Actualidad

¿Por qué dejo mi cátedra en la universidad?, por Camilo Jiménez

Por Prodavinci | 9 de diciembre, 2011

Un párrafo sin errores. No se trataba de resolver un acertijo, de componer una pieza literaria o de encontrar razones para defender un argumento resbaloso. No. Se trataba de escribir un párrafo que condensara un texto de mayor extensión. Es decir, un resumen. Un resumen de un párrafo. Donde cada frase dijera algo significativo sobre el texto original. Donde se atendieran los más básicos mandatos del lenguaje escrito –ortografía, sintaxis– y se cuidaran las mínimas normas de cortesía que quien escribe debe tener con su lector: claridad, economía, pertinencia. Si tenía ritmo y originalidad, mejor, pero no era una condición. La condición era escribir un resumen en un párrafo sin errores vistosos. Y no pudieron.

Está bien, no voy a generalizar. De treinta estudiantes, tres se acercaron y dos más hicieron su mejor esfuerzo. Veinticinco muchachos no pudieron escribir el resumen de una obra en un párrafo atildado, entregarlo en el plazo pactado y usar un número de palabras limitado, que varió de un ejercicio a otro. Estudiantes de comunicación social entre su tercer y su octavo semestre, que estudiaron doce años en colegios privados. Es probable que entre cinco y diez de ellos hubieran ido de intercambio a otro país, y que otros más conocieran una cultura distinta a la suya en algún viaje de vacaciones con la familia. Son hijos de ejecutivos que están por los cuarenta y los cincuenta, que tienen buenos trabajos, educación universitaria. Muchos son posgraduados. En casa siempre hubo un computador; puedo apostar a que al menos veinte de esos estudiantes tiene banda ancha, y que la tele de casa pasa encendida más tiempo en canales de cable que en señal abierta. Tomaron más Milo que aguadepanela, comieron más lomo y ensalada que arroz con huevo. Ustedes saben a qué me refiero.

Por supuesto que he considerado mis dubitaciones, mis debilidades. No me he sintonizado con los tiempos que corren. Mis clases no tienen presentaciones de Power Point ni películas, a lo más vemos una o dos en todo el semestre. Quizá ya no es una manera válida saber qué es una crónica leyendo crónicas, y debo más bien proyectarles diapositivas con frases en mayúsculas que indiquen qué es una crónica y en cuántas partes se divide. Mostrarles la película Capote en lugar de leer A sangre fría. No debí insistir tanto en la brevedad, en la economía, en la puntualidad. No pedirles un escrito de cien palabras sino de tres cuartillas mínimo. Que lo entregaran el lunes, o el miércoles.

De esas limitaciones e inseguridades mías, quizá, vengan las pocas y tibias preguntas de mis estudiantes este último semestre que di clase, sus silencios, su absoluta ausencia de curiosidad y de crítica. No supe preguntar esta vez, no supe invitarlos a pensar. De ahí quizá vengan sus párrafos aguados, con errores e imprecisiones, inútilmente enrevesados, con frases cojas y desgreñadas. Esos párrafos vacilantes, grises, temblorosos que me entregaron durante todo el semestre. Pareciera que estoy describiendo a un grupo de zombies. Quizá eso es lo que son. Los párrafos, quiero decir.

El curso se llama Evaluación de Textos de No Ficción y pertenece a la línea de Producción Editorial y Multimedial de la carrera de Comunicación Social de la Universidad Javeriana. En cuanto a lecturas, siempre propuse piezas ejemplares en los géneros más notorios de la no ficción: crónica, perfil, ensayo, memorias y testimonios. Los autores iban variando de un semestre a otro. Capote, Talese, Hersey, Abad Faciolince, Mitchell, Wolf, Paz, Rossi, Salcedo Ramos, Borges, Caparrós, Tejada Cano, Reyes, Samper Pizano, Sacks… A partir de esos clásicos nacionales y extranjeros los estudiantes intentaban escritos como los que debe elaborar un editor durante su ejercicio profesional. Primero un resumen: todos los textos de los editores son breves, o deberían serlo –contracubiertas, textos de catálogo, solapas, etcétera–. Una vez que la mayoría hubiera conseguido un resumen bien hecho pasábamos a escritos más complejos: notas de prensa y contracubiertas, para terminar con un informe editorial o una reseña.

