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Lino Alonso, 1956-2017; por Manuel Llorens

Por Manuel Llorens | 14 de abril, 2017
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Fotografía de Manuel Llorens

La vida es como una leyenda,
lo que importa no es que sea larga,
sino que sea buena

Séneca

Lino siempre iba y venía. A menudo lo dejaba de ver por dos años y de pronto reaparecía, siempre sonreído, siempre con una nueva aventura que contar, con un proyecto que compartir. Temprano en mi vida me invitó a trabajar en el fútbol venezolano con la promesa de que ayudaríamos a transformarlo. Es de las pocas personas que conozco que entrenó en todos los niveles posibles, desde el fútbol infantil, hasta las selecciones nacionales y equipos profesionales en segunda y primera división, tanto en Venezuela como en México, Paraguay y, en su último destino, Bolivia, pasando por todos los niveles del fútbol colegial y el universitario, donde lo conocí entrenando al equipo de la UCAB.

Lino amó el fútbol en todas sus presentaciones. Jamás despreció un escenario. Veía en cada persona pateando un balón un potencial aliado, un correligionario. Supo aprovechar cada estadio de su carrera para acumular experiencias y recursos que luego utilizaría ante las exigencias del fútbol elite. Yo estaba apenas graduándome de psicólogo de la universidad y fascinado con la posibilidad de que mi recién adquirido oficio pudiese tener un lugar en el mundo del deporte que había llegado a pensar que tendría que dejar atrás como parte de la juventud de la que me iría desprendiendo. Lino me dijo que necesitaba un psicólogo para ayudarlo a traducir una cantidad de ideas que había desarrollado como entrenador pero que no sabía bien cómo expresarlas fuera del ámbito intuitivo. En esa época utilizó la universidad como la fuente para reclutar profesionales de distintas disciplinas para trabajar en el fútbol, convencido de que lo que ocurría en la cancha dependía de la colaboración de muchas voluntades. Reclutó periodistas, abogados, administradores, psicólogos, todos para ayudar a profesionalizar el deporte.

Cuando comencé a colaborar con él en la Selección Nacional Sub-17, por allá en 1994, me sorprendió la precariedad con la que trabajaban las selecciones juveniles del país. Pero de él jamás escuché un lamento ni una queja sino un razonamiento de cómo aprovechar cada detalle para sumar piezas a la formación de jugadores. Me aseguraba que a pesar de estar muy por detrás de los demás países sudamericanos y no contar con una décima parte de los recursos de nuestros rivales, iríamos avanzando hasta alcanzarlos. Era un visionario con un proyecto que a cualquiera en esos tiempos le hubiese parecido descabellado. Me pidió que revisara la historia de las selecciones juveniles. Era imposible pensar que estábamos como para ganarles a nuestros rivales todavía, teníamos que empezar por ganarnos a nosotros mismos, superando los números del pasado.

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Si bien invitaba al sueño de transformar el fútbol, siempre fuimos escalón por escalón, sabiendo que había que superar muchos obstáculos, sobre todo por la falta de canchas, ligas, escuelas, entrenadores, inversión. Como cada una de esas piezas era esencial para hacernos competitivos, se dedicó a desarrollar cada una de ellas. Lo vi recorrer el país apoyando iniciativas locales, animando a escuelas en pueblitos, reclutando entrenadores jóvenes, tendiendo puentes con inversores a quienes animó a colaborar con la construcción de una cancha o donando unos uniformes. Un ejemplo de eso fue su contribución al diseño de los campamentos Polar, iniciativa comercial que le permitió recorrer el país viendo miles de jugadores juveniles en poco tiempo. Estrategia que recibió elogios internacionales por su magnitud.

