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Mauricio Walerstein. Otro más hacia la noche; por Carlos Egaña

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“Venimos de la noche y hacia la noche vamos,” repite Vicente Gerbasi en Mi padre, el inmigrante. El verso marca la historia de un país que no pudo haber sido sin sus extranjeros; estos, provenientes de cualquier lugar, enrumbados a una nación de futuro incierto. Mauricio Walerstein, quien murió el 3 de julio de este año, fue uno más de estos inmigrantes. Uno excepcional, que detrás de películas como Cuando quiero llorar no lloro y La empresa perdona un momento de locura, se encargó de trazar una senda que incluyera las penurias de todos los venezolanos.

Hijo de Gregorio Walerstein, conocido como el zar del cine mexicano por la cantidad de filmes que produjo a lo largo de su vida (313, desde 1941 hasta el fin del siglo), Mauricio llegó a Venezuela en condiciones nada precarias. Más bien, vino apoyando el trabajo de su padre; pero se quedó por razones que lo hicieron enfocar su trabajo en otro sector de América. Cuenta Román Chalbaud que en su tiempo como director en Radio Caracas Televisión, los estudios habían convenido con México que harían una telenovela llamada Bárbara, la cual habría de imitar el éxito de la radionovela, posteriormente telenovela y posteriormente película El derecho de nacer. Fue entonces, con Mauricio cono productor de la obra, que “Mauricio se enamoró del país”:

Se hizo muy amigo de Abigaíl Rojas, un fotógrafo venezolano muy importante, que tenía una empresa. Él hacía documentales, noticiarios y también hacía largometrajes. A Mauricio le prestó libros: Cuando quiero llorar no lloro de Otero Silva, Ramón Díaz Sánchez, Guillermo Meneses. Y él se enamoró de lo que estaba pasando aquí, en esa época. Y dijo: yo quiero hacer aquí Cuando quiero llorar no lloro en cine.

No existía Fondo de Fomento Cinematográfico en aquella Venezuela de los setenta, apenas Bolívar Films se erguía como productora en el cine nacional. Por ello, Walerstein recorrió a la distribuidora mexicana Pelimex para hacer el filme. ¿El trato?, la distribuidora ponía cincuenta mil dólares y a un actor mexicano. ¿Cómo se hizo la adaptación? Afirma Chalbaud:

Como yo era amigo de Miguel Otero Silva y de María Teresa, me dijo: tú me vas a hacer la adaptación de la novela, pero tú tienes que hablar con Miguel Otero para que nos dé los derechos. Y yo fui y hablé con Miguel Otero y él accedió y dio los derechos. Mauricio también firmó la adaptación porque me dijo que en México se acostumbraba que los directores también. Y cuando la película se asomó, nosotros nos asomábamos a los cines a ver si iba gente, y empezaron unas colas enormes. ¡Fue un éxito!

Walerstein no solo se limitó a filmar en Caracas, sino que se encargó personalmente de que el gremio de los cineastas prosperara. Claudia Nazoa, quien luego fue guionista de filmes del mexicano como Juegos bajo la luna y Canon, cuenta que cuando llamaron para dirigir la Industria Cinematográfica del Ministerio del Fomento durante el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez,

Mauricio se trancó conmigo tres días a explicarme con qué se comía eso de la industria cinematográfica. Cómo se movía el dinero y cuál era el verdadero meollo de los guiones. Mauricio me impactó en un primer momento porque Mauricio era muy antipático. Era un hombre absolutamente polarizador. O caía de maravilla y tú lo amabas desde que lo veías, o te caía como un plomo. A mí me pareció un tipo muy inteligente, que tenía un manejo de los detalles de esa industria asombroso. Me parecía un tipo que sabía muchísimo. Y le agradecí mucho que se tomará su tiempo para eso. Cuando terminamos esa encerrona, yo le doy las gracias. Y él me dice: no, tú no me agradezcas nada, no te estoy haciendo ningún favor. Tú vas a estar al frente de la industria de la que vivimos y morimos todos, y mientras tú más sepas, mejor para todos.

Y ahí no cesó la lucha de Walerstein. Junto a la misma Nazoa, Thaelman Urgelles, Carlos Azpúrua y otros personajes reconocidos, logró llevar adelante la creación del Fondo de Fomento Cinematográfico (FONCINE) y de la primera Ley del Cine del país. El mexicano fue precursor de la industria cinematográfica que ha sido recientemente reconocida con un Goya y un León de Oro.

“Creo que mis obsesiones sobre el conflicto de la pasión se han desarrollado más,” dijo Walerstein en una entrevista a El Universal hace cinco años. Entonces presentaba Travesía del desierto, película que filmó de regreso en México. Desarrolladas más, desarrolladas menos, Nazoa confirma la afición del cineasta por tal conflicto en toda su obra:

Como él era una persona tan medida, en el cine Mauricio se desataba. Y a veces esos desates les salían muy bien, a veces no. Por eso las malas lenguas del cine venezolano decían que el cine de Mauricio era el de las tres S: sangre, sudor y semen. Mauricio no le tenía miedo a eso, se moría de la risa cuando se lo decían. Pero Mauricio creía firmemente en las pasiones, y era un hombre absolutamente desprejuiciado.

No cabe duda: Sea la irrupción en una fiesta de clase alta o el asalto de un banco en Cuando quiero llorar no lloro, el súbito enloquecimiento de un Simón Díaz obrero en La empresa perdona un momento de locura, o la consumación entre dos amigos de la infancia en la playa en Juegos bajo la luna, ninguna acción ocurre con un mínimo de frialdad.

Otro factor definitorio de la obra de Walerstein era, según su última guionista, el profesionalismo. “Nunca verás una película de Mauricio mal hecha. Ni mal dirigida ni mal producida, eso no existe.” Miguel Ángel Landa concuerda: “Era un tipo muy cumplido. Llegaba siempre de primero a las filmaciones.” Mas eso no implicaba que se distanciase de sus actores. También dice Landa:

Recuerdo una escena, no me acuerda en cuál de las películas…, una escena en la que terminó y yo quedé viendo todo, así, la cámara se acercó a mí. ¡Corten, un aplauso para Miguel Ángel!, dijo. Y eso siempre lo recuerdo, me dio mucha alegría que el director me hubiera felicitado.

El mexicano volvió a su país natal a la vuelta del siglo. Fue junto a la actriz venezolana Marisela Berti, su segunda esposa. Ya había sufrido la perdida de David Suárez, su guionista habitual, a causa de SIDA, y frente al Alzheimer que había tomado a su padre, se vio obligado a retornar para hacerse cargo de su empresa. Claro queda, eso no lo impidió dirigir unos cuantos filmes más. Estuvo así desde su inicio en las artes en Venezuela hasta su muerte en México, tanto al frente como detrás de la industria cinematográfica.

“Recuerdo al gran amigo, recuerdo al gran director, recuerdo a la gran persona,” dice Landa, nostálgico. Y esa gran persona, según Nazoa, nunca abandonó el país del todo: “Mauricio vivía permanentemente metido en la computadora y pegado al teléfono, preguntando qué pasaba en Caracas.” Los recuerdos de ambos, como el de Chalbaud, quedan ligados a otro más que se ha ido a la noche. Pero que ha dejado una constelación más que visible.