Artes

Dios en el puticlub, por Martín Caparrós

Por Martín Caparrós | 8 de junio, 2013

Hace unos días cerraron una rara institución rosarina. La Rosa era un cabarute muy canalla, un centro de la blasfemia mezclada con carne de mujer en venta, un espacio donde la obscenidad y el ateísmo se daban la mano –y no solo la mano– para hacerte pensar con todas las cabezas.

Debía llevar años siendo ilegal, siendo ofensivo: no creo que su dueño, Juan Cabrera, haya pensado nunca en no ser ilegal u ofensivo. Pero ahora alguien decidió que había que cerrarlo, como el capitán francés en Casablanca de pronto descubre que en el café de Ricky se juega —después de ganar un par de fichas por noche durante meses, años.

Habrá sido, quizás, otra hazaña de ese cruce de dos palabras que no fueron hechas para juntarse —corrección y política— o de esas dos que que siempre vinieron de la mano —política y dinero— o de esas que siempre fueron una mano —política y religión, y más ahora que tenemos papa.

Cuando recorrí parte de la Argentina para hacer El Interior estuve allí y lo celebré por escrito: hoy, en la caída, quiero recordarlo.

La viudita tiene las carnes blancas, sus tetas muy pecosas, gordetas, rechonchonas, y un par de tules en el cuerpo: llora sobre un cajón. La viudita solloza, va perdiendo los tules en el baile; ahora le queda uno, alrededor de la cintura, y el resto es pura piel adolescente. La viudita se cabalga el cajón, caballo de madera, y se frota contra el cristo de bronce. Ya perdió todo tul; se arquea, llora, lame con mucha lengua la madera, el cristo. La viudita desnuda abre el cajón; adentro hay un cadáver improbable, bien desnudo. La viudita besa la carne muerta, la relame, la revive: viudita y muerta se chupan sobre el ataúd, se contonean. Desde aquí abajo doscientos hombres las miramos, y algunos se miran entre ellos, nerviosos, se sonríen. Es raro calentarse con la muerte.

–Muchachos, qué hacen con la boca tan cerrada. Estamos en Rosario, la sede del Congreso Internacional de la Lengua. Vamos, muchachos, esas lenguas.

Grita el locutor y suena un blues, las luces de colores. La viuda y el cadáver se sorben a morir, se frotan, se maman, se menean. Después todo se acaba: la muerta vuelve al cajón, la viuda al llanto. Abajo, acá, hombres se tocan o se miran. Hay humo, mucho humo.

La esperanza es una mierda
dice
que solamente te alarga el sufrimiento:
que la esperanza es una mierda porque solamente sirve para alargarte el sufrimiento
que la esperanza es una debilidad
decadente
dice y me dice que lo dijo
Nietzsche y que Nietzsche ese alemán hijo de puta
le abrió la cabeza se la dio vuelta como un guante y que quizá
por eso le gusta esta cuestión
de saber que hay muchos que le tienen
un poquito de miedo
que muchos lo respetan que algunos
hasta lo envidian:
el poder.
Eso se llama poder
me dice Juan Cabrera
con la sonrisa casi tímida.

Juan Cabrera tiene cincuenta años una remera negra
la cara india y se hace llamar el Indio Blanco porque su madre
era una toba que una familia rica de Rosario se trajo para que le limpiara las ollas y
la mugre y su papá
el hijo de una puta y un cliente y él
me dice
está signado por las putas y la muerte.
Signado
dice
perseguido por las putas y la muerte y que
choreó
que alguna vez choreó que se cogió
señores que cirujeó que revoleó ladrillos que vendió helados churros mercaderías
variadas y que siempre le gustó la mano izquierda: lo que sabe
conseguir la mano izquierda pero siempre fue pobre
dice: pobre por antonomasia aunque instruido
dice y cita a walter benjamin fromm marcuse pappo napolitano el apóstol san pablo
el comisario de la vuelta al fin y al cabo
lo suyo son las casas y
las citas y sobre todo Nietzsche pero siempre
dice: siempre
insiste: siempre
fui muy pobre
dice
hasta que mi hijo se mató
y entonces sí no me importó más nada.
Pero nada. ¿Vos sabés cómo es
cuando te da lo mismo todo cuando todo
es igual cuando sabés
que si estás vivo es de cagón
que es porque no tenés
los huevos para volarte el cráneo?
¿Vos sabés cómo es? Yo no sabía
pero ahora sé
y sé
que es una mierda pero también me gusta:
me gusta esta sensación de que me cago en todo
que todo
me resbala que puede que no sea
el superhombre pero tampoco soy un hombre
dice
Juan Cabrera
tintineando en sus muñecas sus pulseras.

