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Apostar sin miedo, por Piedad Bonnett

Por Piedad Bonnett | 29 de enero, 2014

FARC-guerrilleros-640

Es claro que la paz, tal y como la soñamos los colombianos, no se va a lograr a corto plazo, básicamente porque en este país los oscuros agentes de la guerra resucitan una y otra vez con un rostro distinto.

Desde hace meses, por ejemplo, asistimos impotentes al asesinato sistemático de los líderes de tierras, muchos de ellos atribuidos a los Urabeños, una de las tenebrosas bandas criminales que nacieron del paramilitarismo en alianza con el narcotráfico. Y fuerzas oscuras, muy seguramente de la ultraderecha, han matado a 28 integrantes de Marcha Patriótica y amenazado a muchos otros, hasta el punto de que se anuncia la desintegración de ese movimiento.

Y, sin embargo, creo firmemente que si se sella la paz con las Farc en La Habana, y ojalá también con el Eln, será mucho lo que habremos avanzado. Y que esta es una oportunidad única, que si fracasa produciría en buena parte de los colombianos una enorme frustración. Por eso, y pensando desde ya en la consulta popular que propone Santos, me preocupan los ciudadanos que se aterrorizan cuando piensan que los comandantes guerrilleros pueden llegar al Congreso, porque se imaginan ya a Colombia como otra Cuba o como la Venezuela chavista.

Es claro que, a pesar de las acciones bárbaras que durante años han cometido las Farc, muchas de las peticiones de sus líderes en la mesa de negociación son justas. Aunque cerremos los ojos, ahí están las cifras que acaba de dar otra vez Oxfam, que ratifican que la brecha entre ricos y pobres en Colombia sigue idéntica 30 años después, y que el 20% del ingreso nacional está en manos del 1%. Y nadie puede negar el abandono de años al que ha estado sometido el campo, los desastres de la minería y la crisis ya eterna de la salud. Porque se necesitan urgentemente cambios, precisamente, creo que sería muy importante para nuestra democracia que algunos personajes de esa guerrilla, tan recalcitrante y tan miope, y a veces tan obsoleta, pudieran ejercer la política. Desde allí tendrían que dar otra batalla, no ya con las armas sino desde nuestros órganos legislativos. No es fácil ganarla, pero tampoco imposible: ejemplos exitosos hay muchos, comenzando por el de Mujica, que tan bien lo ha hecho en Uruguay. Es posible que en escenarios distintos al monte, y puestas en sintonía con realidades que han perdido de vista, las vidas de algunos de estos hombres, dedicadas durante años a una guerra que definitivamente no logró hacer las transformaciones que alguna vez soñaron, tengan una segunda oportunidad sobre la tierra. Eso sí, de acuerdo con De la Calle, siempre y cuando la paz se apoye en una estrategia integral que incluya “medidas judiciales y extrajudiciales para la satisfacción de los derechos de las víctimas…”.

Sí, magnífico que en un segundo período Santos lograra acuerdos en la mesa de La Habana. Pero mejor aún si él fuera más allá y, aprovechando la oportunidad que le ha dado la historia, se empeñara en buscar la única paz duradera: la que se logra garantizando a un pueblo justicia, vida digna, oportunidades. Eso por lo que alguna vez pelearon las Farc.

Piedad Bonnett 

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