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Charlie Hebdo y sus secuelas; por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 28 de enero, 2015
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El 7 de enero, un grupo terrorista irrumpió en la redacción de Charlie Hebdo y asesinó a 12 personas, entre ellas sus redactores y colaboradores. ¿El motivo? Desagraviar al Profeta -cuya mera reproducción es considerada una blasfemia por millones de musulmanes- por haber sido ridiculizado en numerosas caricaturas desde que, en 2005, la revista satírica se atreviese a reproducir las célebres viñetas danesas sobre Mahoma. Si bien la condena de los asesinatos ha sido prácticamente unánime, y el lema #YoSoyCharlie llegó a convertirse en el más difundido en la historia de Twitter, las discusiones en torno al contenido de Charlie Hebdo han sido menos consensuales, al grado de dar vida al contralema #YoNoSoyCharlie, empleado entre otros articulistas por David Brooks en el New York Times.

La pregunta de fondo es clara: ¿en una sociedad democrática deben existir otros límites a la libertad de expresión que aquellos vinculados con la dignidad y la privacidad de las personas (esto es: de individuos concretos, no de ideas o representaciones abstractas) y con la obligación de no cometer otros delitos? Las respuestas van desde un no rotundo por parte de los comentaristas libertarios (y muchos liberales), hasta un por supuesto de los sectores tradicionalistas y religiosos, pero también de una parte de la izquierda socialdemócrata, pasando por numerosas posiciones intermedias.

De otro modo: ¿hay valores o figuras que deberían ser respetados a rajatabla por un motivo particular? Una de las grandes conquistas de la Ilustración fue la abrogación del crimen de lesa majestad, que protegía al rey y a la Iglesia de cualquier crítica, abriendo el camino para la libertad de expresión tal como la conocemos hoy. Pero, a diferencia de quienes afirman que los atentados de París prueban que Occidente se halla sitiado por los islamistas, esta conquista ha tenido una historia lenta y atribulada tanto en Europa como en América.

Aunque nos gustaría creer que su culminación se halla en la Primera Enmienda a la Constitución de Estados Unidos, según la cual “El Congreso no podrá hacer ninguna ley […] limitando la libertad de expresión ni de prensa”, lo cierto es que en este país no existe una revista como Charlie Hebdo, cuyas invectivas contra la religión podrían ser tachadas de discriminatorias o incitaciones al odio racial. De hecho, la mayor parte de los medios estadounidenses, como el New York Times o CNN, decidieron no publicar la portada de Charlie Hebdo donde aparece Mahoma (según algunos críticos, con un turbante y una nariz que disfrazan un sexo masculino) diciendo: “Todo está perdonado. Yo soy Charlie”.

En la propia Francia, el negacionismo es un delito: que una posición así nos parezca aberrante no significa que quien la exprese deba ser castigado. Del mismo modo, la “apología del terrorismo” se castiga, incluso en redes sociales, de manera más estricta que en Estados Unidos. Lo mismo ocurre en Inglaterra, Alemania, Austria y otros países europeos También llama la atención que Mariano Rajoy asistiese en primera línea a la marcha republicana, cuando hace unos años un juez español ordenó el secuestro de la revista El Jueves porque en su portada aparecían el príncipe Felipe y la princesa Letizia burdamente caricaturizados.

El atentado ha dado pie a que ese “Todos somos Charlie” se convierta en un mantra del que, en efecto, todos se aprovechan: desde el Frente Nacional y los movimientos identitarios europeos caricaturizados por Michel Houellebecq en Soumission, hasta un sinfín de políticos que no tienen empacho en condenar los crímenes aunque en sus países prevalezcan la censura y el autoritarismo. Y, en fin, numerosos intelectuales que exigen una libertad de expresión ilimitada pero que nunca han mostrado la misma energía a la hora de defender los derechos humanos en otros países.

Ni el 7-J es el 11-S francés, ni Occidente se halla en jaque: los terroristas eran franceses y las llamadas a una Patriot Act europea, capaz de interceptar las conversaciones de sus ciudadanos, serían el peor atentado contra esas libertades tan arduamente conseguidas. En contra de lo que sostuvo el papa Francisco, uno debe tener el derecho de mofarse de cualquier religión, así hiera la sensibilidad de sus fieles pero, si se opta por esta postura -que yo comparto-, habría que llevarla a sus últimas consecuencias. Como Ahmed Merabet, el policía francés y musulmán que, radicalizando la frase atribuida a Voltaire, murió defendiendo a unos caricaturistas que humillaban los valores en los que él creía.