En una de las sesiones semanales revisábamos lo que veníamos leyendo, y yo intentaba dirigir la conversación para que identificaran las características del género, así como las fortalezas y debilidades del texto en cuestión. La otra sesión la dedicábamos a revisar y pulir los ejercicios escritos de los estudiantes. En el centro de todo el programa estaban la participación y la escritura de textos breves a partir de otro texto mayor. Insistí siempre en la participación en clase para fomentar actividades que noto algo empañadas en la actualidad: la escucha atenta, la elaboración de razones y argumentos, oír lo que uno mismo dice y lo que dice el otro en una conversación. Buscaba que practicaran hacerse entender en un grupo, una herramienta que estimo fundamental no sólo para la vida profesional, sino para la vida civil. El otro concepto transversal –debo posar de académico—del curso, la economía lingüística, buscaba mostrarles la importancia de honrar la prosa. Si uno en cien palabras debe sintetizar un libro de 200 páginas debe cuidar cada palabra, cada frase, cada giro. En últimas, la palabra escrita les dará de comer a estos estudiantes cuando sean profesionales, no importa si se desempeñan como editores de libros, revistas o páginas web, como periodistas o como profesores e investigadores. Cada palabra es importante, cada frase debe decir algo pertinente.

La inmensa mayoría de estudiantes de este último semestre que di clase, y los de dos o tres anteriores, nunca pudieron pasar del resumen. No siempre fue así. Desde que empecé mi cátedra, en 2002, los estudiantes tenían problemas para lograr una síntesis bien hecha, y en su elaboración nos tomábamos un buen tiempo. Pero se lograba avanzar. Asimismo, siempre hubo otro ambiente en mis clases. O motivé yo un ambiente distinto, no sé. Notaba un calibre más inquieto en los veinteañeros que estaban frente a mí. Más dubitativo. Más curioso. Había más preguntas en el ambiente. No encuentro otra forma de decirlo. Lo que siento de tres o cuatro semestres para acá es más apatía y menos curiosidad. Menos proyectos personales de los estudiantes. Menos autonomía. Menos desconfianza. Menos ironía. Menos espíritu crítico.

Debe ser que no advertí cuándo la atención de mis estudiantes pasó de lo trascendente a lo insignificante. El estado de Facebook. “Esos gorditos de más”. El mensaje en el Blackberry que no da espera. Debe ser que no me supe sintonizar para el momento en que La Tigresa de Oriente se volvió más cool que Patti Smith.

Nunca he sido mamerto ni amargado ni ñoño, no me voy a engañar: a los veinte años fumaba marihuana como un rastafari y me descerebraba con alcohol cada vez que podía al lado de mis cuates. Quería ver tetas, e hice cosas de las que ahora no me enorgullezco por tocarlas. Empeñé mucho, mucho tiempo en eso. Pero leía. Mis amigos veían películas como si se les fueran a salir los ojos. Podíamos discutir una hora, cuál de todos más copetón, si John Cazale era el Freddo de El Padrino y el compañero de Pacino en Tarde de perros. O en qué discos de Lou Reed había tocado el bajo Fernando Saunders. Esas cosas que no interesan. O sí. No sé, en esos tiempos lo importante, creo, era discutir, especular, quedar picados para buscar después el dato inútil. Interesaba eso: buscar. A otros por supuesto les interesaban el dinero, el poder y las chicas. Y no leían. Pero había muchas personas de nuestra edad que estaban haciendo cosas, que se preguntaban cosas, que especulaban. Estoy por pensar que la curiosidad se esfumó de estos alumnos míos desde el momento en que todo lo comenzó a contestar ya, ahora mismo, el doctor Google.

Es cándido echarle la culpa a la televisión, a Internet, al Nintendo, a los teléfonos inteligentes. A los colegios, que se afanan en el bilingüismo sin alcanzar un conocimiento básico de la propia lengua. A los padres que querían que sus hijos estuvieran seguros, bien entretenidos en sus casas. Es cándido culpar al “sistema”. Pero algo está pasando en la educación básica, algo está pasando en las casas de quienes ahora están por los veinte años o menos.

