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La traición de las élites; por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 27 de marzo, 2015

La traición de las élites; por Jorge Volpi 640

Observémoslos con cuidado. Están en todas partes. Y su conducta es la misma. Con la arrogancia que les confiere la democracia —la ficción de haber sido elegidos por nosotros—, no se cansan de decirnos cómo debemos comportarnos frente a la crisis económica, la violencia o la interminable red de escándalos que los rodea. Su tono condescendiente se torna con frecuencia amenazante. Hay que apretarse el cinturón o hay que respetar las decisiones de la mayoría, nos ordenan una y otra vez. Hay que preservar la democracia y las leyes, nuestras mayores conquistas. Palabras cuyo significado es otro: confíen a ciegas en nosotros, porque fueron ustedes, sí, ustedes, quienes nos llevaron al poder. Y no nos cuestionen.

Entretanto, se concentran en perseguir su propio beneficio. Su mayor ventaja radica en poseer más información que los demás ciudadanos y no resisten la tentación de aprovecharla. Así, mientras en teoría se enfocan a resolver los grandes problemas nacionales, por lo bajo evaden impuestos o se enriquecen gracias a una red de componendas y favores cobrados. La distancia entre lo privado y lo público no existe para ellos: son funcionarios y a la vez gestores de sus propios negocios. Con un ojo miran el interés general y con el otro vigilan su patrimonio. A los más cínicos sólo les preocupa lo segundo. A fin de cuentas no durarán para siempre en sus cargos y han de asegurarse los recursos necesarios para financiarse en el futuro. Lo resumió el más cínico y veraz de los nuestros: un político pobre es un pobre político. Podría pensarse que esto sólo ocurre en México, donde nos asumimos enclaustrados en nuestra ancestral cultura de corrupción, pero el fenómeno se extiende por medio mundo.

El triunfo de la democracia liberal y del capitalismo en la última década del siglo XX se anunció como el fin de todos nuestros males —de la historia—, o eso nos prometieron sus profetas. En cuanto fuéramos capaces de elegir a nuestros gobernantes, y siempre que éstos respetaran la libertad de los mercados, muy pronto arribaríamos a una nueva utopía de justicia y bienestar universales. Ocurrió lo contrario. A partir del momento en que se supieron elegidos en las urnas —o más bien de que aceitaron los mecanismos para pagar sus costosísimas campañas—, se dedicaron al pillaje o la evasión de impuestos, o bien a tomar decisiones intempestivas o caprichosas sin jamás preocuparse por rendir cuentas de sus actos.

Los casos se repiten a lo largo y ancho del planeta. Políticos que roban sin empacho. Políticos con conflictos de intereses. Políticos que se aprovechan de las lagunas de la ley. Políticos con cuentas ocultas en Suiza, las Islas Caimán, Luxemburgo o un sinfín de paraísos fiscales. Políticos en connivencia con empresarios para torcer las normas. Políticos que toman decisiones que contradicen sus promesas de campaña. Políticos que actúan contra las convicciones de quienes los eligieron. Políticos que desoyen el clamor popular contra la guerra (contra las guerras). Políticos vendidos al mejor postor. Políticos que no pueden decir lo que piensan porque jamás serían elegidos pero que, una vez en el poder, cambian de estrategia, escudados en sus privilegios o su fuero.

Podemos avistarlos en España y Grecia, en México y Venezuela, en Brasil y en Chile —ejemplos recientes—, pero también en Francia o Estados Unidos. Todos los días comparece alguno de ellos en la prensa salpicado por un nuevo escándalo. Que, salvo excepciones, ninguna de las cuales ocurre en los países latinoamericanos, nunca los conducen a la cárcel. ¿Cuántos políticos corruptos o irresponsables han sido juzgados y sentenciados en los últimos años? Un puñado, si acaso.

Uno de los mayores déficits de nuestras relucientes democracias consiste en no haber sabido trabar los mecanismos para frenar la ambición y la avaricia de nuestras élites. En no haber sabido crear instrumentos para moderar su torpeza o desvelar sus mentiras. En consentirles una alarmante impunidad. ¿Cómo, en un contexto de crisis, de desigualdad o de violencia extrema podríamos confiar en ellos? ¿Cómo esperar, así, que no surjan líderes populistas que prometen desmantelar el sistema? Los ciudadanos están hartos. No confían en nadie. Imposible pedirles otra cosa. Las élites, nuestras élites democráticas, nos han traicionado. Mientras no encontremos la forma de controlarlas —de hacerlas pagar por sus errores o sus crímenes— nuestras sociedades seguirán a la deriva.

Jorge Volpi 

Comentarios (3)

José Alberto Medina Molero
27 de marzo, 2015

Cuando los ciudadanos manifiestan su molestia y descreimiento de inmediato son tildados de inmaduros políticos o peor, de abrazar formas perversas de antipolítica.

Margarita Oviedo
30 de marzo, 2015

Excelente reflexión!

Leonel Gonzalez
31 de marzo, 2015

Jorge, dices “El triunfo de la democracia liberal y del capitalismo en la última década del siglo XX se anunció como el fin de todos nuestros males —de la historia—, o eso nos prometieron sus profetas”, pero lo que ocurrió fue la debacle del comunismo en todo Europa del Este y si hubo profetas que dijeron eso los que lo creyeron fueron unos inocentes. El problema es la impunidad de los delitos. La humanidad tiene ejemplos suficientes de ciudades (New York, Bogota) sumergidas en la anomia y el vandalismo y que, en estos momentos, tienen indicadores envidiables.

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