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Costaguanas; por Ibsen Martínez

Por Ibsen Martínez | 26 de enero, 2016
Costaguanas; por Ibsen Martínez 640

Joseph Conrad fotografiado en 1923. Fotografía de Hulton Getty.

Joseph Conrad, el novelista británico de origen polaco, nacido hace casi 160 años, lo logró soberbiamente al escribir Nostromo, novela publicada por vez primera en 1904 y que narra tres lustros de una incipiente república sudamericana: Costaguana. Con ella, Conrad se convirtió en autor del intento imaginativo más profundo que existe en la literatura inglesa —y quizá universal— por comprender un ambiente latinoamericano.

Además de ser tal vez la novela más ambiciosa de Conrad, Nostromo se revela como un logro en extremo admirable cuando uno advierte que su autor no vivió jamás en ningún país del Caribe o la América andina. Sin embargo, no ha sido difícil para los críticos rastrear los muchos libros que leyó Conrad para dar forma a su República de Costaguana.

Uno de ellos, escrito por Sir Edward B. Eastwick, enviado especial británico, enjuicia acremente la intricada política doméstica de Venezuela en la década de 1860. La imaginada geografía de Costaguana resulta inequívocamente venezolana y colombiana, si bien, mucho después de la publicación de Nostromo, Conrad afirmó categóricamente que con Costaguana quiso nombrar cualquier nación sudamericana.

Dos siglos después de haberse separado del imperio español, ninguna de nuestras Costaguanas ha alcanzado la categoría de país desarrollado. La diferencia entre los niveles de vida de la región y la de los países desarrollados no ha hecho más que ensancharse desde comienzos del siglo XIX.

A partir de los años cincuenta del siglo pasado, diversas teorías sobre la dependencia económica atribuyen aún al carácter periférico de Costaguana su atraso económico, sus desigualdades y su déficit de bienestar social. Eduardo Galeano fue el brillante rapsoda de esta visión tan cara a nuestros populismos. Su más elocuente contraejemplo son los Estados Unidos, país “periférico” a comienzos del siglo XIX cuya productividad alcanzó a la de Reino Unido a finales del mismo siglo, gracias a una revolución agroindustrial y financiera basada en la tecnología y la inversión.

Costaguanas; por Ibsen Martínez 640ACostaguana no puede hoy hallar excusa ni consuelo en la teoría de la dependencia puesta en boga después de la Segunda Guerra Mundial. Libre desde 1830 del régimen colonial, la brecha entre Costaguana y los Estados Unidos (y el resto del mundo desarrollado) no parece ser, a la luz de lo que hoy saben los historiadores económicos, sólo el resultado del imperialista siglo XX. La evidencia estadística destaca niveles de ingreso per cápita en Costaguana que apoyan la idea de que su posición relativa respecto a los Estados Unidos no empeoró (aunque tampoco mejoró) durante todo el siglo pasado.

Dos siglos después de que los primeros movimientos independentistas estallaron en nuestra América, la mayoría de ellos inspirados en la Ilustración francesa y decididos a fundar repúblicas liberales, ¿qué ha sido de la libertad —de todas las libertades— en nuestras naciones?

Muchos intelectuales hispanoamericanos han rechazado la pobre opinión que míster Conrad se hizo de nuestras repúblicas. Su visión, nos dicen, es racista e imperialista y tal vez tengan razón.

Pero las dinámicas del poder que aún rigen nuestros países desde la era de los libertadores se remontan a los días coloniales y hallan eco incomparable en los mitos de fundación de la República de Costaguana: “Una exagerada y cruel caricatura, la fatuidad de una mascarada solemne, la grotesca atrocidad de cualquier ídolo militar de concepción azteca y aderezo europeo a la espera de sus adoradores”.

Doscientos años más tarde, esas dinámicas (¿inconscientes?, ¿fatales?) todavía actúan como la mayor amenaza a las frágiles democracias de nuestras Costaguanas.

Ibsen Martínez 

Comentarios (5)

Fidel Angel Orozco
26 de enero, 2016

Joseph Conrad quiso confundirnos diciendo que para “Nostromo” se inspiró en una obra jamás publicada de José Avellanos, “Historia de cincuenta años de desgobierno” (Nostromo, un relato del litoral. Valdemar, Madrid, 2003. p. 14). Emulando la picardía conradiana, el caso lo retoma Juan Gabriel Vásquez, excelente escritor colombiano con su “Historia secreta de Costaguana”, un homenaje a Conrad, un travieso y bello juego de ficcion y un recuerdo de esa herida como fue la separación de Panamá de Colombia.

Estelio Mario Pedreáñez
27 de enero, 2016

Solo existe un camino probado para que las naciones se desarrollen: La industrialización. Venezuela se modernizó gracias al petróleo y a pesar de sus malos gobernantes, casi siempre ladrones. Nuestras ciudades sufren de sed crónica a pesar de contar con el Lago de Maracaibo y de grandes ríos como el Orinoco, el Caroní, el Cuyuní, el Apure, etc, y se permite la destrucción de sus cuencas. Pensar en retroceder al trueque, a los conucos, y promover “gallineros verticales” y “agricultura urbana”, son prueba, del atraso ideológico y nivel intelectual, de mermados mentales, de los proponentes. Quizá un factor ha sido creernos todo ese “cuento chino” según el cual derrotamos a un poderoso Imperio. Mentiras: España estaba invadida desde 1808 por los franceses, sus cobardes reyes (Carlos IV y Fernando VII) eran unos traidores y presos de Bonaparte, su flota fue destruida por los ingleses en 1805 en Trafalgar, y era un imperio en total decadencia por no tomar el camino de la industrialización.

Diógenes Decambrí.-
27 de enero, 2016

Ibsen menciona a Eduardo Galeano, quien, pocos meses antes de fallecer, tuvo el raro gesto, quizás su mayor expresión de honestidad, de reconocer públicamente que su famoso libro “Las venas abiertas de América Latina”, era un semi-bodrio “que él no volvería a leer”, señalando en su rapto de sinceridad que cuando lo escribió no sabía casi nada de Economía, y que lo consideraba un mal reflejo de la realidad y hasta fastidioso. Pensar que fue el catecismo de toda la ultra izquierda hincada ante el altar de la falacia fidelista, y que el frustrado animador de fiesta patronal se lo dio a Barack Obama como si se tratara de los nuevos diez mandamientos, que producirían una epifanía explosiva en el mulato hawaiano, quien luego de leerlo se inscribiría en el PSUV. Con los formados por ese tipo de lecturas, prolongamos por más tiempo esta infancia eterna como países “en vías de desarrollo”, ampliando la brecha respecto de los que saben que el cobre no se bate con consignas sesentosas ya piches.

Jokin Zubizarreta
28 de enero, 2016

Una revision de nuestra historia, desde los tiempos mas remotos de la colonia, confirman los hechos esbozados por Ibsen Martinez en este escrito. Sin embargo, creo que en vez de utilizar las ideas de Eduardo Galeano al respecto, preferiria utilizar las ideas lapidarias y dolorosamente criticas de Carlos Rangel en su libro “Del Buen Salvaje al Buen Revolucionario”. Alli explica por que los latinoamericanos no terminamos de remontar la curva del desarrollo sostenido en ninguno de los ambitos de nuestra vida nacional ni como region.

Joeif Duroim
29 de enero, 2016

Que se entienda que la única forma de progreso verdadero viene de la industrialización y que ya llevamos décadas de retraso para implementarla. Interesante el ejercicio de Conrad, lástima es que haya tenido mucho de acertado cuando se hace la evaluación de las realidades latinoamericanas.

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