Mi sobrino le dice a su madre, mi hermana, que él sí lee, que lee mucho en Internet. Es una respuesta generacional y genérica. La pregunta es cómo se lee en Internet. Lo que he visto es que se lee en medio del parloteo de las ventanas abiertas del chat, mientras se va cargando un video en Youtube, siguiendo vínculos. Lo que han perdido los nativos digitales es la capacidad de concentración, de introspección, de silencio. La capacidad de estar solos. Sólo en soledad, en silencio, nacen las preguntas, las ideas. Los nativos digitales no conocen la soledad ni la introspección. Tienen 302 seguidores en Twitter. Tienen 643 amigos en Facebook.

Dejo la cátedra porque no me pude comunicar con los nativos digitales. No entiendo sus nuevos intereses, no encontré la manera de mostrarles lo que considero esencial en este hermoso oficio de la edición. Quizá la lectura sea ya otra cosa con la que no me pude sintonizar. De pronto ya no se trata de comprender un texto, de dialogar con él. Quizá la lectura sea ahora salir al mar de Internet a pescar fragmentos, citas y vínculos. Y en consecuencia, la escritura esté mudando a esas frases sueltas, grises, sin vida, siempre con errores. Por eso los nuevos párrafos que se están escribiendo parecen zombies. Ya veremos qué pasa dentro de unos pocos años, cuando los alumnos de mi último semestre de clases tengan treinta y estén trabajando en editoriales, en portales y revistas. Por ahora, para mí, ha llegado el momento de retirarme. Al tiempo que sigo con mis cosas voy a pensar en este asunto, a mirarlo con detenimiento. Pongo el punto final a esta carta de renuncia con un nudo en la garganta.

***

Actualización: Pueden leer la entrevista que le hizo Sinar Alvarado a Camilo Jiménez para Prodavinci pulsando aquí.

Artículo publicado originalmente en el blog de Camilo Jiménez y reproducido en Prodavinci con su autorización. Pueden visitar el blog de Camilo aquí.

Prodavinci 

Comentarios (19)

Sonia Albarracín
9 de diciembre, 2011

Soy profesora de informática y he logrado sobrevivir a este fenómeno que se queda, se petrifica y aumenta; será porque implica menos trabajo? porque lo admito: se piensa menos! Lo que más me preocupa es, dónde queda ese espíritu crítico que se rebela a través de la investigación? Creo que se duerme para dar paso a otro ser, con menos libertades y más posibilidades de ser considerado como una enorme masa. Hay una parte realmente buena; cuando esos estudiantes le dan vuelta a su celular, cuando se les pasa la edad de querer parecerse a Britney Spears o a Lady Gaga, ahí queda algo interesante: la posibilidad de comunicarse al mundo entero, de enterarse de todo en el menor tiempo posible y a un costo muy bajo. Claro, siempre que así lo deseen. Cuando queda eso, se van a recordar de un profesor que se sintió triste porque no pudo conectarse con esa virtualidad banal que les hizo perder tiempo hermoso de la universidad. Perdidos en sus mundos de fotos “photoshopeadas”, mensajes que no dicen nada y emoticonos que ocultan lo que verdaderamente piensan. Si te retiras por eso, a mi juicio, habrás cometido un crimen. Siempre, siempre, siempre… existe un estudiante (a lo mejor ni te mira a la cara, ni te saluda, ni se te acerca) que aguza su pensamiento cuando le hablas, que reflexiona y busca argumentos en tus discursos, que se emociona y busca saber más de aquello que apenas mencionas. ESE estudiante se quedará sin un profesor “convencional”, ese estudiante estará triste porque tiene frente a sí a un chico que dicta clases de manera automática con powerpoint, películas y trailers rápidos… No creo que sea lo que tu deseas; por ese estudiante (porque uno ya es muchísimo!); por esa persona: TÚ DEBERÍAS SEGUIR DANDO CLASES!!! y que viva la diversidad que existe en la casa que vence las sombras… cariños desde Venezuela!

Marcel Casella
9 de diciembre, 2011

En la Universidad del Zulia, Venezuela, podrías encontrar una reproducción de este fenómeno a la décima potencia. No sólo no llegan a escribir nada coherente, sino que ni siquiera comprenden lo que leen. Algo pasa con la educación primaria y secundaria.

