Arte

“Eumeswill”, o el sueño del anarca; por Milagros Mata Gil

Por Milagros Mata Gil | 16 de febrero, 2013
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Ernst Jünger

“El paso más rudimentario hacia la libertad es liberarse de toda servidumbre  política” (Ernst Jünger)

Un anarca no es un anarquista. Es alguien que rescata la soberanía individual. Citando a Benjamin Tucker, pensador del siglo XIX: Si uno tiene el derecho de gobernarse a sí mismo, todo gobierno del entorno es una tiranía, es decir, aunque tiene muchas variantes, la concepción del anarca preconiza un equilibrio entre libertad y orden. El pensamiento anarca (que se opone al de anarquismo) influyó grandemente en otros pensadores, entre ellos Friedrich Nietszche. De allí lo toma y lo modifica Ernst Jünger, en su magnífica novela Eumeswill, publicada en 1977.

El asunto de la novela es muy claro: en un futuro sin fecha, el viejo orden mundial ha estallado en millares de ciudades-estado. Eumeswil, situada en algún lugar del Norte de África, está gobernada por un tirano llamado el Cóndor, que dirige los destinos de todos desde la alcazaba que domina la ciudad. El nombre deriva de Eumenes, diádoco de Alejandro Magno, y es posible que Jünger lo utilizara como metáfora de su propia biografía, pues, como él, Eumenes fue escribano y soldado.

En esta novela, un historiador, Venator, entra al servicio del tirano como servidor de la mesa, lo que le permite observar de cerca la conducta, los vaivenes ideológicos, las represiones y las angustias del mismo. Es preciso resaltar el carácter amo-siervo que preside la relación entre ambos personajes, pues esa servidumbre es lo que permite al sirviente resaltar su libertad de espíritu. Estar cerca del poder le permite observarlo, reflexionar sobre su condición y buscar la forma de sobrevivir bajo su dominio.

Jünger, como muchos intelectuales de su tiempo, fue afecto al nacionalsocialismo, y defendió muchas de sus posiciones. A partir de 1939, sin embargo, y viendo el uso que estaban haciendo los nazis de los planteamientos de sus obras, procuró marcar una distancia, que no fue suficiente para salvarlo del ostracismo que imponen, a veces, los que escriben las historias.  En ese año publica Sobre los acantilados: una intensa narración en la que manifiesta su repulsa por los regímenes dictatoriales.

 A diferencia de lo que les ocurrió a muchos miles de intelectuales de la época, su condición de militar profesional, y la protección que le brindó la Wermacht en los momentos más delicados, le permitieron permanecer en Alemania y salir relativamente indemne de la barbarie hitleriana.  Personalmente, él evolucionó hacia un nihilismo a ultranza, manifestado en un exilio interior que se prolongó una vez finalizada la II Guerra Mundial, cuando fue sometido al humillante proceso de desnazificación. Hasta el fin de sus días vivió en Alemania del Este, bajo otra tiranía: la del comunismo.

En Eumeswill se prevé una época en la que el igualitarismo y los logros económicos del Estado, las variantes del socialismo, se van a imponer (por la fuerza si es necesario) sobre los derechos ciudadanos: va a imperar la inmemorial política del palo y la zanahoria en la que el palo estará forrado de seda y la zanahoria premiará a quienes vivan de acuerdo con lo que quienes mandan consideren políticamente correcto. En ese contexto, Eumeswill funciona como un tratado de filosofía política y un manual de supervivencia.

Pero es también un agudo análisis del papel del intelectual ante las tiranías o regímenes dictatoriales. El mismo Jünger, excelente escritor y claro pensador, tuvo que vivir la experiencia de estar cerca de un régimen de fuerza y brutalidad. Sin embargo, nada lo ha ubicado en el rol de perseguidor fundamentalista o policía ideológico. Es cierto que tampoco se le conocen actitudes en contrario. De hecho, se inventó una isla, se declaró anarca, y desde allí elaboró su pensamiento y su obra. Fue hasta el fin de sus días un hombre escéptico y sin ilusiones, un hombre distanciado de su sociedad, lo que le permitió mirar el mundo y mirarse a sí mismo. Fue un cazador de fenómenos sociales, como lo fue Manuel Venator (de allí el nombre) en la torre del Cóndor.

En la página que le dedican: www.ernst-juenger.org  dice que la obra de Jünger puede servir como hoja de ruta hacia la libertad y el sentido en el paisaje social y espiritual de hoy, especialmente por medio de la figura del anarca: autónomo, pacífico e interiormente libre, a diferencia del anarquista.

Ciertamente, todas las personas tenemos que escoger en alguna oportunidad de la vida, cuál posición es la ética y moralmente correcta en política. Y en los intelectuales esta escogencia está potenciada por el ámbito de influencia que pueden ejercer. Es posible que el aislamiento no sea la mejor posición, pero es una, y es respetable. Lo que sí es preciso evitar es convertirse en perseguidores de todos los que piensan distinto. Y es en este sentido donde encaja la recomendación de la novela de Jünger (si la encuentran)

Milagros Mata Gil 

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