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2 recuerdos en homenaje a Michaelle Ascencio, por Rodrigo Blanco y Oscar Marcano

Por Prodavinci | 29 de marzo, 2014
Michaelle Ascencio, por Lisbeth Salas (Fundación Fotografía Urbana)

Michaelle Ascencio, por Lisbeth Salas (Fundación Fotografía Urbana)

 

Rodrigo Blanco Calderón

Una vez me encontré a Michaelle y a su hija, Melisa Barreto, en un automercado. Michaelle se me acercó, emocionada, a decirme que había leído un libro mío, Las Rayas. Animado por la expresión de su rostro me atreví a preguntarle qué le había parecido.

– Quedé horrorizada –dijo con la misma sonrisa de emoción.

No supe cómo interpretar aquello, pero Michaelle continuó. Le había parecido terrible la imagen de la UCV que había en el cuento que le daba título al libro. Yo pensé que era por las altas dosis de drogas y decadencia que puse en ese texto. Pero Michaelle se refería a otra cosa.

– Los personajes entran y salen de la Universidad como si nada –me dijo–. Para nosotros, la Universidad era un lugar sagrado.

Nunca había prestado atención a la manera en que los personajes de ficción entraban o salían de los espacios narrativos. Ahora entiendo que lo sagrado y lo profano dependen del modo en que uno se aproxima o se aleja de ciertos lugares y de ciertas personas. Michaelle, que tanto comerció con deidades de distintos tipos, sabía aproximarse y alejarse de una manera única: esa oscilación que sólo ahora podemos llamar su ”vida” y que tuvimos la gracia de conocer.

Oscar Marcano

Fue en uno de esos eventos que promueve la Embajada de Francia en torno a la francofonía. Michaelle, Rodrigo Blanco y yo debíamos hablar sobre un autor contemporáneo francés. Rodrigo lo haría sobre Michel Houellebecq y este servidor sobre Patrick Modiano. Nadie sabía sobre quién iba a disertar la ex directora de la Escuela de Letras, la única francófona originaria del grupo.

Se va llenando la sala, y en eso llega Michaelle, y le pregunto:

– ¿Sobre qué escritor vas a hablar, querida Michaelle?

– ¿Escritor?

– Sí, claro. Eso fue lo que nos pidieron. Cada uno de nosotros debe hablar sobre un autor francófono contemporáneo.

– Ah, yo no entendí eso –dijo la autora de Amargo y dulzón.

– ¿No? ¿Y de qué será tu charla?

– De la francofonía. Del francés del siglo XVII, de Haití, de muchas cosas.

Y así fue gracias a Dios.

Mientras nosotros perorábamos sobre dos estilos narrativos, ella daba una de las más bellas clases magistrales sobre el francés de América. Nunca tomé tantos apuntes como en esa inolvidable charla de la vital Michaelle Ascencio, a quien ya no tendremos físicamente, pero su risa, su vívida mirada y su obra, siempre ocuparán un lugar entre nosotros.

***

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Prodavinci 

Comentarios (2)

Gelvis Sequera
31 de marzo, 2014

Por todas las cosas que suceden en caracas. No puedo ir a darle el ultimo adiós a Michelle.Pensar, que estoy en el Cafetal y esta todo trancado. Ella,su Flia y los amigos que pudieron llegar, entenderán por que no estoy físicamente con ellos. Paz a sus restos.QEPD.

Alberto Hernández
31 de marzo, 2014

La mirada de esta mujer sigue pendiente de nuestro color interior. Sagrada es su manera de decirnos y de vernos en su narrativa. En su forma de hablar, en el destino de sus palabras, de sus distintas voces. Hoy, cuando el silencio le pellizca el alma, ella regresa a las orillas de su mar Caribe, a la francofonía de su belleza. El viaje que emprende la hará encontrarse con los otros que la precedieron y que igual escribieron el alma y la piel de un país.

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