Blog de Lucas García

Escape del mall, por Lucas García

Por Lucas García París | 25 de octubre, 2013

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Volvemos a pasar frente al Ford Fiesta.

            — ¿Estás seguro que es aquí?— pregunta mi señora.

            — Ahora no tanto.

La maldición del Sambil. He entrado en miles de mall en mi vida. Desde el ochentoso CCCT hasta el moderno de El Recreo y siempre he podido salir. Pero con el Sambil no hay manera.

         — Estábamos cogiendo a la derecha —digo—, saliendo por la escalera donde está esa tienda de ropa sifrina.

— ¡Ay, Lucas, eso es todo el mall!

Tiene razón. Las referencias se cruzan en mi mente. Es verdad que Armani no es lo mismo que Tomy Hillfiger, pero hay algo en este edificio de mis tormentos que a la media hora me reblandece las neuronas.

—Te dije que anotaras el número de la columna y el color en el ticket, mi vida— me dice mi señora.

Yo gruño. Hombre que es hombre no anota números de columna y color. Indiana Jones no lo hacía, tampoco Allan Quatermain, ni el Doctor Livingstone, supongo.

— ¿Cuánto llevamos dando vueltas?— pregunta mi señora.

¿Cómo saberlo? Acá abajo el tiempo no tiene  sentido. Carros y carros apilados, gentes que va y viene llevando bolsas, comiendo churros y cinammon rolls. Todos esos conductores que manejan lento, pendientes del primer desgraciado que deje un puesto libre.

Una vez me tomé unas frías con un pana en un local de costillas en el nivel Acuario. Cuando bajamos a buscar su carro estábamos algo achispados, pero nada grave. Se nos fueron cuarenta minutos buscando el vehículo. ¡Cuarenta minutos! Dábamos tumbos en el subsuelo y estábamos más perdidos que los mineros chilenos.

—A lo mejor vinimos a pie— decía desesperado mi amigo.

Cruzamos frente el Ford Fiesta. Me entra una mezcla de desesperación y furia. Tal vez miedo. ¿Estamos perdidos o ese carro nos está siguiendo? A lo mejor es un poltergeist, o el espíritu de un pobre desgraciado que se quedó atrapado acá abajo.

—Lucas, tengo ganas de ir al baño— dice mi señora.

Volvemos a subir. Mientras mi esposa va al privado intento organizarme. Busco puntos de referencia. Es difícil concentrarse con el bululú, el murmullo de todas esas gentes, todos esos televisores en oferta, los nuevos juegos de PSP.

Me acuerdo de esa película de George Romero donde se desata el apocalipsis zombie y unos pocos supervivientes se refugian en un mall. Es como escaparse del infierno escondiéndose en un infierno menor. ¡Ay, Dios mío! ¡Apiádate de esta pobre alma consumista!

Empiezo a sacar cuentas. Tal vez podemos irnos en taxi y volver en la mañana a buscar el carro. Un hombre sabio conoce sus limitaciones. Me dejo llevar por esa opción cuando me veo frente a una vitrina de Lacoste. Mi cara reflejada sobre una chemise rosada.

— ¡Sé hombre, Lucas! —grita mi reflejo—. ¡Busca ese carro ya!

Cuando vuelve mi esposa estoy renovado. Ella viene acompañada de un tipo de seguridad.

—Aquí tienen un servicio gratuito donde te ubican el carro, mi vida— me dice sonriente.

Lo encuentran detrás de un Ford Fiesta.

Lucas García París 

Comentarios (5)

Hernani
25 de octubre, 2013

Simpático relato de lo que nos pasa a todos los hombres de aquí… Jeje

lisbeth jones
25 de octubre, 2013

Excelente relato pero a las mujeres también nos pasa Jajajaja me hiciste amena la tarde/noche

Leonardo Picón L
25 de octubre, 2013

Me siento plenamente identificado con el tormento de buscar el vehículo en cualquier nivel de ese estacionamiento.

Antonio González
26 de octubre, 2013

Pareciera el primer capítulo de un libro mas denso… faltaría saber como es la llegada a casa con el tradicional: “te lo dije…”

María
14 de noviembre, 2013

Siento que amo como relatas cada vivencia #soytufan jaja!

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