Artes

La nueva exposición de Cruz Diez: Rojo, verde, azul, los colores del siglo; por Cristina Raffalli

Por Cristina Raffalli | 28 de septiembre, 2014

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Fotografía de Alejandro Izquierdo

Fotografía de Alejandro Izquierdo

 

París se ve más joven cuando va agitada. Y así amaneció el día de la inauguración de la muestra de Cruz Diez en la galería Gimpel& Müller, en el No. 12 de la rue Guénégaud. Esa mañana, la luz de finales de septiembre en París se daba aires de verano.

El sol comenzaba a hacerse oblicuo y, aun así, se empeñaba en darse, como si quisiera llegar al otoño más liviano. Cerca de las nueve, sobre las calles de Saint-Germain-des-Prés se repetía la percusión milenaria de quienes las pisan sin caminarlas, sin verlas. El torrente del Sena avanza bajo los puentes. Las puertas asmáticas de los hoteles se abrían y se cerraban sin tomar aliento. Era indispensable detenerse si se deseaba escuchar el agua que regaba, en una jardinera cercana, las últimas begonias del año. Tobillos que se doblan, audífonos en los oídos, codos que tropiezan otros codos, disculpas automáticas, una ráfaga de rap, timbres de bicicletas y de teléfonos.

Un joven, desde adentro y a través de la puerta de vidrio nos hace señas de que debemos entrar por otra puerta, unos metros más allá. Cinco o seis pasos, tres o más codos, disculpas, tobillos, más rap. Y una puerta que sí se abre. Y otro mundo. Paris queda suspendida. Sólo existe el color.

En esa primera sala, el Maestro ha dispuesto la instalación de una Cromosaturación que ocupa todo el recinto: una obra tridimensional cuyo “soporte” es el espacio. Y desde ese espacio, con su aire, se adueña el color a tal punto que es él la única norma. Hasta la ley de la gravedad parece someterse a lo que el color señala y a lo que disponen sus vaivenes y su temperamento.

Pureza, utopía, infinito, palabras heridas por la historia, por las militancias y las subculturas espirituales, recobran aquí su vida y su sentido.

Atravesando esa instalación (a la que volvimos más tarde, pues el Maestro nos regaló una visita guiada) llegamos a las otras áreas de la exposición que lleva por título Rouge, vert, bleue, les couleurs du siècle (Rojo, verde, azul, los colores del siglo). En una segunda sala, obras bidimensionales de Inducción cromática y Color aditivo vuelven a comprobar el hallazgo por el cual Carlos Cruz Diez ya pertenece a la esfera más universal del arte: que el color existe fuera de la materia y que no requiere de ningún asidero para hacerse visible. Lo ha explicado muy claramente en la nota de prensa que su taller ha hecho circular, donde dice que el color “es una realidad autónoma que actúa sobre el espectador con la misma intensidad que el frío o el calor y que puede existir en el espacio sin ayuda de la forma, sin anécdotas, sin tiempo y, aun, sin ayuda del soporte”.

Los ahí presentes deambulamos, incrédulos o maravillados, reinventando, o redescubriendo o reviviendo cada obra en cada mirada desde cada ángulo. Y entonces llega el Maestro sonriente y enérgico, con ganas de conversar. Al rato, nos acompaña a recorrer la muestra mientras comparte su sabiduría.

Iniciamos el recorrido en la sala de las obras bidimensionales. Ahí Cruz Diez, con aire de estar divirtiéndose mucho, explica el porqué del título que lleva la muestra: “Todos los colores que veíamos antes de la televisión eran construidos a base de rojo, azul, amarillo y negro, colores químicos que se obtenían a través de la tinta. A partir de la televisión, hemos estado obteniendo colores físicos, los colores del prisma, el verde, el azul y el rojo. Yo he logrado los colores físicos a través de la química: con colores químicos sobre un soporte opaco obtengo los colores del prisma. Cuando comencé a hacer eso lo llamé los falsos prismas. Cuando nos acercamos a esta obra, por ejemplo, vemos ciertos colores que no están presentes cuando la observamos desde la distancia. Esta situación de mutación cromática continua es la base de mis investigaciones. El color que no está en el soporte pero que se produce ante el ojo en el espacio”.

Algunos incrédulos se acercan a las obras hasta que sus narices casi las tocan. Retienen mentalmente los colores de los trazos. Se alejan de la obra y sacuden la cabeza mientras miran gravemente a otro que han hecho lo mismo. Niegan con el gesto, repiten la operación e insisten: No puede ser… ¿cómo es posible? ¿Adónde se fueron?

Vencidos por la magia, ríen.

El maestro sigue recorriendo la sala con su erguido paso, cómodo entre el asombro de sus visitantes. Tiene mucho que contar.

