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¿Cuándo deberíamos intervernir en los asuntos internos de otros países?, por Richard Posner

Por Richard Posner | 9 de septiembre, 2013

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La paz de Westfalia fue producto de una serie de tratados entre los estados europeos que terminaron con la inmensa matanza de la Guerra de los Treinta Años y establecieron el principio de la soberanía nacional, que señala que una Nación es soberana sobre su población. Esto quiere decir, por ejemplo, que una nación protestante no podía declararle la guerra a una nación católica simplemente porque la nación protestante quisiera que los ciudadanos de la nación católica se convirtieran en protestantes.

Los resultados de la Paz de Westfalia no siempre han sido buenos. Después de que Hitler tomara el poder y antes de que la Segunda Guerra Mundial estallara, la persecución alemana a los judíos fue reconocida tácitamente por los Estados Unidos y (hasta donde sé) por todas las demás naciones como un asunto de Alemania y no un Casus Belli. El ejemplo más dramático de este tipo de manejo, posterior a la Segunda Guerra Mundial, fue el rechazo de los Estados Unidos a intervenir en el genocidio de Ruanda de 1994, cuando, en medio de una guerra civil entre Hutus y Tutsis, los grupos étnicos dominantes de Ruanda, la población Hutu asesinó entre quinientos mil y un millón de Tutsis antes de ser decisivamente derrotados por los Tutsis. Los Hutus estaban armados principalmente con machetes y Estados Unidos pudo haber prevenido el genocidio con medios militares modestos y poco riesgo, pero, manteniendo apegado a la Paz de Westfalia (aunque no creo que haya sido mencionada alguna vez), no hicieron nada.

Sin embargo, Estados Unidos intervino cinco años más tarde en una guerra civil en Yugoslavia, entre una mayoría serbia y el pueblo de la provincia de Kosovo, en gran medida albaneses. Nosotros los estadounidenses nos aliamos con los kosovares y como resultado Kosovo se convirtió en un país independiente. Nuestra intervención se burló de la Paz de Westfalia, aunque, otra vez, no recuerdo que haya sido mencionada.

La despreciamos otra vez al intervenir en la guerra civil libia en 2011, del lado de los rebeldes contra Muammar Gadafi. Y ahora hemos violado el espíritu de la Paz de Westfalía, no sus párrafos, cuando apenas hace unos meses amenazamos con retirar la ayuda a Egipto ante la inminencia de la salida del gobierno electo de la Hermandad Musulmana por parte del ejército egipcio. La amenaza no sólo fue contraria al espíritu de la Paz de Westfalia, sino también a los intereses nacionales de los Estados Unidos. La Hermandad Musulmana augura problemas para Estados Unidos y el ejército egipcio no. Por otro lado, es ingenuo criticar al ejército egipcio por derrocar a un presidente electo democráticamente (Mohamed Morsi, de la Hermandad Musulmana) como si fuera asunto nuestro si un país extranjero es una democracia, una autocracia o algo en la mitad. Tenemos buenas relaciones con varios países no democráticos y, de hecho, la mayoría de esos países son frecuentemente nuestros aliados. Piensen en Arabia Saudita, las otras monarquías árabes y cierto número de autocracias africanas y centro asiáticas. Nosotros, por ejemplo, nunca tratamos de remover a Francisco Franco en España ni al loco gobierno de Camboya (los Jemeres Rojos) que asesinaron a dos millones de camboyanos sin ninguna razón. Nos hicimos amigos de la China de Mao. Incluso tuvimos buenas relaciones con Saddam Hussein antes de que invadiera Kuwait (relaciones que permanecieron imperturbables ante el ataque con gases venenosos a los kurdos en 1983, que sumaron dos o tres veces más la cantidad de víctimas que el reciente ataque de Assad). Tuvimos excelentes relaciones con los sucesivos dictadores militares egipcios Sadat y Mubarak, relaciones que creo se restablecerán con la nueva dictadura militar.

Y esto me trae a Siria, país que el presidente Barak Obama quiere bombardear como castigo por el uso de gas venenoso por parte del ejército sirio contra los civiles quienes, según se cree, apoyan a los rebeldes en una guerra civil que lleva dos años, ha causado cien mil muertes y generado un diluvio de refugiados. Es algo desconcertante considerar las armas químicas como armas de destrucción masiva, que a ninguna nación se les permite utilizar, pues no son muy eficaces, excepto contra los civiles. Sea como sea, la Paz de Westfalia se consiguió con la intención de eliminar el maltrato de una nación hacia su población como un motivo para entrar en guerra y, de esta manera, reducir la frecuencia bélica. Ciertamente, un objetivo loable.

Siria es una dictadura, pero no una amenaza contra Estados Unidos. Por el contrario, lo será sólo si Al-Qaeda, que es predominante en la rebelión, toma el control del país o una fracción (pues Siria podría dividirse). Lo irónico de nuestra amenaza de bombardeo a Siria es que eso puede fortalecer la posición de Assad haciéndole poco daño y mostrándolo ante el mundo como si él hubiese desafiado exitosamente a los Estados Unidos, induciendo a Rusia, China e Irán a incrementar su ayuda hacia él para hacernos ver como unos ineficaces.

Es concebible que, en secreto, nuestro gobierno desee la supervivencia del régimen de Assad como un estado debilitado; incluso una Siria dividida en fracciones étnicas. No nos preocupaba la dictadura Siria antes de que la rebelión detonara. Al Qaeda y los grupos extremistas sunitas afiliados se esfuerzan en cometer actos terroristas en Estados Unidos; Assad y sus aliados chiitas no.

Debido en cierta medida a la revolución de la información, que trae vívidas imágenes de la guerra a nuestros celulares y computadoras, al poderoso Estados Unidos se le ha hecho difícil, desde el punto de vista emocional, permanecer distanciado de los graves abusos a los derechos humanos en otros países, aunque lo conseguimos con los genocidios de Ruanda, Camboya y en otros episodios. Y Assad no necesita gas venenoso para matar civiles. No ayuda que las consecuencias de bombardear Siria sean tan difíciles de prever ni que la guerra tome su propio impulso.

Preferiría que Estados Unidos se abstuviera de las acciones militares que no conlleven una promesa substancial de avance bajo una política de costos razonables y pensados para la seguridad y bienestar de este país. En otras palabras, necesitamos priorizar —con sangre fría.

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Richard Posner  es Profesor de economía y derecho en la Universidad de Chicago y Juez del Séptimo Circuito de la Corte de Apelaciones de los Estados Unidos.

Comentarios (1)

Román Romano
9 de septiembre, 2013

Admiré al presidente estadounidense por lo representaba, apoyé su laurea Nobel por el mismo motivo. Pero Obama cometió un grabe error cuando condenó de antemano al régimen sirio si era capas de utilizar armas químicas contra su población civil. Todos sabemos a que son capaces Al Qaeda para logran ganar una guerra y, más si esa guerra, al parecer, la estaban perdiendo. Existen fuertes dudas, como certezas, que el gobierno de Assad las haya utilizado. Sin embargo, ¿sería correcto tomar más vidas como represalias a las ya perdidas? Creo sinceramente que esa no es la salida. Sería otro error de los Estados Unidos como el ocurrido en Iraq por el presidente W. Bush.

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