Artes

El tigre está en los libros. Visiones sobre la llamada literaria; por Nuria Amat

A continuación se publica el discurso dado por la escritora Nuria Amat de la XIV Edición de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). El discurso de apertura de la FILUC ha contado con voces como las de Carlos Monsiváis, Fernando Savater, Antonio Skármeta y Sergio Ramírez.

Por Prodavinci | 22 de octubre, 2013

La literatura está hecha para el amor, dice Borges. Así lo he querido creer siempre. He pasado mi vida leyendo y escribiendo libros, fabulando sobre ellos y especulando a propósito de la muerte y resurrección de un objeto querido y, en ocasiones, también ridiculizado o quemado. He llegado a convertir a libros y a sus autores en personajes de novela. Amo los libros. Pero amo todavía más la misteriosa luz que desprenden las palabras escritas en sus páginas. Un nacimiento continuo de voces y mundos nuevos que sus autores crean movidos por un destino claro, entusiasta y honesto: Que la vida tiene sentido mientras la palabra escrita permanezca.

A este oficio de ensartar palabras decidí consagrar mi vida. El libro fue el tigre borgiano de mi leyenda personal cuando aun no había aprendido a leer sus páginas. Si bien las leía a mi modo. Inventando señales a partir de las líneas negras y dudosas que su piel amarillenta reflejaba. Escribir y leer ha sido un feliz subterfugio para poder hablar con mis queridos ausentes y sigue siendo pasaporte de llegada y salida de afectos perdurables. Algunos de mis libros (novelas incluidas) llevan los siguientes títulos: El ladrón de libros, El libro mundo, Todos somos Kafka, Letra Herida, El lenguaje del silencio y Escribir y callar. Cuando apareció el primero, en 1988, nadie, salvo alguna excepción lectora, fue capaz de entender que hubiera escrito un libro sobre fanatismos librescos a los que me atrevía añadir ciertos elementos de la vida íntima. Estuve a punto, sin embargo, de conseguir un posible lector devoto. En una pequeña librería de mi barrio robaron un ejemplar de El ladrón de libros frente a los ojos del kiosquero que al advertirlo salió corriendo a detener al pobre ladrón convencido éste de que se estaba llevando un manual de robo en librerías. En el medio universitario en el que era profesora de Documentación y Nuevas Tecnologías ninguno de mis colegas bibliotecarios se dio nunca por aludido de la existencia de este objeto rectangular con foto incluida y firmado por alguien perteneciente al claustro. Mi libro, además de extraño, parecía haber adquirido el atributo de la invisibilidad. Cosa, por otro lado, nada sorprendente. Una alumna se atrevió a preguntarme si yo era la autora del libro invisible y de ser así, se interesó por saber si lo que contaba en el libro reflejaba mi vida verdadera. Ella opinaba que sí. Se trataba de un libro sobre bibliómanos asesinos. Y yo no estaba tan segura como para rebatirle lo contrario.

Cuando el gran Borges, muerto de ostracismo y desánimo, trabajó unos años en la biblioteca municipal Miguel Canet de Buenos Aires (que por supuesto, he visitado) otro empleado y colega suyo, al descubrir en una enciclopedia el nombre del bibliotecario que tenía al lado se sintió obligado a realizar esta obra caritativa con su colega: “Fíjese, Borges, hay otro tipo que lleva su nombre y es escritor”. Esta anécdota ocurrida al maestro Borges, bibliotecario, me confortó durante aquellos años también difíciles para mi.

