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¿Cómo fue la transición política de la dictadura a la democracia en Brasil?; por Frances Hagopian

Frances Hagopian es una profesora asociada de la Universidad de Havard, socióloga y especialista en Políticas Comparativas de América Latina, con énfasis en los procesos de democratización. En Transiciones democráticas: Enseñanzas de líderes políticos, coordinado por Sergio Bitar y Abraham F. Lowenthal, Hagopian es la encargada del ensayo que sirve de introducción al capítulo titulado “Brasil”.

En este texto aborda el caso de la dictadura militar de 1964, que comenzó con un golpe de Estado al presidente João Goulart y se mantuvo en el poder hasta 1985 suprimiendo elecciones a los cargos clave y reduciendo los poderes constitucionales a los cargos que todavía se sometían a elecciones.

En este fragmento titulado “La transición política”, Hagopian hace un recuento de la gesta política de la oposición brasilera ante la estrategia de la dictadura que, cubierta por un velo de legalidad, luchaba para sostenerse creando leyes impulsadas a dividir a la oposición mientras, por otro lado, sufrían los embates de una inflación anual del 200%. A continuación publicamos para los lectores de Prodavinci “La Transición política” de Frances Hagopian, un fragmento de su ensayo sobre la transición en Brasil:

Por Prodavinci | 30 de mayo, 2016
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Esta fotografía de 1964 muestra tanques de guerra y soldados durante la toma militar de Río de Janeiro. Haga click en la imagen para conocer su fuente.

La transición política

La transición de Brasil a la democracia fue gradual. Comenzó desde arriba y toleró una limitada movilización cívica y partisana. La apertura a la liberalización política se creó mediante una fisura entre las facciones más duras de los militares (que creían que Brasil necesitaba un régimen militar de duración indefinida para lograr su pleno potencial) y los más moderados (que entendían que el régimen militar custodiaba de forma temporal el poder y temían perder en el futuro el apoyo civil a las Fuerzas Armadas como institución si no se restringía el poder represivo del sector más duro). A principios de 1974, un nuevo presidente moderado, el general Ernesto Geisel, anunció que «relajaría» el régimen militar, reduciría la censura de la prensa y permitiría mayor libertad de expresión y de decisión. Tras siete años de tasas de crecimiento de dos dígitos, estabilidad política y social y una oposición tan desanimada que se había planteado disolverse en 1972, le dio la confianza suficiente para que Geisel creyera que el régimen ganaría elecciones competitivas.

La oposición se enfrentó a un dilema que les resultaba familiar: boicotear unas elecciones que de ningún modo darían pie a la transferencia incondicional del poder, o emplear el espacio que les brindaba el régimen para organizarse, propagar ideas y movilizar apoyos para una apertura democrática. Optaron por la segunda vía. Frente a las acusaciones de que estaban legitimando la candidatura, Cardoso y otros miembros de la oposición argumentaron hábilmente que la participación desde dentro del sistema y el uso del mismo a su favor era el camino más seguro para lograr un cambio democrático. Demostraron tener razón. Inmediatamente, la oposición obtuvo 16 de los 22 escaños en juego en el Senado en 1974, aumentó su presencia en la Cámara Baja, del 28 al 44%, y se hizo con el control de cinco gobiernos estatales más. Los resultados fueron una dolorosa derrota para el gobierno. Cardoso señala que no se debió a una red popular de democracia, sino a una campaña eficaz de la oposición que protestaba por cuestiones económicas cotidianas, especialmente la erosión del poder adquisitivo de los salarios de los trabajadores en un contexto de auge económico. Con el transcurso del tiempo, su participación en las elecciones mejoró la capacidad de la oposición para movilizar votantes y ejercer presión sobre el gobierno con el objetivo de que continuara con la apertura política. Siguiendo la lógica expresada por Cardoso —es decir, que la transición no se daría mediante un asalto frontal a la fortificación del régimen, sino sitiándola hasta que los de adentro estuvieran listos para negociar—, la oposición se mantuvo firme a pesar de que el régimen cambiaba las normas una y otra vez para manipular el proceso político a su favor en las elecciones municipales (1976), legislativas (1978) y, al final, generales (1982). La oposición también entendió que los cambios estructurales y el tiempo jugaban a su favor. El crecimiento económico y la industrialización empujaron a millones de brasileños a las ciudades, crearon una clase media fuerte capaz de consumir toda una serie de productos no perecederos, desde frigoríficos hasta automóviles, y aumentó el volumen de la clase trabajadora hasta casi un 30% de la población.

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Transiciones democráticas: Enseñanzas de líderes políticos es una recopilación de textos y entrevistas a ex-mandatarios que fueron figuras principales en la transición de regímenes autoritarios a democracias.

