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Pa’ que se acabe la vaina; por William Ospina

Alguien ha dicho, y yo le creo, que lo que debería producir el proceso de paz en Colombia es sencillo:

Por William Ospina | 3 de diciembre, 2014

Pa’ que se acabe la vaina; por William Ospina 640

En primer lugar, el reconocimiento por parte del Estado de que hace 50 años respondió injustamente a los reclamos de unos campesinos que pedían respeto, presencia institucional, obras y servicios públicos a los que todo ciudadano tiene derecho, y que esa respuesta abusiva dio origen a un conflicto armado costosísimo en vidas y en recursos.

El reconocimiento de que desde hace 30 años, cuando se estaba llegando a un acuerdo de desmovilización, grupos criminales con el apoyo de muchos miembros de la fuerza pública exterminaron en las calles en condiciones de inermidad al partido político que debía acoger a los desmovilizados.

El reconocimiento de que esos cincuenta años de guerra degradaron a todas las fuerzas enfrentadas y produjeron innumerables actos de sevicia y de inhumanidad por parte de la guerrilla, de los paramilitares y del Estado mismo.

Que se reconozca que a lo largo de la historia republicana muchas veces se utilizó el poder político para perseguir y acallar a los adversarios.

Que todas las partes acepten su responsabilidad en el deterioro de la vida civilizada y pidan perdón por la larga estela de horrores y el rastro de dolor que han infligido a generaciones de colombianos.

Que se reconozca que es condición para abrir un futuro distinto una amnistía general para las fuerzas en pugna que voluntariamente acepten, bajo vigilancia internacional, poner fin al conflicto, no volver a permitir que las armas intervengan en el debate político, contar toda la verdad de esta larga historia de sangre, y participar en la efectiva reparación de las víctimas.

Que se reconozca que la democracia colombiana tiene una deuda inaplazable con el pueblo en términos de empleo, educación, salud, igualdad de oportunidades, justicia y distribución del ingreso, y que esa deuda aplazada ha sido uno de los principales alimentos del conflicto.

Que se reconozca que la violencia bipartidista de los años cuarenta y cincuenta fue el semillero de las sucesivas violencias colombianas, y que el Frente Nacional instaurado por los dos partidos cerró los caminos a las nuevas fuerzas pacíficas de la sociedad.

Que se reconozca que la prohibición de las drogas genera mafias, capitales clandestinos, justicia privada, corrupción, muerte y degradación del orden social, que esos poderes han alentado el conflicto, y que se impone un gran esfuerzo internacional para pasar de la prohibición al control, de modo que las drogas dejen de ser un asunto criminal para convertirse en un asunto de salud pública.

Que se acepte que todos los que participaron de la guerra y la abandonaron voluntariamente tienen derecho a participar en la vida política.

Álvaro Uribe se negará a aceptar que se reconozca la responsabilidad del Estado y de la vieja dirigencia en la gestación de este conflicto, pero esa responsabilidad no sólo salta a la vista, sino que Uribe debería tener claro que los mismos que les dieron la espalda a los acuerdos con él, son los que siempre incumplieron los acuerdos con la guerrilla, de modo que se entienden por parte de ésta la desconfianza y hasta el resentimiento.

No hay cómo seguir negando que la guerrilla tuvo razones para rebelarse, y que ello no justifica ni la atrocidad de la guerra ni la degradación de los métodos de todas las partes. Si sólo las guerrillas se hubieran degradado, podríamos persistir en la invocación a la legitimidad y a la justicia, pero en las condiciones de la guerra colombiana se impone una nueva oportunidad para todos, y a partir de allí, una nueva severidad.

Y a Álvaro Uribe sólo queda recordarle esta frase de Lincoln: “¿Acaso no destruimos a nuestros enemigos cuando los convertimos en nuestros amigos?”.

Todo el tiempo el presidente Santos ha dicho que en La Habana hay que hablar de paz, pero que mientras tanto en el país sigue la guerra. Sin embargo suspende de modo unilateral los diálogos porque la guerrilla ha retenido a un general de la República. El general Alzate es el militar de más alto rango retenido por los insurgentes, pero Santos se envanece de haber dado de baja a varios generales del ejército contrario.