Juan Cabrera tiene los pelos largos negros canos sus pulseras
sus anillos de plata la camiseta
negra la sonrisa:
cuando ya no me importó más nada entonces sí
ahí sí que me empecé a llenar de plata
con las chicas.
Juan Cabrera tiene extraños negocios con las chicas
negocios tan comunes con las chicas
tiene chicas
negocios
chicas
comunes
negocios
tan comunes
Juan Cabrera
no fuma no bebe no consume
merca toma mate cocido está
en la noche
dice pero no es de la noche
está en la noche
que no es lo mismo ser y estar yo no te voy a contar a vos de ontología
dice:
porque en la noche está la guita
fácil y también
te diría
me dice
ese poder ese
gustito: ahí
en la noche.

– Si yo tengo un boliche como éste es para lastimar. Yo acá tengo que lastimar. Si no, pongo un kiosco. Si yo estoy acá es para abrirles las cabezas a martillazos a todos estos: como Nietzsche, viste.

Me dice ahora Cabrera, en la barra de su cabaret La Rosa, mientras suena muy fuerte un rocanrol de los Redondos.

– ¿Y sabés qué? Es verdad que yo estoy lleno de odio, de resentimiento. Yo siempre quise vengarme por la mala vida que tuve. Y ahora me siento un hombre fuerte, un hombre que todos quieren ser amigos míos. También por eso no quiero salirme de este mundo. Yo afuera puedo ser vulnerable, y no quiero ser vulnerable nunca más.

La barra tiene un mostrador de vidrio; bajo el vidrio hay calaveras, arañas pollito, víboras de cascabel, más calaveras, viudas negras.

Sobre la barra hay un cartel: Podés entrar a mi casa, cogerte a mis mujeres, beber los mejores tragos, escuchar el mejor rock & roll y podés ser un poco más feliz. Epístola de Juan. Alrededor somos doscientos hombres exaltados —o más o menos exaltados: tremendo olor a bolas y chicas en los caños. El caño de bailar chicas, en La Rosa, está pero no se usa demasiado. El caño viene de las películas Hollywood clase J: el modelo es, sin duda, americano; la deformidad, por suerte, toda nuestra. Así se hizo la patria: patinando sobre modelos que llegaban en barcos, libros, variados contrabandos.

– Mirá, loco, ésta tiene tetas de verdad. Mirá, tocá, tocá.

– Pará, che, preguntale a la señorita si se puede.

– ¿Y por qué no, boludo?

También hay chicas y casi chicas que circulan entre el público, buscando algún conchabo. Las chicas toman cerveza con pajita para no despeinarse, los chicos hechos chicas se miran mucho en el espejo, Yoli me habla de papá —y se refiere a Juan, y me dice que el numerito de la leche también fue una idea suya. Yoli me cuenta orgullosa la historia de su lluvia de leche:

– Como yo estaba amamantando, a Juan se le ocurrió hacerme tirar leche de las tetas. No sabés cómo me saltaba, regaba a todo el mundo, había clientes que se volvían locos por un poco de leche, no sabés, me abrían la boquita así y yo les daba de tomar, hubieras visto.

Dice Yoli y que le dijeron que nunca nadie lo había hecho, que ella es la única, que ahora no puede porque su nena ya cumplió dos años pero que ella lo hizo y fue la única.

– ¿Sabés que me gusta a mí de este tipo de lugares, de los quilombos? Es el lugar donde los tipos van a ser como son, se sacan todas las caretas, hacen realmente lo que quieren, lo que siempre están disimulando. Y al mismo tiempo cuando pagan por sexo están comprando mentiras. Pero los tipos vivimos de consumir mentiras. A mí me gusta que me mientan, la vida se te hace más fácil. Y la puta te hace sentir especial, es muy loco, hay algo ahí, por eso yo las quiero y me gusta vivir cerca de ellas.

Me dice Juan Cabrera.

En los reservados del salón un par de señores ya calvitos toquetean a chicas o chicos hechas chicas; en el escenario sigue sigue sigue el baile: Creedence Clearwater y una negra que mueve cada centímetro de carne.

– Hagan algo para excitar a la mina.

Grita el locutor.

– ¿Qué les pasa? ¿Son impotentes?

El negro objeto de deseo debe tener dieciocho, diecinueve y un cuerpo bastante extraordinario; ningún pelo velándolo.

– Andá, boludo, cogetelá.

– No, debe costar una fortuna.

Una vez más, el principio de realidad derrota a Nietzsche.

– Ay, nena, si fueras mi mamá nunca necesitaría el chupete.

– Si yo fuera tu mamá vos serías un flor de hijo de puta.

Sobre el escenario, una rubia muy falsa con tetas muy muy falsas se echa champán módicamente falso sobre la espalda para que algún cliente se lo beba en su culo verdadero. Desde abajo –siempre desde abajo– dos o tres hombres alargan los cuellos y las lenguas para lamer las nalgas transpiradas.

