Literatura

Un texto musical de Gisela Kozak a propósito de ‘Los tiempos cambian’, de Luis Armando Ugueto

Por Gisela Kozak Rovero | 4 de diciembre, 2014

Los tiempos cambian Lugar Común 640

Los tiempos cambian, como se titula el texto regocijante, informado y fascinante de Luis Armando Ugueto sobre cantantes de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Tanto cambian que en esta época en que vivimos nadie con la apariencia de Felipe Pirela, Oswaldo Morales, Julio Jaramillo, Héctor Cabrera o esa portentosa diosa del pecado llamada La Lupe podría pertenecer al Show Bussiness. Incluso, Raúl Naranjo fue llamado cariñosamente el pirata de la canción porque lucía un parche en un ojo. Tan eran otros tiempos que incluso un vocalista pudo llamarse impunemente Olimpo Cárdenas, levantar chicas y hacerse rico con semejante nombre. Qué maldición ha caído sobre los artistas por cuenta de la televisión que solo permite a caballeros poco agraciados, entre los intérpretes de reguetón, tal vez por amor a la exactitud y a la coherencia plena entre forma, fondo, sonido y escena. Sí, los tiempos cambian tanto que alguien perfectamente puede ser un famoso cantautor que no canta pero bien compone; o ni canta ni compone, perpetra como Ricardo Arjona. La radio y la televisión en blanco y negro tenían poco truco y la amabilidad del talento. En palabras de Raúl Naranjo, tildado de loco y ataconsísimo por la gran bolerista Estelita del Llano: “No todo el mundo cantaba, el ambiente era muy estricto”.

Los tiempos han cambiado pero el tópico del artista maldito pasó intacto a la música popular. El aliento del genio que se consume en la locura y la perdición porque son la flama de su arte atraviesa a figuras tan disímiles como Felipe Pirela, Daniel Santos, Julio Jaramillo, La Lupe o, mi descubrimiento deslumbrado por cuenta del autor de este libro, Germán Fernando Sader, un sifrino loco divino que pateaba los bares de Nueva York. Su familia, nos cuenta Ugueto, lo envió a estudiar canto lírico a esta ciudad, pero él dejó la academia por flojo y porque prefería mambos como el de Machito que decía “pásame dos libritas de fuerza blanca”, magnífica metáfora periquera, que indica que el legendario y artesanal opio del poeta Baudelaire había sido sustituido por la eficaz cocaína. Esta sustancia seguramente explica parte de eso que se llamó “arte nervioso”, término usado en la revista Bohemia que lamentablemente desconocía antes de leer Los tiempos cambian, y del cual La Lupe fue primerísima exponente. Que no es poco soltarse el moño y darse de golpes y mordiscos en salvaje entrega a la diosa Música; Ernest Hemingway deslumbrado calificó su performance de “Arte del frenesí”, Picasso besó extasiado su mano y el cineasta Kolotosof le dijo que era la mejor actriz del mundo.

Pero así como el genio puede destruir, eleva y expresa la moderna condición de quien llega a la cumbre sin apellidos ni herencia, imposible ruta en sociedades muy tradicionales. Al igual que el béisbol, el boxeo y el básquet, el canto permitía surgir desde tan abajo como lo hicieron Héctor Cabrera, Julio Jaramillo y Pirela. Permitió también el feminismo no declarado y estupendo de La Lupe y Estelita del Llano que se negaron a su destino de maestras de niños para ser maestras del canto y la maravilla, se casaron finalmente con quien les dio la gana y salieron solas de noche. En todos los vocalistas que evoca Luis Armando Ugueto en su libro sobra talento aunque en algunos casos no hubo suerte, en otros la locura de la fama los llevó demasiado lejos, o simplemente han sido olvidados como Miguel Itriago, Oswaldo Morales, Naranjo o Lia Tuzent.

Por fortuna Daniel Santos,  Alfredo Sadel, Julio Jaramillo, La Lupe y Felipe Pirela suenan mejor que nunca, como se decía de Carlos Gardel ya difunto, y Estelita del Llano se sigue luciendo  como una extraordinaria bolerista. Muchos  cantantes de las últimas generaciones  le deben mucho o algo a esta herencia popular venezolana quizás desconocida por unos cuantos. Pensemos en Canelita y Trina Medina, en Betsayda Machado, en Mariaca Semprún o en Hana Kobayashi en su versión, por ejemplo, de “Tonada de luna llena”.

Pienso también en el disco de boleros de El Pollo Brito y su homenaje a Tito Rodríguez. En la canción amorosa o bailable todos estos nombres del libro de Ugueto marcaron una huella. En estas semblanzas biográficas apoyadas en la crónica como género se recoge nuestro peculiar provincianismo criollo.

