Blog de Lau Solórzano

#Crónica // Petare y un torneo de boxeo que empezó en los puños de una niña; por Lau Solórzano

Por Lau Solórzano | 7 de marzo, 2016
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Fotografía de Ricardo Jiménez © 2016

Montados en el cuadrilátero hay veinte muchachitos en interiores. Afuera hay veinticuatro más. Y siguen llegando. Son un poco más de las diez de la mañana y la temperatura es de veintiocho grados centígrados. La ropa que cada uno de ellos ha amontonado en su rincón es un contenedor de olores. La mayoría son adolescentes o están a semanas de serlo. Y la piel sabe manifestar esas cosas. En el momento que el último termina de poner sus pantalones en el piso, el olor áspero y picante, como el acre, se mezcla con el cuero y el plástico atravesando los tabiques desprevenidos. Es el olor del boxeo.

Son setenta y nueve los escalones minados de agua almacenada que conducen hasta un salón lleno de gente, ruido, peras, cuerdas de saltar y guantes cuidadosamente ordenados en el suelo. Es sábado y se están alistando porque a las once de la mañana debe comenzar un campeonato. Aquí no hay agua continua. Por suerte, la última vez que llegó el agua a la zona 6 del José Félix Ribas de Petare fue el viernes en la mañana. Dio tiempo para llenar unos tobos que decoran parte del breve edificio, en especial el espacio que hay entre el primer piso y la Escuela de Boxeo Jairo Ruza.

IMG_4781Hay un baño que funciona a medias y alrededor el paisaje puede parecer poco alentador. Desde las ventanas de la escuela se ven los techos de otros con escombros, ventiladores convertidos en sus pedazos, moscas, plantas tercas capaces de crecer en un techo y otros muros de bloques anaranjados. De un lado se puede ver un pedacito del Ávila. Del otro lado un televisor encendido muestra una película con fallas en la señal, una sábana que sirve de cortina y una ventana a medio terminar.

Para el entrenador, Jairo Ruza, “la competencia de hoy es importante… por eso organizamos bien todo esto”. Fueron convocadas varias escuelas que tienen la misma finalidad que la de Jairo: mantener a los chamos alejados de la violencia a través del deporte y la disciplina. En las distintas categorías del torneo de hoy hay muchachos de Los Teques, Vargas, Aragua, Miranda y el Distrito Capital.

En Petare, el barrio más grande de América Latina, el 80% de los crímenes son cometidos en sólo el 6% de las zonas. Y en la escuela de boxeo de Jairo Buza, la mayoría de los chamos ha perdido a un familiar en manos de la violencia. La mayoría de esos crímenes ocurren en la zona 5 y la zona 6 de José Félix Ribas, justo en el lugar en el que hoy sábado habrán 104 combates.

Aquí la violencia, como en el resto del mundo, mina por contagio: alguien mata a alguien, la familia o los amigos quieren vengarse, y comienza el espiral. El 65% de los homicidios en el Municipio Sucre del estado Miranda son ajustes de cuenta. La violencia se comporta como un virus, pero hay gente que ha decidido vacunarse e intentar vacunar a otros.

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Fotografía de Ricardo Jiménez © 2016

“Lo que más me preocupa es el peligro” dice uno de los muchachos, con sus 8 años y mientras mira sus zapatos. La mirada se le va y el silencio llega para invadir el lugar. Eso que llama “el peligro” es la balacera que puede presentarse en cualquier momento por los enfrentamientos entre bandas.

Los de la escalera de Cañado no pueden pasar a la escalera de La Capilla. Mientras alguien explica esto, uno de los boxeadores de 11 años dice que para él es importante “que nos sentemos todos juntos”. Quieren unirlos, no unirse a ellos. “Nosotros queremos ser mejores. No queremos ser como ellos”. Y un muchacho de 7 años dice en voz alta que “El respeto se gana con responsabilidad, no con un arma”.

Jairo tiene varias reglas para evitar que los niños caigan en la violencia. Están prohibidos los juegos de azar, incluso el dominó. Deben ser responsables y cumplir con las tareas de la escuela. No se dice “pelea”: se dice “combate”. Veintinueve de los cincuenta alumnos de la escuela reciben becas de 500, 1.000 o 1.500 bolívares. Se les entregan en un sobre porque no tienen cuentas en banco. Y ellos saben que deben utilizar el dinero con responsabilidad, pues la idea de la escuela es que “no sólo aprendan para el deporte, sino en todas las áreas”, como afirma Jairo mientras observa un papel que él mismo pegó en la pared.

En ese papel están los nombres de tres estudiantes a quienes les informa que sus becas han sido suspendidas. Un día, mientras caminaba por el barrio, Jairo se los consiguió jugando cartas sobre el capó de un carro. Se les paró detrás mientras ellos gritaban. Él simplemente les puso la mano a uno de ellos en el hombro y se quedaron en silencio: el aliento lo perdieron en la apuesta contra el profesor. “Suspendidas las becas por tres meses”. Ellos pueden seguir yendo a la escuela, pero ese dinero extra dejan de percibirlo durante ese tiempo.

