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Venezuela y España en historias entrelazadas; por Carmen Beatriz Fernández

Por Carmen Beatriz Fernández | 15 de octubre, 2016

Venezuela vive hoy la hora más menguada de toda su etapa republicana. El chavismo quebró a Venezuela, dicen sus adversarios. Y es verdad. En sus 18 años de gestión se expropiaron más de 100 empresas y el porcentaje de empleo industrial cayó de 24 a 21%, según cifras del Banco Mundial. Podría decirse que la desindustrialización fue un objetivo del chavismo, con un total de 1200 entidades privadas intervenidas, según censa Conindustria. El número de industrias pasó, según cifras oficiales, de 11.100 en 1998 a 7.000 en 2007, último año en que se publicaron las estadísticas. Pero más allá de una quiebra económica, también ocurre en simultáneo una quiebra social y de convivencia. Los años del gobierno de Hugo Chávez llevaron a un brutal incremento de la inseguridad ciudadana: entre 1998 y 2015, la cifra anual de asesinatos se multiplicó por nueve y pasó de 3.200 a 28.000 al año. Se calcula que la Revolución Bolivariana hizo que cerca de un millón y medio de venezolanos, en su mayoría profesionales, emigraran, fracturando a muchas familias y constituyendo una importante diáspora repartida en todo el mundo que alcanza a cerca de 8% del censo electoral venezolano. Más de un centenar de presos políticos en cárceles venezolanas completan la pavorosa fotografía actual.

Es imposible quebrar a una petrolera, pero el chavismo puso en ello su mejor empeño: PDVSA tenía para 1998 unos 32.000 empleados y ahora cuenta con más de 100.000 funcionarios. En paralelo, la deuda de la petrolera estatal pasó de 2.000 millones de dólares a más de 60.000 millones. Y lo que es peor, con más deuda y más empleados, su producción petrolera se redujo de 3,2 millones a 2,6 millones de barriles al día, y el coste de producción por unidad aumentó de 2,6 dólares por barril en 1998 a casi 20 dólares por barril. Contando con los más ingentes recursos de la historia petrolera venezolana, la Revolución Bolivariana creó un entramado de distorsiones económicas e institucionales inimaginable, salpicado abundantemente con corrupción. El gobierno recibió más de 600.000 millones de dólares por concepto de ingresos petroleros y emitió deuda internacional por 150.000 millones más. Dos exministros de Chávez calculan que hasta 200.000 millones de dólares habrían sido asignaciones preferenciales a empresas fantasmas en los últimos 12 años. En total y a precios de hoy, se ha gastado unas 3,5 veces más que el Plan Marshall que reconstruyó Europa tras la Segunda Guerra mundial.

Es difícil encontrar un peor ejemplo de gestión pública en todo el mundo. Quizá por ello ha sido Venezuela la actriz protagónica en la reciente campaña electoral española. No es para menos, las evidencias en torno al papel fundamental de la fundación CEPS (Centro de Estudios Políticos y Sociales), think tank del partido Podemos cuya ejecutiva compartieron Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, en el asesoramiento a los gobiernos de Chávez y Nicolás Maduro son sólidas y han salido a la luz. El caos venezolano ha sido pródigamente usado por los adversarios de Podemos como el antimodelo a evitar, como referente aterrorizante de lo que podría ser España con un gobierno de esa nueva fuerza política. Y es que si bien Podemos asesora desde hace al menos un quinquenio al gobierno venezolano, no menos cierto es que existe una influencia notable del chavismo en Podemos. Desde la denominación, hasta los símbolos, la puesta en escena y el manejo semiótico tienen una impronta que recuerda la de Chávez y su entorno. “Juro delante de Dios, juro delante de la patria, juro delante de mi pueblo que sobre esta moribunda Constitución impulsaré las transformaciones democráticas necesarias para que la República nueva tenga una Carta Magna”, eran las palabras de Chávez el 2 de febrero de 1999 ante un atónito presidente saliente. Con lenguaje menos florido, pero idéntico mensaje, juró también Pablo Iglesias al asumir como europarlamentario en 2014: “Prometo acatar la Constitución hasta que los ciudadanos de mi país la cambien para recuperar la soberanía y los derechos sociales”, fórmula que repitió un año después al asumir su escaño en el parlamento español.

