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De cuando en Caracas se ligaban las llamadas; por Héctor Torres

Por Héctor Torres | 29 de octubre, 2014

De cuando en Caracas se ligaban las llamadas; por Héctor Torres 640

A Rosa no le faltaban pretendientes. Pero a ella no le gustaban. El Gerente de la Casa Ultramar, su jefe, daba vueltas en torno a su pista sin atreverse a aterrizar (¡Pero era un viejo como de treintitantos!), el hijo del farmacéutico le hacía ojitos (pero a ella en realidad no le parecía de buen ver), el del dueño de la joyería le sonreía todas las mañanas (pero esa sonrisa no le resultaba contagiosa), el árabe de la mueblería le decía que se iban a casar y se la iba a llevar a su país (y la asustaba tanto, que cambiaba de acera cuando lo veía parado frente a la entrada de su negocio).

No eran sólo los labios carnosos. Ni los muslos que prensaban sus faldas. Ni siquiera la melena que tanto la envanecía. Era que todo eso, mezclado con sus diecisiete años, conformaba una diana a la que ninguno podía dejar de apuntar.

Pero a ella no le gustaban.

Era el 1957 de una Caracas que, a pesar de sus afanes modernistas, no terminaba de despojarse de un cierto carácter aldeano. Una Caracas que apenas superaba el millón de habitantes. El padre de Rosa había muerto el año anterior de un paro cardíaco y ella decidió salir a buscar el sustento para su madre y cuatro hermanos menores. Tenía unos seis meses en esa tienda de electrodomésticos de la avenida España, en Catia, cuando sucedió el asunto de la llamada.

Parte de su trabajo consistía en verificar las referencias comerciales de los clientes. En ese entonces, las llamadas solían “ligarse” con mucha frecuencia. En una de esas, intentando llamar a un número telefónico, escuchó en el auricular unas voces. Y ella, una muchacha de 17 años que no tuvo tiempo de ser muchacha, se regaló el culposo deleite de quedarse en silencio escuchando la conversación. Como si fuera una radionovela, al otro lado de la línea un hombre reclamaba a una chica que no lo había llamado, y esta le respondía, displicente, que había perdido el número. El hombre le dijo “entonces, anota ahí” y, a continuación, dictó un número telefónico agregando, no sin ironía, su nombre completo.

Como si la orden se la hubieran dado a ella y no a la chica invisible, con el mismo bolígrafo que escribía aburridas rutinas administrativas, Rosa apuntó en el borde de una nota de entrega el número y lo que alcanzó a escuchar del nombre.

A la mañana siguiente, como para ponerle un poco de sabor a la tediosa jornada laboral, y aprovechando la ausencia del jefe, la muchacha que no tuvo tiempo de ser muchacha buscó el teléfono anotado, levantó el auricular y discó uno a uno los números.

— Aló.

— Aló, buenos días. El señor Torres, por favor.

— ¿Con cuál de ellos?, porque somos tres: Héctor, César y yo.

— Ah, entonces debe ser contigo—, respondió ella, disfrutando del arrojo que le proporcionaba la ausencia física.

Ella se percató de que esa no era la voz seca y ausente de gallardía que había escuchado el día anterior. El hombre al otro lado de la línea (Gustavo, dijo que se llamaba), intuyó, por su parte, qué era lo que se esperaba de él, por lo que se dispuso a hacerlo. En eso era bueno. Muy bueno, más bien. De hecho, ya ella tendría tiempo de padecerlo.

Pero no nos adelantemos.

Ella estaba pensando que el hombre tenía la voz bonita cuando él verbalizó precisamente ese cumplido: “Tienes la voz bonita”, le dijo. Y con esa excusa siguieron conversando. Que si dónde trabajas, que si dónde vives, que si tú qué haces… Hasta que él hizo la pregunta:

— ¿Qué te parece si nos vemos?

Sería lindo, respondió ella, convencida de que todo en él debía corresponder con esa voz.

