Perspectivas

Todo es culpa del control de cambio (o “¿Por qué no progresamos?”), por José Luis Saboin

Por José Luis Saboin | 12 de agosto, 2013

controldecambio

A principios de este año señalábamos que los desequilibrios acumulados que presenta la economía venezolana empezarían a sentirse de manera importante en éste y los próximos años, principalmente si los ajustes necesarios no eran ejecutados a tiempo. En esta ocasión no vamos meterle tanto número: para nadie es un secreto que Venezuela está en medio de un ajuste macroeconómico.

¿Qué pasó? En esos días de enero, hablábamos de un precio petrolero estancado era sinónimo de estancamiento en la Venezuela de mañana (que es la de hoy). Y a eso tuvimos que agregarle, para colmo, una caída en los volúmenes de exportación de Pdvsa. Y en medio de ese entorno petrolero, la moneda se devaluó tímidamente en febrero y se recortó el gasto de forma importante, mientras se prepara una reforma impositiva, pues el Estado alcanza 45% del PIB y hay que costearlo. También arreció el control de cambio con la falta de oferta de divisas a través de mecanismos tanto oficiales como no oficiales.

A pesar de los encuentros entre el gobierno y el sector empresarial con perfil exportador —una medida notablemente positiva—, la timidez de la devaluación ha corregido sólo una parte de la sobrevaluación del bolívar, mientras que la Ley del Trabajo socava la productividad de estos industriales y, como era de esperarse, el efecto pass-through de la devaluación y los ajustes en los precios de los bienes regulados (rezagados 24 meses en promedio) han llevado la inflación hasta el 30% en apenas siete meses.

Si bien no sorprende que se hayan tomado estas acciones, lo que llama la atención es que las medidas apuntan a seguir postergando lo impostergable: una devaluación del tipo de cambio, al menos hasta la tasa de equilibrio, y la consecuente eliminación del control. ¿Pero por qué eso no ha llegado todavía?

“Sólo en Venezuela”, dirían algunos maestros del estado del arte en Economic Policymaking cuando se les comenta que el país tiene una década con un régimen de tipo de cambio fijo y control de capitales con una política fiscal (gasto del Gobierno) totalmente procíclica que resulta en una inflación de dos dígitos promedio al año. Claro —dirían los expertos—, la literatura económica señala que un país petrolero puede darse el lujo de tener un régimen tipo de cambio fijo con control de capitales por más de diez años (y haberlo hecho varias veces durante las últimas tres décadas) sin que haya un crisis en la Balanza de Pagos, algo que quizás está sucediendo, pero no como la pintan muchos profetas del desastre, quienes creen que todo es como lo dicen los libros de Economía.

Por su parte, la economía política nos dice que, ante el dinamismo que cobra la política fiscal en este tipo de régimen, para un gobernante no hay nada mejor que un tipo de cambio fijo en tiempos de vacas gordas, pero nada peor que tenerlo en el de las vacas flacas. Es decir: cuando el gasto público aumenta, el crecimiento económico y el impacto en el bienestar es bárbaro, pero cuando disminuye la contracción económica y el impacto social es brutal. El agravante es que en la Venezuela de hoy las vacas gordas se transformaron en flacas.

El petróleo, mágicamente, lleva a eso: un país petrolero o altamente dependiente de las exportaciones como Venezuela es como un millonario que vive en un casino durante treinta años —enviciado por supuesto— apostándole all in sólo a un color en la ruleta: cuando su color gana, la ganancia es enorme, pero cuando pierde, también pierde bastante. Es por eso que hay que saber administrar los excesos. Como dice el refrán: la leña del verano, ahorra en el invierno.

Ésa ha sido la historia de Venezuela desde hace ya cuatro generaciones, donde la única vía de ajuste que han tenido empresas y consumidores han sido los precios de los bienes y servicios resultando en una inflación crónica, es decir, la gente, el pueblo o el mercado (los tres significan lo mismo) son los que recogen la ropa sucia. Y en el interín de esos periodos de bonanza y de crisis, de picos y depresiones, se nos van oportunidades únicas e irrepetibles para lograr eso que todos los seres humanos deseamos: la mayor suma de felicidad posible. Como dijo un ilustre economista venezolano: “la inflación es cómo un cáncer: destruye el tejido social de una Nación”.

