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Mundial Brasil 2014: ¿Un arma de doble filo para el gobierno de Rousseff?; por Franz von Bergen

Por Franz Von Bergen | 9 de junio, 2014
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Imagen de la Folha de S.Paulo

Mucho ha cambiado desde que desaparecieron los Juegos Olímpicos antiguos hace casi 2 mil años. En la era moderna, los eventos deportivos han dejado de ser periodos especiales de paz en los que los atletas se reúnen en Olimpia y muestran sus habilidades para honrar a los dioses. Ahora la propia organización de los torneos, sea un mundial de fútbol o una olimpiada de verano o de invierno, es una competencia. Los países se pelean por albergar los campeonatos y demostrar su fortaleza. Pasó con la Italia fascista de Benito Mussolini en el mundial de 1934; se repitió poco después con la Alemania Nazi en las olimpiadas de 1936; la Guerra Fría tuvo sus propias disputas con Moscú 1980 y Los Ángeles 1984; y, más recientemente, Sudáfrica quiso mostrar la cara nueva del continente negro con la Copa del Mundo 2010, a la vez que Vladimir Putin intentó anunciar el resurgimiento de Rusia en Sochi 2014.

Brasil no quiso quedarse fuera de esta lucha por destacarse. Estimulado por una economía pujante que ha crecido en 18 de los últimos 20 años, el país se encontraba en una ola de progreso que le permitió mejorar las condiciones socioeconómicas de sus habitantes y ganarse un lugar en la geopolítica mundial. Eso lo llevó a tener la ambición de querer mostrar ese desarrollo al mundo. De esta forma, compitió hasta hacerse con dos tesoros deportivos: el mundial de fútbol FIFA 2014 y las olimpiadas de Río de Janeiro 2016.

Según cifras oficiales, el gobierno brasileño invirtió 11,3 millardos de dólares entre infraestructura y estadios para organizar la Copa del Mundo, lo que lo convierte en el torneo de este tipo más caro de la historia. El gasto, sin embargo, resultará inútil si los estadios no están en perfectas condiciones para la competición y la organización se ve manchada por las protestas de ciudadanos que ya restaron color a la Copa Confederaciones de hace un año. El riesgo real de que eso termine sucediendo se empezó a percibir en 2012, cuando el secretario general de la FIFA, Jerome Valcke, llegó a decir que a los brasileños había que darles “una patada en el trasero” para que se pusieran a trabajar. Tratando de buscar la gloria internacional, Brasil corre el riesgo de convertirse en decepción.

Ira con el mundial

El 15 de junio de 2013, el mundo se dio cuenta de que los brasileños están molestos por la realización del mundial en su país. Era la inauguración de la Copa Confederaciones y el discurso de la presidenta, Dilma Rousseff, fue interrumpido por abucheos. La situación se reprodujo luego en las calles y todo el torneo estuvo marcado por las protestas. El día de la final, se sintió un olor a gas lacrimógeno en el partido Brasil-España: la policía estaba reprimiendo a manifestantes cerca del estadio.

Es curioso que en uno de los países más futboleros del mundo la mayoría de los habitantes diga estar “descontento” por la realización del Mundial en su tierra (según la última encuesta del Pew Research Center, el porcentaje de insatisfacción llegó a 61% a principios de junio). Paradójicamente, la explicación para tal fenómeno parece estar en el mismo progreso que ha experimentado Brasil en las últimas décadas.

El año pasado, Mason Moseley y Matthew Layton, investigadores de la universidad estadounidense de Vanderbilt, desarrollaron un estudio en el que se concluye que uno de los detonantes de las manifestaciones puede ser la reducción de la pobreza extrema, que pasó de 25% a 2,2% en 2009. Ese avance vino acompañado de mejoras en los niveles educativos, lo que aumentó la base de ciudadanos conscientes de los problemas del país y motivados a unirse a los movimientos de protesta debido a la facilidad de compartir información a través de herramientas digitales.

Y es que en Brasil, pese a los avances sociales, sigue habiendo razones para protestar. Moseley y Layton se basan en las cifras del estudio Latinobarómetro 2012 para delinear las principales motivaciones: insatisfacción con los servicios públicos, lo que se complica aún más si se considera que los brasileños pagan altos impuestos (alrededor de 36% del PIB del país); desencanto con el sistema político y descontento con sus dirigentes (en 2012 fueron el cuarto país latinoamericano con menor apoyo a su régimen político); y una alta percepción de corrupción (65% de los brasileños sentían en 2012 que su sistema sufría de este mal).

