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Entre un viejo barco y un hotel fantasmal: la narrativa de Gabriel Payares; por Judit Gerendas

Entre un viejo barco y un hotel fantasmal la narrativa de Gabriel Payares por Judit Gerendas 640

Gabriel Payares retratado por Beto Gutiérrez [Fotografía cortesía de Ediciones Puntocero]

Gabriel Payares, a los veintiseis años ganó el Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila de 2008, con su volumen de cuentos Cuando bajaron las aguas. Su segundo libro, Hotel, contiene, entre otros magníficos cuentos, “Sudestada”, un brillante texto que ganó la quinta edición del Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana, de 2011. Igualmente contiene el cuento “Nagasaki (en el corazón)”, con el cual ganó el 66º Concurso de Cuentos de El Nacional, ese mismo año. Se trata de una carrera meteórica del joven escritor, nacido en 1982. Vamos a revisar un poco de qué tratan estas dos obras.

La incomunicación y la metáfora de las aguas

La incomunicación entre los seres humanos, en la vida cotidiana, entre los miembros de una familia, es, quizás, la temática principal de estos dramáticos relatos, que se diferencian profundamente de la gran mayoría de los cuentos que se escriben hoy en día en Venezuela, los cuales, por una parte, giran monótonamente en torno a los temas de la violencia, el delito, el alcohol y la droga, camino que inició ya el cine venezolano hace muchos años; por la otra, parecen cuadros de costumbres, con sus representaciones de la no recogida de la basura en Caracas, de la inseguridad y de otros tópicos que se describen sin mayores esfuerzos de simbolización y metaforización, muchas veces sin llegar a ser, en verdad, literatura.

Sin querer generalizar, y sin mencionar las importantes y valiosas excepciones a la afirmación anterior, que las hay, hago este señalamiento para destacar la notable calidad de la cuentística de Gabriel Payares, la cual en ningún caso se va por caminos trillados, ni por el facilismo imperante entre muchos (o algunos, digamos) de los nuevos (y otros no tan nuevos) cuentistas.
La imposibilidad de comunicarse, problema central de nuestro tiempo, paradójicamente la era de las comunicaciones, adquiere un grado cero de la escritura en la narrativa de Gabriel Payares, despojada de clichés, lugares comunes y objetivos inmediatistas, para adquirir la sombría grandeza de un mundo en el cual el agua (una de las principales metáforas que utiliza el escritor) —en sus diversas manifestaciones— ha arrasado las opciones de las existencias que han intentado establecer una vida en común, intento que, terca, obsesiva y permanentemente, termina siendo derrotado por los pasos en falso de los personajes, por la frustración de sus deseos, por la mediocridad de sus intentos de sostener los vínculos que en vano pretenden salvar. Se trata de situaciones de desamor, de falta de voluntad y de capacidad de los personajes de colocarse en las circunstancias del otro, a partir de la incomprensión de la necesidad de ser amparado y valorizado, situaciones que terminan, en algunos de los casos, en indiferentes separaciones.

Un viejo barco derruído es, aparentemente, el protagonista de “Sudestada”, de Hotel [1]. Digo aparentemente, porque dentro de las complejas formulaciones con las que Gabriel Payares construye sus textos, el deteriorado y gigantesco barco, retratado en un periódico, evoca de inmediato para el personaje narrador la imagen de su padre, el cual era marinero y fue percibido por el hijo, cuando niño —ahora ya es un hombre adulto, a su vez padre de familia— como un héroe mítico, pero que, tras de ser por largo tiempo un padre ausente, al retornar al hogar de forma definitiva se hace presente como un ser desvencijado. La vejez del barco, asociada con el recuerdo del padre, expresa el dramático declive. En última instancia, el viaje que ha emprendido el protagonista también es de carácter mítico, hacia los orígenes, en busca del padre, al cual representa ese gran barco encallado y oxidado.

