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Un modelo de fidelidad; por Fedosy Santaella

Por Prodavinci | 21 de julio, 2015

A continuación compartimos con los lectores de Prodavinci uno de los cuentos contenidos en el libro Terceras Personas de Fedosy Santaella que ha sido gentilmente cedido por su acutor. De acuerdo con una reseña de Colette Capriles que puede leer haciendo click acá, Terceras Personas “es una especie de obsesiva exploración de todas las variaciones de los amores atravesados, de la profunda conmoción que nos acecha a todos cuando se nos aparecen las terceras personas”.

cama

Le lit défait, de Eugene Delacroix

Como te digo, le pasó a una prima mía. Una que vive en San Cristóbal. Ella es del grupo de los que nos hemos llamado «Los muchachos». Estudió conmigo en el Gustavo Domínguez, sí. Y con este señor que te cuento también. Los tres estudiamos juntos. Luis Alberto se llama él, y ella María Cristina.

Ellos habían sido noviecitos en primaria. Te imaginarás cómo eran las cosas en aquel tiempo. Tú eres joven y quizás no lo entiendas bien; pero eso de tener un noviecito en primaria era una cosa inmensa, de palabras mayores. Y también era nada, ¿sabes? Era nada porque si acaso uno se agarraba de las manos así rapidito en una esquina del patio. Y eso es todo. Besos nunca, besos jamás.

Total que han pasado los años, muchos años. Y después de un pequeño encuentro entre varios del Gustavo Domínguez, yo comencé a contactar a todo el mundo. Ha sido tan bonito reencontrarse con toda esa gente del pasado. Algunos están idénticos. Claro, entiéndeme, digo idénticos porque uno los reconoce. La cara, en esencia, sigue siendo la misma. Con otros no tienes ni idea, es como si les hubieran hecho un trasplante de rostro, algo insólito. Por supuesto, otros han muerto. Es una lástima, porque yo tengo sesenta años, ¿sabes? Y toda esa gente que estudió conmigo anda por la misma edad. Algunos se murieron hace diez, a los cincuenta. Lamentable, ¿no? Pero así es la vida, qué se le hace. Mejor hablemos de los vivos. Es grato saber lo que terminó siendo cada quien. Uno compara la cara de la persona, esa cara que entraña también un carácter, y entonces dices, pero claro, era lógico que viviera esa vida. Y es que al final la vida de alguien no es más que su cara, ¿no te parece? De algún modo pienso también que las personas debemos corresponder, cumplir con el rostro que se nos dio. Debemos hacerle honor, hacer con nuestras vidas lo que el rostro nos pide que hagamos, así sea llevándole la contraria. Porque algunos se revelan, por supuesto, y a otros no les queda más remedio. A los feos no les queda más remedio, por ejemplo. No te rías, tampoco soy mala, no, mala no soy. Yo creo que he cumplido con mi cara, sí. ¿Pero por qué me preguntas eso justo ahora que hablamos de la gente fea? ¿Piensas que soy fea? ¿Piensas que por eso terminé de profesora de lingüística, por fea? ¡Lo digo en broma, chica! Yo sé que no piensas eso…

Bueno, pero sigamos con el cuento de mi amiga… perdón, de mi prima… Es que ella también es mi amiga. Como tú, que eres mi amiga, y nada de extraño tendría que te llamara prima. ¿Verdad que sería rico que fuéramos primas de verdad? Bueno, yo a mi prima le digo amiga, que es más o menos lo mismo que si yo te llamara prima.