Pueden creerme cuando digo que escribir estas novelas calificadas de raras en la época, no obedecía a ningún propósito pensado de antemano fuera de la exploración de mi propio compromiso creativo. Cada libro mío ha surgido como efecto de una llamada involuntaria. Llámese musa, eureka o iluminación llegada no solo por la suerte de ser tocada por el encantamiento mágico, sino también por una necesidad emotiva personal y un deseo intelectual propiciatorios. No era para nada consciente, entonces, de que una parte de mi obra podía ser clasificada con la etiqueta de meta literatura. Claro que entre mis autores preferidos del momento estaban Barthes, Calvino, Canetti, Woolf, Blanchot y sus profecías respectivas sobre la muerte del autor, el fin del libro y el placer sagrado para algunos de poder resucitar un texto. Si escribía historias reales o imaginarias de escritores, era seguro para sentirme acompañada y en perfecta concordia con las letras. El camino de mi escritura, siempre tan solitario, seguía el camino de mis lecturas y afectos literarios. Reclamaba con ser comprendida por mis maestros, guiada por ellos, al tiempo que también buscaba con apremio poner mi grano de arena para evitar que fueran enterrados en el magma de lo ya se presentía como la invasión de una nueva literatura, más comercial y expeditiva que propiamente literaria. Debía sentir, además, alguna necesidad esencial de inmortalizar las voces de los grandes con la mía propia, protegerme en ellas, o mejor, trascenderlas a la manera del antiguo escriba que garabateaba a todas horas las palabras dictadas por una invención llamada biblioteca.

Uno de mis autores favoritos fue Borges. Borges y su maravilloso descubrimiento del tigre. El tigre fue siempre una obsesión para Borges. La luz que guiará su vocación de escritor. Viene a significar el símbolo más hermoso de su biografía literaria debido a que el tigre encarnará la literatura que ama y, en consecuencia, la literatura que fundará a partir del impacto de ese encuentro de la infancia. Desde aquel día en el zoológico de Palermo, paseando de niño con su hermana Norah, el tigre será para Borges la luz que guiará su vocación de escritor. El símbolo más hermoso de su biografía literaria, el más real, de carne y hueso, pues a diferencia de bibliotecas, péndulos, jardines imaginarios, etc, el tigre de Borges está vivo y está muerto. “Al tigre de los símbolos”, de la literatura, Borges quiere oponer el tigre de verdad, el de caliente sangre pero sufre por ello porque solo el hecho de nombrarlo (o sea: escribirlo) se vuelve ficción y debe seguir buscando el real. Es decir: debe seguir escribiendo.

Recuerden algunos versos del poema: El otro tigre.

“Pienso en un tigre. La penumbra exalta
La vasta Biblioteca laboriosa
Y parece alejar los anaqueles;…..
Desde esta casa de un remoto puerto
De América del Sur, te sigo y sueño,
Oh tigre de los márgenes del Ganges.

Cunde la tarde en mi alma y reflexiono
Que el tigre vocativo de mi verso
Es un tigre de símbolos y sombras,
Una serie de tropos literarios
Y de memorias de la Enciclopedia…”

“Después”, (nos advierte) “vendrán otros tigres”.

Basta con recurrir a su obra para darnos cuenta donde se encuentran precisamente estos tigres y hasta que punto el tigre será la metáfora más personal, por no decir afectiva, del mundo literario del escritor.

Veamos cómo Borges titula el poema: El otro tigre. Detalle inevitable que lleva a pensar en el famoso relato El otro Borges. El Borges que escribe los libros, el inmortal, al que le ocurren las cosas mientras que el primer Borges, lector, bibliotecario y mortal, se deja vivir para que el otro Borges pueda tramar su literatura.

¿El otro tigre es en realidad el otro Borges? Mucho me temo que sí. ¿Cuál de los dos escribe este poema? ¿Cuál de los dos tigres?

Me gusta pensar que los tigres de Borges son las voces literarias raptadas por el deseo de la palabra y que de forma ineludible, como Hamlet en su monólogo, se interrogan el seguir existiendo o no de la literatura que bien tiende a desaparecer como los tigres de la ficción borgeana.

El tigre de Borges, en verdad, la llamada de Borges a su vocación de escritor.

Y también como el autor argentino, los escritores saben (o sabían, porque hoy las cosas han cambiado) que literatura y vida son inseparables al punto que dedican parte de su obra a explicar su ser o no ser en la literatura.