Vinculado intensa y afectivamente al recuerdo del padre, el personaje no logra, por el contrario, establecer un vínculo siquiera medianamente satisfactorio con su propio hijo adolescente, con el cual le resulta imposible comunicarse, situación que Payares muestra a través de diálogos especialmente logrados en su inconclusión y en su manejo en registros diferentes, verdaderos diálogos de sordos. El obstáculo insuperable que se levanta entre el protagonista y su hijo adolescente es la televisión. Absorto en mirar programas degradantes, mientras emite sin cesar carcajadas, a la mente del hijo ni siquiera alcanza a penetrar la idea de que su padre ha venido a su cuarto, ni se da cuenta tampoco cuando el hombre se marcha de ahí. El muchacho es prácticamente equivalente al televisor, puesto que su presencia en la casa sólo se registra por el sonido del aparato, perennemente encendido cuando él se encuentra en ese algo que aparenta ser un hogar.

A los personajes de los distintos cuentos les cuesta compartir sus experiencias y sus sentimientos. Cada quien está en lo suyo y le resulta casi imposible colocarse en los zapatos del otro. La derrota en el ámbito familiar y en el de la oficina es lo que genera el impulso final en el protagonista de “Sudestada” para salir de toda esa mediocridad e ir en busca del barco, El Desdémona. Con sugestiva expresión lingüística lo relata el autor: “Así que enterré el hocico en la taza de té durante los minutos que tardé en quedarme a solas, y hallé de pronto en mí la determinación de los que han sido totalmente derrotados” (p. 33). Por su camino de huida del insoportable hogar, en busca de la ilusoria felicidad que cree le va a proporcionar el viejo barco, el protagonista se dirige hacia la muerte. La puesta en práctica de lo que es su sueño más valorizado lo enfrenta a una inesperada imagen degradada de la nave, a su verdadera imagen, carente de toda connotación mítica, degradación que se va haciendo visible a medida que el personaje se va acercando.

En el alucinante cuento que le da título al primer volumen, “Cuando bajaron las aguas”, hay también un padre, el cual, al principio, es un ser colaborador y eficiente, tiene una actitud constructiva en medio del devastador diluvio que se ha producido, intentando recuperar la casa para restablecer el funcionamiento de la vida. En el niño que narra esta historia, en la que los padres son todavía personas jóvenes, hay una intensa expectativa de que se instaure el orden paterno, a quien “acompañaba siempre en silencio, viéndolo hacer, como esperando a que me indicase mi propio lugar en aquel nuevo orden de las cosas”[2]. Es el padre el ser protector, no la madre, la cual siempre está enferma.
El padre de este cuento, que nunca se interesó por los botes, encuentra, arrastrada por las aguas, una pequeña embarcación sin remos, a la que logra recuperar y traer a la casa. El niño, sentado en el bote varado, juega a ser piloto, marinero o explorador extraviado.

Un día, luego de salir a hacer sus exploraciones diarias de costumbre, el padre no regresa. La madre y el hijo lo esperan, expectantes, pero el tiempo pasa y el retorno no se produce. A la madre ni se le pasa por la cabeza la posibilidad de que le haya sucedido algo, simplemente da por hecho que los ha abandonado. Ello ofrece una medida de hasta qué punto son endebles las relaciones entre los distintos miembros de las diferentes familias, en las cuales la angustia por el otro no aparece, es sustituida por el surgimiento de una fácil desconfianza que no necesita de puntos de apoyo para expandirse.

La devastación causada por una fuerza natural, el río, desbordado a causa de la lluvia, deja a los seres humanos en el desamparo de carecer hasta de lo más necesario. Frágiles seres humanos, como el niño que finalmente logra escapar de la casa, la cual ha generado en él la siniestra sensación de estar prisionero. Emprende denodados esfuerzos por salir y, luego de lograrlo, al no saber qué camino tomar, se entrega al azar.

En “Sudestada” queda claro que el amor del hombre adulto por los barcos, por El Desdémona en particular, el viejo y arruinado barco de glorias pasadas, viene de la nostalgia por el padre. Del dolor por él nace el dolor por el barco, por la abolición del pasado, por el desgaste.