Luisana Colomine
9 de diciembre, 2011

Comparto la angustia de este colega docente, pues me ha ocurrido igual en muchos de los cursos que doy sobre La Noticia, en el Programa de Formación de Grao en Comunicación Social de la UBV…No sé cómo los estudiantes pueden abanzar de nivel sin saber escribir, sin tener idea de cómo se redacta un pàrrafo. Esto preocupa mucho especialmente en carreras como Comunicación Social, en la cual se trabaja básicamente con la palabra…Pero, a diferencia de Camilo, yo no renuncio. Todo lo contrario. Es un reto diario, lleno, ciertamente, de desencanto y decepción, al tener la certeza de que a algunos estudiantes solo les importa lo mínimo para pasar la materia..Otros, por quienes vale la pena seguir en la lucha, te demuestran interés y al final del curso, la mayor recompensa es que puedan escribir un texto con sus propias palabras, sin copiarse de nadie (que es la otra gran tragedia: el plagio). Ojalá que Camilo reflexione y vuelva a las aulas…Estoy segura que es muy necesario allí…Un abrazo solidario

Fabiola Marquez
9 de diciembre, 2011

Sólo se me ocurre preguntarte: ¿Y si nunca hubieses logrado embarazar a una mujer, entonces por eso dejarías de intentarlo?

Luis
10 de diciembre, 2011

Dijo un maestro: Salí a sembrar. Me dije: “Haré lo que pueda”. Y aré lo que pude.

Alexandre Daniel Buvat
10 de diciembre, 2011

En primer término, salta la dolorosísima ruptura que implica comprender que se está actuando en un mundo en el que uno ya comienza a ser un actor sin público.A un profesor , como dice Jimenez, le agrada recibir atención, crítica, participación, hasta rechazo, pero lo mata la indiferencia. El simple hecho ya cotidiano no solo en la relación alumos-profesor, sino en casi todo tipo de trato, de hablar sin mirar a los ojos, sino contestando mensajitos, o de sentirse informado mediante unas imágenes, o unas breves y mal escritas palabras en internet o twitter, o facebook, ya marca una diferencia notable, en el modo de comunicarnos, de interesarnos y de involucrarnos en el conocimiento y en la formación de esos pequeños grupos de lecturas y discusiones que hasta na hace mucho tiempo existían en contraste con las “redes sociales” de hoy, los grupos virtuales, el conocimiento superficial, “las imágenes que dicen más que cien palabras” En segundo término, llama la atención que entre los autores mencionados como ejemplos a seguir o textos y estilos a interpretar y resumir, están muchos anglosajones, algunos nacionales y dos o tres Latinoamericanos que llamaríamos “universales”, lo que parecería ser una limitante y un definido sesgo muy común en nuestras universidades en todas las áreas hacia un tipo de cultura, de modos de ver el mundo , la vida, la economía, la ciencia, la tecnología, el arte, el deporte, los espectáculos, que no solo se identifica con esa masificación y modos de ser “homogéneos” que generan los twitts, faceboks etc, y que implican homogeneizarse en función del mercado y de un modelo “universal” dominante. De modo que si uno sugiere lecturas y análisis de los autores que tienen mas mercado y que por ende abundan e esas redes o en you tube, ya ha caido en la trampa y no estimula a los alumnos, en este caso de comunicación social, a lecturas comprensivas o a análisis compartidos, o a redactar correctamente algo coherente y original. Espero haberme hecho entender sin ofender

sandra
10 de diciembre, 2011

Luisana otra cosa que preocupa es la mala ortografìa, seguro escribiste muy ràpido pero como sabràs, AVANZAR lo colocaste mal, adelante y que tus alumnos avancen sabiendo escribir y todo. Este artìculo aplica para otras carreras universitarias como Derecho, hay alumnos demasiado apàticos. Uno no entiende ese afàn de ¿estudiar? para una profesiòn sin tener ànimo ni vocaciòn.

