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#27F, 25 años después; por Naky Soto

27 de febrero, 25 años después; por Naky Soto 640

El país retumbó y yo era una adolescente. Estábamos en la clase más desagradable de todo el bachillerato. Un profesor de apellido Milano hacía las veces de explicar física, pero su actitud distraía cualquier capacidad de atención y comprensión. La hermana Julia entró sin tocar la puerta y nos pidió con severidad recoger nuestras cosas, luego habló en privado con el profesor. Un barullo multiplicado rondaba la estructura del colegio, algo inusual en horas regulares de clases. La hermana se colocó en el centro del pizarrón y anunció que algo muy grave estaba ocurriendo afuera, que era imperioso estructurar nuestra salida inmediata y organizada, por lo que fue separándonos dentro del salón por zonas de residencia.

Yo miré con la certeza de que sólo una de mis compañeras vivía en mi urbanización, pero no compartíamos salón, ni la había visto ese día. Salimos en el orden dispuesto, con preguntas, sin datos. Nadie acertó sus especulaciones, ninguna se acercaba ni un poco a lo que estaba sucediendo. Mientras en el colegio se quedaban organizando los transportes, recibiendo llamadas de padres y madres, controlando a las más pequeñas para quienes cualquier ida al patio era exactamente un recreo y nada más que un recreo, nosotras emprendimos el regreso a casa, y a diferencia del grupo más numeroso que utilizaría la avenida Rómulo Gallegos, nosotras bajamos a la Francisco de Miranda, para recibir el primer impacto visual: dos camiones de Pepsi Cola, volcados a la altura de una sede bancaria. Habían bañado con diminutos vidrios y líquido ambos tramos de la avenida, así que entre las aceras fuimos armando nuestras columnas para mantenernos juntas, conversando y meditando sobre lo que podría estar pasando. Despedimos al grupo que bajaría a La Carlota y seguimos rumbo al este.

Siempre me tranquilizó vivir en Palo Verde, al estar más allá de Petare ─uno de los principales focos de rutas urbanas de Caracas─ en esa zona convergen más de cien líneas de autobuses. La merma más importante de mi grupo ocurrió en Los Ruices, la siguiente zona beneficiaria del colegio por su proximidad. Nos quedamos tres que iban a La California, dos a El Llanito, una a Buena Vista y yo allá, donde Jesucristo dejó la chola.

Un barullo mayor se propagaba por mi tránsito, cornetas de autobuses y carros, gente más acelerada, gente arrecha, gritos, insultos, rabia, mucha rabia en el ambiente. El callejón Lebrún tenía gente, fuera del hospital Pérez de León, médicos, enfermeras y pacientes construían también sus teorías. Unos estudiantes echaban broma en la otra acera, a la altura del mítico bar Anacoco, y me aullaron algo que no llegué a oír. Le pregunté a un señor de la cauchera 24 horas qué estaba pasando, y luego de revisarme de arriba a abajo me dijo muy serio que siguiera pa’ mi casa porque todo estaba revuelto. Habló de Guarenas, Guatire y del centro. Le gritaba a otro señor más joven que trajera de una buena vez el maldito candado para terminar de cerrar e irse. Cruzar el provisional ─ya tiene más de 30 años─ elevado de Palo Verde, aún con lo temprano, era poco menos que imposible. Otro señor, obviamente papá, me rogó que no subiera al elevado, que tuviera mucho cuidado porque en la subida a Mesuca todo era un desorden. Muchos negocios en la redoma de Petare cerraban y abrían sus santamarías en una especie de arritmia colectiva, pues más peso tenían los rumores que aquello que efectivamente estaba ocurriendo entre ellos. En Pepeganga no había tanta gente, pero se escuchaban gritos, cornetas. Me paré en la parroquia Sagrado Corazón de Jesús de Las Vegas de Petare, y otra vez vi rostros alterados, hasta los consecuentes catequistas de siempre, recomendaban con firmeza que subiéramos a nuestros hogares porque la cosa estaba color de hormiga. La entrada al barrio José Félix Ribas era una feria de gente y carros, de sudores y carreras. Mucha gente a pie.

