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Béisbol y demografía; por Ibsen Martínez

Por Ibsen Martínez | 20 de enero, 2016
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Jackie Robinson, en 1948, se convirtió en el primer jugador negro en jugar en las Grandes Ligas.

En 1955, un beisbolista puertorriqueño de 21 años, llamado Roberto Clemente, jugó su primer partido como jardinero derecho de los Piratas de Pittsburgh. En el equipo de 25 jugadores, además de Clemente, sólo había otros tres latinoamericanos: el lanzador cubano Lino Galata Donoso, el jardinero y también boricua Ramón Mejías, y el guardabosques regiomontano Felipe Montemayor.

Aquel fue el año de Rosa Parks, la chica de color que fue a prisión por negarse a ceder su puesto en el autobús a un supremacista blanco de Montgomery, Alabama. El episodio dio comienzo al épico movimiento por los derechos civiles en los EE UU.

Sin embargo, ya siete años atrás, en 1948, el béisbol de grandes ligas había puesto fin a la segregación racial con el fichaje de un gran jugador, el sepia Jackie Robinson, como segunda base de los legendarios y hoy desaparecidos Dodgers de Brooklyn. Es un hecho singular el que, en lo tocante a integración de los afroamericanos, el pasatiempo nacional estadounidense haya tenido más visión histórica que el núcleo duro de la sociedad blanca, anglosajona y protestante de hace 60 años. Y es sugestivo que el modelo de esa integración racial haya sido el béisbol profesional mexicano.

En efecto, el esfuerzo bélico de EE UU durante la Segunda Guerra Mundial llamó a filas a muchos beisbolistas de aquel país y las Grandes Ligas experimentaron un fuerte bajón en su nivel de juego. Para colmo, todas las ligas profesionales estaban segregadas: las llamadas Ligas Negras contaban con grandes jugadores que también fueron llamados a filas.

Fue entonces cuando los hermanos Jorge y Bernardo Pasquel, polivalentes empresarios mexicanos y dueños de un gran equipo, los Azules de Veracruz, comenzaron a contratar talento excedentario, jugadores estadounidenses insatisfechos con sus salarios o abiertamente en paro, tanto afroamericanos como blancos caucásicos.

A estos últimos, no importaba cuán racistas fueran, no les quedaba, jugando en México, más camino que compartir banca, asientos de autobús y, en ocasiones, habitaciones de hotel con sus compatriotas negros. Lo mismo ocurría en Cuba, República Dominicana y Venezuela. La inyección de jugadores importados acrecentó el interés de las fanaticadas.

El béisbol mexicano y de la Cuenca del Caribe vivió entonces, económicamente hablando, una edad de oro y, como cabía esperar, los avispados dueños de equipos gringos quisieron replicar la experiencia. Paulatinamente, sin aguardar por el doctor Martin Luther King Jr., las Grandes Ligas se hicieron partidarias de la integración racial. Y esta última facilitó un significativo aporte de talento latino, mayoritariamente afrocaribeño, que hizo eclosión en los años sesenta.

Roberto Clemente murió trágicamente a fines de 1972, luego de 17 años con los Piratas. Para entonces, la nómina de latinos del equipo se había elevado a siete. Se llamaban Ramón, José, Víctor, Manuel, Franklin Crisóstomo y Jacinto. Cuente usted los piratas latinos de 2015: en una nónima de 25 hombres, se apellidan Bastardo, Palomo, Cervelli, Caminero, Felíz, Liriano, Nicasio, Díaz, Florimón, Álvarez, García, Polanco y Ramírez.

El 25% de los jugadores de la Gran Carpa son latinos, una rata mucho mayor que el casi 17% de hispanos en la población total de EE UU hoy día. En esta hubo un aumento del 43% en la última década: 50 millones y medio de almas de un total de 300 millones; serán 136 millones en 2050.

A partir de 2016, todos los 30 equipos de Grandes Ligas, siempre predictivos, han acordado contar con personal administrativo hispanohablante —no solo jugadores— las 24 horas del día.

Me pregunto qué piensa hacer Donald Trump al respecto de llegar a ocupar la Casa Blanca.

Ibsen Martínez 

Comentarios (5)

Diógenes Decambrí.-
20 de enero, 2016

Las referencias geográficas en el primer párrafo indican a 4 latinos en el equipo de los Piratas de Pittsburgh, un puertorriqueño, un cubano, un boricua (que es un término más o menos conocido, derivado del otro nombre de Puerto Rico, Borinquen), pero el cuarto referente alude a un regiomontano, que no resulta fácil de ubicar en el vasto espacio de lo latinoamericano (incluso suena italiano, que es latino pero europeo). Casualmente esta noche en CNN daban unas estadísticas que calculan en 27 millones la cantidad de latinos que pudieran tener derecho a Voto en las próximas presidenciales de EEUU.

Ibsen Martínez
24 de enero, 2016

Amigo Decamnbri: “Regiomontano” – lo sabe todo el mundo- es el gentilicio que designa a los nativos de Monterrey, en el pujante estado de Nuevo León, Estados Unidos de México. México, sin duda, le resultará más fácil de ubicar “en el vasto espacio de lo latinoamericano”, como dice usted. “Tramontano”, por citar otro ejemplo, le sonará italiano pero es castizo. “La igorancia no se aprende”, decía el gran Valéry.

Diógenes Decambrí.-
30 de enero, 2016

Me encanta el estilo de Ibsen en sus amenos e incisivos artículos, he sido su asiduo lector por muchos años, he reenviado docenas de artículos suyos (“Camel toe”, es uno de mis favoritos), pero es injustificadamente agresivo e insultante en esta respuesta, pues es obvio que si reconozco formalmente que no domino el significado de “regiomontano” en el contexto del escrito sobre beisbol (y no debo ser el único), afirmar que “–lo sabe todo el mundo-” no es totalmente cierto. No todo el mundo es experto en beisbol, tampoco en el tema “México”, y eso no es delito ni da derecho a llamar ignorante a quien hizo un señalamiento válido y sencillo, derecho de lector.

C Moreno
10 de febrero, 2016

Creo que la frase “La ignorancia no se aprende” es totalmente innecesaria asi como tambien el decir “lo sabe todo el mundo”. No se que quiso expresar el sr. Martinez, pero al igual que el sr. Decambri las noto agresivas e insultantes. Creo que el sr. Martinez deberia utilizar un lenguaje que invite al lector a leer sus escritos y no a ofenderlo para que este pierda el respeto por el escritor. Soy de las personas que cree que si no se va a decir algo positivo mejor no se dice nada. Y antes que se burle de mis errores gramaticales le informo que estoy usando una computadora que solo tiene el idioma ingles en su teclado.

victor sababria
11 de septiembre, 2016

Los errores cometidos no son gramaticales, sino elementales. No hay que ser experto en asuntos mexicanos para saber el gentilicio de quienes nacen en Monterrey. En todo caso, Sr. Martínez, muy I interesante su artículo y mucho más interesante para mí su manera de responder a los comentarios. Saludos.

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