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Enfermedad mental y maltrato; por Piedad Bonnett

Por Piedad Bonnett | 24 de noviembre, 2015
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Hospital psiquiátrico abandonado. Fotografía de Rob. Para ver su perfil en Flick, haga click en la imagen

“Históricamente, las enfermedades mentales se han mantenido casi en el último lugar de las prioridades de salud tanto africanas como globales, muy por debajo de amenazas mortales como malaria, sarampión y sida”, escribió el periodista Benedict Carey en The New York Times, después de hacer una investigación en África Occidental.

Allí hizo descubrimientos escalofriantes: como la psiquiatría es casi inexistente en algunos países —en el último conteo Liberia tenía en ejercicio un solo siquiatra, Nigeria tres y Sierra Leona ninguno— en Togo o Ghana hay campamentos cristianos donde permanecen encadenados a árboles hasta 200 personas en cada uno, todas sufrientes de padecimientos mentales. Allí “los pastores que dirigen los campamentos rezan para que, a través de ellos, Dios pueda curar casi cualquier enfermedad —sobre todo aquellas que se piensa que son en esencia espirituales, como la psicosis—”.

La historia de la enfermedad mental está llena de incomprensiones y maltratos como los descritos por Carey: desde las palizas, la inmersión en agua y el confinamiento en jaulas en el medioevo, hasta los horribles electrochoques o la lobotomía practicadas en el siglo XX. Por supuesto que la psiquiatría ha hecho grandes avances. Un estudio reciente, liderado por el Departamento de Psiquiatría de la Universidad Hofstra North Shore de Hempstead, N.Y, acaba de concluir, por ejemplo, algo que los psiquiatras ortodoxos se negaba a aceptar: que reducir la dosis de antipsicóticos y enfatizar en las terapias habladas ayuda más a los pacientes que la sola medicación en altas dosis. Algo que podría implementarse en este país, donde la violencia es un factor de riesgo, si los sistemas de salud no fueran, en cuestión de salud mental, tan obsoletos e indolentes.

Aunque una mujer aguerrida, Alba Luz Pinilla, logró sacar adelante la Ley Esperanza del 2013, cuyo objeto es “garantizar el ejercicio pleno del derecho a la salud mental de la población colombiana” y “la atención integral e integrada en salud mental en el ámbito del Sistema General de Seguridad Social”, su implementación está todavía en pañales. Un paciente por el POS no tiene derecho sino a 30 citas al año, de 40 minutos cada una, insuficientes para este tipo de enfermedad. Una persona en crisis puede durar en sala de emergencias hasta dos o tres días por falta de camas. Los medicamentos pueden tardar hasta 90 días. Y los siquiatras, que son pocos y mal pagos en hospitales públicos, optan muchas veces por la consulta privada, que es inaccesible para la mayoría de la población. Ni qué decir de los enfermos mentales en las zonas rurales o en los pueblos apartados, que no tienen ni para el transporte a los centros médicos de las ciudades.

Mucho peor están los enfermos mentales de las cárceles, que se calculan, según informe reciente de la Defensoría del Pueblo, muchos más de los 2.340 reportados. Sólo en dos cárceles masculinas del país hay Unidad de Salud Mental y ninguna en las de mujeres. La visita del siquiatra es cada tres meses y la consulta no pasa de ocho minutos. En casos de crisis, la respuesta es la violencia física o el castigo. ¿Les parece que es muy distinto esto a estar encadenado a un árbol en un campamento africano?

Piedad Bonnett 

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