En “Cuando bajaron las aguas” hay una doble ausencia; a ambos padres, metafóricamente, se los ha llevado el río, puesto que a la ausencia física del padre se une el exilio mental de la madre. También es doble el odio que nace en el niño: hacia el padre, por haberlos abandonado, y hacia ella, por seguir ahí.

El agua, en “Cuando bajaron las aguas”, lo destruye todo y termina por conducir a la nada. En la fantasía/ pesadilla del protagonista de “Sudestada” éste se ve a sí mismo en la detestada oficina, mientras una gigantesca presión del agua que avanza desde afuera hace estallar los ventanales y arroja a la oficina toda al vacío y al personaje a la nada, en metáfora de una existencia carente de sentido y de una condición alienada en el mundo.

En cambio, cuando el personaje deja de ir al trabajo, simulando estar enfermo, y se dirige por su propia voluntad al lugar donde está fondeado El Desdémona, para luego lanzarse al agua, ahí en el río encuentra el espacio para la transgresión y para la libertad, por fin enfrentado a lo desconocido, al absurdo que se contrapone a la mediocridad del mundo, en medio de la violencia de las aguas tormentosas.

En el magnífico cuento con el que se inicia el volumen Cuando bajaron las aguas, “Génesis (la noche antes del diluvio)”, la inmensidad de las aguas se percibe no solo afuera, sino también adentro, en un lugar donde dos mujeres jóvenes en la misma cama, tendidas desnudas sobre unas elegantes sábanas grises y dándose la espalda, escuchan el golpeteo de las aguas y del viento en sus ventanas. El erotismo va surgiendo poco a poco, lentamente, de una forma contenida, otorgándole espacio a la espera, de una manera muy sofisticada. Este logrado erotismo finalmente se instaura dentro de un tiempo contradictorio: entre lo eterno y lo efímero. Con dura mirada contrapone en esta ocasión el autor a la figura mítica, Eva, a la cual sitúa fuera del tiempo, a la humana, Mona, sujeta a los embates de la vejez y de la muerte.
Original y audaz, este primer cuento del joven escritor, en el ordenamiento que le dio a su volumen, nos habla de una mujer que es como una lluvia, como el agua, como el llanto. Sugestivas imágenes se encadenan en este seductor y extraño texto, en el cual Mona quisiera ser la lluvia y mojarlo todo, puesto que ella es inasible, como el agua que cae de las nubes. Quisiera ser la lluvia, algo leve, escurridizo, pero también expresión de vida, de fecundidad. Es un texto que es como un poema en prosa, o como una prosa poética, en el cual se relaciona la lluvia también con la muerte, puesto que, cuando aparezca el sol, Mona se secará, tal cual un charco: dejará de existir.

La otra mujer de este cuento, Eva, que tiene por nombre el de la madre del género humano, según la mitología judeocristiana, quisiera ser un objeto, una cama. Lugar para el reposo, espacio para el amor, para concebir y engendrar hijos, para darlos a luz.

Eva es el mito, eterno, Mona es la mujer.

La lluvia genera también deterioro y manchas en la calle, como en el texto de título reiterativo, “De nuevo la lluvia”, del mismo volumen, en el cual otra mujer, que se quedó viuda muy joven, debido a que su esposo murió en la guerra, se refugia en un bar y habla de la lluvia, de un aguacero que parece que más nunca va a parar. Nos encontramos aquí con un erotismo deliberadamente degradado, incidental, solo de paso. Hay en este cuento una muy lograda representación de la falsificación de la realidad: el diálogo entre la mujer y el barman se basa en ficciones, en autoengaños que la contraparte acepta y retroalimenta, muy onettianamente, o muy hemingweyianamente, como un modus vivendi que les permite seguir existiendo, a un lado y a otro de la barra. Lo que importa es el diálogo, no el acontecer, el medio y no el mensaje, en un brillante cuento en el que todo se finge, hasta la lluvia de la que se habló era ficticia. En el fondo lo que hay es amargura, todo ello expresado a través de ese diálogo llevado por Payares con mano firme. Todo es un juego, una competencia de ingenio, en un texto que pertenece a la estirpe de la gran narrativa estadounidense, en particular a la línea representada, además de Hemingway, por Scott Fitzgerald y Bret Harte, entre otros. O a los textos de falsas historias de Onetti, cascarones vacíos llenos de posibilidades, como El astillero, La vida breve o el inmortal cuento “Un sueño realizado”. El barman detona la falsificación, nada de lo que se dijo fue cierto. Entre la crueldad y la ternura, decide no cobrarle a la mujer los tragos de esa noche.

