Literatura

Tres temas para celebrar el centenario de Cortázar; por Ednodio Quintero

Por Ednodio Quintero | 18 de agosto, 2014
Tres temas para celebrar el centenario de Cortázar; por Ednodio Quintero 640

Fotografía de Ednodio Quintero 1979

El 26 de agosto de este año se conmemora el primer centenario del nacimiento de Julio Cortázar, y en febrero se cumplieron los treinta años de su prematura y muy sentida desaparición. En diversas partes del mundo se han rendido homenajes al Gran Cronopio, autor de una obra fundamental de la literatura escrita en español en el siglo XX, ese coloso con cara de niño, que a decir de Gabriel García Márquez: “Fue el ser humano más impresionante que he tenido la suerte de conocer”. Hace veinte años, celebrando los ochenta años de Cortázar, como un homenaje muy particular publiqué en la revista SOLAR de Mérida tres breves notas sobre la obra de un autor que sigue siendo para mí objeto de admiración. Tuve la inmensa fortuna de conocerlo personalmente con motivo de su presencia activa en la “I Conferencia sobre el Exilio y la Solidaridad” celebrada en Mérida el lejano mes de octubre de 1979. En aquella ocasión lo entrevisté para un documental sobre el tema del exilio que realizaba el cineasta Nelson Arrieti, lo acompañé un par de veces en el peligroso trayecto entre su hotel en las afueras de la ciudad y el lugar donde se cumplía la Conferencia, y en los pasillos de la Facultad de Ciencias Forestales le hice una sesión de fotos. Más allá de esta anécdota casual, he continuado leyendo a Cortázar, y mi aprecio por su obra, en particular por Rayuela y la serie de magníficos cuentos que nos legó como un invalorable tesoro (¿cómo olvidar “La noche boca arriba”?, ¿cómo olvidar “Continuidad de los parques”?), no ha sufrido menoscabo alguno con el paso irreversible del tiempo. Considerando esta última premisa, quiero compartir con los nuevos lectores del genial escritor que cumple su primer siglo los tres ensayos breves que publiqué hace veinte años. Ellos sabrán apreciarlos y juzgar su pertinencia y contemporaneidad.

1. Por el cono sur. Sobre la obra de Julio Cortázar abundan los juicios críticos, los estudios exhaustivos, las apologías y las negaciones. Es difícil permanecer indiferente ante las propuestas provocadoras, y a menudo fascinantes, del Cronopio Mayor. Lo cierto es que, treinta años después de su desaparición física, Cortázar se ha convertido en un clásico de nuestra lengua y en una referencia ineludible a la hora de cualquier balance de la historia de la novela, la cuentística ─o la prosa de ficción─ en el siglo XX.

No es menos cierto que en estos tiempos vacíos del tercer milenio se ha puesto de moda una crítica sesgada que sin negar la obra de Cortázar ─pues sería una insensatez pretender ocultar el sol con un dedo─ intenta encasillarla dentro de unas coordenadas muy estrechas. En algunos casos se privilegia, por encima de otros muchos atributos, el eficaz manejo de la lengua hablada, el coloquialismo y otros pameos porteños. Curiosamente este reduccionismo viene a ser la cara inversa de una antigua crítica chauvinista que tildaba al ahora recién bautizado como “criollísimo” Cronopio, de afrancesado. En el campo de los revisionistas de nuevo cuño se le acusa de anacronismo por haber centrado gran parte de su obra en las preocupaciones “existencialistas” de los años sesenta. Magas y paraguas destripados, jazz y hachís, al igual que la minifalda resultan ahora demodé.  Estamos en la era del libre mercado, del safe sex  y de la Blanca Nieves que cura el stress. ¿Dónde queda entonces aquella acertada definición de Novelista (y escritor) que debemos a la pluma de Milan Kundera?: “El escritor se inscribe en el mapa espiritual de su tiempo, de su nación, en el de la historia de las ideas”. Pero también, en otro extremo legitimado por los lazos consanguíneos ─¡y la inteligencia!─, se le arrincona en la esquina de lo sociológico. En La Argentina en pedazos (1993), del destacado narrador y crítico argentino Ricardo Piglia, leemos lo siguiente: “Desde esta perspectiva la obra de Cortázar podría ser leída como una épica del consumo o, mejor, como la aventura de un explorador experimentado y sagaz que trata de dejar su huella en la selva indiscriminada del mercado capitalista”. Sí, son muchas las perspectivas. Admitámoslo. Pero, ¿qué es eso, che? ¿Todo un señor Cronopio convertido en un vulgar Jim de la Selva, trajeado con un short como un condenado boy scout, incursionando en un supermercado en la zona de las lechugas y los tomates? Por fortuna, los fans de Cortázar forman legión, y la mayoría, como en su momento lo deseara el autor, son lectores poco serios, no diplomados en Sociología, aventureros y suicidas postergados, dispuestos a internarse en las páginas de Cortázar con el espíritu abierto ─a todos los riesgos─ del jugador.

