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Rabiosos; por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 29 de marzo, 2016

Rabiosos; por Jorge Volpi 640

Decepcionados. Desencantados. Molestos. Enfadados. Enojados. Indignados. Coléricos. Furiosos. Rabiosos. Así se sienten millones de ciudadanos en todo el mundo. ¿Qué los mantiene así? El “estado de cosas” en sus países. La inmovilidad y el desasosiego frente a sus respectivos sistemas de gobierno. Y, en especial, la desconfianza hacia sus líderes, sin importar el partido al que pertenezcan o la ideología que los anime. Un desdén hacia la “clase política” en su conjunto: ese sector del gobierno que en el mejor de los casos perciben indiferente frente a sus problemas y, en el peor, centrado en su ambición y su avaricia. Ese grupo en el poder que exhibe sus desplantes y su corrupción impunemente.

Un fantasma recorre el planeta: el de la rabia hacia los políticos profesionales. Poco tienen que ver las historias de cada nación y mucho una actitud asumida por todos los hombres y mujeres de poder: su desapego hacia cualquier ideal, un pragmatismo a toda prueba y sobre todo una escandalosa falta de empatía hacia quienes los han elegido. En medio del capitalismo neoliberal que continúa animándonos a ver sólo por nosotros mismos, nuestros políticos no parecen preocuparse por otra cosa que sus privilegios —y los de los magnates que los financian—, medrar para seguir escalando la pirámide y enriquecerse en el proceso. El “fin de las ideologías” acarreó en ellos la ideología de despreciar a la mayoría y mantener el statu quo.

¿Cómo no concordar con esos ciudadanos rabiosos que no ven en su clase política sino un estamento burocrático obsesionado con verse el ombligo o, peor aún, en utilizar sus puestos públicos —y los ingentes recursos derivados de nuestros impuestos— para sus propios intereses? ¿Cómo no comulgar con el asco que provocan sus maniobras ocultas, sus cuentas en el extranjero, sus discursos vacuos o melifluos, sus voces cansinas, desprovistas de toda ilusión, sus coches y choferes y comilonas y viajes al extranjero, sus dietas y bonos millonarios? ¿Cómo no pensar que no sirven de nada, que sus altísimos sueldos son un insulto tanto para la clase media como para los pobres, que es necesario echarlos de sus puestos?

Ocurre en Estados Unidos y en España; en Francia y en México; en Italia y en los países nórdicos; en Alemania y en Japón; en Taiwán y en Argentina; en Chile y en Sudáfrica. Se trata de un fenómeno auténticamente global. En cada sitio hay razones precisas para la furia —la inmovilidad social en los países avanzados; la crisis y el desmantelamiento de los servicios sociales en el sur de Europa; la corrupción en la península ibérica y en nuestro país—, pero la razón principal puede resumirse en una sola palabra: la inequidad. Desde el desmantelamiento del socialismo real, ésta no ha hecho sino acentuarse por doquier. El alud de políticas neoliberales impuestas de arriba para abajo desmanteló las sociedades más justas jamás creadas en la historia —los estados de bienestar de Europa Occidental y Norteamérica— y radicalizó la apabullante desigualdad que siempre caracterizó al Tercer Mundo. ¿El resultado? Una clase media desesperanzada y alicaída. Un aumento de los niveles de pobreza. Y la sensación de que unos pocos, muy pocos, siempre en la parte más alta de la sociedad, son quienes ganan.

La convicción de que a los políticos ya no les importa otra cosa que sí mismos ha generado, desde entonces, distintas respuestas. En algunos países, movimientos de izquierda radical opuestos a la “dictadura de Wall Street”; en otros, frentes de ultraderecha que buscan culpar de todos los males no sólo a sus políticos, sino a los inmigrantes; y, por supuesto, un sinfín de figuras antisistema —o que se fingen antisistema— dispuestas a aprovecharse de la confusión y el desencanto.

Por más que todas estas figuras se opongan al statu quo, no debemos confundirlas. No es lo mismo Podemos que Trump ni Marine Le Pen que López Obrador ni los partidos de ultraderecha de Europa del Este que el movimiento Cinque Stelle en Italia. Justo por ello, tendríamos que estar más atentos para vigilar a esos “candidatos ciudadanos” e impedir que este marbete se convierta en una máscara que oculta posiciones mucho más oscuras y funestas que la mera oposición al sistema. Nada más preocupante, pues, que el ascenso de Trump y Marine Le Pen (o Ted Cruz): detrás de su indignación y su rabia no se esconde nada más cierto populismo —otra etiqueta que ya nada significa—, sino un fascismo en ciernes. Tendríamos que llamarlo así y combatirlo de frente.

Jorge Volpi 

Comentarios (3)

lars
29 de marzo, 2016

El artículo son puras generalizaciones falsas. Sobre todo peca de no asomar la complejidad de los problemas que debe enfrentar la clase política en las sociedades avanzadas, haciéndose eco de la opinión de la gente superficial, por muy justificadamente descontenta que esté. No hace el ejercicio de ponerse en los zapatos de los políticos honestos (que son muchos) y que lidian con una realidad compleja. El declive del estado de bienestar se diagnosticó ya en los 70, pero no se conoce receta para revertirlo, pues tiene causas estructurales relacionadas con la evolución de las sociedades. El autor critica el el déficit ideológico, como si las ideologías pudieran ayudar. Más bien complican, por su no interacción autoreflexiva con la realidad. Tampoco recuerda que a pesar del ascenso de los políticos antisitema, en la mayoría de las democracias avanzadas no han podido superar cierto techo. Tampoco explica en qué los partidos antisitema de izquierda pudieran ser mejores que los de derecha.

Irma Sànchez de Dìaz
29 de marzo, 2016

Señor Volpi, lei su artìculo, y con todos esos adjetivos como calificò, como nos sentimos millones de personas en el mundo,( Yo pensè que eramos nosotros solamente) pero lei todos los Paìses que tambièn entran en esta lista, me entro un fresquito y a la vez calor de ver como estàn estos Polìticos a nìvel Mundial, para mi estàn anciosos de Poder y nada màs,o como dice Ud, falta de Equidad o sea, incapaces de actuar con un sentido natural de lo que es justo, es lo que a ellos les parece y nada màs, acomodados de como les convenga, sin mirar atràs, creo que tuvo todo la razòn en ponerles todos esos adjetivos o sentimientos de lo que estamos llenos todos. Y pienso como Ud. el ascenso de estos lìderes a Presidentes de un Paìs, yo pensaria ( Un Chavez cualquiera, pero llenos de dinero y a llorar al Valle) Es todo.

Sheyla Falcony
30 de marzo, 2016

Bueno.. en medio de este mar de deshonestidad mundial sólo podemos levantar las nuevas armas del ciudadano común..o sea desenmascarar día a día todo ese lodo que se oculta detras de las máscaras de los políticos y los gobieros a traves de las redes de internet y medios afines….tal como lo hizo Edward Snowden..con los archivos secretos de varios paises..pero el peligro mas latente que se avecina Hoy es la irresponsabilidad de algunos gobernantes y sus latentes amenazas a otros paises..por ejemplo un caso…Corea de Norte y sus amenazas con armas nucleares..de ahí la necesidad de colocar en cargos claves de los gobiernos con más recursos.. a personas con el cerebro bien puesto y claros en su rol como gobernantes cuerdos ..Y no a locos de carretera …con propensión a conductas desenfrenadas e impulsivas………………………Ojo con Trump…!

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