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La tormenta perfecta; por Sergio Ramírez // #Venezuela #UnaMiradaDesdeAfuera

Por Sergio Ramírez | 10 de febrero, 2015

Exclusivo Gris

Sergio Ramírez retratado por Vasco Szinetar

Sergio Ramírez retratado por Vasco Szinetar

Hace años, a comienzos de los dos mil, en un hotel de Maracaibo donde debía presentar mi libro Adiós Muchachos, me tocó ver el ir y venir de los participantes a un entusiasta cónclave de partidarios del comandante Chávez, recién llegado entonces a la presidencia, que se celebraba en otra sala vecina, todos de boinas y camisas rojas, broches en las boinas e insignias en las camisas, y todos con rostros sonrientes y entusiastas, como si acabaran de atrapar el futuro y no estuvieran dispuestos a soltarlo.

Para entonces yo ya venía de vuelta de mi propia revolución en Nicaragua, y precisamente en aquel libro de memorias contaba mis experiencias, un libro lleno de nostalgias por lo que pudo haber sido y no fue; y para quien quisiera leerlo buscando lecciones, que yo no me proponía dar, también estaba lleno de advertencias acerca de los errores y equivocaciones que una revolución incuba desde el primer día, a lo mejor sin proponérselo, pero que indefectiblemente conducen a la fatalidad.

Y mientras escuchaba al otro lado del tabique corear las ardorosas consignas bolivarianas, me invadía un sentimiento confuso en el que se mezclaban mis recuerdos de cuando los diques se rompen, se sueltan las aguas caudalosas y entonces todo parece posible; mi respeto por la inocencia con la que aquellos militantes improvisados, de diversas edades, compartían aquel sueño que creían realizable; y la voz que por dentro me decía que esa película yo ya la había visto. Aunque, por supuesto, no iba a cometer la arrogancia de meterme al salón donde sostenían su seminario, o taller, no sé qué cosa sería, a advertirles que sabía cuál era el final, porque yo lo había vivido.

Para entonces ya sabía que lo mejor de una revolución que alza su vuelo mesiánico ocurre el primer día, cuando se puede ver el mundo desde la altura, tan pequeño que se piensa que la empresa de transformarlo no tendrá mayores obstáculos, y que lo peor empieza al mismo día siguiente, cuando se decide que los sueños necesitan un reglamento. Y los sueños reglamentados, se vuelven siempre pesadillas.

Es cuando el socialismo redentor empieza por acaparar la verdad absoluta, y para entrar en el reino de los justos se necesita del carnet, una estrecha vía de acceso exclusiva para quienes piensan de la misma manera, o fingen que piensan de la misma manera, que es la manera en que piensa el caudillo. Es cuando el romanticismo revolucionario se convierte en un método, y los sueños de cambio entran en un rígido orden burocrático. Cuando toda voz o pensamiento distinto se castiga primero como disidencia, y luego como traición.

Ya había aprendido para entonces en mi propia experiencia algo que una vez escuché decir a Lula da Silva en Managua, cuando nosotros ya habíamos perdido la revolución y él seguía aún intentando ser presidente de Brasil: y es que el gran error de la izquierda, un error estratégico, era pensar que la democracia se dividía en democracia burguesa y democracia proletaria, cuando lo que existía era una sola clase de democracia, sin apellidos.

Aquellas palabras desafiaban el dictum de exclusión que sigue caracterizando a la izquierda populista de América Latina en el siglo veintiuno, y que sólo revela un sentimiento primitivo profundo, que es el de sentirse dueño exclusivo de la verdad: el dictum que divide al mundo entre feligreses y traidores. Bajo esta concepción simplista, todos los que no rezan el credo que el caudillo y su camarilla dictan, están destinados a ser silenciados, o a pasar el resto de sus días en las prisiones políticas que el estado redentor establece en beneficio de la sanidad ideológica, y de la permanencia sin fin de sus caudillos en el poder.

Cuando alguien se considera dueño exclusivo de la verdad, y tiene en el puño las llaves del paraíso donde los justos con carnet deben vivir hacinados, todo lo malo que ocurra dentro de las fronteras cerradas de ese paraíso será culpa de quienes se niegan a ponerse la librea ideológica. Porque para quienes dictan la regla no es posible advertir que esa regla está fundamentalmente equivocada, ya que tiene fallas de origen.

Mientras la regla excluya el consenso, mientras el sistema que todo lo quiere monopolizar niegue espacios de convivencia, mientras la democracia siga teniendo apellidos, mientras desde las tribunas oficiales se siga predicando el discurso obsoleto de que el pueblo está formado sólo por los partidarios del régimen, y todos los demás, cualquiera que sea su condición económica, aún los más pobres, son la derecha aliada del imperialismo, la tormenta seguirá acumulando nubes oscuras hasta convertirse en la tormenta perfecta.

