Artes

La última salsa en París; por Héctor Feliciano

Por Material cedido a Prodavinci | 3 de abril, 2016

La última salsa en París; por Héctor Feliciano

La salsa está de moda en París. ¿No será que precisamente por eso ya es una pieza de museo? ¿No será que justamente por ello hay que extenderle un certificado de defunción?

1.  Tu danses portoricain ou cubain? Traigo malas noticias. Uno intuye que cuando París ya baila salsa, entregada, que cuando la acaba de descubrir, entusiasta, quiere decir que las cosas andan muy mal.
¿Podría significar que lo que tanto nos ha hecho fiestear ya se nos muere? ¿Que su estado es de irreversible decadencia? ¿Que la música que tanto queremos y hemos bailado se encuentra en la fase terminal del desahuciado?

La histórica París ha sido capital de movimientos artísticos briosos y vitales como el impresionismo, el modernismo o el surrealismo, pero no debemos olvidar que también fue, en años tristes de decadencia o de grandeza, la capital del rococó, de los domesticados jardines franceses, del equilibrado neoclasicismo, de escuelas artísticas antagónicas, de la intelectualización y la codificación, transformando la pura vida en un acicalado cuerpo inanimado de leyes y reglas metódicas que había que defender porque sí. Fue allí en donde se trató de eternizar el arte de épocas pasadas con la invención del museo moderno, que arrancaba de su contexto natural obras realizadas décadas o siglos antes, transportándolas a miles de kilómetros de sus lugares de origen, lejos de su historia, colocándolas en grandes salas a la vista de admiradores que no conocían ni sospechaban los secretos de su hechura. Así ocurrió con las pinturas religiosas italianas creadas para celebrar y decorar algún lugar concreto en alguna iglesia o palacete, con el arte y la escultura egipcias pensadas para erguirse al aire libre, con las máscaras africanas que, inmóviles, mudas, detenidas en el tiempo, apartadas de sus rituales y uso diario, ya no podían poseer ni destilar el mismo sentido. Lo mismo ha sucedido con la salsa en las lejanas orillas del Sena, en donde su conocimiento se ha ido formalizando y se ha transformado en un código ortodoxo y absolutista que se aprende, se enseña y se protege contra las impurezas, objeto de imitación, observación o contemplación. Y si la salsa está en boga en París, y se empeñan en emularla con diligencia, es porque ya es museo, pasado, abstracción.

En ese maravilloso y contradictorio país de latinos que hacen fila, todo ocurre en la mente, todo acto es cerebral: conversar, hacer el amor, deprimirse, acariciarse, saborear platos, criticar o hacer política. Y así bailan hoy la salsa los franceses. Como un procedimiento regularizado y mental, enlatada, como momia cultural que se afana por moverse normalizada. En París, como siempre, nada de la salsa se ha dejado al azar. Al mundo hay que ponerle orden, y punto. Nada de esas mezclas mulatas o mestizas, desordenadas, improvisadas, silvestres, de ese contoneo sabroso, repentino y espontáneo de su lugar de origen. Allí, la salsa tiene poco que ver con la realidad de los bailaderos, de los sitios, las calles y las casas del Caribe, en donde se disfruta en grande y se baila sabroso sin mucho chichí. En Francia, la salsa se aprende en boites y escuelas organizadas que aseptisent y clasifican la espontaneidad de las caderas, de los pies, de los hombros.

Las nenas y los nenes lindos, las caras lindas, europeas, se agolpan en fila, maquilladas, ultratrajeados, los jueves, viernes y sábado para aplicar con competencia y genuinas intenciones las equilibradas lecciones aprendidas en la semana. Acuden al elegante Latina Café en los mismos Campos Elíseos, al más democrático Los Mexicanos, a La Pachanga —que recuerda algún galpón caribeño en pleno barrio de Montparnasse— o al menos íntimo El Diablito, cerca de la Plaza de la République. Aunque lo más sabroso, multitudinario y heterogéneo son las grandes fiestas monstruo salseras a lo largo de los muelles del Sena —Salsa sur les quais—, que en algunas noches reúnen, al aire libre, a más de dos mil afanados bailando al son de la música caribeña. Pero, además, los parisinos han reproducido, a miles de kilómetros de su lugar de nacimiento, de forma abierta, hiperestilizada, exagerándola, azuzándola, estableciendo esnobistas rivalidades y categorías fijas, la sorda batalla que ha tenido lugar en el Caribe entre especialistas: ¿La salsa es cubana o puertorriqueña?