2. Otra vuelta de tuerca. Dice (escribe) Eliot que “La especie humana no puede soportar mucha realidad”. Leyendo a Cortázar nos da la impresión ─impresión que se convierte en certeza─ de que éste coincidiera al pie de la letra con la idea de Eliot. Los textos de Cortázar, aun los más “realistas”, no soportan mucha realidad. Quisiera ilustrar ─más que postular─ esta afirmación con un par de ejemplos: dos cuentos separados por una distancia de 35 años.

En la escena final de “Las puertas del cielo” ─escrito muy probablemente en 1948 y recogido en Bestiario (1951)─, Marcelo Hardoy (“yo soy el doctor Hardoy, un abogado que no se conforma con el Buenos Aires forense o musical o hípico, y avanza todo lo que puede por otros zaguanes”) acompaña a su amigo Mauro una noche de farra a un salón de baile. Objetivo: hacer que Mauro se olvide de Celina, su mujer, muerta en las primeras líneas del relato. En un pasado no tan remoto, Mauro la había rescatado de aquel submundo de malevos y cuchilleros. Pero ahora Celina está ahí, radiante y feliz, confundida entre los bailarines. Y ambos, Mauro y Marcelo, la ven, creen verla. Celina ha vuelto a su cielo, del cual nunca debió salir.

Años después, ya al final de su vida, Cortázar escribe otro relato: “Diario para un cuento”, incluido en Deshoras (1983). “Diario…” está fechado el año anterior, por lo que suponemos debió ser uno de los últimos trabajos de ficción de Cortázar. Han transcurrido casi treinta y cinco años desde aquel impecable ─y perturbador─ relato: “Las puertas del cielo”. Y reaparece Hardoy, ya no como protagonista-narrador, testigo de la tragedia de Mauro o de cualquier otra historia ajena, sino como un recuerdo ─o una posibilidad (“Me estoy acordando de Hardoy, un abogado amigo, que a veces se metía en turbios episodios suburbanos… Pero no es él sino yo quien quisiera escribir este cuento…”). La presencia ─aun cuando se trate de una mera evocación─ de Hardoy no es gratuita y plantea no sólo una interesante propuesta intra-textual sino también otra (otra más) vuelta de tuerca. Al igual que en “Las puertas del cielo”, Hardoy pudo haber sido el narrador de “Diario para un cuento”. La explicación que daría verosimilitud a esta posibilidad es en apariencia muy sencilla: ambos relatos están ubicados en los suburbios de Buenos Aires a principios de la década de los cuarenta. Pero el asunto no acaba ahí. En “Diario para un cuento”, el protagonista-narrador es (pretende ser) el mismo Cortázar. Quien, además de expresar sus dificultades para escribir un cuento y enriquecer el texto con alusiones a Bioy Casares y a la “coincidencia” del nombre de la protagonista (Anabel) con la “Annabel Lee” del poema de Poe, intenta rescatar del olvido ─mediante la escritura, claro está─, para exorcizarlo tal vez, un recuerdo que lo atormenta: su complicidad, desde el oficio en apariencia inocente de traductor, en un crimen.

En ambos relatos, ubicados en los extremos cronológicos de una obra abundantísima, variada y admirable, Cortázar deja espacios en blanco, casillas vacías, que el lector podrá llenar a su antojo. Pues el lector está en capacidad ─a decir verdad, no le queda otra alternativa─ de elegir una u otra u otra posibilidad. Se cumple así aquella propuesta de Musil ─¿o acaso de Heráclito?─: “Si existe el sentido de la realidad, debe existir también el sentido de la posibilidad”.

Pero el universo cortazariano no se agota en este juego de casillas por llenar. La apuesta mayor es aún más riesgosa y fascinante: se trata de poner el pie en el umbral, asomarse, entrar si nos fuera permitido en esa zona fronteriza que separa la así llamada “realidad ordinaria” ─con sus certezas cotidianas de café con leche, esposa amantísima y tibia bufanda─ de esa otra posible y difusa e inapresable región, ubicada más allá de las Montañas de la Certidumbre, donde a pesar de los vientos contrarios y de los musgos enredados en los párpados, pasta el Unicornio.

¿Cómo acceder a la Región? ¿Cómo tener siquiera un leve atisbo de sus campos minados o de sus rebaños de gacelas corriendo en tropel bajo un cielo de metal rumbo al bebedero? ¿Cómo, señor?

