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Aquiles Machado “No hay nada más reconfortante que reírse de uno mismo”

Fragmento de entrevista a Aquiles Machado por Benjamín G. Rosado para El Cultural

Por Prodavinci | 11 de diciembre, 2012

El tenor venezolano ha interpretado más de 200 veces a Rodolfo de La Bohème de Puccini, pero asegura que, “aunque suene a perogrullo”, en cada representación aprende un nuevo matiz del personaje. “Su complejidad psicológica pasa muchas veces inadvertida por el público. Es un recién enamorada, celoso e inmaduro, pero también un hombre lleno de contradicciones”. Todo depende, dice, de los directores musicales y de escena con los que se trabaje, y en este caso se siente en buenas manos: Riccardo Chailly en el foso (por primera vez) del Palau de les Arts de Valencia y Davide Livermore entre bambalinas. “Hemos roto con la rutina de ensayos”, se jacta el siempre risueño Aquiles Machado (Barquisimeto, 1973). “Tanto en lo que se refiere a los metrónomos y los tempi de la partitura como a la forma de abordar el gesto y el movimiento en un montaje lleno de detalles”. (…)

P.– Circulan ciertos rumores sobre su obsesión por el personaje de Puccini. Dicen que quiso bautizar su casa de El Escorial con el nombre del famélico poeta… ¿Es verdad?

R.– En realidad a quien le tenía reservado el nombre era a mi primer hijo [ha sido padre hace cuatro meses], pero hemos tenido una hermosa niña, así que tendremos que esperar. Estoy como loco con ella, se puede imaginar… Soy un papá aprendiz y me la llevo a todas partes, para que conozca los camerinos de los teatros. La viajadera no siempre es fácil, pero de ningún modo quiero perderme estos meses mágicos.

P.– Su mujer es psicóloga. ¿Con qué frecuencia visita el diván?

R.– Bastante a menudo (Risas). Ella me ha enseñado que tan importante como la voz es el sentido del humor. Como todos los cantantes, he tenido mis altos y mis bajos. Y le puedo asegurar que no hay nada más reconfortante que reírse de uno mismo. Es algo que aprendí de Falstaff, mi querido Falstaff…

P.– Dígame uno de esos altos y uno de esos bajos…

R.– Recuerdo mi debut en el Metropolitan haciendo La Bohème en presencia de la familia de Caruso el mismo día de su centenario… Lloraba de emoción, no lo podía evitar. Momentos malos también he tenido, pero se olvidan más fácilmente. Me viene a la memoria un recital que ofrecí al poco de haber muerto mi abuela. Fue también emocionante, pero doloroso. En esos momentos no tienes claro si te va a salir la voz…

P.– Nunca le ha faltado autocrítica. Pero, ¿sigue leyendo las críticas?

R.– Las leo, pero con cierta desilusión. Las críticas, tanto las buenas como las malas, han dejado de ser reflexiones serias y acreditadas de lo que ocurre en un concierto o en un teatro para convertirse en meras opiniones. A mí no me importa si usted le gusta o no este espectáculo, porque por encima de esa percepción subjetiva hay un sentido profundo que no todo el mundo puede alcanzar. Lamento mucho que esto sea así porque los cantantes vivimos de las críticas. Es la luz que nos guía… O, al menos, lo era.

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Prodavinci 

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