Y el ogro burocrático, frente a la imposibilidad de lograr que la sociedad funcione con la normalidad pacífica que se necesita para la vida diaria, alimentos, medicinas, servicios básicos, lo único que puede hacer es ponerle más cercos a la libertad. Dictar más leyes y más reglamentos de control, más medidas de represión, confiscar más supermercados y farmacias, buscar más culpables, cuando la culpa está en el sistema mismo, que agotó hace tiempo sus sueños, y sólo conserva y multiplica sus pesadillas.

Los sueños mesiánicos comienzan siempre con grandes discursos y terminan en grandes colas.

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Sergio Ramírez (1942) Abogado y periodista. Fundó la revista Ventana en 1960, y encabezó el movimiento literario del mismo nombre. A los veinte años publicó Cuentos, su primer libro. Su obra de ficción, crónicas, ensayos y crítica literaria, incluye cerca de cincuenta libros. En 1950 fundó en Managua El Semanario, y su columna periodística se publica en quince periódicos de Hispanoamérica. Es doctor honoris causa de la Universidad Blaise Pascal de Clermont Ferrand, profesor visitante de la Universidad de Harvard y premio Bruno Kreisky a los Derechos Humanos.

Comentarios (3)

Humberto Villasmil Prieto.
10 de febrero, 2015

Muy pocos, como Sergio Ramírez Mercado, el gran escritor nicaragüense, tuvieron desde un primer momento una percepción más exacta de la tragedia venezolana. Nunca olvidaré un artículo suyo, de hace ya algunos años, que desafiando a quienes aúpan revoluciones, siempre que ocurran lejos de su costa y si es un con un océano de por medio tanto mejor, afirmaba que Venezuela estaba dividida de arriba a abajo y no por la mitad, como el discurso oficial propagaba. Nada más cierto. Las colas, en lo que todo esto terminó, nos han reunido de nuevo, sin distingos de clase ni de banderías políticas. “Adiós Muchachos” y las Memorias del padre Ernesto Cardenal, “La Revolución Perdida”, son el fiel testimonio de lo que terminó siendo aquella Revolución Sandinista que logró juntar a toda la América Latina y a buena parte del Mundo en favor de la libertad y del progreso del querido pueblo Nicaragüense. Hoy, Ortega da pasos firmes en procura de gobernar, poco a poco, el mismo tiempo que la Saga Somocista dispuso para sojuzgar a esa tierra de poetas, de lagos, volcanes y de gente entrañable. A Don Sergio Ramírez, la reiteración de la admiración, gratitud y reconocimiento de un lector y de un compatriota centroamericano nacido en Venezuela.

Alejandro Ascanio V
11 de febrero, 2015

Excelente texto. La palabra clave que puede disipar todos lo nubarrones es el CONSENSO. El auténtico consenso puede lograr cosas que ni siquiera la mejor de las democracias lograría. El problema es que para llegar a verdaderos consensos se requiere primero CULTURA DE PAZ, entender que el otro, por más abismos ideológicos, socioeconómicos o étnicos que halla, es antes igual de humano que tú y, como tal, merecedor de los mismos derechos que tú defiendes para ti y “los tuyos”. Quizás el mayor problema con los revolucionarios comunistas (aclaro que no todas “las izquierdas” son comunistas) es que se han formado en la cultura del odio. Palabras más palabras menos, se me hace oportuno recordar el concepto de “consenso” que Juan Barreto gustaba de esgrimir en sus clases de sociopolítica en la UCV: “Consenso es que yo te ponga una pistola en la cabeza para que hagas lo que yo digo. Igual tú puedes escoger entre la bala y hacerme caso. Si optas por mis peticiones, ya está, hubo consenso”

Myrna Gonzalez
13 de febrero, 2015

Excelente artículo. El concepto de democracia burguesa y democracia proletaria es el triste reflejo de lo que estamos viviendo. Y más triste aún es que por una ideología sembrada hace 15 años, y regada sistemáticamente cada día, los integrantes de la democracia proletaria están felices porque la democracia burguesa ahora también tiene que hacer colas y eso tranquiliza sus resentidos corazones. “Yo estoy mal pero ahora ellos también están mal”. Es la cosecha de la siembra. A mi me parece que el hecho de tener que hacer colas ocultas en sótanos de automercados para comprar alimentos es análogo(según registros de la hemeroteca) a los encierros que en sótanos de la Seguridad Nacional practicaban los regímenes dictatoriales en los años 50 para torturar a los disidentes. Consenso: Estamos privados de libertad y además torturados.

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