Esa guerra agria viene de muy lejos, de una historia compartida hasta 1898 por las últimas dos colonias de España en América, y en la que cada isla ha seguido siendo el espejo en negativo de la otra. Lola Rodríguez de Tió, una poetisa puertorriqueña y revolucionaria cubana, plasmó esa trayectoria común en sus conocidos versos: “Cuba y Puerto Rico son / De un pájaro las dos alas / Reciben flores y balas / Sobre el mismo corazón”.Por asemejarse tanto, los habitantes de las dos islas a menudo se desprecian, como dos hermanos que encuentran en el otro lo que rechazan en sí mismos. La música cubana influyó al mundo, pero sobre todo a los puertorriqueños. Así la historia musical de una isla no se puede contar sin hablar de la otra, pues es una madeja común entrelazada. Hasta el punto de que Daniel Santos, uno de los más importantes cantantes de música cubana, estrella de la legendaria Sonora Matancera, era puertorriqueño; y Rafael Hernández, el compositor de la emblemática y cubanísima “El cumbanchero”, también lo era.

Las amargas diferencias entre puertorriqueños y cubanos se han sucedido y desbordado hasta el siglo veintiuno en el campo del baile. La forma generalizada de mover el cuerpo de cada país es distinta, aunque es cierto que ambas islas comparten el mismo caderamen como hipocentro simultáneo y amelcochado de su mundo bailable, además de un lado juguetón al menearse: el baile popular cubano destaca dos formas de bailar, el estilo llamado casino y, otro, el más popular y más bailado, que es como un despelote total, sensual, sandunguero —mezcla de gracia, ritmo y donaire—, con los brazos en alto y el contoneo integral y hasta ondulatorio de hombros y caderas. El puertorriqueño: más elegante y comedido de carácter, también con dos versiones, una de salón —muy estilizada la pareja, con frecuentes caídas de la mujer en brazos del hombre, y frecuente en Nueva York— y otra popular, que resalta la contención sensual del ritmo —y no la explosión— por medio del suave y más discreto meneo de las caderas, enmarcado por la cuadratura del torso y los hombros, que lleva cierta semejanza con el flamenco.

Este último, estilizadísimo avatar de la disputa cubano-boricua, teorizada, como era de esperarse, por los comentaristas y bailarines franceses, ha puesto a bailar algunos à la cubaine y otros à la portoricaine. Así, en las repletas salas de París se dividen los bailarines entre uno y otro estilo. Discriminadores y excluyentes, los unos no bailan con los otros. Y antes de comenzar a bailar se dispara la pregunta: Tu danses cubain ou portoricain? Ambos estilos son, en realidad, una mezcla de invenciones, productos de la exacerbada imaginación clasificadora gala, pues en ninguna de las dos islas se baila realmente así. Lo que se baila hoy en Cuba es más improvisado y vivo que la casi teoría que se practica en Francia. Y el style portoricain nadie lo baila en Puerto Rico. Aquello que más sorprende es que los franceses, en su afán por categorizar y poder domar lo indomesticable, no han dejado espacio, en sus rígidas clasificaciones escolares, para aprender la forma de bailar popular y espontánea de la inmensa mayoría de los habitantes del Caribe, desde Cuba y Puerto Rico hasta Colombia, Venezuela y Panamá. En esa región que la creó, la salsa se baila como se navega, a la vista, a ojo, con generosidad y no como si perteneciera a los campos exclusivos de escuelas adversas.

