Blog de Rubén Monasterios

Metamorfosis del héroe; por Rubén Monasterios

Por Rubén Monasterios | 6 de septiembre, 2015
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Fotografía de Estudios Revolución

Me hacen reflexionar las fotografías del cumpleaños de Fidel  Castro, celebrado el pasado 13 de agosto. Muchas expresiones populares de alegría, bailes, exaltados discursos, música, respecto a las cuales los informantes ponen cuidado en decir que son “espontáneas”, vale decir, en modo alguno inducidas por el Gobierno. Entre esas manifestaciones de afecto y solidaridad, la presencia de un par de presidentes latinoamericanos. Es curioso que entre los gobernantes del continente y las escasas notabilidades que todavía le rinden pleitesía a Castro, solamente dos lo hayan “sorprendido” con su visita: precisamente aquellos cuyas actuaciones públicas los revelan como los más fervientes sumisos y los menos propensos a la catagelofobia; de modo que una lamida más viene a ser como lo de la insignificancia de una raya más para un tigre.

La risueña cara del longevo individuo me conduce a replantearme  una inquietud que viene dando vueltas en mis neuronas desde hace algún tiempo. ¿Cómo será la percepción de sí mismo de un hombre que en el transcurrir de medio siglo pasó de ser héroe revolucionario, a déspota fracasado en su proyecto político?

La generación que al mediar el siglo pasado estudió en universidades venezolanas, fue indoctrinada, literalmente, en la ideología comunista. La presión a favor de ese pensamiento provenía de diferentes vertientes; primero, del entorno; las universidades  ─como debe ser─ eran espacios contestatarios, pero las nuestras ─como no debe ser─, en lugar de propiciar el debate y la pluralidad, se volvieron cotos cerrados a todo pensamiento que no tuviera aroma marxista. Siendo condescendientes, es comprensible, porque entonces el marxismo era lo políticamente correcto en cuanto a posición crítica al establecimiento; tanto, que hasta sus contrarios reconocían el anhelo de justicia social proclamado por esa ideología.

Simpatizar con esas ideas era la única manera de pertenecer, de ser aceptado por el grupo. Y hacía expedita la vía hacia las metas. Más de uno aprobó asignaturas a cuenta de camarada. Más de un profesor logró ascensos gracias a solidaridades ideológicas. Incluso, convenía  estar en esa onda para hacer levantes: ninguna muchacha que se respetara se habría sentido cómoda empatándose con un reaccionario.

Con no menos fuerza influía el discurso explícito de maestros, artistas, periodistas, escritores y amigos “mejor informados”. La mayoría de ellos indoctrinados por la misma vía, quiero decir, sin tener la menor experiencia vivencial en la realidad sustantiva de un régimen de sesgo comunista. Cierta profesora no cesaba de hablar del pretendido Hombre Nuevo y con respetuosa  ternura llamaba a Stalin el padrecito. Otra, brillante mujer, presentaba la Historia de la humanidad en términos de una continuada explotación del hombre por el hombre, que sólo acabaría con el socialismo. Décadas después tendríamos la vergüenza de ver a la Maestra asumir un papel relevante en la corte chavista. Un profesor impuso el Libro Rojo de Mao como texto básico de la asignatura Sociología Rural. Citar a Lenin ayudaba en un examen de Economía.

Insólitamente, el más comunista entre todos, Rodolfo Quintero, mantenía el indispensable equilibrio científico entre su ideología y la enseñanza de la Antropología.

Era natural que en ese  ambiente, Fidel Castro y Che Guevara despertaran una admiración llevada a cotas de lo reverencial. Fueron los verídicos paradigmas conductuales de esa generación. Identificarse con ellos confería un halo libertario, justiciero, romántico y triunfalista.

Pero la percepción de los acontecimientos y de sus actores cambió con las experiencias y la maduración psicológica; para la generalidad de quienes vivimos esa turbulencia, se cumplió el axioma político de que quien no es comunista a los veinte años es un insensible ─dada la promesa de redención de los desposeídos de esa ideología─;  quien sigue siéndolo a los treinta, un necio ─dada la falacia de dicha promesa al hacerse realidad un régimen inspirado en ella─. Aunque con un bemol importante: quien sigue en esa línea de pensamiento es un necio, o un ingenuo… o un beneficiado en términos de poder y riqueza.

En lo que a mí concierne, el cambio de actitud ocurrió a medida que fui despojándome de las telarañas. Viene a lugar señalar que mi visual se aclaró al realizar mi primer viaje a un país comunista, en cuyo discurrir logré liberarme de la vigilancia impuesta por los guías y explorar por mi cuenta la realidad social. Súbitamente comprendí la monumental mentira larvada en las ideas del Paraíso de los Trabajadores, del Hombre Nuevo, o en la vacía terminología de la demagogia forjada más tarde, del Mar de la Felicidad.