El asunto es que esta prima mía, María Cristina, se consiguió, después de todos estos años, con Luis Alberto. Un hombre muy guapo el Luis Alberto, ¿sabes? Muy elegante, alto, todavía con la espalda recta, con el cabello blanco pero abundante, bien peinado, con las nalgas aún paradas. Y con buen aliento. Sí, a nuestra edad es importantísimo el aliento. A la mayoría de los viejos les huele mal la boca, y por más que hagan, siempre les huele mal. No sé, como que uno se va pudriendo por dentro, como que la muerte se va gestando en el aliento. El asunto es que a él le olía la boca rico. Un hombre muy amable, muy culto, muy serio. Fue cónsul en Italia, imagínate tú, o agregado cultural, algo así. Un hombre interesante. Un viejo interesante. Sí, un viejo de esos que gustan, un viejo sexy. La empatía fue inmediata. Sin mayores rodeos trajeron a colación el tema de su amor de primaria. Sí,  habían sido novios de patio, de recreo, de cartitas. Recordaron todo eso con mucho cariño, se vieron a los ojos, algo brillaba al fondo, algo decían las sonrisas, algo pactaron en silencio, algo de lo que ni ellos mismos se enteraron hasta que empezaron a chatear en sus respectivas computadoras. El tiempo es una bola de nieve que va en bajada. Te lleva por delante, te lleva. Y uno está ahí, esperando que llegue la inevitable bola de nieve, porque uno no quiere quedarse atrás, porque no quieres dejar que la bola de nieve te aplaste, sino rodar con ella, formar parte de ella. Y mi amiga, así toda sorprendida, toda admirada de sí misma, se encontró chateando con nuestro hombre elegante. Pero la sorpresa no estaba en el hecho de chatear. Eso lo hace cualquiera. La sorpresa es que las dinámicas de la seducción comenzaron a darse allí, en la ventana de la computadora. A eso sí que mi amiga… mi prima… no estaba acostumbrada. El amor por chat, ¿tú lo puedes creer? Comenzaron a decirse cosas, a lanzarse indirectas. Concretaron luego una cena en la que no pasó nada, en la que no hubo ni un beso, ni siquiera una tomadita de manos; una cena como si hubieran estado de vuelta al patio del colegio con once años cada uno. Pero chatearon al día siguiente, y otra vez la cosa se puso más sabrosa. ¡De verdad, mucho más que en la cena! La cena, como decirte, había pertenecido a otra dimensión, al tiempo en que no existían las computadoras, en que la gente para tocarse y besarse tenía que verse a la cara, ¿me explico? En cambio, frente a la computadora, su conversación avanzó hacia el futuro, hacia la locura del futuro, hacia la seducción fantasmal de las palabras que los chats permiten. Sí, eso es. Me gusta lo que acabo de decir: el chat permite la seducción fantasmal de la palabra. La palabra es un fantasma que se mete en tu cabeza y urde atrevimientos. Por eso la literatura es tan interesante, ¿no crees tú? La literatura está llena de osadías y de personalidades dobles. El doble que no tiene que pedir disculpas. ¡Ay, pero por dónde ando! ¡Es que la universidad se la traga a una!

El asunto es que gracias al chat volvieron a los juegos de seducción, y se fueron metiendo en un barro cada vez más profundo. Aunque debo decir que a María Cristina no le parecía barro, sino una laguna hermosa, encantadora, fascinante. Se estaba volviendo a enamorar de aquel niño del colegio, ahora un respetable señor de canas, y todo a través del chat. Y no era solamente ella. Él también respondía, Luis Alberto jugaba y también se sumergía; ambos llevaban el mismo timón del mismo submarino. No era ella sola, que eso se entienda. Mi prima y yo estamos seguras de que a Luis Alberto se le confundían los sentimientos, y cuando digo que se le confundían los sentimientos, quiero decir que él andaba como enamoradito, ¿me explico? Estaba entusiasmado, mucho.

Cierto día, María Cristina termina pensado que aquello del chat es muy sabroso, pero también estático, con un fondo de vacío. Alguna cosa tiene que pasar, se dice, y viendo que él no toma la iniciativa, ella se hace con las riendas del asunto. Sí, ya ves, un amor por chat, acorde con nuestros tiempos, no podía quedarse atrasado tampoco con respecto a esos asuntos de la liberación femenina. María Cristina, muy moderna ella, agarró a su viejito por la barba virtual y le soltó una invitación para una nueva cena.