Simpatizantes de Podemos cuestionan que Venezuela merezca tanto espacio en la agenda noticiosa española. Aducen que se trata de un ardid manipulativo de algunos medios de comunicación para ponerles en situación desventajosa. Sin desmerecer que algo de ello pueda haber, entre España y Venezuela existen unos lazos históricos tan profundos, en lo económico, lo político y lo cultural, que hacen del país caribeño una importante referencia permanente en la vida cotidiana española.

El viaje de Bolívar

La política siempre ha tenido lugar destacado en los vínculos binacionales. Políticas y coloniales fueron las razones que hicieron emigrar al patriarca Simón de Bolívar, el Viejo, tatarabuelo del Libertador, quien salió de su Vizcaya natal hacia Venezuela, estableciéndose en San Mateo a mediados del siglo XVI. Desde esos tiempos hasta nuestros inquietos días, cientos de miles de compatriotas han cruzado esas aguas del Cantábrico hacia el Caribe y viceversa.

“Desde Vizcaya marchó don Simón, hacia 1557, a la isla de Santo Domingo, donde residió por espacio de unos 30 años, siendo capitán de una fragata que entregó para la defensa de la ciudad contra los ataques de los piratas ingleses. En 1589 pasó a Venezuela para ser Contador y Juez oficial de la Real Audiencia en calidad de Escribano. Y en 1589, reunidos todos los Cabildos de Venezuela, le nombraron por unanimidad representante en España, partiendo para Madrid, donde vivió mas de dos años como Procurador general ante el Rey. Felipe II premió también los grandes servicios del mencionado caballero, otorgándole el título de Regidor de Santiago de León de Caracas. En el mes de abril de 1598 marchó de nuevo como Juez de Cuentas de la Isla de Margarita, habiendo sido Alcalde y Alguacil mayor de la tierra margariteña”[1]

Simón Bolívar el joven, su tataranieto, volvió a Vizcaya unos 200 años después, en 1799, no ya por razones políticas, sino comerciales y de formación personal. En Bilbao residió el joven Bolívar durante más de un año, dos más en Madrid, a partir de los 17. Allí se enamoró de María Teresa Toro, con quien se deposa. La recién casada enferma durante el viaje a Venezuela, que imaginamos lleno de suplicios, y muere tiempo después en tierra americana. Nunca ha sido fácil emigrar, pero en aquellos tiempos era aún peor. Vicente de Lardizábal, médico de la Compañía Guipuzcoana en Venezuela, escribió en 1769 un libro por encargo sobre la salud de los navegantes que venían a América en los buques de la compañía:

“El Syncope o Desmayo es un eclipse universal de todas las fuerzas, siendo su invasión frecuentísima en la práctica, con resultas muchas veces temibles. Si el conocimiento llega a perderse enteramente junto con el sentido, y el pulso se debilita sensiblemente, debe capitularse por syncope, y es un grado más que el desmayo: pero si la respiración y el pulso no pueden percibirse, el cuerpo se pone frío y la cara amoratada, se llama Asphixia y es una verdadera imagen de la muerte”

Era muy dura la emigración, y requería de salud y arrojo personal, pero los incentivos eran grandes: fueron muy fuertes los lazos comerciales binacionales en aquellos tiempos. Durante toda la etapa colonial la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas monopolizaba y controlaba el comercio. Había sido una idea de Carlos III, o sus asesores, para controlar el contrabando. Trabajaba la compañía llevando dos buques anuales de mercancía, tabaco y cacao desde Venezuela a España, y desde Guipuzcoa cargaba “todo lo que quisieran”, incluyendo allí tanto variadas mercancías como armamento bélico. Tan floreciente debió ser ese negocio que había holgura para fomentar la cultura y las ciencias, pues bajo el abrigo y patrocinio de la Compañía Guipuzcoana caraqueña se funda la primera de las sociedades económicas de Amigos del País, para difundir las nuevas ideas y conocimientos científicos y técnicos de la Ilustración. La pionera de estas sociedades fue, precisamente, la Sociedad Bascongada de Amigos del País, creada en 1765 en Azcoitia, extendiéndose posteriormente por toda España.

