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Un coctel explosivo; por Piedad Bonnett

Por Piedad Bonnett | 28 de enero, 2016
Un coctel explosivo; por Piedad Bonnett 640

Imagen de deviantart.com / batuhancez

Todos los días y en todas partes aparecen libros o artículos que divulgan investigaciones o descubrimientos que prometen vida más larga y saludable. La recepción entusiasta de esta divulgación se debe en parte a la confianza que tenemos en el conocimiento científico, que pareciera poder dar cuenta de casi todo lo relativo al cuerpo, pero también a la mentalidad de esta época, obsesionada como nunca antes por la higiene, la salud, la calidad de vida, la eterna juventud. Esta apetencia de nuestro tiempo la captan muy bien las grandes farmacéuticas, que se lucran de ella, saltando muchas veces por encima de los principios éticos con tal de obtener ganancias económicas.

La cadena de producción de estos descubrimientos sobre la salud empieza en los investigadores médicos, dedicados a estudios en los más diversos campos, una tarea ardua, que exige paciencia, dedicación y sacrificio, con grandes riesgos de fracaso. En principio pensaríamos que estos científicos obran todos con responsabilidad, pero por desgracia la historia moderna está llena de casos que muestran lo contrario. Como Frankenstein, el personaje que creó Mary Shelley, muchos de ellos no se detienen en un límite y juegan a ser dioses. Es lo que acaba de suceder en Rennes, Francia, donde un analgésico que actúa contra diversos males se probó en 90 voluntarios, con un trágico resultado: un hombre con muerte cerebral, otros seis en cuidados intensivos con problemas neurológicos que les causarán graves secuelas, una alerta roja para los demás “pacientes” y un alto riesgo de que Biotral, el accionista de varias compañías farmacéuticas que manejó el experimento, tenga que enfrentar un juicio penal. Uno se pregunta hasta qué punto la ciencia puede sacrificar seres humanos en aras del “progreso” general, un asunto delicadísimo que afecta muchas sensibilidades. Todo pareciera indicar que, como los efectos adversos de una droga sólo afectan a unos pocos, no hay qué preocuparse. ¿Y si estos efectos adversos dañan a la persona que quieres, como nos ha pasado a muchos?

Pero hay otros matices, como el de los descubrimientos aleatorios, circunstanciales. Una investigación reciente, por ejemplo, descubrió que el acetaminofén no sólo modera el dolor sino las emociones, tanto negativas como positivas, lo que sugiere que se podría usar con fines de alivio psicológico. Otra, que una medicación contra la apnea del sueño empezó a ser prescrita masivamente como un estimulante cuando se descubrió su poder de mantener despierto y muy lúcido al paciente por muchas horas y cuyo consumo ahora se prueba que puede tener graves consecuencias. A veces tenemos la impresión de estar viendo a niños que juegan con un artefacto explosivo.

Los culpables somos todos: la ciencia, a menudo soberbia; el capitalismo que tiende a convertir todo en bien de consumo; la gente, con su credulidad ciega en el poder milagroso de las novedades en salud y su minimización de los riesgos; y, sobre todo, la ambición y la falta de escrúpulos, ya muchas veces señaladas, de las farmacéuticas, que, desafortunadamente, parecen tener siempre la sartén por el mango.

Piedad Bonnett 

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