La gigantesca inversión hecha para el mundial acrecentó los descontentos. La FIFA exige 8 estadios de la mayor calidad para albergar los 64 partidos, pero Brasil quiso ir más allá y ofreció 12. Eso no sólo implicó condicionar 4 canchas más de lo necesario, también significó preparar otras 4 ciudades, lo que aumentó los gastos de infraestructura. 5 estadios fueron construidos, incluyendo el Mené Garrincha, en Brasilia, donde fue abucheada Rousseff en 2013. Con un costo de 601,5 millones de dólares, este recinto de fútbol se convirtió en el tercero más caro del mundo.

El gobierno brasileño asegura que no ha reducido la inversión social por los gastos del mundial. Argumentan que desde 2010 se han destinado 366,9 millardos de dólares a educación y salud, 100 veces más de lo gastado en estadios. También esperan recuperar la inversión tras la cita deportiva, la cual calculan que puede dejar unos ingresos de 13,3 millardos de dólares, lo que paliaría los gastos hechos para el evento.

Pero algunos brasileños no confían en las cifras oficiales. El periodista Jamil Chade, autor del libro La Copa tal como es, asegura que el costo total asciende a 17,5 millardos de dólares, más que el gasto de Alemania 2006 y Sudáfrica 2010 juntos. Además, advierte que fue una mentira que la inversión se haría con dinero privado y público. “De cada 9 dólares, 8 fueron pagados por el gobierno. Esta es una de las grandes traiciones a la Copa”, expresó al presentar su libro a final de mayo. Molestias como esta hacen que los grupos de protesta tengan preparada una agenda de manifestaciones para hacerse sentir en las 12 sedes del campeonato mientras se realice. Las actividades ya comenzaron a principios de junio con una huelga de transporte en Sao Paulo.

Guerra política

A la crítica se han sumado algunas voces reconocidas como la de Ronaldo, delantero estrella de Brasil que fue pieza clave para la canarinha en el mundial que ganaron en 2002. Pese a ser miembro del comité organizador, el ex futbolista reprobó la planificación en una entrevista que le hizo el periódico Folha de Sao Pauloa final de mayo.

“He seguido todo muy atentamente”, afirmó. “Esperaba que todo saliera bien, aun hasta el último minuto. Es una vergüenza. Me siento consternado. Hay un desprecio hacia la población. Creo, principalmente, que no hubo una planificación seria. Y tuvimos tiempo: siete años”, afirmó.

Pese a que las críticas están sustentadas por el retraso de las obras en algunas sedes, que a menos de una semana del inicio del torneo todavía no estaban listas, las declaraciones de Ronaldo crean dudas sobre su intencionalidad. El astro es amigo de Aecio Nieves, político socialdemócrata y principal rival de Dilma Rousseff en las elecciones presidenciales del próximo octubre.

Aunque la candidata del Partido de los Trabajadores se mantiene como favorita, una encuesta publicada en mayo por el instituto Datafolha señaló que su intención de voto bajó a 37%, mientras que la de Nieves subió a 20%. Lo que ocurra con el mundial puede terminar definiendo el resultado de los comicios. Así como lo que ocurra con la selección brasileña en el campo podría determinar el fracaso o él éxito de la organización del Mundial.

“Hay quienes dicen que si no ganamos nos vamos todos al infierno”, respondió Chade durante la presentación de su libro cuando le preguntaron sobre qué pasaría si Brasil pierde la Copa. La FIFA ha tomado sus propias previsiones para no depender tanto de cómo ruede el balón. Por ejemplo, Joseph Blatter, presidente de la organización, informó a la agencia DPA que en la inauguración no habrá discursos de políticos, intentando así que no se repita el episodio del inicio de la Confederaciones.

Pero si Brasil levanta la copa el 13 de julio en el Maracaná, algunos brasileños piensan que el resultado también puede ser negativo. “El verdadero peligro es que la selección gane el campeonato, porque entonces van a justificarlo todo”, declaró el autor de La Copa tal como es.

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Franz Von Bergen 

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