Pero los que, en Francia, prefieren los movimientos de la mayor de las Antillas Mayores, los más, bailan à la cubaine, como han bautizado al estilo similar al casino. Así, estas parejas, sin soltarse, dan vueltas, realizando figuras como arabescos, que aumentan en complejidad, entrecruzando los brazos. Los cuerpos erguidos, el juego de caderas es aquí muy reducido. En el París salsero gusta mucho la rueda cubana, una versión más compleja del mismo estilo casino, pues esta vez un grupo de parejas se coloca en círculo para hacer figuras en perfecta sincronía. Al comenzar la música, uno de los bailarines dirige y llama por sus nombres a las figuras o vueltas del baile. A cada llamada, las parejas reproducen la nueva figura. La animada rueda resulta en una impresionante y coordinada coreografía en la que las parejas ejecutan las figuras como un sistema de relojería aceitado y sin fricciones. Sin perder un paso, a menudo los hombres cambian de pareja.

Los parisinos aficionados a la menor de las Antillas Mayores, Puerto Rico, los menos, bailan a lo largo de una línea imaginaria que se despliega ante ellos, alternando pasos hacia adelante y hacia atrás. Y siguen, muy obedientes, el compás de la música. La pareja cambia con frecuencia de posición, con gran despliegue de los pasos y poco entrecruzar de brazos. À la portoricaine, la mujer se encuentra en el centro del baile, para lucir y hacer lucir sus movimientos, mostrándose ante las otras parejas y el público que observa alrededor. Las figuras de baile son más amplias y sencillas: a menudo, más sensuales y con un tono marcadamente retro, inspiradas en el viejo mambo y en el swing de los años cuarenta y cincuenta. También, las parejas pueden bailar cada uno suelto, por su lado, improvisando nuevos pasos.

Y así fue que una noche en Le Bistrot Latin, en los altos de un cine de arte y ensayo de la rue du Temple del barrio del Marais, no me quedó más remedio que delatar mi origen ante la insistente pregunta y repliqué: “Je danse à la portoricaine“. O eso creía yo hasta entonces. Sobre todo porque hacía nada había aterrizado en París procedente de mi islita tropical. Y, como se dice en el Caribe, acababa de haber echado un pie allá y, con el mismo ímpetu, comencé a echar un buen pie acá, en el Bistrot Latin. Vacilé y bachateé con un rico salsón de Willie Colón. Pero en la pista francesa me observaron con desconcertado asombro y seco desdén. Con desconfiada distancia antropológica. Para su enorme sorpresa, los franceses a mi alrededor constataron que si bien era cierto que yo era de allá, no bailaba —o no sabía bailar— como los de allá. “C’est tres festive“, me dijo mi ocasional pareja, desechando —con una cortés y respetuosa displicencia y cierta superioridad— aquella distracción inútil que le parecía ser mi forma de bailar. Aquellos incondicionales de la salsa parisina no se animaban a que les gustara mi estilo, ya que todos ellos sabían muy bien lo que era bailar à la portoricaine, lo que —comprendí entonces— no es lo mismo que bailar a la puertorriqueña.

Si intentásemos una ceñida arqueología visual y coreográfica de la salsa en Francia, nos toparíamos con una situación comparable a la de los palimpsestos, aquellos manuscritos medievales que, una vez utilizados, se borraban para escribir encima, pero que seguían conservando las huellas de la escritura anterior. Descubriríamos, pues, que detrás de la rigurosa estilización actual del baile, los movimientos de manos y las lúcidas y garbosas vueltas se encuentran restos y vestigios del antiguo rock and roll mezclado con el swing que se practicaba en toda fiesta francesa hasta bien entrada la década de los noventa. Esas vueltas dobles, ese tirarse sacudidamente de los brazos, tan parecidos al bailar à la cubaine, provienen en realidad del viejo rock and roll aswingado practicado en Francia, décadas después de haber desaparecido en otros lugares. Y la utilización extendida de esos movimientos es hoy, entre muchos franceses, de cierto modo, la compensación física de una dificultad esencial: el trabajo que da poner a mover las caderas y los pies, solos o en cadencia, a la caribeña, pues, aun en el baile, lavorare stanca. Como si dijéramos: si el cuerpo no se mueve al primer intento, pon a mover los brazos con refinamiento, aunque le sustraigas al baile su sensualidad —ese ritmo físico profundo, casi secreto entre las parejas.