Dentro de la lograda temática general de las aguas, ocupa un significativo lugar la presencia del mar. La salvaje presencia del agua es vehículo del deseo, de la fantasía de destrucción de aquello que automatiza y limita el libre desplegarse de la existencia: “En ese momento la gigantesca presión del agua hizo estallar en pedazos la ventana y arrojó la oficina entera hacia el vacío: mobiliario, papeles húmedos, sillas reclinables” (p. 30).

Entre un viejo barco y un hotel fantasmal la narrativa de Gabriel Payares por Judit Gerendas

Fotografía de Peter Kurdulija. Haga click en la imagen para ver su cuenta en Flickr

Otra ola produce terror en otro sueño, en el cuento “Nagasaki (en el corazón)”, también de Hotel. Es un sueño que se reitera en la vida de la protagonista, cuando ve venir hacia ella una ola gigantesca que avanza eternamente, aunque siempre permaneciendo a lo lejos, perenne catástrofe por acontecer, del cual, por lo mismo, no hay posibilidad de liberarse.

Seres que se sienten amenazados por la vida, ya sea la cotidiana, la de la obtusa rutina, ya sea por el horror histórico, por la insensata decisión de tirar la segunda bomba atómica, un acto más irracional aún que el lanzamiento de la primera, sobre Hiroshima, si es que cabe hablar de un mínimo de racionalidad en estos casos. En “Nagasaki (en el corazón)” se nos cuenta del arte de perder, del desamparo del hombre y de la muchacha, la pareja protagónica del cuento, ante el horror del que proviene ella, la cual es también una figura de la soledad, con su decisión de regresar a su país, donde no hay nadie que la espere.

Es digno de destacar que Gabriel Payares es uno de los pocos autores venezolanos que no idealiza la casa, el hogar, tópico importante tanto en nuestra poesía como en la narrativa, algo que menciono sin emitir al respecto ningún juicio de valor, únicamente es un señalamiento en cuanto a la originalidad de la posición del escritor.

Otro río se ubica en el centro de la historia en el cuento “Sudestada”, puesto que es en un río donde se encuentra fondeado El Desdémona. Para llegar a esa corriente de agua y a ese barco sale el personaje en busca de su libertad, para ser atrapado –aunque solo elusivamente nos enteramos de ello, en este tan logrado cuento- por el fenómeno climatológico conocido como sudestada, el cual seguramente lo conducirá a la muerte. Pero esto ya no se nos narra, solo muy sutilmente se nos sugiere, a partir de una noticia de prensa no leída por el protagonista, en la que se habla de la inminencia de este fenómeno, en un periódico que se ha quedado aleteando en la orilla, bajo el efecto del viento.

Dos cuentos que dialogan entre sí

El incierto destino de El Desdémona lo lleva a convertirse en una imagen central en los pensamientos del protagonista. Sobre el río, parece estar aguardando al personaje, a ese hombre a quien en su hogar nadie aguarda. A él el barco se le muestra en toda su grandeza, y se va convirtiendo en un llamado. Después de tanta soledad, el personaje se despoja de todo lo relativo a la oficina y a su áspera familia, y se apresta a consumar la comunión con el barco, “con su invitación abierta a lo desconocido, a lo absurdo” (p. 39). Ha decidido producir la ruptura de tanta rutina mediocre, aunque ello le cueste la vida.