II. La sumisión y la sangre

 La mañana del 7 de enero me encontraba en el aeropuerto de Newark, a punto de embarcar de vuelta a México, cuando comencé a leer Soumission, la nueva novela de Michel Houellebecq que acababa de descargar en mi Kindle horas después de haber sido publicada. Justo cuando leía la cita inicial de Joris-Karl Huysmans, el decadentista francés que la inspira, presté atención al sonido de una de las pantallas en la sala de abordaje. La reportera de CNN anunciaba que un grupo de encapuchados había irrumpido en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, y había asesinado a la mayor parte de sus redactores. Sólo después de aterrizar en México conocería los detalles del acto terrorista, entre ellos que la portada de Charlie Hebdo de esa semana se burlaba precisamente de Michel Houellebecq quien, como de costumbre desde la publicación de Las partículas elementales en 1998, era motivo de un nuevo escándalo en el medio intelectual francés, en esta ocasión por su declarada “islamofobia”.

La conexión entre el tema central del número y el atentado queda aún por esclarecerse -la revista había sido amenazada desde que en 2004 reprodujese las célebres caricaturas danesas sobre Mahoma, un personaje que se volvería habitual en sus páginas-, pero no parece del todo casual. Ambientada en 2022, Soumissiontambién es una suerte de caricatura en la que un político musulman, Mohamed Ben Abbes, dirigente de una ficticia Fraternidad Musulmana, llega a la presidencia de Francia, imponiendo una serie de medidas -en particular la poligamia- que al cabo son aceptadas por el conjunto de sociedad francesas con indiferencia, cuando no con discreto entusiasmo.

En su cubierta, Charlie Hebdo presentaba a un demacrado Houellebecq (apenas más lamentable que en sus fotos recientes), anunciando sus predicciones de futuro: “En 2015 pierdo los dientes. En 2022 hago Ramadán”. Una perla que, con la acidez característica del medio, resume bastante bien la trama de Soumission. Que el escritor francés decidiese suspender la promoción de la novela esa misma tarde para refugiarse en un innominado sitio en la campiña francesa casi sonaría como una prolongación de la paranoia que alimenta su ficción de no ser por la espantosa resonancia de la tragedia.

Mucho antes de que aparezca en español, un sinfín de comantaristas ya se ha apresurado a ensalzar o denigrar la novela de Houellebecq, desde quienes piensan que se trata de una obra oportunista y marullera, hasta quienes la defienden como un valeroso acto de libertad equiparable a las virulentas caricaturas de Charlie Hebdo. En la propia Francia, tan dada a estas aparatosas disputas intelectuales, los bandos también se hallan bien diferenciados: de un lado quienes piensan que, más allá de sus discutibles méritos literarios, Soumission es una pieza repugnante que “pone a Marine LePen en las puertas del Elíseo”, y del otro quienes sostienen que, en su cuidada ambigüedad, se trata de una sátira que, más que ensañarse con los musulmanes, se burla de Francia en su conjunto.

François, una suerte de alter ego del autor, es un profesor universitario que, tras una carrera como especialista de Huysmans, se encuentra en un momento de decadencia o apatía. (Como la propia Francia: igual que en las viñetas de Charlie Hebdo, la sutileza aquí no es relevante.) Harto de sus recurrentes aventuras con sus alumnas, François por fin se ha enamorado, o al menos encariñado, de Myriam, una joven judía -no podía ser de otro modo- que está loca por él. En ese contexto, François describe el ambiente electoral, dominado por la oposición entre la Fraternidad Musulmana y el Frente Nacional, con el Partido Socialista y la UMP como residuos del pasado, y la creciente sensación de peligro experimentada por los desplantes de los integristas del “movimiento identitario”, es decir, de esas organizaciones que, bajo el lema de “Francia para los franceses”, están dispuestos a defender a los “indígenas” de la “colonización islámica”.

Aderezada con sus previsibles descripciones sexuales y las meditaciones pesimistas o políticamente incorrectas que ya son marca de la casa -en especial contra las mujeres-, Houellebecq hace que su personaje apenas se dé cuenta de la victoria de Ben Abbes (aliado en la segunda vuelta con el PS y la UMP) y de la brutal mutación que ello acarrea. Temeroso de la violencia -que podría provenir de unos extremistas u otros-, François huye de París y se refugia en Martel, un pequeño poblado del sudoeste nombrado así en memora del caudillo que detuvo el avance árabe en el medioevo. Entretanto Myriam, cuya familia teme quedarse en un país gobernado por un partido musulmán, ha emigrado a Israel con sus padres. Deprimido y solo, François visita el santuario de Rocamadour, ansioso de que su famosa Virgen Negra lo ilumine.