A la larga quedó en evidencia tanto la ineficiencia práctica de la doctrina comunista, como la descomunal distancia entre la imagen y la realidad de los exaltados como redentores de las masas expoliadas. Los  héroes revolucionarios fácilmente se volvieron dictadores de inaudita crueldad, acompañados por las peores canallas políticas jamás configuradas en el curso de la Historia humana. Algunos de ellos lograron mejorar el nivel de vida del pueblo, aunque a costa de hacerlo vivir arrodillado, en la pobreza, sin esperanza y en nuevas condiciones de desigualdad social, ahora determinadas no por la capacidad de cada cual para labrar su destino, sino por la adherencia “al partido” y la sumisión al hermano mayor. La luminosa promesa de la desaparición de las clases era mentira; sólo habían cambiado de composición; ahora los ricos y poderosos eran quienes de alguna forma respaldaban al proceso y celebraban al  tirano de turno; el resto, tan jodido como siempre, y hasta en condiciones peores.

Hoy recordamos al padrecito Stalin como un sátrapa genocida con más muertos en su haber que Hitler. De los centenares de monumentos que se le erigieron en vida, sólo resta una estatua, conservada como curiosidad en Georgia. Por sus crímenes y fracasos, Mao ha sido discretamente relegado por el Hombre Nuevo chino y sólo a un necio ignorante se le ocurre llegar hoy a su país celebrando al Gran Timonel. Su Libro Rojo quedó para el consumo de turistas. Castro sigue siendo un paradigma, aunque ahora de los dictadores latinoamericanos novelados por Asturias, Valle-Inclán, Roa Bastos, García Márquez y Vargas Llosa. Claro, los protagonistas de sus obras son siniestros tiranos de derecha, ¿pero hay alguna diferencia? Che Guevara se transformó en un gadget, y al desmitificar su realidad psicológica descubrimos una personalidad psicopática perturbada por la obsesión dogmática y la disciplina implacable, dado el rigor inhumano impuesto a sí mismo y a los demás y el baño de sangre que le dio a la Revolución Cubana.

El ensalzamiento de algunos de esos autócratas ha sido prolongado, gracias al ocultamiento de sus tropelías; el de otros fue históricamente efímero. No es otro el caso del Comandante Eterno; a diferencia de los  demás, este sujeto jamás fue héroe de nada ─excepto del Museo Militar, como decía Manuel Caballero─, aunque sí es cierto que alguna vez encarnó una vaga ilusión de cambio forjada por la desesperación; pero a partir de ese  destello, de súbito devino en ente casi universalmente repudiado, llegado al extremo patético de exhibir sus llagas para inspirar compasión y recibir limosnas de simpatía.

La muerte libró a unos del bochorno de presenciar su metamorfosis; otros han vivido lo suficiente para ver el desmoronamiento de su imagen, y uno de ellos es el longevo cumpleañero.

Y aquí viene a lugar la pregunta inicial: ¿cómo manejará Fidel Castro su propia transfiguración? ¿La aceptará, amargado, por la huella infame dejada en la historia, cuando tuvo la oportunidad de ser una de sus figuras ilustres? ¿Racionalizará el evidente fenómeno? ¿Negará la realidad? ¿Le importará un carajo?

Sólo hurgando el corazón de las tinieblas podríamos responder esas interrogantes.

Rubén Monasterios 

Comentarios (10)

Irma Sànchez de Dìaz
6 de septiembre, 2015

A mi, sin que me quede nada por dentro, el escrito de Rubèn, muy bueno, pero a mi en lo particular para ese Señor no me sale ningùn comentario, lo ùnico que pienso es ( VIVIR EN ESAS CONDICIONES NO ES VIVIR) la justicia divina, hace su trabajo y muy bien.ES TODO.

Antonio
7 de septiembre, 2015

Claro que es un tremendo escrito y, siempre oportuno. Rubén, no está haciendo exaltación de la personalidad de Fidel, sino reportando toda la suma de poder, dominio y decadencia final del personaje. Lo de “vivir en esas condiciones, no es vivir”, me recuerda la canción Corazón en la voz de Bola de Nieve. Su apariencia longeva y decrépita, se corresponden con la edad. No creo que nada le haya impedido tragar un sorbo de ese vino rosado con aureola espumante tan de mal aspecto.

José Miguel Piedra Teran
7 de septiembre, 2015

Excelente reflexión. La respuesta a la gran pregunta se puede suponer: Castro, gran calculador dijo que la historia lo absolveria… pero, como dijo un gran cubano, Cabrera Infante, los mundos nuevos hay que vivirlos, para comprenderlos, y ya estamos viviendo tiempos idos, nada nuevos, el dictador lo está dibujando la historia con los verdaderos rasgos. Hoy no se firmaría aquel manifiesto de bienvenida que firmó la intelectualidad venezolana en apoyo al dictador, indudable líder mundial, no todos lo harían como se hizo en 1989 cuando CAP II. El mundo hoy va comprendiendo al personaje, y el personaje declaró además su fracaso: este régimen socialista no sirve ni a los cubanos

Ignacio Arias
7 de septiembre, 2015

Buena asociación Antonio… Ignacio Villa, “Bola de Nieve”, “Corazón”, la mama de los boleros llamo yo a esa canción… “… pues vivir entre cadenas, Corazón como tu vives, no es vivir… Tristisima y realisima la versión de como fueron las cosas que nos desnuda nuestro siempre acertado Ruben. Algunos no conocimos a países comunistas y si acaso si, no logramos liberarnos de la vigilancia impuesta por los guías y explorar por nuestra cuenta la realidad social del sitio. Para algunos, despojarnos de tales telarañas fue mas complicado.

