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Un carisma en el que podamos creer, por Joseph S. Nye

Por Prodavinci | 10 de enero, 2012

En 2012 está prevista una transición en la dirección de dos importantes autocracias. Probablemente ninguna de las dos constituirá una sorpresa. Xi Jimping va a substituir a Hu Jintao como Presidente de China y en Rusia Vladimir Putin ha anunciado que intentará recuperar la presidencia, que ahora ocupa Dmitri Medvedev. Entre las democracias del mundo, los resultados políticos son menos predecibles este año. Nicholas Sarkozy afronta una campaña difícil para la reelección presidencial en Francia, como Barack Obama en los Estados Unidos.

En las elecciones presidenciales de 2008 en los EE.UU., la prensa nos dijo que Obama ganó porque tenía “carisma”, una capacidad especial para inspirar fascinación y lealtad. En ese caso, ¿cómo puede ser incierta su reelección tan sólo cuatro años después? ¿Puede un dirigente perder su carisma? ¿Procede el carisma de la persona, de sus seguidores o de la situación? Las investigaciones académicas señalan a los tres.

El carisma resulta sorprendentemente difícil de descubrir por adelantado. Según las conclusiones de una encuesta reciente, se sabe “relativamente poco” sobre quiénes son los dirigentes carismáticos. Dick Morris, asesor político americano, informa de que en su experiencia, “el carisma es el más esquivo de los rasgos políticos, porque no existe en la realidad, sino sólo en nuestra apreciación, una vez que un candidato ha triunfado gracias a esfuerzos denodados y planteamientos idóneos”. De forma semejante, la prensa económica ha calificado a más de un consejero delegado de “carismático”, cuando las cosas van bien, pero le han retirado la etiqueta cuando han disminuido los beneficios.

Los especialistas en ciencias políticas han intentado crear escalas de carisma que permitan pronosticar los votos o las calificaciones recibidos por los presidentes, pero no han resultado fructíferas. Entre los presidentes de los EE.UU., se califica con frecuencia de carismático a John F. Kennedy, pero, evidentemente, no todo el mundo comparte esa opinión, en vista de que no consiguió obtener una mayoría del voto popular y sus calificaciones variaron durante su presidencia.

El sucesor de Kennedy, Lyndon Johnson, lamentó su falta de carisma. Así fue en su relación con el público, pero Johnson podía ser magnético –e incluso abrumador– en los contactos personales. Según las conclusiones de un estudio minucioso de la retórica presidencial, ni siquiera oradores famosos como Franklin Roosevelt y Ronald Reagan pudieron contar con el carisma para ejecutar sus programas.

Resulta más fácil descubrir el carisma a posteriori. En ese sentido, es un concepto circular. Se parece al antiguo concepto chino del “mandato del Cielo”: se decía que los emperadores gobernaban porque contaban con él y, cuando los derrocaban, era porque lo habían perdido.

Pero nadie podía predecir cuándo ocurriría. De forma semejante, con frecuencia se recurre al éxito para demostrar –a posteriori– que un dirigente político moderno tiene carisma. Resulta mucho más difícil recurrir al carisma para pronosticar quién será un dirigente con éxito.

Es más probable que los partidarios atribuyan carisma a los dirigentes cuando sientan una necesidad apremiante de cambio, con frecuencia en el marco de una crisis personal, organizativa o social. Por ejemplo, el público británico no consideró a Winston Churchill un dirigente carismático en 1939, pero, un año después, su visión, su confianza y sus aptitudes para la comunicación le granjearon carisma, ante la angustia de los británicos después de la caída de Francia y de la evacuación de Dunquerque. Y más adelante, en 1945, después de que la atención del público se centrara en la creación de un Estado del bienestar, en lugar de en la necesidad de ganar la guerra, los votos expulsaron de su cargo a Churchill. Su carisma no pronosticaba la derrota, pero el cambio en las necesidades de sus partidarios sí.

En la práctica, “carisma” es un vago sinónimo de “magnetismo personal”. Las personas varían por su capacidad para atraer a otras y su atracción depende en parte de rasgos inherentes, en parte de aptitudes adquiridas y en parte en el marco social.

Algunas dimensiones de la atracción personal, como, por ejemplo, el aspecto personal y la comunicación no verbal se pueden poner a prueba. Diversos estudios muestran que las personas consideradas atractivas reciben un trato más favorable que las que no lo son. Según las conclusiones de un estudio, un hombre apuesto cuenta con una ventaja sobre un rival que no lo sea que representa entre un seis y un ocho por ciento del voto. En el caso de las mujeres, la ventaja es de casi diez puntos.

Las señales no verbales representan una parte importante de las comunicaciones humanas y experimentos sencillos han mostrado que algunas personas son más diestras en la comunicación no verbal que otras. Por ejemplo, según las conclusiones de un estudio de la Universidad de Princeton, cuando se enseñaron a los sujetos imágenes de dos candidatos en elecciones con las que no estaban familiarizados lograban pronosticar los vencedores siete de cada diez veces. Según las de un estudio similar hecho en Harvard, en el que se enseñaron a los sujetos pasajes de vídeo mudos y de una duración de diez segundos correspondientes a 58 elecciones, sus predicciones explicaron el 20 por ciento de la variación en los votos de los dos partidos, variable más sólida que los resultados económicos. Resulta irónico que las predicciones fueran menos atinadas cuando se exhibieron con sonido.

En las elecciones de 2008, los americanos se sentían desilusionados por la guerra emprendida por el gobierno de Bush en el Iraq y por la crisis financiera que estalló dos meses antes de la votación. Obama era un candidato joven y atractivo que hablaba bien e infundía esperanza para el futuro. Está claro que ésa es una razón por la que Obama consiguió fama de carismático.

Pero parte de su carisma estaba en los ojos de sus partidarios. A veces se dice del carisma que “lo conocemos cuando lo vemos”, pero también estamos mirando en un espejo. Cuando empeoró la economía, aumentó el desempleo y Obama tuvo que afrontar las complicadas avenencias que entraña la tarea de gobernar, el espejo quedó empañado.

El carisma nos dice algo sobre un candidato, pero aun más sobre nosotros, el estado de ánimo de nuestro país y las clases de cambio que deseamos. Las épocas económicamente duras dificultan el mantenimiento del carisma. Obama afronta las continuas amenazas del desempleo y una oposición republicana recalcitrante y Sarkozy debe lidiar con problemas similares. Sin embargo, cuando estén haciendo campaña, su retórica no estará coartada por la necesidad de llegar a avenencias. Las elecciones de este año serán la prueba verdadera de su carisma.

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Joseph S. Nye Jr., es profesor en Harvard y autor de The Future of Power (“El futuro del poder”)

Project Syndicate

 

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