– Y el hecho de que todas estas chicas trabajen para vos, ¿te hace sentir más o menos hombre?

Yo trato de darle un tono peculiar a la palabra hombre, pero probablemente no me sale. Juan Cabrera sacude la cabeza, se sonríe, está por decir algo, piensa otra vez. Después de todo habla:

– No, para qué te voy a mentir. La verdad que me hace sentir bien poderoso.

A La Rosa no entra ninguna mujer que no trabaje ahí: el resto somos hombres solos –consumidores solos, paganinis.

– Sos una perra. Yo a vos te chupo la verga y vos no sos capaz de darme un beso, hija de puta.

Le dice en la barra a su compañero de tareas un travesti que acaba de terminar un número muy fuerte:

– Sos una frígida, hija de puta. Yo esto antes lo hacía con uno que me cagaba a besos.

El travesti es bella como ciertas noches de verano, el pelo largo negro, los rasgos delicados, las nalgas dos espasmos, y lleva una especie de bikini complicadísima que no le tapa casi nada:

– Es mi lema, sabés, siempre lo digo: yo, antes muerta que sencilla.

Una chica policía, con gorra de policía y nada más de policía ni de ninguna otra cosa lame su cachiporra negra. La policía es morochona, labios amoratados: se ve que adora su cachiporra negra. Hasta que aparece en el escenario una rea de vaya a saber qué crímenes oscuros y la agente la ensarta para que aprenda qué les pasa a los que quiebran leyes.

– Necesitamos un voluntario para ayudar al ladrón que está en peligro.

Dice el locutor y los hombres se miran y al fin el voluntario sube a la tarima: un chico de veintitantos, rubio, levemente asustado; disimula el susto con sonrisas. La policía lo desnuda y lo enforra y lo chupa; la ladrona se prende.

– Flaco, hablá, hablá o te revientan.

Dice el locutor. El voluntario está acostado en un diván en la tarima con una chica a cada lado; la policía y la ladrona lo lamen como si la ley no estableciera diferencias entre ellas: colaboran, las dos sus lenguas al unísono, pero la verga del voluntario no responde. Las dos chicas se afanan, el voluntario se ensombrece.

– Eso no es una pistola, es la réplica de una 22 corta.

Ulula el locutor, desaforado, y la policía desforra al voluntario con gestos de desprecio.

– Se lo llevan detenido por falso testimonio.

Dice el locutor y los doscientos chiflan.

– Lo van a meter en el calabozo y le van a romper el orto por boludo.

Remata el locutor –y la frase queda flotando cuando sube la música.

En la puerta de un cuartito, al fondo, hay una cruz de funeraria y tubos de neón violeta; adentro un ataúd de dos plazas con colchón está rodeado de coronas y de cruces. En la cabecera, como se debe, un cristo; en la pared, acolchado de raso violeta y un espejo enorme.

– Si te cuento por qué lo armé no me vas a creer.

Me dice Juan Cabrera y me cuenta –como quien quiere que le crean– que es su homenaje a una señora, una prostituta famosa de Rosario que lleva más de treinta años ejerciendo en el cementerio del Salvador, sobre la tumba del doctor Ovidio Lagos, prohombre local, fundador del diario La Capital y calle doble mano, una especie de Mitre rosarino.

– La vieja sigue laburando, no sabés. Por cinco mangos tira una frazada encima del cajón y se abre de gambas.

Dice Juan, y que la señora ya pasó largamente los setenta y que él, a la muerte, la desafía todo el tiempo:

–La muerte no me importa una mierda, no le tengo miedo, y me gusta que la gente tampoco le tenga miedo.

Más allá está el confesionario, imitación perfecta con sus cortinas y sus putti; los feligreses compran una hostia, se sientan en su cubículo y esperan que suceda lo que sea.

– Lo mío es sacudirles la cabeza. Aunque sea un golpe nomás, aunque después se crean que se olvidan, algo les va a quedar: una duda, algún quilombo.

En La Rosa dios –algún dios– está siempre en la mira; en La Rosa se mezclan las desnudas y los muertos. La Rosa es, además de bareca, una proclama antidivina, una blasfemia.

– Puto dios. Por lo menos que se den cuenta de que adoran a un cabrón, a un turro de mierda. Es como dice Proudhon: Dios tuvo miedo de que el hombre llegue a su altura, por eso descargó sobre nosotros todos sus males.

– Para ser ateo te ocupás mucho de dios.

– Sí, siempre lo pienso. Yo no sé si puedo decir que soy ateo. Si yo no creyera en dios no lo odiaría así, ¿no? Más bien no le daría bola, no pensaría en eso. Y en cambio me la paso pensando cómo puedo cagarlo. Pero bueno, uno siempre está en contradicción con uno mismo.

Martín Caparrós 

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