El mal manejo macroeconómico contribuye con que una sociedad se estanque, se degrade, se desintegre. Más allá de las preferencias políticas e ideológicas que podamos tener, si bien es válido el argumento de que un régimen de cambio fijo ayuda a controlar la inflación y el control de capitales impulsa el desarrollo industrial del país, algo tiene que estar pasando con estas políticas cuando, en treinta años, la inflación sigue comportándose igual —alta y persistente— y los capitales se han seguido fugando. El único cambio ha sido de manos.

Simplemente no se puede vivir pretendiendo que el planeta gira porque nosotros le decimos que gire. Aceptémoslo: somos una economía sumamente abierta en un mundo vez más culto y comunicado, pero pretendemos manejarnos como una economía de autarquía. Los precios externos cambian, también lo hacen las tasas de interés y el ingreso de los demás países. Nuestras preferencias de consumo también cambian, al igual que las de nuestros socios comerciales. Éstas son variables fundamentales que hacen que nuestro tipo de cambio inevitablemente merezca ser ajustado. De allí vamos al equilibrio, a la producción, a la competitividad. China lo logró.

Es imposible tener un tipo de cambio fijo con control de cambio y autonomía monetaria. Es imposible tener los tres factores interactuando. Sólo podemos tener una combinación de dos. Si queremos tener la tasa fija, tenemos que dejar que los capitales entren y salgan ajustando nuestra tasa de interés con la del resto del mundo. Si queremos gozar de los beneficios de la política monetaria, entonces tenemos que pasar al tipo de cambio flexible, así de sencillo. El mundo aprendió esta lección con sangre, sudor y lágrimas, como diría Winston Churchill.

Desafortunadamente, luego de ver que seguimos en lo mismo, pareciera que el costo político de salir del control de cambio es demasiado alto. ¿Por qué? Esta política económica te mantiene allí, en la rayita, como la agonía de un adicto a la heroína. El control de cambio se mantiene porque el gobierno cree que puede sostener el bienestar de la población con una elevada tasa de inflación, mientras que la población dependa de los subsidios del Estado, cuando el petróleo ya no es suficiente. Pero sobre esa pretensión existe otra de peso mayor: a los policymakers lo que los invade es el miedo a las consecuencias del ajuste, igual que el efecto de la abstinencia en el rehab de los adictos.

Lo que no nos deja salir del control de cambio es, en resumen, el miedo a otros estallidos sociales como El Caracazo. Hemos preferido vivir con el flagelo de la inflación durante treinta años, estancados en la ilusión de armonía del rentismo y con un costo de oportunidad que tiende a infinito, en vez de enfrentar responsablemente los errores cometidos en el pasado, pasando unos meses realmente duros protegiendo a los sectores vulnerables. Al igual que en el caso del adicto, el control de cambio está tan arraigado en nuestra economía que el ajuste tiene que ser “pelo a pelo” pero, como diría otro ilustre economista venezolano: “con direccionalidad hacia el abandono definitivo de la adicción”. Es decir, cero paños calientes.

Poder decir que se acabó el control de cambio, a 77 años de la muerte de Alberto Adriani, vaya que eso sí que sería una revolución para Venezuela.

José Luis Saboin  Economista egresado de la UCAB y Economista Senior de Ecoanalítica. Actualmente es candidato a Magister en Gestión de Políticas Económicas en la escuela de Asuntos Públicos Internacionales de la Universidad de Columbia en Nueva York.

Comentarios (1)

r. vivas
13 de agosto, 2013

Cuanto nos esta costando el caracazo!! , muchisimo mas que lo que costo en muertes y bienes destruidos cuando se produjo, hay que contabilizar en su haber las millares y millares de vidas destruidas o frustradas por el efecto que su recuerdo ha dejado en los gobernantes y que les impide actuar racionalmene en defensa de la economia del pais.

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