Es notoria la importancia de los barcos en el imaginario que crea Gabriel Payares. En los momentos en los que los personajes de “Cuando bajaron las aguas” están en una situación extrema, a causa del diluvio generado por la lluvia y la consiguiente irrupción del río, aparece sobre las aguas el bote. Tiene un nombre emblemático: el del santo de los transportes, San Cristóbal. El niño narrador es la primera vez que ve un bote. La fascinación que siente por él, en este cuento muy anterior a “Sudestada”, es similar a la que siente el protagonista de este texto, ante un barco que remite a su propia infancia.

La sugestión que ejerce el bote sobre el niño lo lleva a desear compartir con alguien ese sueño, nueva alusión a la problemática de la soledad. Y al igual que en “Sudestada”, del cual es antecesor directo, ve al bote como un vehículo de salvación, aunque, igual que en el otro cuento, el final es catastrófico, salvación no hay. Aquí el bote es arrastrado por las mismas aguas que acabaron con la casa.

Así como el niño no encuentra a nadie con quien compartir su sueño de navegar en el bote, también el protagonista de “Sudestada” falla en su intento de compartir con su familia la seducción que ejerce sobre él El Desdémona. Sale en busca de una autenticidad, una necesidad que no está presente en la vida cotidiana de su hijo y de su esposa. Tampoco nadie tiene conciencia del sentido de pertenencia que despierta ese barco en él, de su vínculo con la nave a partir del padre y del mundo de la infancia. Del entusiasmo que nace en él cuando se permite faltar al trabajo y hacer algo transgresor. De vivir la fantasía de ser un héroe. En esta compleja relación hay en el protagonista una identificación con el padre, por la situación del encallamiento, él en la oficina y en el hogar, el padre/barco en la vejez y el deterioro. Pero en otra vuelta de tuerca, la identificación es con el padre mítico, con lo que él fue en el pasado, lo cual se produce cuando el protagonista decide romper con todas las rutinarias convenciones de su vida diaria y se lanza a la libertad, al mar, para nadar en dirección al gran barco, El Desdémona.

La incomunicación: el silencio, los sonidos, el adentro/afuera y el desaparecer

El tiempo del silencio es un momento privilegiado en esta narrativa; un silencio que configura el espacio de la soledad, en los momentos en que es escogida, no impuesta, sino una forma de defenderse del mundo, de la familia o de una casa que no ha logrado convertirse en hogar. El apropiarse de un trozo de tiempo, en soledad y silencio, es lo que logra el personaje cuando se queda despierto hasta medianoche en su hogar, con la felicidad de que ya tanto su hijo como su esposa están durmiendo.

También en “Nagasaki (en el corazón)” se agradece el silencio: aquí es el espacio del recuerdo. En “Con miedo a los perros”, a su vez, el silencio es el espacio de la incomunicación, el tema central de la obra de Gabriel Payares. En este texto la falta de sonidos asfixia, resulta imprescindible buscarlos. Comprobamos aquí la capacidad del autor de convertir algo tan intangible como el silencio en materia de horror. Vinculado con otro de sus temas principales, las aguas, asistimos a la soberbia ficcionalización del silencio, sustanciado en ese líquido que a su vez puede ser tan aterrador. Es un silencio que empapa, que gotea, en el que la protagonista se halla sumergida sin darse cuenta.

En “Sudestada” el silencio es la expresión de la incomprensión entre las generaciones y con la pareja; en “Cuento-concierto (Adagio Pianissimo)” un silencio implacable, que también está en función de la incomunicación, le da cuerpo a los acontecimientos; en “Hotel” es un mecanismo de defensa frente a la hostilidad del mundo; en “Samsara”, de Hotel, se produce la imposibilidad de hablar.

Es el brillante repertorio con el cual representa Gabriel Payares a la realidad, una sola imagen con la cual es capaz de simbolizar un amplio espectro de situaciones humanas.

