Artes

Cubrir la fuente; por Antonio Ortuño

Por Antonio Ortuño | 29 de noviembre, 2014

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Los periodistas especializados en literatura son, en México, una especie heroica: escasa y en peligro de extinción, han conseguido sobrevivir casi por error y a costa de sortear obstáculos notables. El primero es que, dado que, para el directivo de medios típico, la literatura es algo que sólo sucede en las efemérides o entre ancianos sabios y prestigiosos, los espacios editoriales que se le conceden son mínimos. Es más factible que las palabras de un maquillista lleguen a una primera plana (o al bloque principal de un noticiero) a que lo hagan las de un escritor que no sea doña Elena Poniatowska, especialmente si no son soflamas dedicadas a la política.

Esto tiene como consecuencia inmediata que los apoyos para cubrir información relacionada con la literatura en los medios sean muy limitados. Vaya: en cualquier redacción se sabe que los viáticos de la empresa están allí para apoyar a los que viajan “empotrados” con los políticos y funcionarios, a quienes cruzan el Estado, el país o el mundo para narrar el futbol (como si no hubiera televisión que lo hiciera ya y en vivo) y a quienes se dedican a reportar lo que sucede en los conciertos de los tonadilleros relevantes. Pero es raro, rarísimo, que un medio invierta en que alguien tome un avión y entreviste a un escritor (mucho menos a un promotor de la lectura o editor), especialmente si lo que le va a preguntar cae en el terreno de las letras.

¿Cómo han conseguido sostenerse estos periodistas que, insisto, son pocos, y deben compartir su vocación de indagar el mundo literario con los mil y un encarguitos cotidianos que les hacen? (“¿Tú eres el de los libros? Ah, mañana te me lanzas a entrevistar al doctor Mencháquez sobre su obra O la excelencia está en ti o te amuelas…)

Uno de esos precarios clavos ardientes son los apoyos institucionales. Es decir, los que las ferias del libro, festivales culturales e instituciones otorgan a la prensa para que acuda y pueda hacer la cobertura. ¿En qué consisten? Por lo general en boletos de avión (o autobús), un cuarto de hotel y alimentos. ¿Son hospedajes de primera, con champaña, ruleta rusa y caviar a puños? No. Francamente no hay comparación posible con los apoyos, esos sí de lujo, que se les ofrecen a periodistas que, por ejemplo, cubren información de tecnología, ya sea cibernética o automovilística: carísimos aparatos gratuitos, “pruebas de manejo” de vehículos de cientos de miles de pesos que duran semanas o meses, visitas a congresos y seminarios. Y qué decir de quienes cubren asuntos relacionados con el turismo, que son básicamente viajes con todo pagado a lugares exóticos en donde, por ejemplo, se pasea Brad Pitt en pijama.

Otro mecanismo de supervivencia, incipiente, es que los periodistas recurran a la red, pongan un blog o portal de notas culturales e intenten mantenerse a base de banners y donaciones. Poquísimos lo han conseguido. ¿Por qué? Porque una de los cinco millones de cosas valiosas a las que no hace caso la arbitrariedad de lo que llaman “el mercado” es la cultura. ¿Podemos, en rigor, aspirar a un periodismo pleno sin voltear hacia ella? No es posible sostenerlo. Hay que invertir en cultura y en el periodismo que la difunde.

Antonio Ortuño Narrador y periodista mexicano. Entre sus obras más resaltantes están "El buscador de cabezas (2006) y "Recursos Humanos" (finalista Premio Herralde de Novela, 2007). Es colaborador frecuente de la publicación Letras Libres y del diario El Informador. Puedes seguirlo en Twitter en @AntonioOrtugno

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