Artes

Vidas en letras; por Antonio Ortuño

Por Antonio Ortuño | 21 de febrero, 2016

Vidas en letras; por Antonio Ortuño 640

La autobiografía y las memorias son dos de las joyas de la corona que la literatura guarda en las bóvedas. Como toda pieza de valor, cuentan con facetas múltiples y hasta riesgosas. Me explico. Hay algo inevitablemente vanidoso en alguien que, de entre todos los posibles temas que otorga el Universo, elige la exposición de su propia vida o la del momento histórico con el que le tocó en suerte lidiar. ¿Una vida que quizá no ha destacado particularmente al ser vivida podrá hacerlo al ser escrita? Eso se preguntaba Saul Bellow hace más de medio siglo.

Claro que hay vidas excepcionales. Cayo Julio César tenía una intuición bastante clara de su propia importancia en Roma cuando escribió sus Comentarios, que hablaban de él con frialdad (y en tercera persona) pero lo engrandecían a través de la narración de sus campañas. Nelson Mandela sabía que Un largo camino a la libertad, publicado en 1994, al mismo tiempo que tomaba la presidencia de Sudáfrica, nacía siendo un libro histórico que sería consultado por millones. ¿Pero el resto de los mortales qué?

La literatura, por fortuna, no se trata de un certamen de virtudes morales y la vanidad no es sino otra característica posible de quien escribe. Queda claro que aventurarse a una autobiografía o unas memorias requiere más que una pizca de inmodestia. Y quizá de impulsos más bajos aún. Libros de corte autobiográfico y memorialista que marcaron la sensibilidad de generaciones enteras, como las Confesiones, de Rosseau, o las Memorias de Ultratumba, de Chateubriand, fueron construidos en parte, según historiadores y críticos, gracias a los notables resentimientos que el franco-suizo y el francés guardaban contra sus contemporáneos (destacadamente la Iglesia y los enciclopedistas, en el caso del primero, y ni más ni menos que Napoleón Bonaparte en el del segundo). Y los hay aún más radicales. Gore Vidal arrasó en su Palimpsest con la alta sociedad estadounidense de mediados del siglo XX, a la que pertenecía pero que despreciaba con tesón, y no dejó bien parada ni su propia madre, a la que retrató como ebria, envidiosa, maligna y chismosa a más no poder.

Pero no sólo por encono se rememora. Algunos, como Martin Amis en Experience, tratan de darle sentido mediante la escritura a diversas tragedias personales y familiares (el secuestro y asesinato de una prima, la muerte del padre, el divorcio, el inevitable envejecimiento). Un poco en la misma línea, Salman Rushdie intentó encontrar respuestas a la zozobra de sus años en la clandestinidad (luego de que se le puso precio a su cabeza por parte de islamistas radicales) en esa remembranza espléndida llamada Joseph Anton por su vieja identidad secreta, tomado de los nombres de pila de dos de sus héroes: Conrad y Chejov.

Lo importante, a fin de cuentas, es que el texto que se construye con el material autobiográfico y la memoria resulte relevante literariamente, así haya uno conquistado la Galia o nomás pasado por ahí. Es la gracia del género.

Antonio Ortuño Narrador y periodista mexicano. Entre sus obras más resaltantes están "El buscador de cabezas (2006) y "Recursos Humanos" (finalista Premio Herralde de Novela, 2007). Es colaborador frecuente de la publicación Letras Libres y del diario El Informador. Puedes seguirlo en Twitter en @AntonioOrtugno

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