¿Qué es, entonces, la literatura? Para los grandes maestros, literatura es aliento de vida. Una especie de camino de perfección. Lo primero y lo sagrado de cualquier cosa. Para los nuevos escritores la respuesta parece ser distinta. El antiguo camino espiritual se ha desvirtuado bastante y priman en el oficio otras razones más materiales y difusas. Vamos a revisarlo a partir de los testimonios de dos autores de excepción como son Franz Kafka y Jean Paul Sartre.

Kafka, en sus cartas a su prometida Felice, le dirá una y otra vez, hasta que su enamorada lo entienda, que escribir es un obstáculo para la felicidad común. En realidad, le está confesando que su vocación de entrega absoluta a la devoción literaria no le permite atarse a un matrimonio y a los deberes compartidos que ello conlleva. Escribir es un trabajo de ermitaño. ¿Por qué escribe, entonces? Kafka responde a la pregunta en forma de alegato: “Toda mi forma de vida está centrada en la vocación literaria”. Y sigue; “Mi felicidad, mi habilidad y cualquier otra posibilidad de ser útil de alguna forma se encuentra desde siempre en lo literario. No se trata de una tendencia a escribir, queridísima Felice, no una tendencia, sino yo mismo”.

No se puede ser más claro y preciso, ante una futura esposa que, lejos de deprimirse, saldrá corriendo del peligro.

Con su amante Milena, Kafka será más explícito. Le hablará de igual a igual cuando le dice: “Y de continuo busco comunicar algo no comunicable, explicar algo inexplicable, hablar de algo que llevo en los huesos y que solo puede ser vivido en estos huesos”.

Años después, en 1948, Jean Paul Sartre dedicará un libro entero, aparte de coloquios y entrevistas posteriores, a responder a la famosa pregunta sobre el significado de la literatura si bien el autor de la pequeña joya titulada Las Palabras, se apartará de la idea romántica que implica la respuesta con un sencilla aunque trascendente variante: ¿Para qué sirve la literatura? Bajo este título voluntariamente interesado Sartre expondrá sus teorías sin duda revolucionarias para la época..

Situémonos en el momento histórico. Acaba de terminar la Segunda Guerra mundial, el nazismo está presente y Europa sufre una crisis política y social en todos los sentidos. Una crisis que impulsa a los mejores a cuestionarse, por lo menos, sobre el papel del arte y el interés o no de continuar propiciando la existencia de un artista vocacional, pobre como una rata, para el que la inspiración y la obra son los únicos valores que han de prevalecer en su oficio.

Sartre considera anticuadas las inquietudes del literato tradicional a propósito de su arte que, advierte, seguirá enfermizo si no invoca la manera en la que el escritor y su libertad se relacionan con el propio arte literario. Aquí introduce el término libertad, como sabemos, tan preciado y al mismo tiempo manipulado. Pero añade otro concepto esencial. El tema del compromiso y la necesidad de otorgar con ello una dignidad a nuestra literatura. Dicho en otras palabras:

El escritor deja de ser el Yo particular para convertirse en el Yo social y comprometido.

¿Qué más sucede con el Sartre revoltoso? En una conversación del filósofo con otro escritor de talla como Jorge Semprún, y publicada en Ruedo Ibérico en 1965, lo explica sin reservas.

“Siempre he pensado que si la literatura no lo era todo, no era nada. Y cuando digo todo, entiendo que la literatura debía darnos no solo una representación total del mundo –como pienso que Kafka la ha dado a su mundo-  sino también que debía ser un estímulo de la acción, al menos por sus aspectos críticos”.

Sabemos hoy (y Sartre lo admitió después) que, salvo excepciones contadas, la literatura no puede estar condicionada a ningún otro compromiso que el propio del creador de la obra. Llámese compromiso histórico, político o productivo. Por cierto, este último proviene de un mercado editorial con el que Sartre, entonces, no contaba.

