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Entre Google y el Parlamento Comunal; por Norberto José Olivar

Por Norberto José Olivar | 19 de diciembre, 2015

Entre Google y el parlamento comunal; por Norberto José Olivar 640

La escritora chilena, Lucía Guerra, dice, en Más allá de las máscaras (1993), que a los treinta y cuatro años comenzó a escuchar, con pasmada atención, las letras de las canciones que hablaban de la vejez. Y González León, por su lado, escribió: “Me siento viejo. Decaído. Ayer tuve la certidumbre y hoy me pongo a contarlo”, insuperable opening de su novela Viejo (1994). Quizás Guerra no estaba tan vieja como se sentía. Y Adriano rondaría los sesenta y algo. Y yo, que por estos días entré a la cincuentena, advierto que estoy ya en el último trayecto de lo que sea que me falte por andar. Y aunque no me ha dado por escribir sobre el asunto (excepto estas líneas), ni por escuchar letras de vidas otoñales, sí me he sorprendido, completamente perdido en mis pensamientos, haciendo mi rutina de chofer familiar. Empezando que ahora solo oigo canciones en inglés, de Joe Cocker a Michael Bublé, con la única esperanza de no entender absolutamente nada. El inglés tonifica mi imaginación de manera colosal. Pero si acaso entiendo alguna frase, entonces comienzo a inventarme una letra que cuadre con lo descifrado, aunque procuro que esto no suceda para seguir navegando, tan a gusto, en mi imaginación repotenciada, viendo cosas nunca vistas. Y entre estas imágenes inimaginables observo a mis dos hijos, cada uno en su cuarto, con unas enormes branquias de Google que les permiten respirar muy cómodos, y en abundancia, verdaderos torrentes de aire. Por supuesto, esta imagen inimaginable es culpa del señor Baricco y su despiadado, pero maravilloso Ensayo sobre la mutación (2008) que, no sé si él lo sabrá o habrá tenido esa intención siquiera, se trata de una insólita y divertida indagación sobre el problema de irnos poniendo viejos. Y descubro, allí, que mis hijos son unos mutantes auténticos y consumados: humans multitasking, es decir, juegan al PS3, revisan cualquier cantidad de sitios webs, hacen sus deberes escolares, hablan por sus celulares (manos libres) no con uno, sino con varios de sus compañeros de curso y otros tantos, miran la televisión, responden emails, oyen música con los audífonos del móvil, pasan mensajes de textos, y yo, en mi inocencia senil, me pregunto cómo pueden hacer tantas cosas a la vez; pero ese es precisamente el error, el impase generacional, el choque de civilizaciones (perdón por el dramatismo finisecular); pero no, ellos no están haciendo muchas cosas al mismo tiempo, ellos están haciendo una sola cosa. Eso es lo verdaderamente increíble e incomprensible para los que ya tenemos cierto kilometraje. Es el secreto de esta mutación en proceso. Surge, pues, la necesidad de vaciarnos de ciertos contenidos (prejuicios muy válidos, no lo niego) para entender estos nuevos y vertiginosos significados. Ahora la experiencia no es un acto de apropiación de un fragmento de la realidad, de su profundización, de ir más allá del sentido aparente, sino de un trayecto a cubrir. Mis hijos no se mueven hacia una meta «porque la meta es el movimiento», como exhaustivamente explica Baricco. Y el movimiento, les recuerdo a los que estén negando con la cabeza mientras leen esto, es el principio de la vida y del arte, como bien lo dijo, en su día, el gran Paul Klee.

Pienso en todo esto mientras manejo, no sé ni a qué destino, pero también me vienen ráfagas de peroratas noticiosas, de la noche anterior, sobre un supuesto parlamento comunal y de revoluciones profundizadas. No me queda más que partirme de la risa. Me da un poco de vergüenza porque los conductores vecinos ven cómo me estremecen las carcajadas. Las lágrimas me saltan de la cosa que da. Pero es verdad, no me queda más que reírme y pensar, hasta con cierta gracia, que vivimos en una especie de pueblo paralelo llamado Piedradura. Hemos mutado, a la inversa, hacia la Edad de Piedra. Menos mal que nuestros hijos viven en otra dimensión, como aquel capitán, Ireneo Morris, de La trama celeste (1967), de nuestro Adolfo Bioy Casares, que saltaba a realidades alternas en el mismo lugar.

Norberto José Olivar 

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