“Cuando yo estaba en la Escuela de Bellas Artes en Venezuela, intuía que algo así podría suceder. Me preguntaba por qué todo el mundo pintaba de la misma manera, si la luz utópica nos da una información otra. Pero en ese momento no tenía la formación intelectual para poderlo estructurar. Un día estaba yo en la sabana venezolana y observé un fenómeno que ocurre en el mes de agosto: cuando hay un alto nivel de humedad y el sol se pone a eso de las seis de la tarde, se produce una saturación impresionante y todos los verdes desaparecen. Los colores de los árboles y de la tierra desaparecen y todo se vuelve naranja, casi rojo. Pero luego ese color también desaparece cuando termina la puesta de sol. El espacio es lo que se colorea. Sin soporte. Entonces yo me dije: Bueno, ¿y por qué no hacer color sin soporte? Es así que en estas obras el soporte es sólo un pretexto, necesario para que los colores sucedan en el espacio. Si te acercas y observas los colores, verás que todo el espectro que percibiste antes, a otra distancia, no existe. Los colores que vemos no son los que fueron aplicados. Es el color haciéndose, no el color preexistente. Toda mi investigación está basada en esto: el color como un acontecimiento, como algo que está sucediendo”.

 

“Induction chromatique doublé fréquence RVB”

Inducción cromática doble frecuencia


Esta sensación de lo fantástico que se experimenta cuando el color sucede fuera del soporte, en un no-lugar, está condicionada por un estricto sentido de la matemática. ¿Podría hablarnos de esta paradoja?
Si este trazado se hiciera de modo libre, el discurso resultante sería el trazado y no el evento cromático. Para ser eficaz en la elaboración hay que tener una gran precisión y un gran sentido de la sistematización. Yo comencé a investigar esto en los años 50, cuando aún nadie hablaba de programación ni de sistemas. Yo persistí con los medios disponibles, porque tenía muy claro que yo no quería hacer cuadros, sino soportes de eventos cromáticos: soportes de reflexiones.

Sin embargo, este proceso totalmente racional produce un resultado emocional que se aloja en el cuerpo del espectador.
Sí, porque el color es un evento afectivo. Hay una transformación y hay una emoción. Se trata de una elaboración que requiere sistematización, pero que conduce a la eficacia del discurso. La matemática y la repetición son medios que nos permiten leer el evento que se produce.

Después de tantos hallazgos a lo largo de tantos años, ¿continúa investigando, aun hoy en día?
Sí, porque el color es inagotable. Cada hallazgo es una sorpresa que lleva a otra, y eso nunca termina.

*

Nuestro paseo narrado continúa hacia la instalación. Inmersos de nuevo en el color, el Maestro explica:

Aquí estamos ante una obra en la cual ya el color no depende de un soporte, sino que pasa plenamente a ocupar el espacio. Aquí estamos en una saturación: rojo, azul y verde. ¿Por qué estos colores? Porque son los colores básicos de la percepción del ojo. Pero como el ojo no está hecho para la monocromía, porque es un órgano de prospección y está en continuo movimiento, cuando se somete a una situación de monocromía registra que ocurre una perturbación y comienza a reacomodarse, a buscar información, a querer saber qué es lo que pasa. Entonces, ¿ves cómo ese verde está sucediendo de este lado? Ahora espera unos segundos y verás cómo cambia, mientras tanto mira cómo allá el azul se saturó. Y este rojo que estás viendo aquí viene de la misma fuente que el lila que estás viendo allá. Percibimos el color en función de los mecanismos de nuestro ojo.

*

Esta instalación es más que una obra, no sólo se mira, se experimenta…
Sí. Esta instalación es una experiencia vital. No una experiencia estética, sino vital. Toda nuestra estructura se pone en juego en un punto de partida que es simplemente un fenómeno elemental. La lluvia, la oscuridad, el viento, la puesta del sol, son fenómenos capaces de desencadenar emociones. De la gota que cae sobre el agua quieta puede salir la poesía, la música, la pintura…Y ante fenómenos como éste, cada cual desencadena su propia mitificación.

¿Cómo supo, antes de hacer la instalación, que esto iba a suceder en el espacio de esta precisa manera?
Un día, experimentando con una fisicromía, fui haciendo varias pruebas de luz y me di cuenta de que pasaban cosas muy interesantes: la luz proyectada en la pequeña estructura la hacía adquirir una atmósfera. Entonces me pregunté cómo sería vivir ahí adentro. Así surgió la idea de esta instalación, donde se puede vivir justamente lo que yo había visto suceder a otra escala.

