Historia

Las memorias del guardaespaldas de Keith Richards

Por Prodavinci | 1 de abril, 2013

keith textoFragmento de un artículo de Diego Manrique, publicado en El País

Editado originalmente en 1979, Up and down with the Rolling Stones, de Tony Sánchez, ocupa un lugar raro en la bibliografía del grupo que encabeza Mick Jagger. Es el patito feo: una colección de cotilleos crueles, puro coge-el-dinero-y-corre, rellenado con poca imaginación por un plumífero sin escrúpulos. Sin embargo, se trata de una fuente primaria y todos los libros posteriores sobre los Stones utilizan en mayor o menor medida estas dudosas memorias. Y eso incluye la celebrada autobiografía de Richards, Vida.

Traducido finalmente como Yo fui el camello de Keith Richards (Contra Ediciones), conviene advertir que el título se queda corto. Se nos cuenta la evolución del núcleo duro de los Rolling Stones, comenzando con la decadencia del jefe inicial, Brian Jones, y terminando con la reconversión de Jagger en figura de la jet set; Bill Wyman, Mick Taylor o Ron Wood son entrevistos fugazmente.

¿Su perspectiva? Durante años, Spanish Tony trabajó como hombre-para-todo de Richards, con un sueldo que oscilaba entre 150 y 250 libras esterlinas (175 y 293 euros) por semana. Aunque Sánchez habla de una Inglaterra donde una casa decente costaba 5.000 libras (5.861 euros), la paga no pecaba de generosidad.

El conseguir sustancias ilegales para el guitarrista era una de las variadas funciones de Tony. Cuidaba de sus residencias, apaciguaba a sus mujeres, ejercía de guardaespaldas; negociaba con policías corruptos si se necesitaba manipular pruebas. Se esperaba también que pusiera en práctica las venganzas de Richards, que ordenaba palizas o asesinatos como cualquier Capone; prudente, Sánchez esperaba a que pasara su furia. Además, asumía que se comía el marrón si el músico se estrellaba al volante de sus cochazos, generalmente cargados de drogas. Desastroso como conductor, Richards adquirió práctica en evaporarse tras un accidente, dejando a Spanish Tony el tratar con la policía, el seguro y los pasmados espectadores.

Sánchez tiene mucho de misterio. Nació en Londres, hijo de inmigrantes (presumía de hablar fluidamente español e italiano). Creció en los márgenes de la delincuencia organizada, aunque su único oficio fue el de crupier; también montó un club en Tottenham Court Road, el Vesuvio, cuya inauguración generó pintorescas anécdotas con John Lennon y Paul McCartney. Se las daba de fotógrafo, pero las muestras del libro indican que no alcanzaba ni el nivel de aficionado. Con toda posibilidad, estamos ante el típico buscavidas que se benefició de la atracción mutua entre gánsteres y estrellas del pop. Aseguran que murió en 2000 pero hasta ese dato queda en la niebla. Habla de una larga estancia en Valencia; algún productor español de documentales asegura que su familia procedía de Cádiz.

Conviene advertir que Yo fui el camello de Keith Richards pertenece al subgénero de libros de yonqui, de yonqui arrepentido. Tony Sánchez racionaliza su paso de la cocaína a la heroína como consecuencia inevitable de convivir con Richards. Abundan las tramposas lecciones morales: Sánchez esnifaba caballo hasta que, destrozado por la muerte por sobredosis de su novia, se gradúa en las jeringuillas. Aunque no se explicita, la larga lista de fallecidos entre el séquito stoniano responde a la siniestra atracción por Richards.

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Prodavinci 

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