Vivir

El asco (dos años de investigación sobre el hambre), por Martín Caparrós

En este texto, publicado por el escritor argentino en El País, Caparrós repasa sus dos años de investigación sobre el hambre, un problema a cual llama "el menos cacareado de los grandes problemas del planeta"

Por Martín Caparrós | 24 de noviembre, 2013

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Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre –y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadero.

Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. Pero entre ese hambre repetido, cotidiano, repetida y cotidianamente saciado que vivimos, y el hambre desesperante de quienes no pueden con él, hay un mundo de diferencias y desigualdades. El hambre ha sido, desde siempre, la razón de cambios sociales, progresos técnicos, revoluciones, contrarrevoluciones. Nada ha influido más en la historia de la humanidad. Ninguna enfermedad, ninguna guerra ha matado más gente. Ninguna plaga sigue siendo tan letal y, al mismo tiempo, tan evitable como el hambre.

* * *

Llevo más de dos años trabajando en un libro sobre el hambre: viajando por África, Asia, América para contar el menos importante, el menos cacareado de los grandes problemas del planeta: que hay casi novecientos millones de personas que no comen suficiente. Para contar sus logros, sus problemas, sus horizontes cortos, su desesperación: sus vidas. Para escucharlos y pensar. Lo bueno es que no le importa a casi nadie. Aprendemos a vivir con ese peso, practicamos, practicamos; nos sale cada vez mejor. Desidia sin esfuerzo, ombligos relucientes.

Hace unos años, Ban Ki Moon, secretario general de las Naciones Unidas, puso en circulación una cifra que quedó repetida y arrumbada: cada menos de cuatro segundos una persona se muere de hambre, desnutrición y sus enfermedades. Diecisiete cada minuto, cada día 25.000, más de nueve millones cada año: un Holocausto y medio cada año.

¿Entonces qué? ¿Apagar todo e irnos? ¿Sumirnos en esa oscuridad, declarar guerras? ¿Declarar culpables a los que comen más que una ración razonable, a los que tiran lo que tantos necesitan? ¿Declararnos culpables? ¿Entregarnos? Suena hasta lógico. ¿Y después?

* * *
Cuando deben enunciar las causas del hambre, los gobiernos y los grandes expertos y los organismos internacionales y las fundaciones millonarias suelen repetir cinco o seis mantras:

Que hay desastres naturales –inundaciones, tormentas, plagas. Y sobre todo la sequía: “La sequía es la mayor causa individual de falta de alimentos”, dice un folleto del Programa Mundial de Alimentos.

Que el medio ambiente está sobreexplotado por prácticas agrarias abusivas, exceso de cosechas y de fertilización, deforestación, erosión, salinización y desertificación.

Que el cambio climático está “exacerbando condiciones naturales que ya eran adversas” y va a empeorar los problemas en las próximas décadas.

Que los conflictos de origen humano –guerras, grandes desplazamientos– se han duplicado en los últimos veinte años y que provocan crisis alimentarias graves, por la imposibilidad de cultivar y pastorear en ese contexto o, más directamente, porque alguno de los bandos usa la destrucción de cultivos, rebaños y mercados como un arma.

Que la infraestrucura agraria no alcanza: que faltan máquinas, semillas, riego, almacenes, carreteras. Y que muchos gobiernos prefieren ocuparse de las ciudades porque es donde hay poder, dinero, votos.

(Los más osados hablan incluso de la especulación financiera que disparó los precios de los alimentos y de la ineficiencia y corrupción de los gobiernos de esos pobres países pobres.)

Y después hay algo que llaman “trampa de la pobreza”. Textos del PMA la describen someros: “En los países en vías de desarrollo, con frecuencia los campesinos no pueden comprar las semillas para plantar lo que daría de comer a sus familias. Los artesanos no pueden pagar las herramientas que necesitan para sus oficios. Otros no tienen tierra o agua o educación para sentar las bases de un futuro seguro. Los que están golpeados por la pobreza no tienen suficiente dinero para producir comida para ellos y sus familias. Así, tienden a ser más débiles y no pueden producir suficiente para comprar más comida. En síntesis: los pobres tienen hambre y su hambre los atrapa en la pobreza”.

En este relato –en estos relatos oficiales– solo el hambre tiene causas. La pobreza solo tiene efectos.

* * *

Todos los organismos, estudiosos, gobiernos que se interesan por el asunto están de acuerdo en un hecho: hoy la Tierra produce comida más que suficiente para alimentar a todos sus habitantes –y cinco mil millones más.

Y mientras tanto el mundo sigue ahí, tan bruto, tan grosero, tan feo como de costumbre. A veces pienso que todo esto es, antes que nada, un problema estético. Repugna a cualquiera de las formas de la percepción la grosería de personas poseyendo, desperdiciando sin vergüenza lo que otras necesitan a los gritos. Ya no es cuestión de justicia o de ética; es pura estética. La humanidad debería tener por lo que hizo con sí misma esa desazón que tiene el creador cuando da el paso atrás, mira su obra, y ve una porquería. La conozco.

Llevo años escribiendo un libro sobre la fealdad más extrema que puedo concebir. Un libro sobre el asco –que deberíamos tener por lo que hicimos y que, al no tenerlo, deberíamos tener por no tenerlo.

Callado, el asco se acumula, se amontona.

Como el hambre.

***

Para ver la versión publicada en El País, haga click acá.

 

 

Martín Caparrós 

Comentarios (2)

Omaira
24 de noviembre, 2013

Este artìculo me recuerda a mi querida amiga Irma Màrquez,quien sostenìa que la pobreza era un cìrculo vicioso. Comparto plenamente la preocupaciòn del autor: producimos suficiente para alimentarnos y sin embargo existen personas muriendo de hambre. ¿ què està pasando?, ¿què hacemos? ¿por què pasa eso?, ¿los programas/proyectos y planes para erradicar el hambre y la pobreza estaràn bien planteados? ¿atacan las causas?

Pedro
25 de noviembre, 2013

Por qué cuando hablamos de hambre siempre nos olvidamos de Europa?, empezando por los propios europeos, que son quienes menos quieren hablar de su propia Hambre, para sus gobiernos en realidad los problemas (políticos en primer lugar, sociales, económicos…) sólo son de “los otros”: América, África, Asia. Es una impostura? o más bien es un clarísimo esnobismo? o es un tipo de clasismo (para con otros países, en este caso, no para con individuos)?…Negar la realidad social no es casual; es una estrategia política como cualquier otra: es una estrategia operativa con objetivos muy evidentes. En la democracia liberal lo que ocultas no existe, no sucede: no es un problema real. Hay hambre en Europa senores!!, y la ha habido siempre, ininterrumpidamente a lo largo de toda la historia contemporánea. Una vez más no hablaré de los países que todos sabemos que pasan hambre con la crisis económica que aún coletea (Espana, Italia, Grecia, Portugal, Irlanda?…) o de los que siempre han pasado hambre (Rumanía, Hungría…, los anteriormente nombrados se podrían incluir en esta categoría). Hablo de las sociedades llamadas “avanzadas”: Alemania, Inglaterra o Francia. Allí también hay un porcentaje de la población que no es capaz de comer lo suficiente para una vida saludable, incluso que está en riesgo siempre de desfallecer y finar: son cifras considerables, cifras de alarma!, aproximadamente un 10-15 % de la población?, quizás más, las cifras van por ahí senores….El ultracapitalismo y las políticas sociales débiles, la ausencia de “rentas básicas” universales afectan a todo el mundo senores. Ninguna sociedad queda fuera de este cómputo, ninguna.

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