¡Ay amiga, para qué te cuento! Las letras quedaron allí, solitas en la ventana del chat por un buen rato. Las letras de ella, la invitación de ella. Pasaron segundos, quizás hasta un minuto, y nada que el hombre respondía. Nada. Por fin ella insistió, le volvió a decir lo de la cena, y pasados otros segundos de suspenso, él respondió. Luis Alberto le dijo algo así como que había un problema.

Hazte la imagen de la ventanita del chat, visualízala, ve el nombre de él, y luego la frase, algo así como Luis Alberto dice: En verdad… resulta… que hay un problema. Y luego María Cristina dice: ¿Un problema? Y él sí, un problema.

Entonces fue ella la que no escribió, ella la que hizo silencio de teclas. Nunca un silencio se hizo tan ruidoso por dentro. Fue deslave, piedras, barro (aquel barro, ¿te acuerdas?), troncos, maleza, todo revuelto y cayendo, desperdigándose, dejándola sin centro. Sus dedos finalmente teclearon, desenfrenados, ansiosos por saber. Fue algo así como: ¿No me digas que estás casado? Cuando María Cristina vio lo que acababa de escribir sintió que se había despojado de un grandor terrible. Las letras estaban allí, ajenas en la ventana del chat, como si ella no las hubiera redactado. Bueno, así me lo contó mi prima, sentadas así como estamos tú y yo, tomándonos un café. María Cristina leía las palabras del chat y era como si la cosa no fuera con ella, como si las hubiera puesto allí otra persona. Aguardaba la respuesta ya sin tanto deslave por dentro, y cuando la respuesta llegó no fue ninguna sorpresa. Luis Alberto respondió que sí, que estaba casado. Pero lo verdaderamente importante, dijo él, no era que estuviera casado, sino que llevaba muchísimos años enamorado, enamorado y siendo fiel al amor de su vida. Así escribió él desde un teclado en alguna parte de la ciudad, y quizás, al igual que ella, se sintió liberado y al mismo tiempo ajeno ante aquellas palabras que acababa de escribir, tal como si hubiera escrito los diálogos de un personaje para un cuento. Ya me lo imagino, esperando también, temeroso de que algo estallara, quizás su propia pantalla. Y de este lado de acá… del lado de mi prima, quiero decir… un pensamiento, un único pensamiento, algo así como «total que el hombre resultó todo un modelo de fidelidad». Un modelo de fidelidad, de enamoramiento, de amor hacia su esposa. Un modelo de fidelidad de «muchísimos años». María Cristina respondió de inmediato, cabe decir que ni siquiera meditó lo que respondía: Tu esposa es una mujer afortunada. Otra vez el silencio de las letras se hizo presente por unos segundos, y luego: Ese precisamente es el problema. Que no es de mi esposa de quien estoy enamorado. Ella no escribió, sabía que no era necesario, que él seguiría, que las palabras de él se habían hecho un espacio para la confesión. Él estaba en su lado del mundo, de rodillas en el confesionario virtual, y ella en el hueco silencioso e invisible de sombras y celosía sacramental. Sin rostros, las confesiones son más fáciles, y el chat escrito, si quitas la fotito que identifica a tu compañero de diálogo, no tiene caras acusadoras. ¡Ya me puse académica otra vez…!

Bueno, total que esta fue la confesión de Luis Alberto: Yo llevo muchísimos años enamorado, sí, pero de mi amante. Y acto seguido: Ya esto sería el colmo, montarle cuernos a mi amante. María Cristina escribió, automática casi: Sí, sería el colmo. Y él respondió: Yo le soy fiel, muy fiel. María Cristina pensó en responderle «Sí, fiel a tu amante, idiota», pero no escribió eso, sino algo así como Te felicito, bien por ti, lo más importante es la felicidad, y luego Luis Alberto respondió cualquier cosa, y luego ella también.

No volvieron a chatear a partir de entonces. Me imagino que él no ha dejado de ser un modelo de fidelidad, y ella, me consta, sigue tomando café con sus amigas.

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