Ah, el astuto Julius, con cara de niño, y mirada y orejas de duende burlón, lo sabía. Sólo a través de ese magma viviente y borboteante, transparente como las babas de una joven núbil que avanza hacia la piedra del sacrificio, espeso como el caldo de las brujas de Macbeth, con un anca de rana por aquí y un puñado de pelos de gato por allá, una cucharadita de polvo lunar y mucha sal, sí, mucha sal. Ese magma, regalo magnífico de los dioses a una tribu de atribulados y atolondrados primates del cuaternario superior. Ese magma que no es otro que el lenguaje, es decir escritura, fábula, invención. Sólo a través de la escritura precisa y preciosa, incisiva ─y canina y molar─, lúcida y arriesgada y transgresora, eléctrica o punzada por un buril, en fin: los trazos feroces de un gran Señor, digno heredero del idioma de Cervantes y Borges y Quevedo.

 3. La fuga. Quisiera asomarme ahora a una habitación del hospital Saint-Lazare. En París es febrero y aún el invierno se deja sentir. “Yo estoy ahora bajo el influjo de una mala constelación”, había confesado el paciente de aquella estrecha celda de hospital a un amigo suyo unas semanas atrás. También le había dicho que esperaba escapar de aquel encierro, nada tranquilo, por cierto, donde las enfermeras, como en el poema de Eliot, “van y vienen hablando de Miguel Angel”. Taconean como cabareteras. Al salir comenzaría a escribir una novela. Creo que ya estoy maduro para enfrentarme a ese bicho, la novela ─pensó. En agosto cumpliré setenta. ¿Cómo la ves? Pero hoy es doce del mes más corto del año, y este número no termina de agradarle, como tampoco le gusta el 1984, año de Orwell. Anoche la pasó muy mal. Durmió a saltos, y en la pesadilla recurrente que lo acompañó, una especie de fauno, trajeado como futbolista, se empeñaba en ofrecerle una antorcha. ¿Para qué demonios querría yo una antorcha?, se decía a sí mismo al despertar. De pronto, y sin saber muy bien por qué, estaba recordando dos escenas muy queridas de sus novelas. Una, la de Talita jineteando el tablón (Rayuela). Y la otra: el naufragio de Calac, Polanco y mi paredro en 62 – Modelo para armar. (Ambas escenas, reducidas a sus contenidos visuales, parecieran sketchs extraídos del cine mudo. Ambas representan los extremos más arriesgados de una escritura que se atrevió a comprimir escenario y movimiento, buscando que el espacio y el tiempo lograran coincidir). Pero este es un comentario banal y pretencioso que Cortázar habría descartado con una sonrisa, seguida de un: ¡Macanudo, che!, por qué no escribís una tesis. Por suerte no logró enterarse de la interrupción.

Lo que sigue ahora es una demostración del arte de la fuga. El Cronopio presiente que aquel podría ser un día aciago. Como por milagro se ha ido apagando el taconeo de las enfermeras, y dos veces ha creído ver que una figura vestida con un traje largo y vaporoso se ha asomado tímidamente a la puerta. Dos veces es demasiado ─piensa. A la tercera entrará rauda como un embozado en la diligencia, y no hará falta que la interrogue acerca de sus intenciones. Mejor escapo ahora, no vaya a ser que… Se viste de prisa, calza sus sandalias de siete leguas y se cala unas gafas de sol. Ah, el sol, allá siempre es verano. Alquilaré una habitación con vista al mar. Se asoma a la ventana, vamos, no te distraigas, salta ya.

Minutos después ─aunque esto es sólo una manera de decir, pues aquí los relojes son instrumentos carentes de poder─ lo vemos en una plazoleta, paseándose con las manos hundidas en los bolsillos del gabán. Su figura de gigante se recorta contra la luz sesgada del atardecer. Si observamos con cuidado descubriremos que aquel paisaje nos resulta familiar. Fíjense bien. Ah, sí, es un cuadro de Giorgio de Chirico. Se acerca un tranvía, aminora la velocidad. El paseante lo aborda con agilidad de adolescente, y mientras aquella máquina silenciosa se pierde en el horizonte, nosotros nos alejamos también. Volvemos a nuestros cuartos llenos de humo, damos cuerda al reloj; por favor, que alguien enchufe el ventilador, apaguen ese televisor. ¿Quién quiere café? Intercambiamos miradas, pero nadie se atreve a hablar. Qué nostalgia, che. Siento un hueco aquí en el lugar del corazón. ¿Quién hará la pregunta? Vamos, usted. No, yo no tengo palabras. Que la haga entonces mi paredro. ¿Yo? Sí, sí, sí, corearon las tres Marías. Y mi paredro habló: ¿Creen ustedes que el pasajero del tranvía, después de haber luchado como un gladiador contra las perras negras y de haberlas convertido en estrellas esplendorosas de una nueva constelación, creen ustedes que, al fin, allá en la estación terminal, encontrará a la Maga?

Ednodio Quintero 

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