oscar olinto camacho
10 de diciembre, 2011

Profesor Jiménez: Comparto el contexto que situa la profesora Albarracin , donde entre otros, señala que siempre habrá UN (1) estudiante que podemos motivar para continuar… En mi cndición de profesor jubilado de la UCV Caracas, y actualmente contratado en la USB,donde en conjuto tengo 43 años dedicado a la investigación y docencia,me permito con todo respeto, interpretar su decisión: Cuando alguien decide dedicarse a la ENSEÑANZA , NUNCA puede VENDER EL SOFA. Ojala reflexione para bien de todos Cordiales saludos Oscar Olinto Camacho

Generación Perdida
10 de diciembre, 2011

Dí veinte años clases en 7mo y 8vo grados de Básica en Educación Artística. Hace unos días tuve que dar un pésame a una antigua alumna y me comentó que hacía poco se había lucido mucho frente a su esposo en el museo del Louvre explicándole varias obras (recordando las clases que yo le había dado)….. No aramos en el mar, parte de la semilla prende y crece bien, lo que pasa es que no sabemos cuando sucede eso.

manuel gil palenzuela
10 de diciembre, 2011

Difícil. Muy difícil. El problema se alarga hacia abajo y hacia arriba. ¿Cuál es la formación de los maestros? Ellos mismos no saben escribir. Estoy cansado de verificarlo. Y, en consecuencia, de que le transmitan a sus alumnos ese desconocimiento. Es raro encontrar a un maestro que investigue, que lea, que reflexione. Que intente formar discípulos que lo superen. Los alumnos que llegan a la Universidad -no importa qué carrera profesional, técnica, especializada…- no tienen idea de gramática, ortografía, sintaxis, redacción. El profesor universitario tiene que ser padre, maestro, formador, orientador, incitador de la violencia intelectual. Porque en ese deambular desde la familia hasta su asiento frente a usted, como profesor universitario, no ha encontrado nada que le incite a despabilarse, a preocuparse, a internalizar lo externo y hacerlo suyo. Ahogados por una política de indigentes intelectuales -que, sin embargo, ocupan los puestos claves del quehacer político- no vemos qué podría motivar al alumno a realizar su propia revolución personal que le permita no ser un marginal cultural. Usted, profesor, está viviendo, y sufriendo, la última etapa de un derrotero sin brújula. Difícil, muy difícil. Pero, si me permite el consejo, no abandone. La situación le ha hecho tomar conciencia de que los sistemas educativos de casi todo el continente están formando -o deformando- pordioseros culturales e intelectuales. Intente con sudor y lágrimas ser parte del problema y no escapar de él. Intente que sus alumnos sean la excepción a la regla.”Oh que buen vasallo si hubiese buen señor” (Cantar del Mío Cid)

Carolina Acosta-Alzuru
11 de diciembre, 2011

Soy profesora de comunicación social en la Universidad de Georgia (USA) y enfrento una realidad similar. Creo que el problema de la falta de reflexión en solitario nos alcanza también a los profesores. Las urgencias de un sistema universitario que se parece cada vez más a una corporación obstaculizan el pensamiento profundo que es imprescindible para todo académico. Y para todo educador. La cuesta se nos empina a diario, pero justamente por eso no abandono. Ahora, más que nunca, debo estar ahí frente a mis alumnos inventando acercamientos entre ellos y el pensamiento crítico, conectando el salón de clase con el mundo y aprendiendo a educar en este nuevo contexto que es, simultáneamente, rico y pobre.