Y sin esperar más nada, lo citó en la farmacia que quedaba en toda la esquina, allí en la avenida España, unos cuantos negocios más arriba de la Casa Ultramar. ¿Qué por qué hizo esa llamada? La respuesta a esa pregunta la debe tener ese viejo caprichoso llamado Destino.

***

La escogencia de la farmacia era de carácter estratégico. Tenía tres puertas: una en el centro y una a cada lado. Como vivía encontrándoles peros a los pretendientes, había decidido que se ubicaría de tal forma que si no le gustaba ese que entrara por una de las puertas llevando las  prendas convenidas, ella saldría por cualquiera de las otras, sin darle tiempo de nada.

La Farmacia, por cierto, sigue ahí. En el cruce entre la avenida España, ahora Bulevar de Catia, con la segunda avenida de Nueva Caracas. Sigue ahí, aunque una barrera de negocios ambulantes (un puesto de jugos, otro de perros calientes y un tercero de empanadas) oculte a la vista su fachada principal. Sigue ahí, con sus tres puertas y su bombillo de turno, en lo alto, como pidiendo auxilio en medio del sofoco de carros y gente que nunca cesa. Sigue ahí, entre las rejas que la hacen parecer una agencia de lotería y su farmacéutica que, por su aspecto actual, debía tener los mismos diecisiete años de la muchacha que, por puro capricho, citó a un chico de voz bonita a ese local, un poco más de cincuenta años atrás.

Para practicar su potencial huida, llegó con suficiente anticipación. No contaba con que el galán estaría muy ansioso y lo haría apenas unos minutos después que ella. No había tenido tiempo de decidir su ubicación cuando escuchó la voz (esa amable voz del teléfono) llamarla por su nombre.

De estatura media, delgado, todas sus formas, sus gestos, sus palabras, en efecto, se parecían a esa voz. No, no podría decirse que le pareció feo.

Caminaron, conversaron, se tomaron algo en algún lugar, ella le rió los chistes… En fin, que no escatimaron en hacer un despliegue de todas las armas de las disponían. Ambos sabían de eso. “Diecisiete”, dijo ella. “¿Y tú?”. “Dieciocho”, respondió él velozmente. Él la acompañó hasta cerca de su casa. No mucho, pero cerca. Lo suficiente para poder ubicar su dirección.

— ¿Ni un besito?

— Ni un besito—, asegura ella desde esa distancia que no tiene nada que perder.

Esa estrategia (la del desinteresado) es entre las eficaces, la más letal.

Al día siguiente no se vieron. De hecho, él no la buscó inmediatamente. A las semanas ella dejó de trabajar en la Casa Ultramar y, junto con el ramo de las ventas a crédito, creyó que salía también de la posibilidad de volver a hablar con un Gustavo que no la llamó en varias semanas. Ella, por orgullo, decidió retribuirle el gesto.

De las eficaces, esa estrategia es de las más arriesgadas.

***

Al parecer, el hombre sabía lo que estaba haciendo. No había transcurrido un mes cuando, estando ella una tarde en su casa, una hermana le avisó que la buscaban afuera. Ya ni recuerda qué día era. Sólo recuerda que cuando salió, extrañada, ya que no le gustaba llevar amigos a la casa, lo vio en la puerta, sonriente, con el sol a su espalda, a punto de guardarse tras los cerros.

Estuvieron saliendo un tiempo. Se hicieron novios. Vivieron todas las cosas que viven los novios en cualquier parte y época del mundo. “¿Todas las cosas?”, pregunto con malicia. Ella no responde pero tuerce los ojos y hace un mínimo movimiento de cabeza en el que se puede leer, claramente: “Tu generación no descubrió el agua tibia”.

