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“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”: esas palabras de Scott Fitzerald, puestas en boca de un periodista de ficción, revelan la esencia de la última miniserie de David Simon. La tragedia de nuestra época es que ya no pueden existir los héroes. Nick Wasicsko aparece condenado desde la primera escena, que nos lo muestra enfermo y en un cementerio, hasta la última. El destino trágico. Hace lo correcto, se enfrenta al colectivo, pelea por algo justo; y es castigado por ello. Pero la tragedia no radica tanto en esa peripecia, en ese hundimiento, como en el hecho de que en ningún momento creemos en él ni en sus acciones. Porque no son fruto de sus valores ni de su honradez, sino de su capacidad para sobrevivir como político profesional, sacrificando lo que sea necesario para ello. No es Antígona. Ya no puede haber antígonas.
El conflicto que enfrenta al héroe con la polis es un fallo judicial que obliga a construir en Yonkers, ciudad tan cercana a Nueva York que se confunde con un barrio, doscientas viviendas sociales. Tras cuarenta años de segregación, pues la mayoría blanca obligaba a los latinos y negros a vivir en zonas apartadas, una denuncia conjunta del departamento de Justicia y de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color, presentada en 1980, provocó ese fallo cinco años más tarde. Desde entonces los políticos locales más populares y votados fueron los que prometieron enfrentarse a la justicia y al Estado, pese a la imposibilidad no sólo legal, sino también económica, de hacerlo realmente. Wasicsko, que accede al poder gracias a esa promesa electoral que no puede cumplir, se convierte en el alcalde histórico que intenta llevar la modernidad racial a Yonkers. Ese gesto épico y valiente supone su suicidio político. En dosis. Un lento declive que lo lleva a traicionar, vilmente, a su esposa, a sus amigos, a sí mismo.
En estos momentos la maquinaria brutal de producción de series recurre para nutrirse a cualquier pozo de petróleo. Junto con los remakes de series de otros países, la adaptación de libros se ha convertido en una opción habitual. Parece ser que, tras la cancelación del proyecto de Las correcciones de Franzen, Libertad sí tendrá traducción serial. Friday Night Lights, The Leftovers o Olive Kitteridge, entre otras buenas series, también surgen de un libro. Simon ha recurrido en esta ocasión a Show me a hero, de Lisa Belkin, periodista de The York Times; como en otras ocasiones hizo con libros tanto propios (Homicidio, La esquina) como con ajenos (Generation Kill, de Evan Wright). Me pregunto si en estos momentos los cuentos no son el material ideal para una películas; los libros, para una mini-serie; y las sagas novelescas o de cómic para una serie.
Tanto en la extrema verosimilitud como en el tempo narrativo se advierte esa fuente documental. No hay clímax artificiales. No hay escenas contadas de un modo pormenorizado. No hay rastro de la tensión de The Wire. Todo ocurre a una velocidad de crucero: la retrospección que permite ordenar los hechos acontecidos, ofrecer una visión panorámica de la historia real. Más allá de la sorpresa final, la auténtica sorpresa llega con los títulos de crédito. Entonces los cuerpos de los actores son contrastados con los de los personajes reales que encarnan en la ficción relativa. Aunque sepamos desde el principio que es una ficción documental, ese recordatorio de último momento nos devuelve a la realidad.
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Este texto fue publicado en Cultura/s de La Vanguardia.
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7 de abril, 2016
Desde el siglo XVII Occidente dejó de creer en héroes y ésta convicción llevó al genial Cervantes a escribir “El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha”. A Cervantes le salió “un Avellaneda”. En todo caso la literatura seguirá inspirando a los cineastas y sin pagar ningún derecho de autor les doy una idea a los realizadores para la gran pantalla (cine) o la chica (TV): LLeven al cine o TV la novela “Palabras de Opoton el Viejo” del gran escritor catalán Avel lí Artís-Gener (Tísner), publicada en 1968, casi olvidada a pesar del éxito mundial de una novela de 2006, de similar temática, de Federico Andahazi, “El Conquistador”. Tísner, fue un republicano español que vivió exilado 25 años en México y su novela cuenta la odisea de un guerrero mexica que viaja a Europa antes del Descubrimiento de América, capitaneando una expedición por orden real en barcos de remos, cruzando el Atlántico en busca del Dios Quetzalcoatl (“La Serpiente Emplumada”) para servir de escolta en su regreso al…
7 de abril, 2016
…al Imperio Azteca, y allí, en Europa, los confunden con peregrinos devotos de Santiago y solo el protagonista logra regresar a México (un “Odiseo o Ulises mexica”). Tísner no cometió el error de Andahazi de hablar de “caballeros” en el mundo azteca (Tísner escribió “guerreros”), porque no había caballos en México antes de la llegada de los españoles con Colón a América. Las 2 novelas (“Palabras de Opoton el Viejo” de 1968 y “El Conquistador” de 2006) tienen muchísimas, asombrosas, casi increíbles coincidencias (hasta una “Malinche española”), que quizá inspire escribir un interesante libro de “comparación literaria”, quizá por tratar la misma temática: Un viaje de un guerrero méxica a Europa antes de la llegada de Cristóbal Colón a América. En uno de sus cuentos, creo que toca el tema del inmortal personaje de Cervantes (El Quijote), Borges dijo que con el tiempo cualquier hombre sería capaz de pensar todas las cosas. Quizá ese tiempo inició en 1968 y no solo terminó en el año 2006.