Leonidas Torres
11 de diciembre, 2011

Me identifico con el Profesor Jiménez y creo comprender su dolorosa decisión. La docencia nunca fue mi actividad principal, pero sí sacrifiqué muchos días preparando las clases y buscando material de apoyo para mis estudiantes, dado que los libros siempre han estado fuera del presupuesto de ellos. Durante los años 1974 a 1979 dicté clases en el noveno semestre de la Escuela de Química, de la Facultad de Ciencias de la UCV. La materia que me ocupaba exigía dar algunas nociones de economía, por lo que decidí empezar con un recuento de nuestra historia económica. La ignorancia de mis alumnos sobre el tema era tan profunda que tomé la determinación de aumentar el número de horas a ese capítulo inicial, por qué me preocupaba que esos jóvenes que estaban por graduarse, recibieran su grado con esas lagunas. Tratando de indagar sobre las fallas de los alumnos, elaboré un examen de cultura general (historia, geografía, literatura, actualidad) con 20 preguntas muy fáciles, mediante el cual evalué a 20 alumnos. Solo dos (2) pasaron con 12 y 14. El resto fue aplazado. A los pocos días de dicho examen y una vez terminado el semestre, renuncié y nunca más regresé a la UCV. Hasta aquí mi experiencia personal que sirve para señalar que el problema de la calidad de la educación (que es el meollo de este foro) es viejo en nuestro país. Viniéndonos al presente, observamos que la calidad ha desmejorado aún más. Personal calificado como el que trabaja en el Proyecto Pobreza de la UCAB han diagnosticado el bajísimo nivel educativo con el que egresan nuestros bachilleres. Son jóvenes mal hablados, llenos de muletillas, leen mal y entienden menos, no dominan las cuatro operaciones básicas de las matemáticas. No sé qué posición ocupa Venezuela en América Latina, pero si sé la que ocupa América Latina en el mundo globalizado de hoy. La OECD tiene el Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA por sus siglas en inglés) en el cual examinan el rendimiento de alumnos de 15 años en áreas temáticas claves. La cobertura geográfica de PISA 2009, que es la última evaluación realizada, fue muy amplia abarcando 34 países miembros de la OECD y 41 países invitados, entre ellos nueve de la región: Argentina, Brasil, Colombia, Chile, México, Panamá. Perú, T&T y Uruguay. Estos países figuraron en los últimos lugares en la evaluación de PISA 2009. Sí es cierto, la calidad de nuestra educación está muy lejos de lo que el mundo del siglo XXI le exige a los que quieran participar y prosperar en el. Si uno no tiene la vocación para arar en el mar, debe renunciar.

María Fernanda
12 de diciembre, 2011

Fui profesora de la Escuela de Comunicación Social de una universidad privada en Venezuela, de la que además soy egresada hace 10 años. me identifico en cada palabra de Camilo. La apatía se apodera de nuestras aulas, de nuestro jóvenes, tiran su talento, creen que ser la generación 2.0 no tienen la responsabilidad de enriquecer su conocimiento, olvidan que ellos como estudiantes de periodismo tienen una gran responsabilidad. Han olvidado el poder de la palabra, pero de la correcta, de la usada en el momento preciso. Y mis respetos a este colega por la decisión tomada al sentir la incapacidad de motivar a sus alumnos, quizás la apatía de estos le hizo perder el sueño de transmitir su conocimiento y también aprender de ellos. Es una lastima que docentes como el se pierdan en nuestras casas de estudio, en especial en América Latina, donde tanta falta hace. Nuestros jóvenes deben entender que la inteligencia y el talento no son suficientes para la excelencia.

Alix Rosales
12 de diciembre, 2011

Fui profesora universitaria en Venezuela durante siete años y para entonces veía la misma situación deprimente. Yo también quise despertar y motivar a mis zombis escritos. Sin lograrlo( muy pocas excepciones). Hoy, soy profesora de español como lengua extranjera y tengo que decir: estoy muy feliz, mis estudiantes italófonos escriben y bien, podría decir sin equivocarme: MEJOR que los estudiantes de lengua nativa que tuve en mi país. Es una pena reconocer que triunfas…fuera de tu tierra. Tengo un taller de escritora creativa en español, ¿qué?, pues sí, tengo estudiantes que quieren escribir en español sus reflexiones, pequeños artículos, diarios, sueños y porqué no…cuentos.

Carolina Díaz
12 de diciembre, 2011

Camilo: Entiendo tu argumentación y respeto tu decisión, pero siento verdadera tristeza por los estudiantes que perderán la oportunidad de exponerse a los retos intelectuales que tu clase les ofrecería. Tu escritura: impecable. Quienes comentaron con sentimiento y honestidad tus palabras: Todos docentes y en cada párrafo uno o más errores ¿qué podemos pedir a los estudiantes?

manuel gil palenzuela
13 de diciembre, 2011

Agradezco los comentarios de Carolina Díaz. Ampliar la crítica a aquellos que han expuesto sus análisis sobre la decisión de Camilo Jiménez y, según comprendo, señalar que todos han cometido errores en cada párrafo de sus comentarios, me parece una afirmación grave. No deseo, ni es conveniente, entrar en polémicas que son vacuas e inútiles. Pero sí agradecería a Carolina Díaz un análisis de las exposiciones de los comentaristas para que conozcamos un poco más de gramática, ortografía, sintaxis y no volvamos a tropezar en la misma piedra, como el burro del proverbio. Gracias por adelantado.

