Historia

Castro, Gómez y la deuda pública; por Carlos Hernández Delfino

Por Carlos Hernández Delfino | 12 de junio, 2015
Castro, Gómez y la deuda pública; por Carlos Hernández Delfino 640

Juan Vicente Gómez y Cipriano Castro

En mayo de 1899 se inicia, al otro lado de nuestra frontera con Colombia, un movimiento que, como en la generalidad de los casos que asolaron a Venezuela durante casi un siglo, fue distinguido con el calificativo de “revolución” y debía por tanto responder, cuando menos en apariencia, a una motivación política. “La Revolución Liberal Restauradora”, fue la reacción organizada por el general Cipriano Castro con el objetivo nominal de restituir la división política territorial de siete estados, en oposición a la reforma constitucional acordada por la mayoría oficialista del Congreso en abril, que restableció las veinte entidades de la Constitución de 1864. El presidente Ignacio Andrade pretendía, de esa forma extraña a la Constitución, debilitar el poder de los presidentes de los grandes estados; y Castro, con su Revolución, aspiraba derrocarlo y lo logró, finalmente, mediante un acuerdo político. Llegó a Caracas el 22 de octubre. Lo acompañaba su compadre y financista, el general Juan Vicente Gómez, un hombre reservado, precavido y cauteloso. Comenzaba así el predominio de los andinos en el poder que se extendería más allá de la muerte del “Benemerito” en 1935.

Castro anunció como objetivos de su programa de gobierno la justicia, la libertad, la tolerancia política, una administración pulcra, el respeto al derecho de propiedad, la práctica de los principios republicanos y el logro del progreso general. Moldeaba así la voluntad popular a su favor, pues estos eran valores anhelados después de muchas décadas de sobresaltos y caos administrativo. Otra fue la historia. La vocación autocrática de Castro no tardaría en emerger de entre el ropaje de institucionalidad con el que se revistió inicialmente.

A finales del siglo XIX, Venezuela era una nación empobrecida y atrasada, con una administración pública precaria y un pronunciado desajuste fiscal. Los precios del café disminuyeron continuamente a partir de 1898, con severos impactos internos, dada la vulnerable situación de Venezuela por la concentración de la actividad económica en la agricultura, la escasa diversificación de las fuentes tributarias, y el nivel y rigidez del gasto público. En 1898 el déficit equivalía a 36% de los ingresos públicos y a finales de ese año el Tesoro adeudaba al Banco de Venezuela 80% del capital de esa institución. La deuda pública total, a fines de 1898, sumaba Bs. 197,5 millones (cinco veces los ingresos públicos del año fiscal 1898-99), 62% de la cual estaba formada por obligaciones externas que resultaban de la accidentada ruta de empréstitos, renegociaciones, reclamaciones e incumplimientos que se inició con los financiamientos recibidos a partir de la toma de Angostura en 1817.

Castro habría de enfrentar más de un levantamiento en su contra, pero fue la poderosa Revolución Libertadora, bajo la dirección del banquero trocado en general, Manuel Antonio Matos, la que logró tambalearlo. Matos había probado los grillos y la cárcel de “El Cabito” por haberse negado a continuar financiando al gobierno, hasta que la amenaza de una larga prisión, lo hizo acceder. Se debe a Gómez, en buena medida, que Matos no hubiese logrado sus propósitos, y cerca estuvo gracias al apoyo de la General Aspahlt de los Estados Unidos. En la batalla de La Victoria, Gómez respaldó en un difícil trance a su compadre Castro con un ejército considerable, y en la batalla de Ciudad Bolívar, en julio de 1903, liquidó para siempre el caudillismo guerrero en Venezuela. Entra en la escena nacional la paz, que se valoraría tan superlativamente, que en ella se asienta, al menos en sus primeros años, la aceptación general de la dictadura del general Gómez que se inicia en diciembre de 1908, cuando Castro se ausenta del país para atender sus afecciones urológicas.

Ya Venezuela se había cansado de los dislates de “El Cabito”, de su impulsividad y audacia, que acompañadas de su desafiante nacionalismo, se sumarían al malestar causado en las grandes potencias mundiales por el incumplimiento de los pagos de la deuda externa –unido ello a la ambición expansionista de Alemania– para propiciar el bloqueo a las costas venezolanas, por parte de Inglaterra, Alemania e Italia, en diciembre de 1902. Esa acción agravó la ya crítica situación económica y fiscal del país, pues la recaudación cayó 52% ese año. Finalmente, Venezuela terminó pagando sumas elevadas con base en los protocolos suscritos para poner fin al bloqueo.

