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3 apuntes de Jorge Carrión ante la nueva temporada de Game of Thrones // #GOT

Por Jorge Carrión | 6 de abril, 2015

A continuación, compartimos con los lectores de Prodavinci los apuntes sobre la nueva temporada de Game of Thrones de Jorge Carrión, colaborador de Prodavinci y autor de Teleshakespeare, obra crítico-ensayística cuyo objeto central es, precisamente, la ficción televisada. Carrión, además de ser un destacado narrador y cronista, se ha especializado en las teleseries como nuevo discurso para la ficción y la literatura: la televisión atendida como producto cultural. Acá sus tres apuntes apenas unos días antes del estreno de la nueva temporada de Juego de Tronos. Si quiere saber sobre el trabajo de Carrión, haga click acá.

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1. Las reglas de este juego. Tal vez el gran misterio de la cultura contemporánea sea la sincronía colectiva. Por qué en ciertos momentos, ante ciertos relatos, grandes colectivos entrecruzados se ponen de acuerdo: hay que leerlo, hay que seguirlo, hay que difundirlo. Entre los mayores ejemplos recientes estarían Frozen —en vías de convertirse en la producción más influyente de Disney— y Juego de Tronos. Ninguno de los dos partía de cero: Frozen no sólo remite a la tradición de películas de animación del sello, sino también a esa estructura transmedia llamada “princesas”; y Juego de Tronos no sólo es la traducción teleserial de una exitosísima saga literaria, también se vio acompañada de cómics, guías, disfraces y bibliografía secundaria (el último libro español está firmado por Pablo Iglesias), por no hablar del impulso del turismo audiovisual (que en este caso es favorecido por las muchas localizaciones internacionales). Porque se trata de convertir la obra en parte de tu vida cotidiana, en todos los niveles, el lúdico, el intelectual, el político, el viajero.

Las series de la tercera edad de oro ya no distinguen entre géneros: lo que importa es la calidad. Pero los géneros perviven de un modo u otro, como lo hacen las subculturas, y Juego de Tronos tenía de entrada el apoyo de los fans del fantasy en general y de George R. R. Martin en particular. HBO, con sus desnudos, su violencia explícita y su excelencia técnica, aporta sus propios fanáticos. Ya son dos las grandes comunidades que apoyan desde el minuto 0. Después falta que llegue la sincronía colectiva y, con ella, comunidades múltiples, inidentificables, inesperadas, hasta que la gran serie que se convierte en un gran fenómeno. La diferencia importa: Boss o The Knick son tan buenas series, sino mejores, que True Detective, pero sólo en ésta intervino la sincronía colectiva. No es casual que en True Detective se convocara tanto al fandom de Lovecraft y Ligotti como a los hooligans sobreducados de HBO.

Juego de tronos tres apuntes ante la nueva temporada; por Jorge Carrión 640

Acostumbrados al héroe único, de mediana edad y masculino, Juego de Tronos nos hizo creer que Ned Stark nos acompañaría durante unas cuantas temporadas. Craso error. Aprende la lección, espectador, aprende las reglas de este ajedrez de oponentes ilimitados. No hay héroes únicos, sino un polihéroe antiheroico, un monstruo de tantas cabezas. En estos momentos (spoiler) quedan cuatro protagonistas indiscutibles y todos se han oscurecido: Arya Stark, Daenerys Targaryen, Tyrion Lannister y Jon Snow. ¿Serán degollados, acuchillados, destrozados a golpe de piedra o mazo, despeñados, decapitados? Los héroes pierden en Juego de Tronos literalmente la cabeza. Se desquician, se ponen una máscara de hierro que los convierte en otra persona y son, sobre todo, decapitados. También eso crea adicción. Como el cliffhanger, que es una droga mínima, la expectativa de la próxima muerte inesperada y violenta es ansiosa. Imaginación y adrenalina. Los que han leído las novelas ya saben quién es el próximo en la lista, pero a veces hay cambios en el guión, personajes nuevos y por tanto asesinatos imprevistos. Porque Martin escribe en solitario, pero una serie es un trabajo colectivo, sujeto a las variables del azar, de la industria y de nosotros, los sincronizados.

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2. La piel y el poder. Para entender la esencia de una serie hay que ver, en el canal de Youtube de Screen Junkies, su “honest trailer”. En esas disecciones cómicas de películas, videojuegos y series, parodias de los mentirosos trailers, encontramos la verdad última de esos relatos mainstream. En el de Juego de Tronos hay una palabra que se repite hasta la carcajada: “Boobs!” (“¡Tetas!”). Porque, en efecto, llama la atención la cantidad de mujeres desnudas que aparecen en la serie de HBO. La desnudez se ha convertido en un requisito de cualquier serie de culto que se precie (en canales de cable): de Los Soprano a Orange is the New Black, pasando por Californication, Masters of Sex, True Blood o Girls; pero en Game of Thrones es una especie de constante o de sello particular. Pensemos el cómo para imaginar un porqué.