Con esa primera selección sub-17 recorrimos los pueblitos de Aragua. Recuerdo que fuimos a uno llamado La Pica para hacer un partido amistoso. No tenían cancha de fútbol y por eso jugamos en la de beisbol acondicionada. Cuando nuestros jugadores juveniles se bajaron del autobús destartalado en que andábamos y vieron la cancha improvisada en el outfield, comenzaron a echar chistes y bromear. Ciertamente a veces era difícil tomarnos en serio a nosotros mismos, dado lo fuera de lugar de nuestro proyecto. Éramos un circo andante que no mucha gente le entusiasmaba ir a ver. Lino se molestó, nos llevó al dugout donde habían colocado un desayuno para recibirnos y nos mostró como cada esquina del campo estaba cuidadosamente arreglada. “Si no saben apreciar lo que la visita de ustedes representa para la gente de este pueblo”, nos arengó, “si no pueden agradecer estos gestos que seguramente con mucho esfuerzo hacen en sitios apartados como éste para atender a los jugadores de la Selección Nacional, entonces no merecen estar en ella, porque no entienden qué significa ponerse esta camiseta”. Lino tuvo siempre claro que la grandeza de la selección no estaba en el mercadeo o la parafernalia que ahora la acompaña, sino en la dignidad de los integrantes, en el trabajo acumulado para llegar hasta allí. Esa claridad lo ayudó a no deslumbrarse en ningún escenario, y saber que hay algo esencialmente similar entre el niño que corre tras el balón en el patio de su recreo y el jugador consagrado que coloca el balón en el punto de penalti ante un estadio repleto.

En 1998 ya habíamos crecido, obteniendo algunos primeros resultados exitosos, como el pasar por primera vez en la historia a una segunda vuelta en el Sudamericano Sub-20 de 1997 en Chile. Ese mismo grupo sirvió de base para preparar los Juegos Centroamericanos a celebrarse en Maracaibo. Sentíamos que empezábamos a tener un equipo de nivel profesional. Arrasamos con el campeonato, ganando siete de siete partidos. Allí Lino probó una fórmula extravagante. A él le encantaba examinar los problemas desde el ángulo menos obvio. Le fascinaban los argumentos contra-intuitivos, sorprender a la audiencia con una genialidad imprevista. Dejar a todos dudando de si su conclusión era un descubrimiento brillante o un chiste.

Muchas veces pasó desapercibido, no le importaba que lo subestimaran: ‘el gallego rústico, que se la pasa observando, pero habla como bromeando’. Y de pronto te señalaba algo que estaba frente a tus narices para dejarte deslumbrado porque no lo hubieras descubierto sin su observación.

El equipo que llevamos a ese campeonato tenía a delanteros de gran nivel: Daniel ‘‘Cari-Cari’’ Noriega, Alexander Rondón, Christian Cásseres, Fernando ‘‘Chito’’ Martínez y Edwin Quilaguri. Contra el lugar común futbolístico que reza que alineación ganadora repite, Lino decidió rotarlos de manera que ninguno jugara dos partidos seguidos, sin importar si les hubiese ido bien o mal en el partido anterior. Su lógica era que, siendo todos de gran nivel, la competencia interna los impulsaría a enfrentar cada partido como una oportunidad para demostrar que eran el titular indiscutible y así jugarían siempre con intensidad. A mí me tocaba contener la frustración de los que se quedaban en la banca. Ganamos siete partidos en fila e hicimos 29 goles. Disputamos la final contra Méjico quien ganaba uno a cero hasta el minuto 78. En los últimos doce minutos hicimos tres goles.

Con ese equipo compartimos mucho tiempo montados en un autobús. Nos aprendimos, a punta de repetición, las canciones juveniles de la época que los jugadores colocaban, especialmente Sandy Papo. Como Lino sacaba de cada detalle algo para el entrenamiento, el grito de guerra, cuando todos estaban exhaustos, pasó a ser: “No pare, sigue, sigue”. El tecno-merengue a favor de la causa.