MELISSA ELVIR
19 de octubre, 2013

Me impresiono su perspectiva de ver el problema, soy estudiante y como Ud dice, los profesores se centran en ahogarlo de información, creyendo que nosotros somos tarjetas de memoria , tenemos la capacidad de percibir muy bien lo que nos llama la atención, pero cuando algo se torna aburrido perdemos eso a lo que interés, nos hacen retroceder en el momento que quieren que seamos su espejo y no su creación estamos en otros tiempos , pero nos siguen hablando del pasado y es cuando nos perdemos, por que no estuvimos en esa época, y con esto no quiere decir que no fue buena , pero no nos podemos estancar ni en lo bueno , ya que cada momento salen cosas interesantes, lo que debe pasar de generación en generación son las buenas costumbres aunque a veces pueda que sean relativas en el momento que suenan como obligación , eso va influir en la forma de lenguaje que utilicen , no vean la globalización como un obstáculo por que no va a salir de el, véalo como algo nuevo que aprender e intentado ser mas joven cada día , ya que la madurez los hace envejecer , y perderse de todo lo bueno y nuevo.

manuel gil palenzuela
20 de octubre, 2013

Extraordinario. Han transcurrido casi dos años desde la fecha de su reflexión magisterial. Sin embargo, todavía surgen reacciones. Ello indica la importancia del tema: desde los alumnos y desde los profesores. A estas alturas, espero, continuará en su puesto; habrá reflexionado sobre su posible decisión y retiró el guante arrojado. La última reflexión de Melissa Elvir, creo está fuera de contexto.Por supuesto que el profesor pertenece a una generación y sus alumnos a otra a veces bastante alejada. Sin embargo, los avances, los progresos en todos los órdenes, son éso, avances, progresos, modernización, llamémosle globalización. Yo conocí la primera computadora cuando tenía 35 años. La primera, en propiedad personal, cuando tenía 50. Ello no me impide considerar que es un extraordinario progreso, en continua evolución además. Es para mí indispensable actualmente. Con toda la parafernalia que lo acompaña: celulares, ipod, iphone, tabletas…Todo ayuda si se sabe utilizar debidamente: tanto al profesor como al alumno. Aquel puede ser aburrido. Cierto. No todos son, ni mucho menos, Tom Cruise. Además no es un actor, sino un profesor, un maestro, un docente. Educador: de educar,educere, el que intenta encontrar y sacar de las profundidades de cada alumno la luz del saber para el que estamos dotados en tanto que humanos. Debemos reconocer que las deficiencias de formación en primaria, secundaria y en las mismas universidades, son espantosas. Presentar un resumen: ¿eso qué es?. Peor aún si no se sabe escribir, porque nadie se ocupó de enseñar: ni la ortografía, ni la prosodia, ni la sintaxis…nada. Pero, algunos sí se interesan. Aunque sólo sea UNO, como muy bien indicó Sonia Albarracín. Ese UNO fracasará si usted se considera fracasado, profesor. Lo arrastrará en su caída. No haga eso. Si consigue un sólo educando ansioso de saber y de aprender, ese será su premio. Y él sabrá proseguir la vía que usted le abrió: con los adelantos técnicos y educativos que hoy ni imaginamos. Eso es lo secundario: ayuda solamente. Lo importante es que el educando tome conciencia de su situación y condición de tal y emprenda la marcha, mano a mano, con el educador en un camino que los dos deben recorrer conjuntamente. Si uno solo lo hace entre 20, el docente está cumpliendo su tarea. Loa otros 19 no serán su responsabilidad, sino la de ellos mismos. Si no lo ha hecho ya, no renuncie, profesor. Son los otros 19 los que ya renunciaron.

Luisana Colomine
24 de octubre, 2016

Es avanzar no “abanzar” error trágico de dedo

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