No tengo el conocimiento necesario para opinar al respecto con real fundamento, pero aquí entre nosotros, me permito decir que imagino a esos personajes en tal grado mitómanos, que podrán sin mayores esfuerzos negar totalmente la realidad.

José Piedra Terán
7 de septiembre, 2015

Excelente reflexión. Castro, gran calculador dijo que la historia lo absolvería… pero, como señaló el gran cubano, Cabrera Infante, los mundos nuevos hay que vivirlos, para comprenderlos, y ya estamos viviendo tiempos idos, nada nuevos, el dictador lo está dibujando la historia con los verdaderos rasgos. Hoy no se firmaría aquel manifiesto de bienvenida que firmó la intelectualidad venezolana en apoyo al dictador, indudable líder mundial, no todos lo harían como se hizo en 1989 cuando CAP II. El mundo hoy va comprendiendo al personaje, y el personaje declaró además su fracaso: este régimen socialista no sirve ni a los cubanos

Ivork Cordido
7 de septiembre, 2015

Los verdaderos héroes de cualquier país no se aferran al poder para tiranizar a sus compatriotas, para ello deben saber morirse a tiempo o desprenderse del mando, para a sí llevarse el amor de sus conciudadanos lo supieron Bolívar, San Martín, Artigas y otros como Mandela. Los déspotas son vampiros que se aferran al poder porque este les proveé de riquezas, mientras ellos entregan las vidas jóvenes a los felonías y holocaustos, por eso mandaron al Africa a cubanos que derramaban su sangre para revitalizar a la gerentocracia salvaje e inhumana.

Walter Maldonado
7 de septiembre, 2015

Excelente artículo. Yo era uno de los pocos en la universidad que no creía eso del hombre nuevo y toda la inmensa mentira del comunismo. Sin embargo, todos mis amigos o eran del partido comunista o eran de algún grupo similar. Un día uno de ellos, al que me honraba con su amistad durante más de 10 años, se enteró que yo no era de izquierda y sorprendido me dijo: Pero tu tienes sensibilidad social. ¿? Su corta visión de entonces todavía la profesa. Hoy hace colas para comprar, pregona una guerra inexistente y se calla cuando en esa cola alguien critica duramente el modelo impuesto. Me eliminó como su amigo hace tiempo. Lo veo solitario tratando de mantener su altar iluminado pero la realidad le ha pegado tanto que huye. Siento lástima por él (que no debería) pero es mucho más de lo que siento por aquel del mono deportivo.

Angelo
8 de septiembre, 2015

Los psicópatas megalómanos no racionalizan, no analizan, prevalece su enorme ego y destruyen con su arrogancia y odio.

leonardo
9 de septiembre, 2015

Si Fidel se hace la tan afamada autocrítica será cuando va al baño, porque no debe de hacerlo ni siquiera delante del espejo. Y se irá sin confesarlo. Yo creo que puede sentirse orgulloso de haber “resistido” durante más de cincuenta años, aunque sea a expensas de su pueblo. Es probable que sea lo único de veras importante. Su orgullo. Lo curioso es que la figura del caudillo, de los presidentes vitalicios, del guía supremo, omnipotente, infalible, tenga tanto auge en nuestra América Latina actualmente. ¿Cómo es posible, además, que gran parte de la izquierda (y del chavismo) siga repitiendo un discurso que merece discusión y anhelando patrones de sociedad totalmente fracasados?

Alexandre Daniel Buvat Irazábal
7 de septiembre, 2016

¿Cuando alguien que se inicia siendo considerado heroico y héroe de alguna causa, deja de serlo? ¿cuando un santo o alguien milagroso, o que se auto define como receptor de mensajes o enviado de algún Dios en las creencias mágico religiosas que sirven para controlar sociedades , pierde esa cualidad? sólo cuando deja de ser útil a otras sociedades enemigas mas poderosas que lo demitifican, o cuando es un mal para la suya propia, podríamos responder..Pero cómo el narcisismo impide auto analizarse , o comprender sus propios errores, es otro tema, aunque todo héroe es un narcisista incluso puesto como ejemplo a seguir por quienes se aprovechan de él. Acá tenemos desde el mito Bolívar hasta los más bajos y dolorosos ejemplos, a años luz de los Stalin, Maos o fideles, en cuanto a terror, inteligencia y dominio,… y tiempo de duración en las referencias históricas .. Gracias por ese excelente artículo, Rubén, que me generó estas rápidas reflexiones, y que es de lectura obligatoria para muchos, a efectos de refrescar la historia reciente

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