Pasada la época colonial la emigración hacia Venezuela fue magra. Incluso ya entrado el siglo XX, cuando se dan grandes oleadas migratorias hacia “las Américas”, Venezuela no era considerado un destino demasiado atractivo. No es sino hasta el gobierno de Eleazar López Contreras cuando en su programa de gobierno de 1936, haciendo un diagnóstico de los problemas más notables de la nación venezolana, se concebía a la inmigración como posible solución. En el plan se señalaba a la despoblación como uno de los grandes problemas de Venezuela, y para paliarlo se contemplaba una política destinada a facilitar una emigración dirigida. Sin embargo, siguió siendo limitada, puesto que la ley de inmigración aprobada impedía “entrar en el país los propagadores del comunismo o que pretendían destruir violentamente gobiernos constituidos”, cosa que obstaculizaba la entrada de los republicanos españoles. Tras la Guerra Civil española solo los vascos pudieron llegar inicialmente a Venezuela, porque contaron con la venia de la Iglesia Católica por su clara identificación religiosa, pese a ser del bando perdedor de la guerra. A partir de allí, sin embargo, llegarían muchos otros republicanos españoles, a quienes se les abrirían las puertas por contar con talentos especiales en las ciencias y las artes, vinculándose prontamente con el mundo universitario. Varios de estos notables republicanos tendrían luego incidencia en la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, entre 1948 y 1958, cuando la oposición política tuvo en la universidad su mejor frente abierto. El doctor Augusto Pi Suñer fue uno de ellos, fundador de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia, integrado plenamente en su labor docente e investigadora, pero también al activismo político contra la dictadura.

“Nací a esta nueva vida, una mañana de sol radiante en un cielo esmaltado de azul completamente limpio de nubes. Lo primero que me apabulló fueron los colores. Las infinitas variedades de verde de las colinas y el mar, la tierra matizada de ocres y rojos, las pequeñas casitas de mil tonos, incrustadas en la vegetación de los cerros, desde lejos semejante a una extensa bandera verde, tachonada con flores. Y luego la gente, predominantemente jóvenes, alegres, y ágiles, de color moreno en todas las gamas: oscuros brillantes, claros, canelas… Aquella humanidad vivaz y sonriente hablaba en voz alta, gesticulaba y reía a carcajadas, sobrepasando el ritmo de la vibrante música tropical que transmitían los altoparlantes. De pronto, con nuestras caras mustias y nuestros trajes grises de niebla europea, nos asaltó la alarmante sensación de encontrarnos en el centro de una fiesta sin haber sido invitados” [2]

Estos años fueron de intensa migración española a Venezuela. Durante la década de 1948-58, entran al país muchos españoles alentados por lo que la dictadura perezjimenista llamó una “política de puertas abiertas” hacia la inmigración europea. Comenzaban a ser tiempos promisorios por el auge petrolero, y la inmigración por razones económicas tenía todos los incentivos en una España (y una Europa) azotadas por la posguerra. Además, las relaciones de la España franquista con la Venezuela de Pérez Jiménez eran de mutua simpatía y colaboración, rayando incluso en lo empalagoso:

“En Caracas, capital de esta admirable nación, ha pasado unos días el ministro de la gobernación, don Blas Pérez González, mensajero del amor de España a esa noble hija que con tanta rapidez prospera (…) España sigue con sumo interés el viaje del ministro de la gobernación a Venezuela, como siguió el del director del Instituto de Cultura Hispánica, señor Sánchez Bella; el del ministro de Educación Nacional, señor Ruiz Giménez y el de la misión militar presidida por el teniente general señor Palacio, y espera como fruto positivo la mayor compenetración espiritual, cultural y económica entre ambos países, que desde su gestación, España, y desde su nacimiento, Venezuela, vienen ostentando el lema que llevan grabado en su corazón: amor”[3]