Pero, por suerte para los amantes de la literatura, las tesis de Sartre están llenas de contradicciones. El escritor se comprometió muchas veces en su vida. tantas como las ocasiones en que rompió sus compromisos. Mencionaré una de sus rectificaciones de la cita anterior:

“Los peores artistas son los más comprometidos: ahí tiene a los pintores soviéticos”.

Y ya cansado de tener que pasar la vida  defendiéndose de sus alborotadoras tesis sobre el compromiso ético del escritor, Sartre vuelve a desdecirse y a escribir:

“Y como los críticos me condenan en nombre de la literatura, sin decir jamás qué entienden por eso, la mejor respuesta que cabe darles es examinar el arte de escribir, sin prejuicios. ¿Qué es escribir? ¿Por qué se escribe? Para quien se escribe?. En realidad, insiste Sartre, parece que nadie ha formulado nunca estas preguntas”.

Voy a tratar de responder ni que solo sea a una de las tres incógnitas sugerida irónicamente por Sartre, ¿Por qué se  escribe?

Hasta hace pocos años la escritura literaria obedecía a una necesidad existencial, un oficio de vivir, una manera de ver la vida, una conmoción mental, un sentirse transportado a ello, una iluminación, en suma: una vocación con todas las obligaciones que esta inspiración implica.

Grandes escritores han llegado a dar la vida por la literatura, como si tuvieran que pagar con su muerte el precio de haber sido víctimas y verdugos de la palabra. Pocos del oficio se acuerdan de la entrega absoluta del autor a una tarea solitaria en exceso, de los fracasos que el aspiración conlleva, de sus deseos siempre insatisfechos, de su angustia y, sobre todo, de su exasperada sensibilidad.

Hablar hoy de suicido por vocación literaria es una excentricidad. Hablar de estilo es enterrarse en vida. Y, sin embargo, motivos parecidos a los de Kafka son los que han inspirado a los autores universales. ¿Quién se acuerda de ellos? No han tiempo para enredos mentales teniendo en cuenta que los valores culturales reposan en los cementerios.

Todo apunta a que el escritor ha abandonado el deseo de crear una obra de arte y el deseo, consecuente, de trascender con la palabra. El placer de la obra misma, al margen de un posible éxito o del poco probable enriquecimiento económico, son despojos de otras épocas. Además, ahora, el triunfo debe de ser inmediato. Y la promoción y exigencia de ventas de libros priman sobre cualquier otra actividad literaria.

Da la impresión de que el duende, musa o voz visionaria que transporta al autor a textos inmortales se ha fundido en el rincón más oscuro del cuarto de trabajo, junto a los libros inservibles. El placer del texto, acuñado por Roland Barthes: goce y deseo de escritura dentro de un todo en un juego de seducción de la palabra escrita en el que implica al yo del lector que escribe con el tu del lector que lee, ha quedado como marca anacrónica de cierta clase de lectores obsoletos sobre todo porque este deseo del placer del texto obliga a un diálogo cultural del autor con los autores que le precedieron. Obliga a un trabajo de lectura profunda. Así era antes: cuando se leía más que se escribía. Ahora da la impresión de que se escribe más de lo que se lee. Porque lo que se sobrepone a todo proyecto de libro es el argumento de la novela por encima del tono o estilo narrativo. Como si las palabras fueran trampolines de salto para prosperar en la sorda embestida final en lugar de ser peones mágicos de un tablero de ajedrez infinito, nunca igual y siempre repetido.

Cuando el filosofo Walter Benjamin, refiriéndose a Kafka, escribió: “Franz es un santo”, aludía a la vocación sagrada con la que algunos aun distinguimos la literatura de la clase A de la literatura la clase B. Hoy dirían: “Franz es un chiflado”.

Ahora que todos somos escritores, lo importante será averiguar si de verdad el autor ha sabido conformar en su obra a su particular mirada.

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