Como haciendo girar una moneda, con gesto sutil nos muestra el autor la otra cara del asunto: la presencia de los sonidos. Se encuentran estos en general en función del horror, como el que surge a partir del amenazante ruido que emiten los monstruosos mosquitos de “Cuando bajaron las aguas”.

Esta íntima relación se inicia por medio de una confusión entre el adentro y el afuera, un complejo asunto que Gabriel Payares maneja con mano firme, llevando sus cuentos a otro nivel filosófico y de construcción del texto: el ambivalente juego entre lo interno y lo externo.

En “Sudestada” el personaje narrador espera oír algún sonido inverosímil que le permita materializar el sueño de derrotar la rutina de la mediocridad que lo rodea. Anhela oír la cariñosa sonoridad del viento, o el íntimo sonido de dos emblemáticos pájaros que están en el afuera, observando el adentro de la oficina, o la revelación de un breve silbido emitido por alguno de ellos. Lo insólito del afuera son los dos pájaros pegados del vidrio, contemplando lo que hay detrás de él, adentro, en el mundo de la alienación y de la rutina.

El adentro-afuera es un tema apasionante que aparece en varios de los textos de Gabriel Payares, con una sofisticada presencia simbólica de lo filosófico y lo psicológico. En “Génesis (la noche antes del diluvio)”, hay un afuera, que es el propio diluvio, y un adentro, que son las dos mujeres desnudas en la cama. Adentro reina el silencio, afuera “el agua y el viento en las ventanas murmuran por oleadas en un idioma incomprensible” (p. 5).

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Fotografía de Vitorio Benedetti. Haga click en la imagen para ver su cuenta en Flickr

La resolución del problema adentro-afuera, que ha recorrido todo el texto de “Con miedo a los perros”, se produce cuando la protagonista da el primer paso hacia el exterior, en un retorno al mundo, aceptando sus limitantes, las rejas y los barrotes y, al mismo tiempo, continuando el proceso de caminar entre ellos, imbricando el adentro con el afuera, ya sin temor a ninguno de esos ámbitos o categorías psicológicas.

No es esto lo que sucede en “Sudestada”, el cual llega al nivel de la tragedia al huir el protagonista de los mezquinos adentros que lo contienen (el hogar, la oficina) y lanzarse a la libertad del río, un espacio acuático que carece de limitantes, no es un lugar continente, sus contenidos se derraman hacia la nada, cuando es sometido a la inesperada tormenta de la sudestada que se avecina.

En “Hotel”, el cuento que le da título al volumen del mismo nombre, la imposibilidad de comunicarse llega a extremos que le permiten al autor, con sofisticados recursos, escorar el argumento, poco a poco, hacia lo fantástico, el cual adquiere características originales y novedosas por medio de los vasos comunicantes que construye Gabriel Payares, a través de los cuales se va infiltrando lo fantástico en la realidad representada, a la vez que lo real se imbrica con lo fantástico.

El hecho de desaparecer, que es también una constante en la obra del autor, en “Hotel” se expresa con la circunstancia de que todos los elementos que rodean al protagonista se van esfumando, mientras el argumento de la novela policíaca que lee, único objeto que pervive, trata de la desaparición de alguien.

La novela policíaca es, finalmente, lo único que le queda al personaje, el cual parece estar a punto de entrar dentro de él, en tanto que el detective de esa novela termina por salir del libro y ocupar un espacio en la realidad representada en el cuento. Los objetos esenciales para que el protagonista pueda continuar con su viaje desaparecen: pasaporte, pasaje y facturas; solo permanece el libro. Es a éste a lo que el personaje se aferra. Pero luego, dentro del universal proceso de desaparición que lo atrapa, de pronto se da cuenta de que también lo escrito en el libro ha desparecido. Todas las páginas se han ido quedando en blanco, agregándose al vacío que se está produciendo.

El irse borrando sin dejar huellas se va insinuando finamente. Al principio creemos que es algo secundario, detalles a los que no les damos mayor importancia. Pero el libro ficcionalizado va paralelo al mundo representado, lo sustenta y lo alimenta; en él también hay una desaparición, la de un niño llamado Vincent.

