Perspectivas

La internacional de los fachos; por Fernando Mires

Por Fernando Mires | 22 de febrero, 2017
De izquierda a derecha: Frauky Petry y Marine Le Pen

De izquierda a derecha: Frauke Petry y Marine Le Pen

Frauke Petry, líder de Alternativa por Alemania (DfU) —el partido ultraderechista según los periodistas, populista según los sociólogos, fascista según quienes nombramos a las cosas por su nombre— se encuentra de visita en Rusia.

En Rusia, Petry —con quien ningún político quiere fotografiarse en Alemania— ha recibido honores reservados solo a los más altos dignatarios. Hasta el momento se ha entrevistado con diversos personeros de estado, entre ellos el Presidente de la Duma (Parlamento) y estrecho colaborador de Putin, Vyacheslav Volodin, y Vladimir Zhirinovsky, rabioso antisemita y presidente del partido “Democrático Liberal” ruso.

La visita de Petry a Moscú no es sorpresa. No ha hecho más que seguir los pasos de Marine Le Pen, asidua visitante del Kremlin (y de la Torre Trump) columnista del periódico oficialista Russia Today, declarada defensora de la política internacional rusa y admiradora efusiva del hipernacionalismo antieuropeo proclamado por el presidente Trump durante su campaña electoral.

Ni Petry ni Le Pen son la excepción. Prácticamente todos los partidos racistas de Europa son fervientes partidarios de Vladimir Putin de quien reciben —informan los periódicos— apoyo monetario para las campañas electorales que libran en sus respectivos países. Marine Le Pen a la vanguardia.

La hábil Le Pen ha sabido retribuir los honores de Putin. En reciente entrevista al periódico ruso Izvestia, prometió que si llega a la presidencia bregará por el levantamiento de las sanciones a Rusia. Y luego pronunció palabras que deben haber sido bombones para Putin: “Crimea pertenece a Rusia”. Que esas mismas palabras violen el espíritu y la letra de las resoluciones de Minsk firmadas por el propio gobierno ruso, la tiene sin cuidado.

Definitivamente: el FN y la AfD son los partidos de Putin en Francia y Alemania del mismo modo como en un pasado no muy lejano los comunistas europeos llegaron a ser los partidos políticos de la URSS en sus respectivos países.

Vladimir Putin sigue así, bajo otras formas, una de las líneas centrales del estalinismo. Ha sabido construir sus caballos de Troya al interior de las naciones europeas. La diferencia —puede que no sea gravitante— es que mientras los caballos del estalinismo eran comunistas, los del putinismo son fascistas (o para ser más precisos: neofascistas).

Entre el internacionalismo de los comunistas y el de los neofascistas es imposible hacer analogías (todas las analogías son falsas) pero sí —y eso es diferente— es posible hacer paralelos. Y bien, los paralelos entre Stalin y Putin son más que evidentes.

Putin, igual que ayer Stalin, practica una política colonial con las repúblicas vecinas, establece relaciones de clientela con las dictaduras del mundo islámico (Turquía, Siria e Irán), extiende amenazas hacia Ucrania, y si los europeos se dejan estar, pronto lo hará hacia los países bálticos y Polonia. Con diversos gobiernos del mundo ha configurado alianza políticas. En Europa ya las mantiene con Hungría. Incluso Latinoamérica no es ajena a sus visiones. De hecho cuenta allí con dos aliados incondicionales: las dictaduras de Castro en Cuba y la de Maduro en Venezuela.

El imperialismo de Putin —es la diferencia con el imperio chino de nuestros días— no es en primera línea económico. Lo que une a Putin con las naciones que controla, o donde ejerce influencia, es una relación ideológica: el desprecio por la democracia occidental. Esa ideología tampoco se diferencia de la del imperio estalinista.

Putin hoy como Stalin ayer, es un declarado enemigo de la “sociedad abierta” y por lo mismo de los valores políticos que representa la Europa moderna. En cierto modo, como destacara una vez Rudi Dutschke, Stalin era el representante de un “asiatismo despótico” practicado en nombre del marxismo. Algo parecido ocurre con Putin.

Los ideales que hoy acaricia el exmarxista Putin son los de la Madre Rusia, los de la ultraconservadora confesión ortodoxa, los del familiarismo patriarcal, los de la homofobia, los de la eurofobia y los de la xenofobia. Putin es así fiel al antioccidentalismo zarista y comunista. Su utopía, en lugar del comunismo, es la del por él llamado, “mundo posoccidental”. Su modelo político reside en la fusión de un solo líder con el estado y con la nación. Son esos —quizás está de más decirlo— los mismos ideales de los neofascistas europeos. Esa es la razón por la cual los mal llamados nacionalistas son —aunque parezca paradoja— muy internacionalistas entre sí. En todo caso mucho más que los defensores de la Europa moderna. Han fundado en la práctica una quinta internacional: esa es la internacional de los fachos.