La primera imagen fuerte de la serie es la de Daenerys Targaryen saliendo de una bañera. Enseguida se vincula su cuerpo desnudo con el incesto latente en la mirada, y la caricia, de su hermano. En aquellos momentos  —pleno capítulo piloto— todavía no habíamos entendido la lógica de decapitaciones y degollaciones continuas de la serie, de modo que pensamos que ese incesto, si no se había consumado ya, lo haría en algún momento, porque de hecho los hermanos Cersei y Jaime Lannister follan al final de ese mismo episodio. Pero una olla de oro fundido se encargó, precisamente, de decapitar nuestras perversas expectativas sobre los hermanos Targaryen. Y ese cuerpo de madre de dragones entró pronto en otra lógica, la del matrimonio de conveniencia que se va volviendo, gracias precisamente al erotismo, en un matrimonio de amor. El modo en que Daenerys domestica al salvaje Khal Drhogo es mediante la combinación de sexo y mirada. Al principio él la penetra por la espalda: pero ella, gracias a las enseñanzas de una sirvienta que antes fue prostituta, le enseñará el placer de la comunicación a través tanto de los sexos como de los ojos.

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La sexualidad se vincula con el juego de poder, por tanto, desde los primeros instantes de la ficción. No es de extrañar, pues, que Melisandre, la bruja roja, hibride en sus prácticas la magia negra y el poder erótico. Ni que Meñique, maquiavélico por excelencia, traficante de información, regente un burdel, porque es el modo ideal de controlar panópticamente los entresijos de Desembarco del Rey. Las prostitutas tienen un papel muy importante en la serie. Pese a sus pechos a menudo operados, propios del siglo XXI, remiten a la idea de la Antigüedad y el Medioevo como parques temáticos del sexo que recorre la ficción de la tercera edad de oro de la televisión (el sexo a raudales de Roma, Espartaco, Los Tudor, Camelot…). Pero en ninguna otra serie, ni siquiera en Deadwood, ese pequeño pueblo de western donde llega a haber dos prostíbulos, tienen las putas tanta relevancia. Son el hilo conductor secreto. Están en todas partes: en los alrededores del Muro, en Desembarco del Rey, en los países lejanos. Se confunden con las sirvientas, con las prisioneras de guerra, con las esclavas. El caso más importante, y más dramático, es el de Shae, de quien se enamora el príncipe Tyrion Lannister y que se sitúa en una encrucijada brutal, memorable, tristísima, en la última temporada. Su sino nos recuerda que son el reverso de una cara cuya cruz son los soldados, que son peones: pero sin los dieciséis peones no existiría esa sintaxis compleja que es una partida de ajedrez.

Su ascenso y su caída es idéntico al de tantos personajes de una serie que es una auténtica montaña rusa de los destinos personales. Pero se relaciona con la importancia que se le atribuye en la ficción al poder femenino. El guión de Juego de Tronos se sostiene en mujeres poderosas, casi siempre más que los hombres que las acompañan y que no las sobreviven: Cersei, Catelyn, Sansa, Melisandra, Margaery, Brienne, Ygritte, Lady Alerie y sobre todo Daenerys se revelan esenciales y sólidas en contextos siempre adversos (¿qué es Juego de Tronos sino una cronología de situaciones al límite de resolución inesperada?). Los cuerpos desnudos de algunas de ellas, en contrapunto con el de las prostitutas y las esclavas, actúan como una máscara: despojadas de sus vestidos o sus armas pueden parecer débiles, pero su fuerza física, sexual, intelectual y mental mueve el mundo de Poniente.

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3. El relevo generacional. La convivencia con las dos series cinematográficas sobre la obra de Tolkien también ha ayudado al éxito de Juego de Tronos. No son competencia. Martin lleva la fantasía medieval a otra dimensión, es un digno heredero del maestro: decapita al padre para ocupar su Trono de Hierro.

Poniente se va expandiendo en cada temporada con nuevos reinos. Los títulos de crédito son un auténtico hallazgo: reproducen un mapa dinámico, que va incluyendo las nuevas topografías que el espectador va a descubrir o está ya descubriendo. La variedad de culturas y de personajes conduce a otro concepto clave: la polifonía. En la negociación imposible de todas esas voces está la música que da sentido a Poniente. Su sentido indescifrable, como el de nuestro mundo. Se le da al espectador la posibilidad de identificarse con opciones, personalidades, edades y ambiciones muy diversas.

Si Martin releva generacionalmente al abuelo Tolkien, sus hijos bastardos son los escritores David Benioff y D. B. Weiss, creadores de la serie nacidos en 1970 y 1971, respectivamente. Juego de Tronos es la primera gran serie de calidad de la tercera edad de oro que no ha sido liderada por showrunners veteranos, con vínculos más o menos directos con las grandes series de los 90, ese fértil caldo de cultivo. Benioff y Weiss pertenecen a la generación que ha impulsado otros proyectos inmediatamente posteriores, como Nic Pizzolatto (1975; True Detective) o Lena Dunham (1986; Girls). Eso sí, en cada temporada el padre Martin –no en vano con experiencia en cómics y en televisión– se reserva la escritura del guión de un capítulo.

Juego de tronos tres apuntes ante la nueva temporada; por Jorge Carrión 640B

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“Las reglas de este juego” fue publicado en Cultura/s de La Vanguardia / “La piel y el poder” fue publicado en GQ / “El relevo generacional” fue publicado en Cultura/s de La Vanguardia

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