Porque si lo que hay es un conflicto armado, y si su solución es política, ¿cómo negar que los jefes de la guerrilla son generales del ejército contrario? Cuando comenzaban los diálogos, Juan Manuel Santos dio la orden de dar de baja al máximo general de las Farc, Alfonso Cano, y la guerrilla aceptó dialogar a pesar de ese golpe. El 13 de junio Santos le dijo al hermano de Cano: “Yo ordené la muerte de su hermano porque estábamos en guerra, y estamos en guerra”. Cualquiera puede verlo en internet diciendo esas palabras.

El general Alzate fue retenido sin fuego por los rebeldes. ¿Podía esa retención ser causa suficiente para suspender el diálogo? Si el Gobierno rechaza el cese al fuego bilateral que la guerrilla propone, y se reserva el derecho a eliminar a sus adversarios, no puede exigir que la guerrilla deje de hacer la guerra para poder dialogar.

Sobre los retenidos la guerrilla podría responder: “Los capturamos porque no queremos matarlos”. Santos en cambio parece decirles: “Yo les mato cuando quiera a sus soldados, pero ustedes devuélvanme los míos”. Todo indica que la guerrilla ya no se va a sentar en la misma mesa de la que Santos se levantó con altivez, pero a lo mejor eso obliga a que lleguen a acuerdos para bajarle el fuego al conflicto.

Ya sería hora de que se abra camino el cese al fuego bilateral, pero también de que el largo forcejeo de la negociación dé paso a hechos más prácticos y eficaces.

William Ospina  es un poeta, ensayista y novelista colombiano. Entre sus obras se encuentra la novela "El País de la Canela" (2008, La Otra Orilla) y el libro de ensayos "Los nuevos centros de la esfera" (2001, Aguilar). Ganador del Premio de Novela Rómulo Gallegos (2009) Colaborador del diario El Espectador

Comentarios (3)

R Vivas
3 de diciembre, 2014

Sospecho que hacer gran halaraca de inculpaciones no ayuda a alcanzar la paz aunque gratifique el orgullo herido de quienes pierden el gloriosos pendon de abanderados de una sagrada violencia . Que la paz necesita mas bien de algo muy dificil por que es interno y hace violencia a nuestros instintos naturales , que es auto imponerse un sentimiento de perdon y olvido de los agravios sufridos. Las inculpacione y exculpaciones lo que hacen es hacer arder los recurdos de viejas heridas de modo que nunca restañen del todo .!!

José Angel Borrego
3 de diciembre, 2014

Don William: soy venezolano y debería de abstenerme en este asunto, pero amo su país, lo admiro como país y creo que el día que encuentre el camino de la paz será lo que soñaba Bolívar. Desde luego que Santos ha cometido y comete errores en materia de guerrillas. Igual creo que su antecesor no supo manejar la cuerda política para evitar el enfrentamiento actual con el hoy Presidente. Uribe debió ser más político pero se dejó llevar por la arrogancia y en eso los Santos no se dejan adelantar por nadie. Uribe debió luchar por mantener la unidad dentro de su gente y evitar el nacimiento del “santismo” que no existía. Hoy tiene ustedes dos amigos enemistados y un país desconcertado. A la postre Santos podría sellar la paz pero no imponerla. Todo un maremagno. ¿No cree usted?

leonardo
6 de diciembre, 2014

Excelente artículo que pone los puntos en las íes que muchos no quieren admitir. No sé si Santos tenga el coraje y el apoyo político para reconocer la responsabilidad de la clase política y los gobiernos colombianos en el conflicto. Los estados reconocen muy difícilmente sus errores y desmanes por defender su pretendida legitimidad. En cuanto a la reflexión de José Angel Borrego, me parece que el problema de Uribe es su rechazo de la paz si no es obtenida por la capitulación del enemigo. En cierta forma gran parte de la paz depende de Uribe (W Ospina recuerda cómo los sectores que apoyan a Uribe fueron quienes aplastaron en un baño de sangre el primer intento de las FARC por integrar la vida política nacional). Si quisiera comportarse como un verdadero hombre de estado tendría que dejar de lado el odio y el sentimiento de venganza que lo anima y apoyar el proceso actual. Pero quizás sea demasiado pedir. Por desgracia.

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