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La fe como Odisea intelectual: A propósito de ‘Ortodoxia’, de G.K. Chesterton; por Octavio Vinces

Por Octavio Vinces | 2 de diciembre, 2014

La fe como Odisea intelectual A propósito de Ortodoxia, de G.K. Chesterton; por Octavio Vinces 640

El epígrafe del libro Estética e historia de las artes visuales, de Bernard Berenson, atribuye al Dr. Samuel Johnson la fraseque se transcribe: «Casi todo lo que nos pone por encima de los salvajes nos ha llegado desde las costas del Mediterráneo». El reconocimiento de la supremacía de la cultura grecolatina, en contraposición con la barbarie anglosajona,resulta más que evidente en esta hermosa cita. G.K. Chesterton, sin embargo,quiere alejarse de cualquier asomo de complejo de inferioridad cuando en el inicio de Ortodoxia propone la escritura de una novela en la que un navegante zarpe de las costas inglesas para terminar, luego de un periplo que podría recordarnos a la propia Odisea, descubriendo Inglaterra. Es cierto que Ortodoxia constituye una especie de autobiografía intelectual o más bien de recuento conceptual de una de las conversiones al catolicismo más preclaras de la historia intelectual inglesa (junto con la del cardenal John Henry Newman y los demás miembros del llamado Movimiento de Oxford), pero además y por encima de eso se trata de una obra manifiestamente británica en el despliegue de una lógica que rehúye las alturas de las Ideas y busca el apoyo permanente de lo terrestre, de lo empírico.

No se propone Chesterton desmitificar las bases ni el valor de su cultura ni de su sociedad, porque las respuestas que continuamente ha buscado a lo largo de su vida han estado todo ese tiempo precisamente delante de él. Es necesario entonces tener la humildad de retornar a Inglaterra en contra de toda objeción u obstáculo impuesto por las modas intelectuales. Pero ese esfuerzo servirá también para demostrarnos que la diatriba puede ser un género literario en sí mismo.Un ya ilustre George Bernard Shaw, comunista y miembro de la Sociedad de los Fabianos, será la principal víctima de la exuberancia verbal del escritor converso. En su tempo y en su intención, en su lógica pedestre y a la vez demoledora, Chesterton parece adelantarse al padre Brown, ese cura-detective que terminó siendo el más célebre de sus personajes literarios. Pero estamos aquí ante un padre Brown enfrentándose a un sinnúmero de Flambeaux o, lo que sería más sorprendente aún, carente de Flambeau alguno a quien convertir a través de la demoledora lógica de su discurso pastoral (como en el espectacular final del relato Las estrellas fugaces, en el que, subyugado por la elocuencia del padre Brown, Flambeau termina lanzando los tres diamantes que había robado desde la copa del árbol donde estaba escondido), ni con quien compartir la sabia amistad de dos ancianos que descubren consuelo en la antigua rivalidad.

Es posible tener la impresión de que por largos años —décadas, en realidad— la obra de G.K. Chesterton estaba siendo ninguneada,tanto por las tendencias impuestas en la crítica literaria desde los llamados estudios culturales, como por el derrotero de una intelectualidad europea dominada por el existencialismo filomarxista. La revitalización de la obra de Gilbert Keith Chesterton, plasmada en el creciente número de sus traducciones y reediciones, tal vez sea una prueba fehaciente del enriquecimiento del debate cultural que significó la caída del Muro de Berlín,con la apertura hacia obras y pensamientos antes soslayados o abiertamente marginales. Vernos en la necesidad de convivir, entre otras cosas, con el entusiasmo pueril de Francis Fukuyama o la esforzada vigencia de Ayn Rand es un costo ínfimo frente a todo lo que esto termina beneficiándonos.

Octavio Vinces 

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