A fines de 1908, cuando ya Gómez era el hombre fuerte de Venezuela, la deuda pública ascendía a Bs. 210,3 millones. Esta cantidad equivale a cerca de ocho veces los ingresos fiscales del ejercicio 1899 y en cuanto al componente externo (Bs. 147,9 millones), éste representaba tres veces el valor de la exportaciones de ese año. En los veinte años transcurridos hasta 1929, se cumplió puntualmente con todas las obligaciones financieras del Estado. La deuda pública se redujo 75% en ese lapso y, sin embargo, las reservas del Tesoro superaban Bs. 118 millones a fines de 1929. El surgimiento del Estado moderno, el advenimiento de la paz y de la era petrolera caracterizan –en el sentido que interesa en estas líneas– al régimen gomecista. Pero además, es de notar la disciplina fiscal en la que se enmarcó el cumplimento de los pagos de la deuda, y la instalación, en el sentir de los venezolanos, de cierta aversión por el endeudamiento asociada a los quebrantos sufridos por el país con motivo de los reiterados incumplimientos que registra nuestra historia fiscal. Tanto así, que en las bases programáticas del Plan de Barranquilla, suscrito en marzo de 1931 por Rómulo Betancourt y otros precursores de la democracia venezolana, se incorpora el compromiso de adoptar una política económica contraria a los empréstitos, lo que hubo de aplicarse años más tarde.

En cuanto toca concretamente a la materia fiscal, es de obligada referencia la gestión del ingeniero Román Cárdenas al frente del Ministerio de Hacienda entre 1913 y 1922, donde regularizó el servicio de la deuda pública; creó un servicio de recaudación directa de rentas y eliminó la concesión o arrendamiento de estas facultades a particulares; separó las funciones de liquidación y percepción de rentas, para poder implantar mecanismos de control; estableció el principio de la unidad del Tesoro, y organizó administrativamente la función de tesorería nacional. La labor de Cárdenas marcó el inicio de la modernización hacendística en Venezuela.

En 1930, como un homenaje a la memoria del Libertador en el primer centenario de su muerte, Gómez recomendó el pago de toda la deuda pública, cuando ya comenzaban a sentirse los embates de la Gran Depresión y muchas naciones optaron por la moratoria a fin de enfrentar la severa estrechez fiscal que las agobiaba. De esa forma se redujo considerablemente la deuda y al morir Gómez, su saldo era de apenas Bs. 3,7 millones de deuda interna. El Ministerio de Hacienda le rindió un homenaje en 1933 por haber liberado al país de esa carga. La secular resistencia de los gobiernos venezolanos a la contratación de empréstitos habría de vencerse, décadas más tarde, ante la presencia de urgentes apremios para luego desbordar los cauces que definen la utilización prudente y ordenada de ese recurso.

 

Este texto fue publicado en la revista El Desafío de la Historia. Año 4, Revista 25, Caracas, 2011

Carlos Hernández Delfino Investigador y docente de postgrado en la Universidad Católica Andrés Bello y la Universidad Central de Venezuela especializado en historia económica de Venezuela y economía.

Comentarios (3)

Edgard J. González.-
12 de junio, 2015

Interesante y muy valioso recuento, las generaciones jóvenes de casualidad si medio conocen los años más recientes. Igual que el banquero Manuel Antonio Matos resultó trocado en general, Castro y Gómez se convirtieron en Generales en virtud del hábito de muchos ricos hacendados, de organizar en milicias propias a sus peones, lo que se llamó las Montoneras. Hay un gazapo de un 8 que se le coleó al 9: “el Plan de Barranquilla, suscrito en marzo de 1831 por Rómulo Betancourt”. Obviamente fue un siglo después. Ese duende, antes de los talleres, hoy de los teclados.

Jose Luis Lorenzo
13 de junio, 2015

¡Qué buenos artículos se leen en Prodavinci!. Mis felicitaciones y agradecimiento por esta ventana, a seguir así.

Carlos Hernández Delfino
15 de junio, 2015

Altamente agradecido por los comentarios. En efecto, la proximidad de las teclas y las escasas habilidades del operador producen esos resultados. Un siglo antes, en 1831, la Memoria de Hacienda informaba que no se disponía de datos precisos oficiales sobre “la naturaleza y montamiento (sic) de toda la deuda” y que por ello sólo podían dar cuenta de la deuda cuyo pago estaba radicado en las aduanas y tesorerías, y que se venía sirviendo en los términos dispuestos por el gobierno de Colombia. Atentos saludos, Carlos Hernández Delfino

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