En este registro de lo fantástico vemos cómo, en cierto momento, el personaje de “Hotel” se encuentra con que el buzón de su correo electrónico se ha vaciado por completo. Y cuando abre su maleta, tiene la sensación de que ha traído muy poca ropa, aunque cree recordar que ha introducido mucha más de la que ve. También siente que le falta algo, aunque no sabría decir qué es. Inicia una búsqueda desesperada en pos de ese algo del que ignora de qué se trata, al mismo tiempo que en la novela policíaca parece hacerse definitiva la desaparición de la verdad sobre la muerte de Vincent.

El cierre perfecto del cuento se completa cuando el personaje constata que hasta su nombre ha desaparecido de los registros del hotel. El individuo se borra y su mundo, tanto el interior como el externo, el adentro y el afuera, sufren un quiebre definitivo, invadidos por la nada.

Lo que está representado aquí es el vacío existencial, la angustia ante el mundo y ante el propio ser del protagonista, el cual, en un sueño, se ha percibido a sí mismo como alguien que no deja huellas. De entrada, el personaje había negado su identidad cuando en la recepción del hotel firmó la planilla de una forma muy diferente a como lo hacía usualmente, de manera que la desaparición de su identidad tiende a materializarse desde el comienzo. El sujeto expresa su condición de estar anulado, de no ser nadie. Luego, ya en situación catastrófica, intenta recuperar su propio ser, lo cual le es negado: él, aparentemente, no existe. La negación parte de la camarera, la cual afirma, sin sentir duda alguna, que la habitación que ocupa el personaje está desocupada. Se ofrece a arreglarla, para este “nuevo” ocupante, pero el personaje, presa del terror, recula, y solo atina a dar las gracias. Se ha convertido definitivamente en nadie, en nada.

La representación del mundo, como elemento obtuso que está ahí, impenetrable e incólume, aunque permea todos los textos, es en “Hotel” donde está omnipresente. Payares es un escritor lúcido, que no se hace ilusiones y carece de sentimentalismos. Tampoco es programático y no pone sus textos sino al servicio de la literatura, con lo cual logra crear un universo, nacido de su mirada claramente pesimista. O realista, diría yo, que comparto su pesimismo sin reservas, no por una manera de ser intrínseca, sino porque también comparto su lucidez en cuanto a la realidad de la existencia humana actual.

El mundo, en los cuentos de Gabriel Payares, tiene una férrea voluntad de irrumpir en las vidas individuales, no hay puertas ni cerraduras que impidan su brutal ingreso en lo que creemos que son nuestros espacios. Así, hay una dura visión sobre Nagasaki, una herida imborrable, expresión del fracaso moral de la humanidad, la innecesaria repetición de la pesadilla de Hiroshima, primer paso del fracaso de los valores en el campo de la realidad nuclear. El horror ha sucedido y ha marcado a la humanidad para siempre. Ese horror ancestral, como un aullido, está encerrado en una sola palabra, Nagasaki, en un solo nombre, connotando la crueldad y el espanto.

El erotismo, fino y sugestivo, ocupa un lugar central dentro de los dos libros que estamos revisando. En “Nagasaki (en el corazón)”, en el que el protagonista masculino ha bautizado a la muchacha japonesa como Nagasaki, puesto que ha nacido en esa ciudad de tan trágico destino, adquiere un papel significativo un erotismo deliberadamente buscado por la pareja protagónica, para sofocar el horror que genera en ellos la evocación del espanto producido por la bomba nuclear.

sudestada320En “Réquiem en Buenos Aires”, también de Hotel, tan logradamente escrito, el anhelo del personaje narrador es llegar a la ciudad a la cual perteneció la mujer que al principio él tanto amó, y a la que luego tanto odió, para seguir sus pasos por cafés y calles y comer lo que ella pudo haber comido, para de esta manera borrarla definitivamente y para verla desaparecer, para ocupar lo que fue su lugar y así recuperar su propio ser. Este cuento tiene la intensidad, y la unidad, de un poema en prosa, construido sobre la imagen de una mujer subyacente a una ciudad.