Nos enteramos en este libro de que Pedro Vargas, el famoso cantante mexicano, prácticamente obligó al público a aplaudir en una audición radial a Alfredo Sadel, de quien después se diría que “puso a Venezuela en el mapa” dado su éxito en el exterior. Sadel se consagra con “Diamante negro”, un pasadoble en honor al primer torero venezolano que se lució en España,y que hoy resultaría mucho más inmoral dada la corrección política antitaurina que la homosexualidad de Felipe Pirela, aunque hay una gran resistencia a reconocer que la voz con la que se enamoraron varias generaciones sea la de un bisexual que por demás sentía la misma afición de Héctor Cabrera por las liceístas y no se desmayaba como éste cuando se emocionaba. El problema es que le gustaban los muchachos  como al  escritor irlandés Oscar Wilde, con quien es justamente comparado por el autor en tanto víctima de la misma gente que disfrutaba de los amaneramientos del cantante español  Raphael y no se inmutaba ante  la drogadicción de otros cantantes.

Sexo, drogas, alcohol, locura, amor, dinero, poder, violencia, arrogancia y muerte, ingredientes de la literatura, ese arte que si es bueno no es propio de horarios supervisados como los que exige la televisión. El cantante Oswaldo Morales con dificultades para caminar cuenta una historia digna de Psicosis, de Hitchcock: una madre que primero se opuso a que cantara, le pegaba con un fuete, le sacudía las novias y le controlaba los reales. Pirela fue explotado por su familia y sus amantes; su suegra después de su divorcio de Mariela le dijo, “te voy a hundir, negro de mierda”, con ese racismo tan nuestro de “es el padre de mis nietos pero igual tiene la nariz chinga y el pelo malo”, impregnado de un odio atroz detrás del que se escondía la ambición monetaria más que la indignación por la efectivamente desordenada vida de Pirela.

El Trío Venezuela, el de “Magia blanca”, una canción que adoraban las mujeres de mi familia contemporáneas con la agrupación, solo armonizaba musicalmente.

Alfredo Sadel participa en el certamen La voz de oro de 1969, en el que cantaron un montón de cuarto bate de ese entonces, y fue galardonado con el primer lugar Héctor Cabrera, quien se ganó por ello el mote de “mamamicrófono”, descripción de su voz aterciopelada y, supongo con muy mala intención, eufemismo tecnológico para una palabra muy famosa entre nosotros. Lia Tuzent oía voces; prefirió caminar entaconada por La Guaira que meterse desnuda en el mar como otras amigas suyas en una noche de farra. La Lupe sacrificaba animales en cuartos de hotel mientras Cabrera y Jaramillo fueron víctimas de maridos celosos y con pistola. No hablar del maestro Eduardo Lanz, quien formó a tantos de los cantantes aquí mencionados, mas se portó de manera imperdonable con Estelita del Llano.

Este libro transmite nuestra herencia cultural popular, nos habla de los ritmos y voces que formaron nuestra sensibilidad caribeña y latinoamericana, esa “sensibilidad” como diría alguna línea del filósofo alemán Walter Benjamin, que implicó nuevas maneras de ver el mundo desde el punto de vista afectivo, sexual y vivencial. No olvidemos que se trataba de un entorno mojigato propio de la herencia española; la canción popular confronta este entorno a través de una manifestación cultural que recoge y reivindica la vida barriobajera urbana. Cuando dos reyes del “machismo-leninismo” como el cuasi-delincuente Daniel Santos y el donjuanesco Julio Jaramillo —por las que unas cuantas se suicidaron—,  dicen, respectivamente: “Soy un cantante que vibra con el sentir del pueblo” y “no hay nadie que sepa de música más que una mesonera”, convierten la pobreza en la protagonista de la canción popular. Oír comentar a La Lupe en la entrevista grabada en el magnífico CD de este libro sonoro que es Los Tiempos Cambian que “La Tirana” era como el himno nacional que cantaban los guagüeros (autobuseros), nos habla de sentidos de lo femenino rebelde que hoy vemos en Lila Downs, Natalia Lafourcade y Julieta Venegas.

Quien no conoce su herencia popular es también un inculto, así sepa de otros tipos de música. Hay que oír el disco y leer el libro, leer el libro y oír el disco. Paladear el CD a solas en una cola navideña o mejor bien acompañado y con alguna bebida de impuestos aumentados porque eso de andar en cola es muy maluco, como diría Julio Jaramillo. Los tiempos cambian, de Luis Armando Ugueto, ha sido un acierto de la Editorial Lugar Común, las más importante editorial emergente del país. Esperemos que al autor siga en esta línea escritural, ya empezada con Lo que es la vida (Aguilar), la biografía de Felipe Pirela.

Gisela Kozak Rovero 

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