“Él era un hombre muy lindo. Incluso ingenuo”, recuerda ella. “Pero no tenía lo necesario”, agrega, y en tanto avanza la historia uno entiende a qué se refiere con ese “lo necesario”. Año y medio después de ese día en que él se apareció en su casa, decidieron casarse. Quizá en ese entorno, en el fragor de esa promesa, en la ilusión de los preparativos, en las aventuras de haber encontrado un apartamentico en Altavista, es que ellos, como antes y después lo han hecho tantas parejas en el mundo entero, se zambulleron en las delicias del agua tibia.

Un día antes de la boda (léase bien, un día antes), él la fue a visitar diciéndole que tenía algo importante que decirle. Ella se negó a asustarse, pero por el tono con el que se le dijo, no pudo evitar ponerse en guardia.

— ¿Qué será?, le preguntó con la forzada sonrisa del que está sujetando la angustia por un hilito.

“Cuando yo te conocí te dije que tenía 18, ¿verdad?”, le dijo él, cabizbajo. “Pero no es verdad. Mi mamá va a tener que firmar por mí, porque los  cumplo el mes que viene”.

***

Contra toda evidencia (tuvieron tres hijos), el asunto no funcionó. “Él era un hombre bueno”, insiste ella. De hecho, se separó de él estando aún enamorada. Pero en sus cuentos habla de una familia de locos, de una madre que solo tenía interés por la política, de un hombrecito adorable que no podía, sin embargo, resistirse a la presión de lo que ellos esperaban de sí mismos: mujeriego, amiguero, fiestero… Un hombre de su tiempo que sería apenas un adolescente del nuestro.

No tenía lo necesario para hacer un hogar, entiende uno en aquella oración inconclusa.

Es curioso pensar que tu padre no alcanzó la edad que tienes ahora. Que se quedó menor que tú. Que no experimentó ese cierto sosiego que aparece pasados los cuarenta. Un día, como al padre de ella, un infarto apagó su corazón. Corría el 1974. Tenía 33 años.

A ella le dolió mucho, pero no le extrañó tanto. La noche que volvió de su velorio, según asegura, despertó al sentir una caricia en el rostro. Una caricia hecha con ternura. Entonces abrió los ojos y le dijo, en la oscuridad, sin poder verlo, como si interviniera en una llamada que está ligada: “Yo también te quiero mucho, Gustavo. Vete en paz”.

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (15)

Loly
30 de octubre, 2014

Sr Torres, intuyo que es su papá y es una historia hermosamente contada. Dios le cuide esa palabra, esa manera, esa cercanía para contar.

Edilia C. de Borges
30 de octubre, 2014

HACÍA TIEMPO QUE NO LEÍA UNA HISTORIA DE AMOR TAN DULCE Y TIERNA, CERO VIOLENCIA, CERO PALABRAS FUERTES, TODO UN SUSPIRO DE FRESA… lÁSTIMA QUE LA HISTORIA TERMINA UN POQUITÍN TRISTE….

Ligia Isturiz @Seleccionada
30 de octubre, 2014

Héctor Torres es para mí un escritor diferente en el manejo de los sentimientos, hasta el punto de convertir una minicrónica en un cuento de amor y viceversa… Me alegra el reencuentro H… Quizá un día tengas que escribir la historia de estos años terribles de nuestro país y ese raro don tuyo haga para sus lectores una situación nostálgica

María Mercedes Guerra
30 de octubre, 2014

Héctor, todos los días ruego a Dios por leer cosas como estas. Ya En Caracas muerde, hay ese rasgo sentimental del amor por lo que haces. Felicidades y éxito, no dejes de escribir también del amor, eso me apasiona.

Kamal Makled (yamel)
30 de octubre, 2014

excelente escrito, una manera muy fresca de narrar una dulce historia

migda elizabeth
30 de octubre, 2014

Esta historia me hizo recordar las llamadas ligadas de dos novios que tuve. Justo cuando los estaba llamando se ligaron las llamadas y los escuché hablando con otras novias. Y así como la protagonista me quedé escuchando las conversaciones y después de eso jamás quise saber de esos hombres. Nunca les mencioné que los había escuchado. La historia es muy bonita y también me hizo recordar a un novio que me mintió con su edad para que lo aceptara y cuando supe la verdad me dí cuenta que era un espectacular mentiroso. Será que me tocará escribir mis historias…? Con mi estilo, ojalá pudiera llegar a transmitir de la manera que lo hace Héctor Torres a quien felicito por el grato momento que he pasado con su historia.