También surgió una sociedad civil vibrante en el espacio creado con la apertura política. Los sectores influyentes de las élites ideológicas fueron los primeros en expresar sus reservas en torno al régimen autoritario. En particular, la jerarquía de la Iglesia Católica condenó la represión, guardó registro de los asesinatos del Estado y de la violencia en las zonas rurales, cobijó a los trabajadores en huelga, acogió la democracia y fomentó los grupos de base en los que se fomentaron normas de participación. La muerte en octubre de 1975 del prominente periodista judío Vladimir Herzog bajo custodia de la Unidad de Inteligencia del Segundo Ejército en São Paulo provocó que la Orden de Abogados de Brasil, que solía ser dócil, publicara una declaración en la que acusaba al gobierno de tortura. Además, el cardenal Evaristo Arns tuvo el valor de celebrar una ceremonia católica y judía en homenaje a Herzog en la catedral de São Paulo, que se convirtió en la primera protesta masiva contra el régimen militar. Un grupo de empresarios importantes también libró una valiente campaña contra el estatismo en 1974 y, unos años después, equiparó un Estado intervencionista y fuerte con una forma de gobierno arbitraria, manifestándose a favor de la democracia como única solución cuando el Estado controla a una sociedad en vez de lo contrario.

A medida que se abría el espacio político, los grupos religiosos de base, las asociaciones de vecinos y un poderoso movimiento de mujeres presionaron por sus intereses específicos y en pro de una mayor libertad política. A finales de la década de 1970, Luiz Inácio de Silva, Lula, dirigió un nuevo movimiento sindical receloso de la intervención del Estado, que extraía sus fuerzas no de la relación con los patrones estatales sino de su vínculo con las bases de trabajadores, y que logró movilizar de forma impresionante a miles de personas del corazón industrial de São Paulo en una huelga a favor de un aumento salarial y de derechos de negociación colectiva. La movilización de la sociedad civil entre las élites, las calles, las fábricas y las encuestas de opinión pública fortaleció el poder negociador de la oposición. Todo esto se daba en el contexto de un régimen militar que nunca había perdido una guerra ni un plebiscito, y que había negociado su salida desde una posición de fuerza. Pero la tendencia irrefrenable del fervor democrático empoderó a la oposición democrática.

La transición se aceleró con las elecciones de gobernadores en 1982. En un intento de dividir a la oposición para revertir la calidad plebiscitaria que habían cobrado las elecciones desde 1974, el régimen permitió la creación de partidos nuevos a partir de 1979. Como era de esperar, la oposición se dividió en cinco partidos, desde el Partido de los Trabajadores de Lula (PT) a la izquierda, hasta un partido moderado de derecha de corta duración (se disolvió en 1981 cuando el gobierno impuso otra serie de normas que prohibía las alianzas electorales). Sin embargo, la decisión de la oposición de participar en los comicios pese a la flagrante manipulación de las normas electorales arrojó una vez más sus frutos. Con una aguda inflación anual superior al 200% y la economía en una profunda recesión causada por los costes de mantenimiento cada vez más altos de la deuda externa, los partidos de la oposición lograron elegir a diez gobernadores en los estados más  industrializados y desarrollados de Brasil, que representaban tres quintos del electorado nacional y tres cuartas partes del Producto Interior Bruto (PIB), entre los que se contaban São Paulo, Minas Gerai y Río de Janeiro. Después, la escueta mayoría de la oposición en la Cámara Baja obligó al gobierno a negociar leyes polémicas e incluso algunos gobernadores oficialistas terminaron rindiendo más cuentas a sus electores que al propio gobierno militar.

Aun después de esos reveses electorales, los militares estaban convencidos de que el candidato del régimen prevalecería en un colegio electoral atestado con miles de alcaldes y parlamentarios de los estados favorables al régimen, por lo que mantuvo el rumbo fijo para las elecciones de 1985 que terminaron depositando el poder en manos de un presidente civil. En 1984, con el objetivo de aprobar una reforma constitucional que forzaría las elecciones presidenciales directas, la oposición creó una campaña que condujo a millones de personas a las calles al grito de «Elecciones directas ya» en las principales capitales de los estados brasileños, manifestaciones masivas que habían comenzados en São Paulo en enero. Los militares no interfirieron. A la oposición le faltó muy poco para lograr la mayoría de dos tercios en el Congreso que necesitaba para reformar la Constitución y, aun así, optó por participar en elecciones directas. El partido del régimen nombró a un candidato presidencial muy polémico, lo que precipitó una avalancha de defecciones en la clase política que contribuyó a que el candidato de la oposición, Tancredo Neves (el gobernador moderado del importante estado de Minas Gerais y un político con gran autoridad capaz de crear consensos), ganara las elecciones.

Frances Hagopian en Transiciones democráticas: Enseñanzas de líderes políticos

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