Por desgracia, la anhelada experiencia mística -paralela a la conversión al catolicismo de Huysmans- no llega nunca y, cuando François vuelve a París, encuentra a su patria transformada en un estado islámico. Aquí es donde la sátira deviene simple caricatura. Para llegar al poder, Ben Abbes ha cedido los principales ministerios a sus aliados para quedarse con el único que importa: el de Educación. Gracias a ello, las universidades francesas han pasado a ser islámicas, las mujeres han perdido sus privilegios y acuden veladas a sus clases. Por si fuera poco, el nuevo rector, un acomodaticio intelectual convertido al Islam, permite que sus profesores tomen tres o cuatro esposas de entre las estudiantes. Poco le preocupa a Houellebecq la inverosimilitud del planteamiento: su intención, más cercana a Kafka que a la ciencia ficción, es colocarnos de pronto frente a un sistema totalitario y absurdo, pero que apenas se distingue de lugares como Arabia Saudí.

A diferencia de lo que ocurría en Las partículas elementales o incluso en El mapa y el territorio, la novela se mueve en un terreno voluntariamente pedestre. Más que una fantasía política, Soumission se revela como una grotesca burla de la Francia socialdemócrata de nuestros días, y por extensión de Europa. Para François, Europa es un continente que, como predijo Nietzsche, ha perdido toda su fuerza justo por haber renunciado a la religión y haberse decantado por los valores facilones, femeninos, de la democracia liberal (una sombra, en cualquier caso, de la bestia negra de François: la Ilustración). En este contexto, sólo el Islam parecería tener la energía suficiente para arrancar a Francia del marasmo, así sea al precio de renunciar sus valores más queridos (en especial, la igualdad).

Uno dudaría que un musulmán pudiese encontrar en esta farsa un solo argumento para sentirse vejado -pero si unas simples caricaturas fueron capaces de desatar semejante descarga de ira, quizás Houellebecq tuvo razón en esconderse en la Francia profunda, como su personaje. Mucha más razón para indignarse tendrían las mujeres, que no tienen aquí otra función que la de objetos sexuales (como Myriam) o esposas (en el nuevo regimen machista y polígamo). Lo más relevante del libro son, en todo caso, las especulaciones sobre el reacomodamiento político previo a la victoria de Ben Abbes, en las que Houellebecq destaza por igual a la izquierda, la derecha y la ultraderecha de Marine Le Pen.

En un plano íntimo, Soumission se presenta como el itinerario de una conversión fallida: François nunca será Huysmans, sino apenas otro oportunista en una Francia que hoy, no en 2022, disfruta de la sumisión a sus hipócritas valores burgueses. Lo que quizás se le escape a Houellebecq es que, al contentarse con una sátira de trazos gruesos, con una caricatura de los miedos de su época -incluida la islamofobia-, él ha seguido el ejemplo de François y tampoco ha logrado escapar a su cómodo papel de provocador. Soumission es, en este sentido, la sumisión a un éxito que su autor previó desde el inicio y que sólo la sangre de sus colegas ha conseguido adulterar.

III. La religión y el estado

Más allá de que todos coincidan, o finjan coincidir, en su condena de los atentados contra Charlie Hebdo, el debate en torno a la libertad de expresión y el papel de las creencias individuales -y en particular la religión- en nuestras democracias no ha hecho más que exacerbarse. Mientras algunos siguen empeñados en defender la libertad de expresión (y la libertad de insultar ideas abstractas) a cualquier precio, otros han señalado que, si bien en primera instancia hay que garantizarla, el uso de ella por parte de caricaturistas y redactores de Charlie Hebdo ha sido, como lo señala el propio subtítulo de la publicación, cuando menos “irresponsable”.

Nadie pone en duda que la “marcha republicana”, la más grande en la historia reciente en Francia, hizo evidente el repudio de la mayor parte del país a cualquier intento de frenar esta conquista de la Ilustración, pero desde entonces se han sucedido incontables manifestaciones tanto en Europa como en Asia y África, unas pacíficas y otras sangrientas, para repudiar los ataques del semanario en contra de Mahoma -y en particular de su número especial, en cuya portada un Profeta en apariencia pacífico es dibujado con trazos que muchos han identificado con un órgano sexual masculino: una nueva bofetada para millones de musulmanes.