Los pájaros

Las aves, así como los barcos, están asociadas al recuerdo del padre. La presencia de un alcatraz le trae a la memoria al protagonista de “Sudestada” el momento de la última vez que acompañó a su padre a la playa. Como ya vimos, también aparecen unos pájaros en la oficina, del lado de afuera de la ventana. En pareja. Ejercen una fuerte sugestión sobre el personaje, el cual, como siempre, es interrumpido en su intento de comunicación con alguien (con los pájaros, en este caso). Cuando vuelve a mirar, la decepción se instala dentro de él, puesto que el misterio ya no está ahí, los pájaros han volado.

Cuando los pájaros aparecieron en la ventana de la oficina se instaló un tiempo otro, no medible, que fue luego violado por la alienante rutina. Podríamos intuir que el protagonista del cuento es un extranjero para los dos simbólicos y fantásticos pájaros que lo miran a través de la ventana, en el sentido camusiano del término. Gabriel Payares pone en escena, hasta con esos seres vivos que no forman parte de las dislocaciones que ha generado la cultura humana, la incomunicación y el rechazo, que es lo que develan los pájaros que producen la ruptura de la “normalidad”. Cuando aparecen, se genera lo insólito, la presencia de unas vidas que rompen la rutina. En medio de gente que ya no mira, ni ve, representan la aparición inesperada de un observar auténtico, de una comunicación visual. Lo fantástico irrumpe en lo cotidiano y, en el orden del análisis de Freud del cuento “Der Sandmann” (“El hombre de la arena”), de E. T. A. Hoffmann, generan lo siniestro. Lo extraño del mundo de afuera desnudando la aparente normalidad del absurdo del mundo de adentro. El intento de conservar esa mirada, de sostenerla, de mantener la comunicación, fracasa con la irrupción de la llamada telefónica, la cual deshace el vínculo.

Y en el fondo de todo, la literatura

En “Epílogo: Londres, 1982”, cuento que cierra el volumen Hotel, el protagonista fracasa en la búsqueda de sus orígenes, la ciudad en la que nació no le responde. La conclusión a la que llega el narrador es que solo la literatura puede devolvérsela, puesto que “ninguna ciudad nos pertenece mientras no tengamos relatos que la compongan” (p. 138). Aquí el autor se introduce en la obra, en la cual un disgustado empleado de aduana le dice, con ironía: “Wellcome home, Mr. Payares” (p. 127).

La escritura alguna vez fue una esperanza, como nos lo dice el narrador de “Epílogo: Londres, 1982”, dando a entender que ya no lo es. Y era también un espejismo y una pasión, así nos lo va narrando el personaje, abocado a su proyecto, hasta que a la final, el cuento pone en escena cómo la escritura fracasa y Gabriel Payares, con su sabiduría de escritor, nos demuestra que está consciente de que en la escritura tiene que haber un lenguaje rítmico, como lo hay en todos sus textos, no como en el de su personaje, el cual es su doble, tiene su misma fecha y lugar de nacimiento y se llama Mr. Payares, pero en cuyos textos “había un vacío rítmico”, así nos lo dice, a partir de su mirada crítica, el propio personaje, a través de una metaficción lúdica muy lograda. Con esto finaliza el volumen Hotel, un gran cierre para este conjunto de excelentes cuentos: ficcionalizando el fracaso con la escritura, lo cual lleva al narrador, en las últimas páginas, a emprender su viaje a los orígenes, en una vuelta de tuerca paródica del texto, puesto que el proceso de la escritura ya se ha cumplido exitosamente a lo largo de todo el libro.

 

[1] Gabriel Payares. Hotel. Caracas, Ediciones Puntocero, 2012.
[2] En: Gabriel Payares. Cuando bajaron las aguas, Caracas, Monte Ávila, 2008, p. 33.