Carolina De Abreu
30 de octubre, 2014

Como siempre, quedo encantada con tus historias.

Gustavo Torres
31 de octubre, 2014

Querido Hermano

Hermoso relato, me llevo a la epoca de esos amores, gracias por narrar esa historia de Amor que nos dio la vida.

Cada dia mejor!

Estamos orgullosos de ti 🙂

Tia Beatriz
31 de octubre, 2014

Querido Hector. Comparto los comentarios de quienes leyeron tu historia. Realmente hermosa y fidedignamente contada, sólo un detalle para darle 100 puntos, la fecha de la partida de tu papá fue 13 de diciembre de 1975. Mi punto de referencia fue el nacimiento de Wladimir 3 semanas antes y como el vivía en San Felipe se hizo pasar por su papá porque no era hora de visita. Así mismo me la contó Gustavo, quien, dicho sea de pado, fue mi confidente, mi amigo y mi celoso hermano. Hoy he tenido muchas nostalgias, pero éste recuerdo mi hizo sonreír. Te quiero

Carolina Rangel
31 de octubre, 2014

!Que bella historia! Maravillosamente contada.

Reina Graciosi
1 de noviembre, 2014

¡Que deliciosa historia!… ¡sencillita!… es sentirse en ese momenlo lo que la hace especial, sobre todo al saber que uno formó parte de esa época y vivió situaciones como ésas, con citas a ciegas y todo. Es como si conocieras a alguien a través de una página para citas actualmente. Gracias Héctor por este ratico que me hiciste vivir… Dios bendiga tu talento.

marina
5 de noviembre, 2014

…las casualidades y los amores tienen mucho en común! Bravo! gracias por esta historia la mañana comienza diferente. Una sonrisa ampla me acompaña!

bogart
7 de agosto, 2015

hector, mi primo querido, hermano tambien, tienes una bendicion que me saco lagrimas por que tus escritos muchos lo he convivido contigo y eres el perfecto para que el mundo los disfrute.. que hermoso el saber que estas y puedes dar esos hechos del pasado al mundo

Edgard J. González.-
7 de agosto, 2015

Es en realidad una hermosa y bien contada historia. Al leerla hoy tuve la sensación de haberla leído hace 22 meses, pero la disfruté tanto que terminó siendo un estreno. Sólo añadiría que también en el resto del país se ligaban las llamadas, quizás más en provincia por que en Caracas se dan primero los avances tecnológicos, y como lo demás es “monte y culebra” es lógico pensar que los atascos de comunicaciones debieron ser peores fuera de la capital. Yo sufrí un a llamada un domingo temprano, que resultó ser tan soez, tan vulgar, que luego fui al sitio público donde las dos personas cuya sucia conversación escuché se citaron, para ver los rostros de quienes habían pronunciado tales barbaridades. Por supuesto, permanecí en el absoluto anonimato. Otras muchas veces me ha pasado, incluso en esta época de celulares, que se equivocan al marcar el número, y quedo ensartado en una llamada o en un mensaje conflictivo, y trato de escabullirme de la manera más decente. Otra cosa, estudié algunos grados de Primaria con tres hermanos llamados Héctor, César y….. Santiago, esa casualidad me hizo poner más atención a la interesante trama. Gracias Héctor, por este maravilloso escrito.

Héctor Torres
23 de septiembre, 2015

¡Mi querido Bogart! Qué gran alegría saber de ti. Vuelvo a estos predios por circunstancias y te encuentro por aquí. Te mando un gran abrazo, hermano.

Tardíos pero sinceros agradecimientos a todos por los mensajes.

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