La disyuntiva no se encuentra ya en ser o no ser Charlie, sino en la posición que han de tener los adeptos de ciertas religiones en una democracia laica, como la francesa o la mexicana -no como la colombiana o la española. Incontables voces se han alzado para señalar que el Islam es de plano incompatible con “nuestras libertades”: una aseveración que siempre ha sido utilizada como una forma de discriminación, por ejemplo por la mayoría protestante de Estados Unidos contra los inmigrantes católicos de Italia o Irlanda a principios del siglo XX o contra los católicos mexicanos en nuestros días.

Inevitablemente, estas declaraciones emanan cierto tufillo racista, propio de esos islamófobos o antimusulmanes que, desde su propia tradición cristiana, no son capaces de advertir la viga en el ojo propio. Lo más desconcertante ha sido leer, en boca de comentaristas en teoría liberales, que son las propias comunidades musulmanas las que, en primera instancia, estarían obligadas a condenar más sonoramente los atentados, y, en segunda, a deshacerse de sus propios sectores radicales, como si los musulmanes de Francia o Alemania formasen un estado dentro del estado o como si no fuesen ciudadanos idénticos a los otros.

Resulta fácil querer olvidar que los hermanos Kouachi nacieron y se educaron en Francia y que, por tanto, sus atentados no son parte de la amenaza de la civilización “islámica” contra la “occidental”, sino de un problema social francés y europeo. Si hubiera a quien culpar del radicalismo, sería a Arabia Saudita y su tradición wahabí, solapada una y otra vez por Occidente. En contra de lo que asumen paranoicos como Éric Zemmour o Michel Houellebecq, en los países europeos los musulmanes no forman comunidades unidas, sino que tienen proveniencias y características distintas. Como escribió Olivier Roy, resultaría muy difícil la formación de un partido islámico como el previsto en Soumission. Pero, en un efecto búmeran, la obsesión por señalar a los musulmanes como ciudadanos “distintos” podría ser un elemento de unión entre quienes nada tienen en común excepto sus creencias.

En su novela, Houellebecq imagina que, con los musulmanes en el poder, Francia permite que ciertas escuelas islámicas privadas reciban fondos públicos. Un escenario de pesadilla en una república laica, pero que en Europa ya existe en las escuelas concertadas católicas que abundan en España. El doble rasero no se detiene: en Irlanda o Polonia, al igual que en América Latina, la Iglesia Católica disfruta de enormes privilegios que detienen un sinfín de avances sociales -como el aborto o el matrimonio homosexual- y en muchos países el estado ni siquiera ha logrado separarse de la Iglesia.

Nada hay más pernicioso para una sociedad como la religión, en todas sus vertientes. A lo largo de la historia, ha sido la mayor fuente de disputas y guerras y, en la época moderna, siempre se ha opuesto a los avances científicos y la razón. Pero el Islam no es sino una religión más, con sus fanáticos y sus “moderados”, cuya intervención en la vida pública ha de ser contenida y repudiada como la de cualquiera otra, empezando por el cristianismo.

***

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Jorge Volpi 

Comentarios (1)

Rodrigo J. Mendoza T.
28 de enero, 2015

Es notable que Volpi, con tanto celo justiciero al enfatizar todo el mal proveniente de las religiones de cualquier signo, no advierta la gruesa simplificación que supone afirmar que “nada hay más pernicioso para una sociedad como (SIC) la religión, en todas sus vertientes.” Si bien es cierto que “a lo largo de la historia, ha sido … fuente de disputas y guerras y, en la época moderna, … se ha opuesto a … avances científicos y (a) la razón”, se trata de afirmaciones sesgadas, porque junto a los fanatismos y oscurantismos, innegables y de gravísimas consecuencias, muchos hombres y mujeres han ofrendado – y ofrendan – la vida entera por amor a la humanidad, inspirados por la fe en una compartida filiación divina y en una consecuente fraternidad universal. Es completamente injusto apartar con el revés de la mano – por prurito intelectual – todo el bien producido a lo largo de la historia por obras hospitalarias y educativas de inspiración religiosa. Es de una miopía desconcertante no ver lo que ha significado el cristianismo para la historia del pensamiento y para la propia la civilización, como divulgador y amplificador de las ideas de libertad e igualdad. Es un comienzo de fanatismo la indignación que impide ver la realidad en toda su complejidad y riqueza.

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