- Prodavinci - https://historico.prodavinci.com -

Esa violencia silente, por Naky Soto

Esa_violencia_silente_por_Naky_Soto_640

La profesora venía de un país centroamericano. Su destino final era otra ciudad venezolana que contaría con su intervención como cierre a un importante evento sobre violencia. Fue convencida de aprovechar su tránsito por Caracas para dictar una charla más breve a estudiantes y activistas del tema.

Maiquetía indolente

La crisis de pasajes aéreos la obligó a vivir una ruta zigzagueante que incluyó su país de origen, Panamá y Aruba antes de tocar suelo venezolano. Acostumbrada a los viajes pero no a nuestro gentilicio, sus últimos compañeros de vuelo le resultaron ostentosos e indiscretos. La experiencia en Inmigración fue agotadora. Sorprendida de la cantidad de chinos con pasaportes venezolanos e indignada por el agravio que recibió por parte de los responsables de la aerolínea, salió a nuestro encuentro hora y media después de lo previsto, pues como solución al extravío de su equipaje que endosaron a la cantidad de vuelos que realizó ofrecieron avisarle por teléfono para que bajase a buscarlo al aeropuerto, si acaso aparecía.

Me pidió que la acercara a un baño. Fuimos juntas y en la puerta una señora robusta impidió nuestro ingreso diciendo:

Espérense ahí, todo el piso está lleno ‘e miao y si no lo limpio ahorita me forman un peo.

La profesora regresó sobre sus pasos con el rostro enrojecido.

Negocié con el taxista la supresión de la música alegando la muerte de un familiar cercano a nuestra invitada. Mantuve mi ventana abajo porque el aromatizador del carro era un Kool-Aid nasal muy fuerte, suficiente tutti frutti para una fábrica de caramelos. Le propuse que subiéramos directo a un centro comercial para comprar lo mínimo necesario, advirtiéndole que los sábados son días de censo presencial en esos espacios. Ella aceptó.

La autopista nos trató con consideración, pero al llegar a Caracas, la ciudad se describió a sí misma: peatones intercalados con motorizados que sólo respetan su toque de corneta continuo, vendedores de helado estacionados sobre rayados peatonales, terciando con taxistas cazando clientes; un niñito caminando al borde de la acera mientras la mamá dedicaba toda su atención al tecleo en su celular; chóferes avanzando aunque la combinación del tiempo del semáforo y el espacio disponible, no alcanzaría para cruzar sin entorpecer el tránsito del otro sentido. Muchas groserías en el ambiente, incluso un par de muchachos que caminaban a nuestro lado mientras entramos al centro comercial reían repitiendo: “¡Maldita sea, marico, qué risa!”.

Jóvenes, flacas y sumisas

El inventario de tiendas visitadas 27 en total en uno de los centros comerciales más grandes de Caracas lo resumiré así:

Ropa íntima: el 99% de la oferta para piezas inferiores son modelos de hilos, cacheteros o cintura baja. Las superiores son push up o especiales para prótesis mamarias, con aplicaciones brillantes o encajes. Mucho animal print y pocos colores clásicos.

Pijamas: de acuerdo al imperio de la juventud que domina nuestro imaginario, o te llevas un baby doll, o pagas por un conjunto de pantalón y camisa de algodón lo mismo que por un vestido de fiesta.

Ropa: tienes que adelgazar. 4/5 de lo disponible está en tallas XS, S o M. Si no cabes, no te quejes.

Zapaterías: Lady Gaga mediante, aprende a caminar sobre plataformas con tacones de 25 centímetros o con zapatos escolares.

Cosméticos: agarra lo que encuentres porque variedad no hay.

Logramos la compra necesaria, pero fue un ejercicio extenuante. En unas tiendas nos vigilaron como potenciales ladronas, en otras debimos esforzarnos por lograr el contacto visual que conquistara la atención de algún vendedor; en dos ocasiones nos mandaron a adelgazar antes de asumir lo escaso de su inventario, y en una nos advirtieron que no tenían punto de venta antes de darnos la bienvenida. En casi todas debí interactuar como la traductora intérprete que banalizaba la descortesía.

En el hotel esperamos unos 15 minutos, que no incluyeron la atención a otro cliente, sino la actualización de las historias amorosas de las tres mujeres que ocupaban la recepción, con intercambio de celulares para ver las fotos de los consortes y los mensajes más recientes que habían recibido. Pero resolvimos el ingreso y la llevé a cenar a una arepera cercana.

Mientras cenamos, la profesora nutría sus preguntas y comentarios con lo que nos llegaba de conversaciones cercanas. Por qué dicen tantas veces “marico(a)”, por qué se burlan del Presidente, siempre tardan tanto para entregar un pedido, por qué no hay papel higiénico en el baño, cuánto es el monto de la cena en dólares. Al hacerle un resumen de nuestro mapa político más reciente, entendí que se parece más al guión de un stand up comedy, que a un proceso político complejo. Cuando nos despedimos, la profesora me dio las gracias y me abrazó, incluso me bendijo con tono maternal.

Ella se irá

La profesora dormirá con una pijama injustificadamente costosa. Usará unas pantaletas incómodas para su edad y estilo. Extenderá el uso del único pantalón que posee por 2 días más, combinándolo con un par de blusas igualmente caras para su calidad. La profesora hablará de violencia ante una audiencia violenta, porque la ejercemos sin armas, en cualquier espacio, continuamente, y a estas alturas del partido: sin darnos cuenta. Hemos aprendido a negociar con la furia. La tensión que vivimos se respira hasta en el despacho de una reina pepeada con un jugo de lechosa. Ella se irá mientras nosotros nos quedamos. Ella se irá de una experiencia feroz que podría ayudarle a reenfocar sus próximos esfuerzos académicos por entender otras formas de violencia.

Es cruel sonreírle a quien te maltrata, porque de no hacerlo las consecuencias pueden ser peores. Es un exabrupto negociar la prestación de un buen servicio partiendo de la sumisión. Cada transacción comercial que realizamos fue un golpe a la decencia: porque les sobra gente, porque no les interesa atenderte, no les interesa que vuelvas, porque aún la crisis no ha cuestionado su poder. El poder de una caja registradora que podría no sumar nada si decidimos no tolerar sus insultos.

Fuimos atropelladas varias veces, verbal y gestualmente. Para mí, es un registro más de un extenso mapa de barbaries, para ella es una fotografía dolorosa de una ciudad que desconocía y a la que dudo le interese regresar.

En el intercambio inexorable de nuestra cotidianidad, los caraqueños tenemos un reto enorme: apiadarnos de nosotros mismos, hacernos conscientes de lo inaceptable del maltrato como norma. Siento que el riesgo de no hacerlo es seguir ejecutando pequeñas venganzas que fomentarán otras, sin saber cómo empezar a cambiar, en un ciclo terrible de negación al progreso, amparándonos en lo distintos que somos al común denominador mientras nos convertimos en parte del total.

Ella se fue.

Nosotros nos quedamos.