*

La exposición en la galería Gimpel & Müller durará hasta 2015. Y no es el único proyecto que el Maestro estrena en Europa este último trimestre del año. El 26 de septiembre inaugura su exposición Color espacial, que el público podrá visitar hasta el 8 de febrero en el Centro Cultural Internacional Niemeyer, en la ciudad española de Avilés, en Asturias.

Para ese hermoso complejo arquitectónico, creado por Oscar Niemeyer, el Maestro concibió una ambientación basada en bandas de colores aditivos e inducciones cromáticas. Se trata de obras efímeras creadas con computadora que pueden ser enviadas en forma de data para su impresión a cualquier parte del planeta.

Una vez clausurada la muestra, todas las obras serán destruidas.

Alguien repara en un piano de cola que hay en la sala donde están las obras bidimensionales:

— ¡Qué bueno sería dar aquí un recital! Entre estas obras, en este espacio tan bello…

“Sí… tal vez algo se puede organizar”, responde uno de sus colaboradores más cercanos. “Lo que sí te aseguro es que esta noche, después del vernissage, el Maestro va a querer salir a celebrar”. Se va a acostar tarde, emparrandado, pero mañana va a ser el primero que llegue al taller”.

Cristina Raffalli 

Comentarios (4)

Edgard J. González.-
28 de septiembre, 2014

A pesar de la obvia dificultad de “ver” una exposición de Cruz Diez a través de una narración escrita, el extraño propósito se logra a través de la magnífica y muy descriptiva prosa de Rafalli (aunque lo ideal es poder verla y sentirla in situ), pero lo que no logro entender es que “Una vez clausurada la muestra, todas las obras serán destruidas”. A eso no le encuentro sentido, ni nos explican la razón, lo cual sería muy útil para los lectores (la mayoría no tendremos el privilegio de ir a París, mientras CADIVI y los otros anacronismos sobrevivan).

Cristina Raffalli
29 de septiembre, 2014

Estimado Señor González, muchas gracias por sus palabras. Ante todo, le aclaro que las obras de Cruz Diez que serán destruidas no son las de la exposición de París sino las del Centro Niemeyer, en Asturias. Por otra parte, su comentario bien merece tanto esta respuesta como la previa consulta que hice al equipo del Maestro a fin de poder responderle con toda responsabilidad y precisión. La razón de que las obras sean destruidas al finalizar la muestra es la siguiente: Cruz Diez ha ideado un concepto de “obras efímeras” que permite la exhibición de las mismas en varios espacios en forma simultánea. En este momento, obras de esta categoría se encuentran al mismo tiempo en tres universidades de China, en Francia (Museo Vasarely) y España (Centro Niemeyer). Como se menciona en el texto, las obras (en su expresión virtual, en formato digital) son enviadas vía internet en forma de data a la institución receptora, quien procederá a imprimirlas siguiendo estrictamente las indicaciones técnicas que dicta el artista. Este procedimiento, muy ventajoso por razones logísticas, económicas y de seguridad, permite la producción física de la obra pero no su firma, cuando el Maestro no se traslada hasta el sitio de su impresión. Las obras que exhibe actualmente el Centro Niemeyer no están firmadas, y por esta razón deben ser destruidas al finalizar la muestra. Esto, sin embargo, no siempre ocurre así, los acuerdos que el Maestro suscribe con los diferentes centros expositivos pueden estimar, por ejemplo, que la obra sea devuelta a su autor una vez impresa o que, una vez firmada por el artista, pase a formar parte de cierta colección. Es importante subrayar que, luego de destruida cuando es el caso, la obra sigue existiendo virtualmente, de modo que su reimpresión siempre será posible. Su comentario no sólo es totalmente pertinente, sino que revela su sensibilidad ante la obra y la figura de nuestro Maestro Cruz Diez. Muchas gracias por su atenta lectura y por sus palabras que permitirán aclarar esta inquietud a más de un lector.

Edgard J. González.-
29 de septiembre, 2014

Sinceramente agradecido por su amabilidad de responder, y lo acucioso de la explicación, que en cierto modo aumenta el disfrute que tuve de la exposición de Cruz Diez, a través de su descripción inicial, ahora enriquecida con este magnífico complemento. Y me complace no sólo saber las razones que justifican la destrucción de las obras efímeras -por no llevar la firma del autor- sino también saber que algunas irán de regreso a su padre diseñador, y otras permanecerán en las respectivas Galerías, a la espera de las firmas y para seguramente pasar luego a formar parte del patrimonio particular de cada una de esas Casas de Arte. No sé si así se escribe, pero…muito Obrigado !

OSWALDO RODRIGUEZ
6 de octubre, 2014

ahora me gustaría saber como seria escuchar ese color rojo,azul y verde,debe haber alguna relación con la musica.

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