En 1955 el dictador venezolano contrata a Camilo José Cela la creación de una novela, que debía opacar la gran obra del político socialdemócrata y literato Rómulo Gallegos, Doña Bárbara. Se publicó con el título La Catira y en su escritura, Cela viajó varias veces a Venezuela, al tiempo que estrechaban los lazos diplomáticos en esos años entre Madrid y Caracas. Se calcula que entre 1948 y 1960 la inmigración alcanzó la cifra de 800.000 personas, cerca de un 10% del total de la población venezolana. De la población inmigrante registrada, el 78% estaba compuesta por españoles, italianos y portugueses, con predominio de los primeros. Tras ser derrocado en 1958, Pérez Jiménez emigró a España, donde viviría más de 30 años en Madrid, hasta el final de sus días.

La ‘octava isla’

De los españoles que llegaron a Venezuela, un tercio provenía de las Islas Canarias y otra cantidad similar de Galicia. A partir de ese momento, comienza a denominarse a Venezuela como “la octava isla” de los canarios. Hijo de canarios fue precisamente el primer presidente tras la dictadura, el fundador de Acción Democrática, don Rómulo Betancourt, denominado “padre de la democracia”. Entre 1960 y 1990 Venezuela se convierte en el principal destino de la “emigración española asistida”, concentrando cerca de un 50% del total de la emigración española a Latinoamérica, superando a Argentina y México, que en las primeras oleadas migratorias habían sido destinos principales.

Mención especial merecen los españoles que se dedicaron a la educación básica. No es exagerado decir que toda la clase media venezolana del Siglo XX se educó al abrigo de educadores españoles. Las órdenes religiosas de los colegios privados estuvieron integradas casi en su totalidad por españoles, como también fueron españoles los fundadores de colegios privados no religiosos. Y no sólo para las capas medias de la población, en los años 50 el sacerdote jesuita José Ma Velaz fundó Fé y Alegría, donde se han educado millones de venezolanos de las clases más necesitadas, y hoy constituye un poderoso ejército de solidaridad global.

“Carmen Revilla Cuevas llegó a Venezuela en 1960. No vino joven, era maestra normalista en su Santander natal y se acababa de jubilar. Tenía 58 años, se había quedado viuda y le sedujo una invitación de su cuñada a dirigir un pequeño colegio de educación especial. Allí se instaló siendo pionera de la educación especial en Venezuela. Doña Carmina, como era conocida, era una maestra extraordinaria, plena de sabiduría, paciencia y bondad. No había niño que se le resistiera, todos aprendían a leer con ella, aún los casos más difíciles. Recuerdo que solía decir: ‘¿Un niño se porta mal? enséñale a leer. La mano que agarra un lápiz se aleja de una pistola’. La satisfacción personal de quien aprende a leer, en la mayoría de los casos, bastaba para mejorar los problemas de conducta, que son tan frecuentes en la población con dificultades de aprendizaje. Fue maestra de forma ininterrumpida durante casi 60 años, hasta que volvió a Cantabria, España, donde murió años después, en 1984.”

Esta fuerte emigración española y sus remesas a España fueron en su momento categorizadas como “nuestro Plan Marshal” por el Marqués de Santa Cruz, embajador de España en Londres durante los años sesenta, refiriéndose a que la emigración había sido la clave para cuadrar las cuentas nacionales, nivelando las balanzas de pago y comercial en esos complicados años en lo económico, pero también “la emigración frenó el paro y derivó los conflictos económicos y sociales”. A decir de la escritora venezolana Elisa Lerner “Venezuela siempre fue una generosa puerta abierta, una región para los abrazos mestizos y la bienvenida para los que venían de lejos. Un país hecho pues, también, con gente hija de los barcos”.

