
Fotografía de Miguel Angulo
La recluta fue una enorme cuota de poder que los gobiernos de la democracia entregaron a los militares. Gente que vivía bajo su condición de civil podía, de la noche a la mañana, pasar a la jurisdicción militar. Como en tiempos de guerra, como en las viejas montoneras, pero en un Estado moderno, la policía salía a la calle en “época de recluta” y, a la manera de los barcos negreros, salía a cazar ciudadanos que terminaban convertidos en reclutas.
Uno aún puede recordar esos autobuses azules y a varios hombres con chaquetas de tipo militar, pero vestidos de civiles, “verificando documentos” en lugares de alta densidad de la ciudad, buscando excusas para montar a todo varón de entre 18 y 30 años al autobús, a fin de llevarlos a los cuarteles. Mientras más cabezas entregaban, más cobraban, según se decía entonces.
Allá, en el cuartel, una vez entregados a instancias militares, el ciudadano vería cómo se libraba de ese castigo sin juicio previo. Si argumentaba ser estudiante, o hijo único, o sostén de hogar, o tener el pie plano o hacerse el bizco o el loco… En fin, la mayoría (la mayoría pobre) se quedaba. Y era obligatorio. Evadirse de ese castigo, una vez adentro, suponía pasar a ser prófugo de la Justicia Militar porque, sin haberlo escogido, era un militar y como tal lo procesaban.
El reclutado pasaba dos años de su vida sin poder disponer de la misma, confinado en un recinto seleccionado por otros, en el que imperaban las leyes salvajes y homofóbicas de los cuarteles, las cuales incluían castigos, palizas, tratos vejatorios. Este castigo, aunque más o menos aleatorio, tenía su claro componente clasista. Los muchachos de la clase media rara vez pagaban recluta. Siempre encontraban la manera de evadirla por un precio módico. Usualmente porque del liceo salían a la universidad. Ese fue, entonces, uno de los elementos que incubó una separación del país joven dividido por una línea invisible: los que iban a la universidad y los que iban a la recluta.
Una vez en el cuartel, descubrían que, pese a los abusos, pese al maltrato de sus superiores, el asunto se iba llevando… Síndrome de Estocolmo, quizá. Muchachos sin futuro y que, en muchos casos tenían un empleo precario (o no tenían empleo) terminaban sintiéndose parte de algo, asumiendo la jerga, aceptando los rangos.
De hecho, lo asumían con tanta mansedumbre, que la falaz expresión “servicio a la Patria” era resumida entre ellos con la pregunta “¿Tú serviste?”.
Y junto a Servicio a la Patria, otras frases como Hijos de Bolívar, Cuna de héroes, eran acuñadas en sus cabezas a fin de que aceptaran dócilmente haber entregado dos años de su vida al servicio, no de la Patria, sino usualmente de la casa de algún general o coronel o, en el mejor de los casos, de oficinista sin pago, o en cualquier otro oficio menor (chofer, albañil, mensajero) dentro o fuera de los cuarteles.
Y así fue durante años. ¿Cuál fue el resultado? Que esos hijos de María que no fueron a la universidad… ¿Cuál fue la logia que los aglutinó? ¿Cuál es el único club del que pasaron a ser miembros vitalicios? Exactamente. Y sin rencor con los militares, porque fue la ley civil (a la esfera de la cual pertenecían) la que permitió ese abuso. Y, pasado el tiempo, se encariñaron con sus captores. Y salieron a la calle, e hicieron su vida, pero todos pasaron por ese secuestro “legitimado” del Estado llamado la recluta. Y todos comparten una historia común de muchachos pobres venidos de todo el país que salieron de un mismo sitio, en el que apenas aprendieron a asumir como natural las jerarquías militares y sus groseros privilegios. Y que los militares vean a los civiles con desprecio.
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Cuando volvieron al poder, ese ejército dormido se activó. Volvieron los “cursos”, los “a discreción”, los “rodilla en tierra”, los “mi comandante”, los “palo por ese culo”, los “misiles”, los “batallones”, los “venceremos”… Era una jerga destinada a los “muchachos del pueblo”, no a “los hijos de papá”, como solía recalcar con calculado resentimiento el encargado de ese regreso al Poder por la puerta grande.
Fueron formados para obedecer militares y para creer (según se los enseñaron en la educación primaria) que a esa casta le debemos la libertad.
Ese breve lapso de democracia y gobiernos civiles no se dio cuenta que, con esa “inocente” concesión, habían estado cavando su propia tumba.