lo obstaculiza y se mueren las ilusiones de un país.

El segundo gol, firmado por William, surgió de la propuesta descrita. La jugada que inició desde el fondo se fue decantando hacia la banda izquierda y terminó con un centro hacia la espalda de Rolf Feltscher, al segundo palo de la arquería de Hernández. Lo siguiente que se vio fue al brasileño definiendo con comodidad. De forma similar pudieron haber caído dos o tres goles más. Brasil pareció correcto hasta en las formas: ¿qué sentido tenía venir y golear de más a un país en crisis?

Rafael Dudamel, por su parte, deberá priorizar cuál crisis atajar primero, porque el equipo ni defiende ni ataca bien. En ambos escenarios parece movido por la improvisación antes que por un sentido lógico y ensayado.

Improvisar con algo tan indomable como una pelota puede ser complicado. Incluso para la Vinotinto, que de 30 puntos disputados sólo suma 2.

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A las 6:49 de la tarde, antes de que los equipos salieran a realizar movimientos precompetitivos, Dudamel se asomaba al Estadio Metropolitano de Mérida a través del túnel de salida. Se le veía cómodo, saludando y conversando con delegados y sujetos trajeados, quizás vinculados con algún área de la organización del partido. También sonreía.

Sin embargo, luego del resultado, la frescura de su rostro no era la misma.

Finalizada la rueda de prensa postpartido, compuesta en líneas generales por un agradecimiento a los asistentes y un discurso sobre la paciencia, sobre el tiempo y sobre el trabajo, con tan poca autocrítica, hizo que entre los asistentes surgiera un mote para la presentación del entrenador: “Budamel”. Fue entonces cuando, luego de atravesar una puerta para salir de la Sala de Prensa, se le escuchó decir entre los pasillos que conectan la sala con los camerinos y áreas administrativas del Estadio: “Quiero salir. No quiero pasar por ahí, por el interior. ¿No se puede?”. La petición, hecha con un tono de voz moderado, sereno, quizás producto de la fatiga, parecía dirigida a evitar la zona mixta, ese espacio donde los jugadores pueden dar declaraciones.

Las circunstancias descubrieron al hombre detrás del título de Seleccionador Nacional.

Mientras los periodistas esperaban en el pasillo de zona mixta, Rafael Dudamel los esquivaba por la derecha. Es imposible saber si lo hacía porque no quería dar más declaraciones. Sin embargo, terminó declarando a los periodistas después del episodio entre pasillos, luego de que las principales figuras del equipo, salvo Adalberto Peñaranda, comentaran el partido.

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Fotografía de Nolan Rada

Y entonces, para sorpresa de quienes siguen a la Vinotinto desde hace años, Dudamel apareció en la zona mixta dejando un discurso complementamente diferente al expuesto en la rueda de prensa. Un audio cedido por el periodista Pablo García Escorihuela permite registrar que ante la pregunta del periodista Juan Sifontes acerca de qué explicación interna le dan al presente y a los errores, el entrenador respondió:

“Es difícil encontrar una explicación ahorita. Hoy nos agobia la impotencia. Saber que se trabaja prepartido la mayor preparación táctica y psicológica para brindarles a ellos la mayor confianza y el mayor entendimiento del rival, repasar lo que queremos, sobre nuestra manera de plantear el partido, el resultado, y las cosas no te salen, te desesperas. […] Estos momentos son muy duros, muy duros, y solamente unidos los vamos a sacar adelante”

Sobre en qué se fundamenta la inseguridad que transmite el equipo al momento de administrar distintos contextos en los partidos y cómo este presente puede influir en el futuro, Dudamel responde a García Escorihuela:

“En las derrotas, porque hemos hecho partidos, por ráfagas, por momentos, buenos. Y no concretas. Entonces, no puedes manejar las circunstancias a tu favor y aparece la angustia, la impotencia, y no es fácil. Y a nosotros se nos hace mucho más difícil, porque a esta exigencia sabemos que, históricamente, nos cuesta más. Entonces tú ves la cancha como empinada. […] Más abajo [en la clasificación] no podemos estar. De aquí para adelante, lo que tiene que producirse es un rebote y saltar hacia arriba. Peor de lo que estamos hoy a nivel de posiciones no vamos a estar”

En relación con Bolivia, el próximo rival de Venezuela en la eliminatoria, Dudamel le respondió al periodista Fernando Petrocelli sobre la viabilidad del 4-4-2 como esquema de juego: “La necesidad de resultado no me puede llevar a mí, desesperadamente, a cambiar de módulo táctico porque confundo a mis jugadores”

Dudamel se marchó de la zona mixta dejando la siguiente respuesta a la pregunta de Alfredo Coronis: “¿Por dónde hirió más Venezuela a Brasil?”

Más que una respuesta, dio la descripción de su estado de ánimo: “Yo creo que hoy nos herimos nosotros mismos. El daño nos lo hicimos nosotros mismos al tener esos errores puntuales en los inicios, tanto del primero como del segundo tiempo”.

En los rostros de los jugadores late la seguridad de quien se siente cómodo en dos o tres frases hechas. Sería irresponsable afirmar que no les duele el resultado, el presente, la crisis… pero lo prolongado de la mala racha parece haber naturalizado la reacción anímica. No se sabe si por alguna pregunta que le hicieron al principio del pasillo o por otra razón, pero sólo Salomón Rondón salió visiblemente incómodo, molesto. Su rápido paso tenía como destino un autobús rotulado con la imagen de Dudamel, un grupo de futbolistas reunidos y su rostro sonriendo, con la mano derecha apuntando hacia el mensaje: “Unidos somos mundialistas”.

El reloj se acerca a la una de la madrugada. Las gradas están vacías.

Hay luz en el Estadio Metropolitano de Mérida.

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