Terminé la empinada subida hacia mi edificio con señoras comprando cosas y un tráfico espantoso en la avenida central. Llegué a casa y mi hermana tenía encendidos –como buena estudiante de periodismo– los dos televisores y los dos radios, combinando noticias con nuestro sempiterno teléfono gris de Cantv, sin candado entre los aros de los primeros números pues la adolescencia estaba superada. Mi mejor amiga vivía apenas tres edificios más abajo y no pudimos hablar, las llamadas no cesaban, con las mismas preguntas: ¿ya llegaron todos? ¿Dónde está tu mamá? ¿Y tu papá? Mi hermana que veía un reportaje y yo escuchaba otro: Guarenas como primer foco de protesta, luego Catia, luego El Valle y Coche, después Antímano, el 23 de enero, gente en las calles, gente protestando contra el paquete de Carlos Andrés Pérez. En algún momento dijeron Petare. Y así, delante de nosotras comenzó el grito de saqueo, en la urbanización que estelarizó la frase del Musiú Lacavalerie: ¡Vengan pa’ que lo vean!

Mi trozo de ciudad se encendió. Si te asomabas al pasillo de los ascensores podías ver la movilización en las zonas más altas de José Félix Ribas, si lo hacías al balcón verías la agresión injustificable que vecinos de tantos años acometían contra sus comerciantes. La tienda de licores, la papelería de la esquina, la panadería, todo, cualquier espacio, en un júbilo repugnante, incontrolable, generalizado. En algún momento las despensas se acabaron, no había más que asaltar. El otro grito común es que ya venían del barrio. Que preparáramos macetas, cualquier objeto contundente que lanzarles. Era absurda la solicitud después de ver a los propios residentes acabar con los negocios. Poco antes de la medianoche llegó la Guardia Nacional, desplegando hombres a lo largo de la avenida principal, una arteria que serviría de zanja y trinchera, pues entre los claros de los edificios se veía el cerro con precisión sin viceversa posible. Las azoteas también servirían, todo contribuyó a la acción del Estado. Disparos, gritos, disparos, gritos, toda la noche, toda la madrugada. Conocer el desvelo por miedo, por compasión a los que caían y aún no sabíamos si eran culpables o inocentes.

A misa pudimos ir varios días después. El recorrido hacia Las Vegas era desolador. Los agujeros que las balas habían hecho en las paredes de los edificios servía para recordar vehementemente las detonaciones que les dieron origen, los gritos de noche en los barrios vecinos, la angustia de mis padres por hacernos dormir en la sala, con más de una pared de por medio con respecto a la calle; la previsión de mamá por distribuir la comida con prudencia, la televisión encendida casi todo el día, las llamadas de familiares, de amigos; los militares dando versiones que el padre Matías Camuñas, nuestro párroco, desmentiría en sus homilías con toda la cólera que semejantes crímenes despertaban en un hombre de Dios y del pueblo.

El país retumbó y aún hoy no hay cifras del total de muertes que se produjeron en esos días, muchas versiones, más dilaciones en los procesos. Ningún reivindicado, salvo por el dictamen de la Corte Interamericana de DDHH en 2004, a la que el gobierno denunció en el año 2013, logrando excluir a Venezuela de sus competencias. Se violaron Derechos Humanos y se acabaron las posibilidades de trabajo de muchos comerciantes que no pudieron levantar de nuevo el capital necesario para trabajar. La pobreza dejó de ser un pasaporte directo al cielo para convertirse en eje de las reflexiones de mucha gente que entendió la urgencia de resolver semejantes condiciones de vida, en un país con los recursos de Venezuela, hoy mermados, aniquilados. No habrá indemnización que pague el dolor de los desaparecidos y muertos, y los sucesos que este año han movilizado focos de protesta en diversas ciudades del país nos recuerdan que no importan los protagonistas, un Estado sin vocación democrática y más preocupado por conservar el poder que por mediar en los problemas, puede ser igualmente represor. La izquierda o la derecha son entelequias cuando posees lacrimógenas, perdigones y balas. Cuando mezclas cadenas de radio y televisión con una opresión desmesurada e irresponsable. Cuando a pesar de eso, sigues demandando aplausos para los que te coaccionan.

Mi ciudad se enciende todos los días, en la violencia como hábito y recurso, en el irrespeto como fórmula para el sujeto con armas. En la muerte como dictamen. El color de hormiga se nos hizo una constante, con sus vidrios, con sus pegostes, con esos gritos que no cesan, implacables.