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Fotografía de Ricardo Jiménez © 2016

Como a las nueve y media a Jairo le avisaron que quien se había ofrecido para armar el ring no llegaría. El campeonato no podrá comenzar a las once, como había planificado. Sin embargo, ya hay un grupo de media docena de hombres armando el cuadrilátero apoyado sobre rines de cauchos y piedras. En La Montañita, la zona donde será el torneo, ya todo el mundo está en la calle o viendo desde sus ventanas o los techos de las casas.

Hace rato aquí no tenían una actividad como ésta, donde todos estaban tranquilos y disfrutando. “La banda está calmada”, dice alguien mientras bajo sol que seca la piel, abajo en la escuela, los más chiquitos juegan, brincan, gritan, y los más grandes descansan, escuchan música, se observan. Alguno se pone de pie y comienza a pegarle al saco, con la música abierta y los ojos cerrados. Sus pies se mueven rápido, ensaya una rutina de baile, otra forma de combate.

Ya pasadas las once han llegado todos los competidores. En medio del grupo, hay solo cuatro niñas. Se deben pesar con sostén deportivo y short ligero. Tras pasar por la balanza, sus nombres pasan a una lista escrita a mano en una hoja blanca: nombre, escuela, edad, peso. Hay solo una que no se quitará su vestido de flores amarillas y fucsias ni el peinado de trenzas: apenas si se quita las zapatillas plateadas.

Ella es Rosa Emilia, “La Churra”. Tiene nueve años y suma tres combates. Todos ganados.

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Fotografía de Ricardo Jiménez © 2016

Rosa Emilia es “la reina de la escuela”. Uno de los niños tiene una marca de La Churra en la cara: en uno de los entrenamientos ella lanzó un golpe directo al ojo y le dejó un morado en el pómulo. Ella se pesa. Le toca combatir contra un varón de su misma edad: un aragüeño que combate por primera vez.

Un muchacho de diecinueve años, con túneles en las orejas, tatuajes y el cuerpo definido, se muestra inquieto. Vivió en la calle desde los 14 años. Su papá tenía problemas con la bebida. Cuando supo que podía valerse por sí mismo, decidió irse de su casa y trabajar. Nunca ha pensado en meterse en violencia porque “vi cosas feas cuando viví en la calle”. Viene de la escuela de Los Salias. Allá no tienen equipos, pero entre ellos resuelven, se ayudan. “Como dice Jairo, somos todos un equipo. Tenemos que enlazarnos para poder superarnos, porque entonces no vamos a estar todo el tiempo abajo”. Su profesor piensa lo mismo. Hoy trabaja como albañil y plomero. Vive solo en una habitación en San Antonio de los Altos. No come tres veces al día. Entrena porque le da centro, disciplina y otra ocupación. Éste será su primer combate en cuatro años.

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Fotografía de Ricardo Jiménez © 2016

La Churra dice que ya está lista.  Ella se concentra, calienta. Aún falta para el combate, pero sabe que será la primera. Con su vestido y sus trenzas parece una muñeca en medio de todos los varones que llenan el salón. Hay otras tres boxeadoras, más grandes, adolescentes. Ninguna tan femenina como La Churra. Llevan pantalón de varón y una cola que les recoge el cabello. Nada de maquillaje. Juegan con ellos en códigos masculinos, mientras La Churra se sienta con delicadeza y mira con paciencia a los demás niños en el cuadrilátero que juegan, gastando su energía.

Cuando faltan diez minutos para la una de la tarde, la media docena de voluntarios canta victoria y las cuerdas del cuadrilátero están listas. El campeonato lleva ciento diez minutos de retraso y muchos de los boxeadores están despiertos desde la madrugada. Los que vienen desde Aragua salieron en autobús a las cinco de la mañana. Los de Los Teques bajaron en metro a las siete. Los de Vargas tuvieron problemas para conseguir el autobús, pero llegaron. Todos, de alguna manera, han hecho posible esto.

La Churra abre el torneo con su primer golpe. Baila, cruza los pies, se mueve rápido, se protege. Encierra a su contrincante y pelea con fuerza, sin perder un rasgo femenino. Combate contra un niño al que seguramente le han dicho más de una vez que a las niñas ni con el pétalo de una rosa, pero que si hoy no golpea pierde. Sin embargo, él entiende, como sus demás compañeros, que esto es un combate, un deporte, una manera de no caer en el juego de la violencia.

Después de cada combate, ambos boxeadores se abrazan y luego muestran respeto por los dos entrenadores y por el público. Los dos que siguen se concentran en medio de los gritos de vecinos para poder escuchar solamente a su entrenador. Piensan rápido. Responden. Bailan. Vuelan.

La escuela de Jairo Ruza vista por Roberto Mata “Lo que quiero es alejarlos del mal camino” 640x60

[Fotogalería] La Escuela de Boxeo Ruza en el lente de Ricardo Jiménez 640X60

Lau Solórzano 

Comentarios (1)

Flor Bello
7 de marzo, 2016

Que gran idea para mantener a nuestros niños y adolecentes practicando un deporte a pesar de ser rudo, pero a lo mejor de ahí saldrá algún campeón mundial. Ojalá otros tengan iniciativas deportivas para incentivar a nuestros muchachos de las barriadas y hacerlos hombres y mujeres de bien. Felicitaciones

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