Artes

Elegir clásicos; por Antonio Ortuño

Por Antonio Ortuño | 3 de abril, 2016

Elegir clásicos; por Antonio Ortuño 640

Cíclicamente, reaparecen en las mesas de novedades versiones de esos textos que conocemos como “clásicos”. Conviene detenerse en ellos. A veces, como lectores, damos de saltos aunque el suelo esté parejo y nos olvidamos de que la fama de obras maestras que rodea a tantas obras no suele ser error ni casualidad. Podemos opinar lo que sea sobre los dichosos clásicos (no hay obligación alguna de que nos gusten) pero no podemos saltárnoslos alegremente o correremos el riesgo de andar descubriendo el agua tibia con cada lectura y terminaremos opinando que el best-seller de moda es lo mejor que le ha pasado a la Humanidad…

Mi generación (aquellos que nacimos en los años sesenta y setenta) tuvimos la ventaja de que las colecciones de clásicos fueran abundantes y accesibles. Hasta en el supermercado más pequeño las vendía y, por lo general, a precios de remate. Libros como La Iliada, El Qujote, Los miserables, Madame Bovary, Anna Karenina, Hamlet o Guerra y Paz (reviso mi propia estantería para escribir esta línea), eran publicados en ediciones cosidas, de pastas duras y hasta con separadores de hilo. En muchísimas casas eran visibles los lomos rojos con letras doradas o verdes con letras plateadas y negras (o cafés con letras doradas) de estas colecciones. También eran frecuentes unos coloridos libros, del sello Salvat, que incluían prólogos de especialistas y una mayor variedad de temas que la literatura (ciencia, por ejemplo), pero que tenían el defecto de haber sido encuadernados con un pegamento desastroso y solían terminar deshojados y apenas contenidos por sus pastas, más parecidos a una baraja de naipes que a un libro. Las traducciones, vistas a la distancia, quizá no fueran maravillosas en todos los casos pero nos fueron suficientes a muchos. En fin. Eran otros tiempos.

El defecto de las colecciones de clásicos con las que nos topamos ahora es que suelen estar integradas por libros “baratos”; es decir que, sea cual sea su precio de venta, sus materiales son deplorables, sus diseños inmundos y sus contenidos muy descuidados en temas editoriales básicos. Muchos sellos aprovechan textos sobre los que no existen derechos de autor o usan traducciones ya liberadas y, por tanto, arcaicas (menudean entre ellas los vejestorios peninsulares). El resultado es que muchos lectores, en especial los jóvenes, terminen con una idea errada sobre lo que leen, espantados por el lenguaje obsoleto y la sintaxis farragosa de un traductor amateur gallego de hace noventa años. Pero no todo el panorama es así de negro. A cambio de estos libros editados por vivales, muchos sellos (comenzado por los españoles) han puesto a circular numerosas traducciones contemporáneas (o clásicas, como las que hizo Cortázar a Poe), infinitamente mejores, que suelen estar acompañadas por estudios críticos pertinentes, y cuyo diseño oscila entre lo correcto y lo espléndido. El problema es que estos suelen ser títulos “caros”, es decir, al precio de uno nuevo. Con todo, sería de ciegos no apostar por este tipo de ediciones. No nos resignemos a la peor versión de un clásico: los más beneficiados de elegir bien seremos nosotros.

Antonio Ortuño Narrador y periodista mexicano. Entre sus obras más resaltantes están "El buscador de cabezas (2006) y "Recursos Humanos" (finalista Premio Herralde de Novela, 2007). Es colaborador frecuente de la publicación Letras Libres y del diario El Informador. Puedes seguirlo en Twitter en @AntonioOrtugno

Comentarios (3)

Estelio Mario Pedreáñez
7 de abril, 2016

Un clásico es “El Ingenioso Hidalgo Don Quixote de la Mancha”, del genial Miguel de Cervantes y a éste le salió un imitador, “un Avellaneda”. Esto de los clásicos y sus imitaciones me recordó una novela que leí en un viaje a nuestro querido México (soy venezolano) el año 2000, que llegó a mis manos por mero azar (la compré en una “librería de viejos” o libros usados), su autor es el fallecido Avel lí Artís-Gener (Tísner), y esta novela es su máxima obra narrativa, se titula “Palabras de Opoton El Viejo”, publicada en 1968, y está casi olvidada, a pesar del éxito mundial de una novela de 2006, de similar temática, del escritor argentino Federico Andahazi, “El Conquistador”. Al leer “El Conquistador” recordé de inmediiato la novela “Palabras de Opoton el Viejo”, de Tísner, un republicano español que vivió exilado 25 años en México, cuya novela cuenta la odisea de un guerrero mexica que viaja a Europa antes del Descubrimiento de América, capitaneando una expedición por orden real…

Estelio Mario Pedreáñez
7 de abril, 2016

…en barcos de remos, cruzando el Atlántico en busca del Dios Quetzalcoatl (“La Serpiente Emplumada”) para servirle de escolta en su regreso al Imperio Azteca, y allí, en Europa, los confunden con peregrinos devotos de Santiago y solo el protagonista logra regresar a México (un “Odiseo o Ulises mexica”). Tísner no cometió el error de Andahazi de hablar de “caballeros” en el mundo azteca (Tísner escribió “guerreros”), porque no había caballos en México antes de la llegada de los españoles con Colón a América. Las 2 novelas (“Palabras de Opoton el Viejo” de 1968 y “El Conquistador” de 2006) tienen muchísimas, casi increíbles coincidencias (hasta una “Malinche española”), que quizá inspire escribir un libro de “comparación literaria”, quizá por tratar la misma temática: Un viaje de un guerrero méxica a Europa antes de la llegada de Cristóbal Colón a América. En un cuento sobre El Quijote Borges dijo que en el futuro cualquier hombre sería capaz de pensar todas las cosas ¿sucedió en 2006?

leonardo
17 de abril, 2016

¡El deplorable pegante de los años setenta! ¡qué desgracia! Parecía que editaban libros para no ser abiertos en ningún caso. Como en Misión Imposible, se autodestruían tan pronto se abrían…

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