2. A Porto-rico, la salsa est-elle décedée
Además de la museificada condición motriz de la salsa en París, en la Ciudad Luz se baila al son de un repertorio de pocas canciones recientes. Mucha de la música que se escucha allí es ya repetición, pues el auge de la salsa en París coincide con su tiempo muerto. Porque de muertos se ha estado tratando ya desde hace años en el mundo musical salsero. Sin contar a los simpáticos músicos del Buena Vista Social Club, ya no podremos disponer de las voces o la música de Celia Cruz, Tito Puente, Héctor Lavoe, Pete”El Conde Rodríguez”, Charlie Palmieri, Tito Rodríguez, Marvin Santiago y Ray Barreto que ya nos han abandonado, éste último recientemente, por acudir, seguramente en contra de su voluntad, a ese gran salón de baile en el cielo en donde los esperaban retozando Cortijo, Ismael Rivera o los muchos veteranos de la Fania, la legendaria casa de discos de Nueva York.

Por lo demás, el tiempo no deja de pasar para los que están aún vivos. Tomemos sólo el caso de Puerto Rico, esa isla del Caribe oriental tan grande como El Líbano o tan pequeña como Córcega, que ha producido más salsa por kilómetro cuadrado que cualquier otra tierra, con la real excepción de la melómana Cuba. Allí, la mayoría de los maestros salseros pasan de los cincuenta, sesenta y hasta setenta años de edad: Willie Colón, Andy Montañez, Raphy Leavitt, Eddie Palmieri, Rafael Ithier y la mayoría de los integrantes de El Gran Combo y Papo Lucca y su Sonora Ponceña o el propio cantante Cheo Feliciano. Gilberto Santa Rosa, el más joven de ellos, cumplió ya más de cuarenta. Como si la lista anterior de músicos puertorriqueños no fuera suficiente para evidenciarlo, hay que recordar que en el exterior el gran sonero venezolano Oscar D’León tiene más de sesenta y el colombiano Joe Arroyo, cincuenta.

Pero lo que es aun peor, pues anuncia problemas en la continuidad del género, es que no se escucha el relevo ni para los muertos ni para esos grandes que aún están vivos. Con contadas excepciones, la novísima generación no produce ya grandes cantidades de salseros. El cantante puertorriqueño Víctor Manuelle viene siendo uno de los salseros jóvenes que confirma la lúgubre regla. Otra prueba contundente de la melódica decadencia es que la mítica Z93, la emisora de la salsa en Puerto Rico, la de la música las veinticuatro horas al día, ya comienza a describirse a menudo a sí misma como la emisora de los recuerdos. Sus oyentes telefonean diariamente a la estación radial para requerir, en su abrumadora mayoría, grandes éxitos cuyas fechas de grabación datan de al menos hace diez años.

Material cedido a Prodavinci 

Comentarios (1)

Fabiola Márquez
3 de abril, 2016

Ciertamente la Salsa Clásica, que algunos llaman hoy en día “Vintage” es aquella de origen Newyorkina, de raíces cubanas y puertorriqueñas, cuyo máximo exponente fué la Fania y que en otros países como Venezuela está representada por Oscar D´León o en Colombia por el Grupo Niche, es el referente. Pero lo que realmente está en boga en Europa está mucho mas relacionado con lo que se está haciendo hoy en día en Colombia (particularmente en Cali, aunque hay mucho movimiento en Medellín y en la costa pacífica). Tal es el caso de Yury Buenaventura (quien vive en París hace muchos años), de la trompetista holandesa residenciada en Colombia Maité Hontelé y del venezolano Gerardo Rosales, los cuales, junto con orquestas enteras, tienen una apretada agenda en Europa, ellos son voces y sonidos mas contemporáneos que han ido apareciendo en el mundo de la salsa y con su trabajo siguen desarrollando el género, demostrando que hay salsa para rato todavía, a Dios gracias…

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