El año pasado me volvió a llamar. Tenía tres años sin trabajar con él y con César Farías luego de salir de nuestro paso por la Selección Nacional. Me contó emocionado que el equipo con que habían empezado a trabajar por alguna combinación de azares, el Strongest de Bolivia, era genial. La experiencia en la Selección Nacional de 2007 a 2013 había sido maravillosa. Había pensado que culminaba veinte años de trabajo en la cima, aprovechando todo lo que habíamos sembrado en los jugadores juveniles, ahora en el nivel más alto de competencia. El crecimiento por ejemplo, de Tomás Rincón, era un orgullo para Lino, quien lo conocía desde muy pequeño y lo había acompañado a él y a su familia a través de circunstancias muy duras como fue la muerte de la mamá de Tomás a muy temprana edad. Lino conocía la vida familiar de muchos de los jugadores que desarrolló. Se mantuvo en contacto y siguió siendo consejero de muchos de ellos. Después de la Selección Lino, junto a César siguió creciendo, trabajaron en el fútbol mejicano y luego en el paraguayo. En el camino también montaron el campeón más reciente de la Liga Venezolana, el Zulia F.C. La historia por cierto, de cómo ayudó a diseñar un equipo campeón con la plantilla más barata de la liga, merece ser contada con detalle, pero será en otra ocasión.

Como tantas otras veces en el pasado, no lo dudé, las invitaciones de Lino siempre estuvieron llenas de aventura. El primer día en la pretemporada a la que llegué en Lima, me sorprendí al ver a César y Lino hablando con los jugadores como tantas veces los había escuchado hablar. Esta vez con jugadores profesionales de otro país. Lo que le decían, parecido a lo que tantas veces acompañé, era absorbido con atención. Luego vi cómo pasaban a ejecutarlo con facilidad. Sin duda parecía un terreno abonado para las ideas que a través de los años, como equipo de trabajo, fuimos desarrollando. Lo que veinte años atrás parecía una extravagancia, colocado en el marco del fútbol de elite internacional, era potente y casi refinado.

Lino tenía una frase cuando lo cuestionaban: “Bueno, claro, normales, así normales, no somos”. Queriendo decir, que reconocía algo de la locura que nos guiaba. Pero viéndolos interactuar con tanta fluidez con ese grupo de jugadores, después de tres años sin verlos trabajar, fue como escuchar una sinfonía perfectamente ejecutada. Había locura, pero la locura tenía método. Ganar el campeonato boliviano el año pasado fue una gran alegría. Fue ver la evolución de nuestras habilidades y la cristalización de muchas ideas. Le comenté a César que me alegraba por Lino y por él, que tanto trabajo han acumulado, verlos recibir el reconocimiento merecido.

Esta vez Lino se fue y no vendrá más. Es una pérdida irrecuperable para el país futbolístico y también para mi vida. Perdí quien una vez fue mi jefe, luego mi mentor y de unos años para acá, uno de mis grandes amigos. Lino me recordaba al personaje de la película de Tim Burton, Big Fish. Un personaje quijotesco, lleno de historias increíbles y afectos contagiosos. El crecimiento espectacular que tuvo el fútbol venezolano estos últimos veinte años no hubiese sido posible sin él. Además de ese gran legado, sus cuentos y actos de generosidad serán recordados en los muchos rincones del país que frecuentó. Estaba tan lleno de vida, cultivó tanto la amistad y la aventura, que es difícil imaginarlo en otro plano. Quizás la despedida más acorde es la que leí en el chat de los jugadores de la selección campeona de los Centroamericanos, que aún siguen unidos. Al gran Lino Alonso, medio en serio y medio en broma, como todos sus mensajes cifrados, donde sea que ahora esté: “No pare, sigue, sigue”…

Manuel Llorens  Escritor y psicólogo venezolano. Ganador del Premio de Poesía Fernando Paz Castillo (2006) y autor del libro "Terapia para el emperador".

Comentarios (1)

Fútbol Delbueno
14 de abril, 2017

“La historia por cierto, de cómo ayudó a diseñar un equipo campeón con la plantilla más barata de la liga, merece ser contada con detalle, pero será en otra ocasión.” (Ojalá más temprano que tarde). PS. Excelentes…escrito y fotografía.

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