Muchos y muy fuertes han sido pues los vínculos entre ambos países en todos los órdenes, pero habría que destacar los lazos políticos como los más vigorosos. Entre el presidente venezolano Carlos Andrés Pérez y el presidente del gobierno español Felipe González hubo también una gran afinidad y mutua influencia durante cuatro décadas. El arquitecto venezolano Fernando Gonzalo, quien fue director de la Oficina Metropolitana de Planeamiento Urbano de Caracas, relataba el siguiente episodio:

“En 1980 una llamada de Miraflores me invitaba a un almuerzo del presidente Carlos Andrés Pérez. Casi en punto, a la hora de la convocatoria, estando todos los asientos ocupados, entró al salón, a paso acelerado y saludando con ambas manos el presidente. Un poco más atrás lo seguía un joven de pelo largo. Vestía tan informalmente que recuerdo muy bien la chaqueta de pana y la falta de corbata que le conferían una imagen poco ortodoxa. CAP, sin haberse sentado, empezó dando las gracias a los invitados por su asistencia y de seguidas dijo: ‘Aquí traigo a Felipe otra vez de contrabando… Él no estaba invitado pero yo quería que el partido de los trabajadores españoles (PSOE), en su persona, estuviera representado aquí con los nuestros de la CTV. Entonces CAP redondeó lo del ‘pasajero de contrabando’ contando cómo, en anterior oportunidad, de regreso de Holanda, donde vivía exilado Felipe, él había mandado a hacer escala en Madrid, previa consulta con don Juan Carlos. En Barajas, al bajar la escalerilla del avión ‘yo le di la mano a Su Majestad y le dije, Su Majestad, aquí le traigo de contrabando a Felipe González’. Fue en ese vuelo Amsterdam-Madrid que pudo regresar a España quien tenía, hasta ese momento, prohibición de entrada al país. Las palabras de CAP terminaron con una sentida solidaridad de los venezolanos a la naciente democracia española”

También del lado más conservador de la política binacional pueden verse similares muestras de afecto y camaradería. La Fundación FAES, vinculada al Partido Popular, tuvo muchos años al frente de su área internacional a veterano demócrata-cristiano venezolano Eduardo Fernández, quien venía de presidir la Fundación Popular Iberoamericana y fue directamente postulado para ocupar ese cargo por su amigo personal José María Aznar.

Las buenas relaciones entre ambos países durante la transición española se ejemplarizan con el caso de otro notable ciudadano binacional, el jurista Manuel García Pelayo, quien emigró de España hacia Argentina en 1951, para finalmente ir a Venezuela en 1958 tras la caída de la dictadura, y fundar allí la escuela de Ciencia Política de la Universidad Central de Venezuela. En 1980, establecida la democracia española, el rey Juan Carlos le invitó a formar parte del Tribunal Constitucional de España y fue electo presidente hasta 1986, fecha en la que dimite de sus cargos de magistrado y presidente del Tribunal Constitucional, sin cumplir el periodo de nueve años que prevé la Ley Orgánica del Tribunal Constitucional, para volver en 1987 a Caracas, donde falleció en 1991.

Más que lazos históricos

En la vida cotidiana lo binacional está permanentemente presente. En Caracas se puede ir a jugar pelota vasca en la mañana de un día cualquiera, comer un pulpo en la Hermandad Gallega o un arroz en el Club Catalá, ver una presentación de bailes folclóricos canarios en la tarde y cenar unos buenos txipirones en su tinta en cualquiera de los varios restaurantes vascos de la ciudad. La movida cultural urbana espera con avidez el anual Festival de Cine Español que se exhibe en un cada vez más amplio entramado de salas de cine de todo el país. Los vínculos comerciales son igualmente vigorosos. Por otro lado, y aunque incipiente, la presencia cultural de Venezuela en España es cada vez más notoria. No podía ser de otra manera, la historia entre España y Venezuela está hermanada por fuertes lazos: en lo económico, lo cultural y lo afectivo, que se mezclan en una historia común que tiene cinco siglos en su haber.