Stalin por cierto, agitó la lucha de clases, las del proletariado en contra de “la burguesía”. En eso tampoco se diferencian demasiado putinistas y estalinistas. En efecto, en todos los movimientos neofascistas (o putinistas) encontramos dos constantes. La primera: lucha de clases hacia abajo: odio hacia los extranjeros pobres. La segunda: lucha de clases hacia arriba: odio a las “élites” políticas (“la progresía” en lugar de “la burguesía)

Los neofascistas se han convertido en todos los lugares donde existen, en el partido de los resentidos y miedosos sociales. Los extranjeros pobres son para ellos el objeto elegido de un odio que en el fondo es hacia ellos mismos. Los partidos neofascistas son sus portavoces. La Rusia de Putin es, como ayer la URSS, la patria de la revolución, pero esta vez, no del proletariado, sino del populacho enardecido, en fin, de la revolución antipolítica de las masas inorgánicas articuladas bajo gobiernos autocráticos y partidos racistas.

Frauke Petry, líder de los neofascistas alemanes, se encuentra en Moscú. La noticia apareció con letras muy pequeñas en los periódicos, como si la dama hubiera ido de vacaciones a Las Baleares. En lugar de enfrentar a una mujer que en nombre del nacionalismo más extremo viaja a recibir instrucciones (y con toda seguridad, dinero) de un estado enemigo de la democracia occidental, los medios y los políticos intentan minimizar el hecho. Grave error.

Quizás cuando los políticos europeos entiendan que a la democracia no solo hay que vivirla sino, además, defenderla, será demasiado tarde. Ayer EE. UU. tuvo que proteger a Europa. Pero de los EE. UU. de Trump lo más que pueden esperar los europeos son negocios. Y tal vez, para el estrafalario presidente, Europa ya no es un buen negocio.

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Fernando Mires 

Comentarios (5)

enrique tineo suquet
23 de febrero, 2017

Difiero en algo respetabe articulista. Las analogías son semejanzas que se establecen entre dos o más entidades en uno o más aspectos, son aproximaciones de identidad para dos casos o cosas distintas. Si es es, si no es, no es. Lo que sucede “es”, que se está evidenciando una paradoja: Desde la llamada ultra derecha se está defendiendo al Estado Nación, la patria, la economía real, los valores de identidad nacional que han venido siendo aplastados por el neoliberalismo, por eso hay una analogía entre algunos -más que suficiente- socialistas y neoliberales.

Leiniz Zerpa
23 de febrero, 2017

Entiendo muy bien el planteamiento, pero satanizar al otro bando nunca hará mejor al que profesamos. Son tiempos de cambios y si los demócratas del mundo, sostenidos por el apoyo de sus minorías no entiende que no son elegidos para vanagloriarse y mucho menos para explotar la veta alcanzada, pues se verán desplazados y todos lloraremos cuando estemos pagando las consecuencias.

Alonso Lizaraz
24 de febrero, 2017

Hay un hecho que tienen que reconocer los que aun están un poco distraídos: las social-democracias fracasaron en el mundo, y fracasaron porque estas no son mas que socialismo disfrazado (una vez mas) bajo el mando de la Internacional Socialista y su agenda obscura, ahora no tan oculta, el Socialismo del Siglo XXVI junto a factores como MUD, Vaticano, ex-presidentes, es la muestra mas evidente. Que cosas, son fachos quienes defienden a su nación de factores decadentes, pero los mal llamados liberales, son los buenos de la película. Lo cierto es que un mes de Trump ha hecho mas por Venezuela que ocho años de Obama. Ojalá a Venezuela llegue a gobernar un “facho” de estos que son tan malvados que aman realmente a su país. Para finalizar, busque la reacción de los musulmanes residentes en París después del ataque cobarde en el Bataclan, puede que le haga cambiar un poco de opinión respecto a estos “fachos”.

Fernando Mires
26 de febrero, 2017

Sr. Lizaraz, recurrir al ataque a Bataclan para sacar de esa tragedia una renta argumental es bajísimo. Y que diría usted si yo le dijera que se ponga en el lugar de una familia siria a la que los aviones de Putin -amigo del trumpismo- han bombardeado su casa y lego buscado asilo en Alemania y después tener que huir porque esas cabezas rapadas, los fachos que usted admira, han incendiado el hogar de asilo? Increible, además, que alguien quiera que esos fachos gobiernen su pasís. Por lo demás ya los tienen. A esa ralea facha pertenecen tanto el chavismo como el trunpismo. Le recomiendo lea el excelente artículo de Javier Marías sobre Donald Chávez y Hugo Trump.

Chacao Bizarro
26 de febrero, 2017

En mi pueblo marinero. Cuando algo era espantoso, se solía decir ¨ Ave María purísima¨. En otros casos se exclamaba ¨ que Dios nos agarre confesado¨. Leyendo algunos comentarios, recordé cuando Hermenegildo Mata con ojos desorbitados y cara descompuesta, mirando al cielo. Clamo ¨ Ave María purísima, que Dios nos agarre confesado ¨ y de inmediato se persignó con la señal de la Santa Cruz..

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