A partir de los años ochenta del siglo XX los flujos migratorios se invierten. Un país de vocación netamente receptora en el proceso de migraciones comienza a generar emigrantes. Este proceso se acelera notablemente a partir de 1998, con la llegada de Chávez al poder.

Si los venezolanos que hoy viven en España residieran todos en una misma ciudad, esta tendría el tamaño de Pamplona o Santander. En la actualidad, se calcula que entre 160.000 y 250.000 venezolanos residen en España, lo que le convierte en el segundo país receptor de la diáspora, después de Estados Unidos. El número de españoles en la Venezuela de los años sesenta es curiosamente similar al de los venezolanos de hoy en España [4]. Y es que las migraciones son procesos bidireccionales. El investigador Tomás Páez estima que al menos un 50% de los recientes emigrantes venezolanos tendrían doble nacionalidad, lo que facilita emigrar, así como la adaptación al lugar elegido. Ellos vuelven con mejores redes personales de adaptación, viajan en avión y con un arsenal de apps tecnológicas que hacen que las grandes distancias les sean más leves… Sin duda, a sus padres la emigración se les hizo más dura.

Tienen también mayor nivel de educación formal. El de los venezolanos es el segmento demográfico con mayor nivel educativo en promedio en EE.UU., según el Pew Research Center. Desde el punto de vista local, el dato ilustra la clara sangría de los mejores para Venezuela, pero en el medio plazo ello le otorga a la diáspora venezolana ventajas competitivas entre otros inmigrantes y mayor capacidad de convertirse en una colectividad poderosa en los lugares donde echan nuevas raíces. El venezolano siempre ha sido amplio de miras, fruto de ese carácter multicultural que le define. Por eso en el medio plazo la emigración puede generar importantes ventajas hacia Venezuela, con nuevas oportunidades y provechosas redes de negocios, innovación y emprendimiento.

En el corto plazo, sin embargo, hay una tragedia en puertas. Una crisis humanitaria caracterizada por grandes niveles de violencia, hambre, carencia de medicinas y anarquía generalizada. Pero no hay que perder de vista que este momento trágico pasará, este sombrío lunar histórico será un episodio pasado. El corazón cívico que late en las entrañas de una dictadura de nuevo cuño terminará imponiéndose. Y ese día estará nuevamente todo por hacer en la Venezuela generosa, próspera y resiliente que siempre fue.

[1] Genealogía de Bolívar, esukalnet.net.
[2] Alberto Rull, “Republicanos 50 años después”, testimonio en el libro de Víctor Sanz López en memoria del exilio español en Venezuela.
[3] Alejandro Cardozo Uzcátegui en La imagen de la Venezuela de Marcos Pérez Jiménez en la España de Francisco Franco
[4] Salvador Palazón Ferrando, con datos de censos nacionales de población

Este artículo es resumen de otro publicado por la autora en la revista española Política Exterior No 171, Mayo-Junio 2016

Carmen Beatriz Fernández 

Comentarios (1)

Estelio Mario Pedreáñez
17 de octubre, 2016

Brillante artículo. Venezuela tiene mucho en común con España, nuestra mayor raíz europea: Creemos en Jesucristo, hablamos castellano (la más extendida lengua española) y nuestra mentalidad es occidental. Podemos decir que todos, o casi todos, los venezolanos tenemos “un abuelo español”, y también “un abuelo negro” y “un abuelo indio”, lo que nos permite estar vacunados del anacrónico racismo europeo (esperemos quede en el olvido el insultante mote de “sudaca”). Cierto, Venezuela vive su mayor hora menguada: Nunca antes, desde el Bloqueo Naval a Venezuela en 1902-03, por las potencias imperialistas de Gran Bretaña, Alemania e Italia, nuestro país ha estado en eminente peligro de extinción como Estado Indendiente. En esa hora menguada las agresoras potencias extranjeras no ejecutaron su plan de repartirse Venezuela por impedirlo EE.UU. por sus propios intereses. Ambas Patrias vivieron Dictaduras, Guerras Civiles y España (1808-1814) conoció también la traición y la ocupación extranjera.

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